Lo que pasó en la camilla del ginecólogo
Hacía varios meses que una fantasía no me dejaba en paz, y tenía nombre y apellido. El doctor Alberto Salcedo era mi ginecólogo desde el año anterior, un hombre de unos cincuenta y tantos, de esos que se conservan bien: espalda recta, canas cuidadas, manos firmes y una voz pausada que parecía diseñada para tranquilizar pacientes. A mí no me tranquilizaba nada. Cada vez que me revisaba terminaba pensando en cosas que no debía, y esa idea fue creciendo hasta volverse un plan.
En el último chequeo había notado un detalle que me dio la pista que necesitaba. Mientras yo me acomodaba en la camilla, él aprovechó más de una vez para mirarme las nalgas cuando creía que no me daba cuenta. Lo disimulaba bien, con esa profesionalidad de años, pero yo lo vi. Y desde ese día supe que la siguiente consulta no iba a ser de rutina si yo no quería que lo fuera.
Llegué temprano ese martes, con el pulso un poco acelerado. La sala de espera estaba casi vacía, apenas una señora hojeando una revista y la recepcionista tecleando. Cuando la enfermera, una mujer alta que se llamaba Lucía, me llamó por mi nombre, sentí el calor subiéndome por el cuello.
—Pase, lo está esperando —dijo, y me sostuvo la puerta.
El doctor estaba sentado tras su escritorio, repasando mi ficha. Levantó la vista y me dedicó una sonrisa amable.
—Buenos días. Cuénteme, ¿qué la trae hoy por aquí? —preguntó, con el bolígrafo listo sobre el papel.
Me senté frente a él, crucé las piernas despacio y dejé que mi falda subiera apenas lo necesario.
—Es que últimamente me molesta —dije, bajando un poco la voz—. Por aquí abajo. Una molestia rara.
—¿Y desde cuándo la siente? —Anotó algo, todavía sin mirarme demasiado.
Decidí jugar fuerte desde el principio. Lo miré a los ojos y solté la frase que había ensayado mentalmente durante días.
—Desde que llevo mucho tiempo sin estar con nadie, doctor. Creo que es por eso.
El bolígrafo se detuvo. Levantó la mirada y por un segundo no fue el médico, fue un hombre evaluando lo que acababa de escuchar. Carraspeó, recuperó la compostura y señaló hacia el biombo.
—Bien. Vamos a revisarla. Póngase la bata, quítese la ropa de cintura para abajo y súbase a la mesa de exploración. Yo la espero aquí.
Me cambié sin prisa. Sabía que él, del otro lado del biombo, escuchaba el roce de la tela. Cuando salí con la bata mal atada y me acosté en la camilla, vino hacia mí intentando mantener la postura de siempre. Lo intentaba, de verdad, pero el bulto que empezaba a marcarse bajo su pantalón delataba que la batalla la iba ganando yo.
—Voy a palpar el abdomen, dígame si le duele —indicó.
Sus manos presionaron con suavidad, recorriendo de las costillas hacia abajo, todo muy clínico, todo muy correcto. Yo respiraba hondo para que se notara el subir y bajar de mi pecho. Cuando llegó cerca del vientre bajo, decidí que era el momento.
—Más abajo, doctor —murmuré—. Me duele más abajo. Ahí donde está todo mojado. Toque, compruébelo usted mismo.
Se quedó congelado. Pasaron dos o tres segundos eternos en los que no movió ni un músculo, como si su cabeza estuviera procesando que una paciente le acababa de pedir eso con esa voz. Yo no esperé a que reaccionara. Tomé su mano por la muñeca y la guié hacia abajo, entre mis piernas, donde efectivamente estaba empapada desde que había cruzado la puerta del consultorio.
En cuanto sus dedos rozaron mi piel, dejé escapar un gemido que traté de contener. Él estaba de pie a mi derecha, y desde mi posición pude ver perfectamente cómo su erección tensaba ya la tela del pantalón. No lo pensé dos veces. Estiré mi mano libre y la apoyé sobre ese bulto, apretándolo despacio por encima de la ropa.
—¿Y a usted no le duele nada, doctor? —le pregunté, mirándolo a los ojos.
Algo se rompió en su contención. La respiración se le volvió pesada y, sin decir palabra, empezó a explorarme de verdad. Deslizó un dedo dentro de mí, despacio, y luego otro, mientras yo movía las caderas para facilitarle la entrada. Estaba tan mojada que sus dedos se hundían sin ningún esfuerzo, y cada movimiento me arrancaba un jadeo que tenía que tragarme.
—Tiene que estar callada —susurró él, más ronco de lo que jamás le había oído—. En los consultorios de al lado hay gente.
Esa advertencia me encendió todavía más. Saber que detrás de esas paredes finas había médicos y pacientes, que cualquiera podía sospechar, hacía que cada gemido contenido valiera doble. Le bajé la cremallera del pantalón con dedos torpes por las ganas y liberé su erección, dura y caliente en mi palma. Lo atraje hacia mí, girando la cabeza hacia el borde de la camilla, y me lo llevé a la boca mientras sus dedos seguían trabajando dentro de mí.
Su pulgar encontró mi clítoris y empezó a frotarlo con una precisión que solo da la experiencia. No era un muchacho apurado; era un hombre que sabía exactamente qué hacía y se tomaba su tiempo. Sentí cómo notaba que estaba hinchado y sensible, y ajustó la presión justo donde lo necesitaba. Yo lo recompensaba con la lengua, jugando con la punta, sintiendo cómo palpitaba cada vez que pasaba por el lugar correcto.
—Para —dijo de pronto, sacándose de mi boca con suavidad—. Si sigues así, esto se acaba demasiado pronto.
Quería que durara. Y yo también.
Acomodó las perneras de la camilla y colocó mis talones en ellas, abriéndome por completo frente a él. Arrastró el taburete con ruedas y se sentó entre mis piernas, exactamente en la posición de una exploración cualquiera, salvo que lo que vino después no figuraba en ningún manual. Lo vi acercar el rostro, separar mis labios con dos dedos y respirar hondo, como si me estuviera memorizando.
Y entonces su lengua me recorrió entera.
Tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar. Lamía mi clítoris en círculos lentos, lo atrapaba entre los labios y succionaba con un cuidado que me hacía temblar las piernas. Bajaba la lengua y la hundía en mí, subía otra vez, sin prisa, escuchando mis reacciones para repetir lo que más me hacía retorcerme. Yo apretaba los puños contra el papel de la camilla, que crujía con cada espasmo.
Cuando sentí que sus dedos volvían a entrar mientras su boca seguía arriba, supe que no iba a aguantar mucho. Encontró un punto profundo y lo presionó rítmicamente, con la lengua firme sobre mi clítoris al mismo tiempo. La tensión se acumuló de golpe, me subió por el vientre y me reventó por todo el cuerpo. Las piernas me temblaron en las perneras y tuve que ahogar el grito contra mi propio brazo mientras él no aflojaba, sosteniéndome en ese borde hasta que ya no pude más.
Me dejé caer sobre la camilla, agitada, con la respiración entrecortada. Él se incorporó despacio, se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa que ya no tenía nada de profesional. Su erección seguía ahí, más dura todavía, esperando.
—¿Estamos terminando la exploración, doctor? —pregunté, jugando con su propia frase.
Por toda respuesta se puso de pie, me tomó de las caderas y me arrastró hasta el borde de la mesa. Sentí la punta de su erección rozándome y luego, de un solo empuje firme, entró hasta el fondo. El golpe me sacó el aire. Llené los pulmones en silencio mientras él empezaba a moverse, despacio al principio, midiendo cada embestida para no hacer ruido contra la camilla.
—Más callada —murmuró, apoyando una mano sobre mi boca sin presionar, solo recordándomelo.
Asentí, con los ojos cerrados, concentrada en la sensación de tenerlo dentro. Cada empuje me llegaba hondo, y la mezcla de placer y la urgencia de mantener el silencio me tenía al límite otra vez. Sus manos abandonaron mis caderas y subieron a mis pechos, apretándolos mientras aceleraba el ritmo. La camilla protestaba apenas, un crujido rítmico que rezaba para que nadie reconociera del otro lado de la pared.
Sentí cómo su respiración se volvía irregular, cómo sus dedos se clavaban un poco más. Estaba cerca, y yo también. Cuando se hundió por última vez y se quedó quieto y tenso, sentí el calor inundarme por dentro al mismo tiempo que una segunda oleada me recorría a mí. Mi cuerpo se cerró sobre él en una contracción larga que lo hizo soltar un gruñido ahogado, exprimiéndolo hasta dejarlo sin nada.
Nos quedamos así unos segundos, los dos sin aire, él todavía dentro de mí y mis talones aún apoyados en las perneras. Y justo entonces sonaron dos golpes secos en la puerta.
—¿Todo bien ahí dentro, doctor? —La voz de Lucía, la enfermera, al otro lado.
Él se enderezó de golpe, recuperando en una fracción de segundo la voz tranquila de siempre.
—¡Todo en orden, Lucía! Ya estamos terminando la consulta —respondió, sin que se le notara absolutamente nada.
Esperamos a oír sus pasos alejándose y los dos contuvimos la risa como dos adolescentes. Me bajé de la camilla con las piernas todavía flojas y nos vestimos sin hablar demasiado, intercambiando miradas que decían más que cualquier palabra. Me acomodé la falda, me peiné con los dedos frente al pequeño espejo y respiré hondo antes de volver a ser una paciente normal saliendo de un chequeo de rutina.
—Muchas gracias por la revisión, doctor —dije desde la puerta, con toda la inocencia que pude fingir—. Fue muy… exhaustiva.
Él, ya sentado de nuevo tras su escritorio con mi ficha en la mano, levantó la vista y sonrió apenas.
—Cuando quiera, señorita. La próxima vez la cito con más tiempo, para revisarla como es debido.
Salí a la sala de espera con las mejillas encendidas y el corazón todavía golpeando. La señora de la revista ni levantó la vista. Mientras agendaba mi siguiente cita en la recepción, ya sabía perfectamente qué iba a contestar la próxima vez que me preguntara qué me dolía y desde cuándo.





