Mi huésped era mucho más joven y yo lo provoqué
Siempre me he considerado una buena anfitriona. Lo que voy a contar pasó a principios de este mes, y aunque suene mal decirlo, no fue algo que simplemente me ocurriera: lo provoqué yo, con toda la intención del mundo.
Necesito dar un poco de contexto. En el colegio donde estudian mis hijos menores se trabaja mucho el voluntariado. Yo nunca los he obligado a nada religioso, pero sí les insisto en que ayudar nunca está de más. Mi marido y yo somos los que estamos metidos en el programa más activo de la parroquia: repartir despensas, limpiar plazas, acompañar a personas mayores que viven solas. De vez en cuando, también, dar alojamiento temporal a quien lo necesita.
Una mañana de lunes, en la reunión mensual donde se repartían las tareas, anunciaron que llegaban cinco muchachos que habían tenido que salir de Venezuela y necesitaban un techo durante cuatro días, hasta coordinarles algo más estable. Levanté la mano sin pensarlo demasiado; me pareció lo más cómodo de toda la lista. Para cuando llegó mi turno solo quedaba uno de ellos, así que me lo asignaron a mí.
El miércoles fui a recogerlo al patio del colegio. Estaba algo nerviosa, porque no nos habían contado casi nada de ellos. Cuando la coordinadora me lo presentó, me sorprendió: era un chico joven, de unos veinticuatro años, alto, de hombros anchos y una sonrisa tímida. Se llamaba Mateo. Se despidió de los otros con un abrazo largo, casi emotivo, y después caminó conmigo hasta el coche. En el camino charlamos de cosas sencillas, para conocernos. Tenía una voz tranquila y un acento suave que me gustó más de lo que esperaba.
En casa le di la habitación de huéspedes, la única libre, y le preparé algo de comer mientras deshacía sus dos mochilas. El resto del día transcurrió sin nada especial… hasta la tarde.
Mateo salió de la ducha y cruzó el pasillo hacia su cuarto con solo un short puesto, sin camiseta, el pelo todavía mojado. Lo vi apenas un segundo desde la cocina, pero fue suficiente. La idea que llevaba todo el día rondándome sin atreverse a tomar forma se me instaló de golpe en la cabeza.
Podría tener una aventura con él si quisiera.
Y la decisión, lo sabía, estaba enteramente en mis manos.
Esa noche, ya en la cama junto a mi marido dormido, no pensé en otra cosa. Por un lado no me imaginaba siendo rechazada. Por el otro, Mateo no había hecho una sola insinuación: en todo el día solo había sido educado, atento, casi excesivamente correcto. Esa duda me mantuvo despierta un buen rato. Al final me dije que un chico de su edad difícilmente rechazaría a una mujer como yo. Lo planeé entero antes de dormirme: la ropa, la excusa, la hora exacta.
***
El jueves todo empezó muy temprano. Preparé el desayuno de mis hijos, alisté sus mochilas y, cuarenta minutos después, mi marido se los llevó al colegio. La casa quedó en silencio. Solo estábamos Mateo y yo.
Lo primero era la ropa. No tardé en decidirme: un vestido rosa, corto, con un escote discreto pero suficiente. Debajo, un conjunto de encaje del mismo color que apenas disimulaba nada. Unos tacones a juego. Me miré en el espejo y supe que ningún hombre se levantaría de esa cama por voluntad propia.
Bajé a la cocina, serví un tazón de cereales con leche —no tenía paciencia para más esa mañana— y lo acomodé en una bandeja. Subí, toqué la puerta con los nudillos y, sin esperar respuesta, la abrí.
—Hola —dije, asomándome—. Pensé que tendrías hambre y te traje algo.
Mateo se cubrió de inmediato con la sábana. Lo noté enseguida: no estaba haciendo nada, pero la mano se le había quedado en un sitio muy concreto. Me puse un poco nerviosa, aunque seguí adelante. Me senté en el borde de la cama, a su lado.
—No sé bien qué te gusta para desayunar, pero un cereal le gusta a todo el mundo —dije, y apoyé la bandeja sobre su regazo.
Al hacerlo sentí, debajo de la tela, un bulto inconfundible. Él se puso tenso y empezó a insistir, nervioso, en que dejara la bandeja en la mesita.
—¿Y esto qué es? —pregunté, con una sonrisa, apartando un poco la sábana—. Algo está estorbando.
Quedó a la vista: una erección que el fino pantalón de pijama no alcanzaba a esconder.
—Lo siento —murmuró, rojo—. Me desperté así.
—No tienes nada de qué preocuparte —dije, con la voz más tranquila que pude—. A tu edad es de lo más normal. Es más, ¿te molesta si te echo una mano?
—¿A qué se refiere? —preguntó, sin saber si reír o levantarse.
Dejé la bandeja en la mesita y posé los dedos sobre la tela. Él los apartó por instinto.
—¿Qué estamos haciendo? —dijo.
—Nada malo. Son cosas que le pasan a cualquiera. ¿O se lo vas a contar a alguien?
—No… —dudó.
—Entonces no hay problema. Déjame ayudarte con esto y ya está.
Liberé su erección del pantalón. Estaba más excitado de lo que su timidez dejaba ver, y cuando lo tomé con la mano sus ojos dejaron de buscar la puerta. Alcancé el aceite corporal de la mesita, dejé caer un chorrito y empecé a moverme despacio, sin prisa, disfrutando del modo en que su respiración se quebraba a cada caricia.
—Esto no debería estar pasando —alcanzó a decir.
—No pienses tanto —respondí, levantando apenas la cara—. Solo déjate cuidar.
Me incliné y lo tomé con la boca. Lo sentí estremecerse entero, y esa reacción me gustó más que ninguna otra cosa. Lo lamí sin apuro, alternando, mirándolo de reojo cada vez que él dejaba escapar un suspiro. Me acomodé de rodillas en la cama, en cuatro patas, y el vestido se me subió por detrás. Supe, por cómo se le encendió la mirada, que ya no había forma de que se arrepintiera.
—En mi vida esperaba que me pasara algo así —dijo, casi sin voz.
—No es para tanto, cariño —contesté—. Solo quiero que te sientas mejor.
Cuando lo noté demasiado cerca del límite me detuve. No quería que terminara tan pronto. Me arrodillé frente a él y me quité el vestido por la cabeza, despacio, dejando que viera por primera vez el encaje rosa completo. Mateo tragó saliva.
—Quítate eso —le dije, ayudándolo a sacarse la camiseta—. Y túmbate.
Me recosté de espaldas y abrí las piernas. Él entendió sin que se lo dijera y bajó la cabeza entre mis muslos. Al principio era torpe, más cosquilla que otra cosa, y le apreté la cara con las piernas casi sin querer. Pero de pronto encontró el ritmo, la presión justa, y todo cambió. Empecé a gemir sin contenerme, una mano en su pelo y la otra apartándome el encaje para acariciarme yo misma.
—Así, cariño, sigue así —jadeé.
El primer orgasmo me llegó rápido y fuerte. Levanté las piernas, temblé, me mordí el labio para no gritar más de la cuenta. Cuando mi cuerpo se aflojó, él separó la cara y me miró con una mezcla de orgullo y desconcierto que me derritió.
—Ahora túmbate como estabas —le dije, recuperando el aliento—. Me toca a mí.
Me subí encima. Lo guie dentro de mí y empecé a moverme despacio, con las rodillas hundidas en el colchón, marcando un vaivén lento que me dejaba sentir cada centímetro. Mateo me puso las manos en las caderas y, poco a poco, dejó atrás la timidez. Subí el ritmo. Empecé a rebotar sobre él hasta que el choque de nuestros cuerpos llenó la habitación, y cuando me apoyé en la cabecera para ir aún más rápido, él me ayudó, empujándome con las manos a cada bajada.
—¿Te gusta cómo te cuido? —le pregunté entre gemidos—. Puedo seguir todo el tiempo que te quedes en esta casa.
No contestó. Tenía la cara entre mis pechos y no parecía interesado en hablar. Me sostuvo, me apretó, me dejó hacer hasta que las piernas empezaron a fallarme.
—Quiero que me lo hagas de otra forma —dije, bajándome de encima—. Ponme de rodillas.
Me coloqué en cuatro patas y le di un par de palmadas a mis propias nalgas mientras él se acomodaba detrás. Pasó la mano para comprobar lo empapada que estaba y soltó una risa baja, incrédula. Después entró de una sola vez.
—Despacio al principio —le pedí, y él obedeció.
Pero no aguantó mucho la calma. Me sujetó de las caderas y empezó a embestir cada vez más fuerte, hasta que el sonido de la piel contra la piel se volvió constante. Yo gemía con una voz que no reconocía como mía, aguda, casi suplicante.
—Le está gustando, ¿verdad? —preguntó, ya sin tratarme de usted del todo.
—Me encanta, cariño —respondí—. No pares.
Tuve otro orgasmo casi sin darme cuenta, de golpe, y me quedé quieta dejando que él hiciera el trabajo. Cuando pasó, le pedí que fuera más lento, y esos movimientos suaves, profundos, me llevaron al borde una tercera vez. Apreté las sábanas con las dos manos y me dejé arrastrar.
—Este es el mejor desayuno de mi vida —dijo él, con la respiración entrecortada.
Lo noté tensarse, a punto. Se retiró y se levantó de la cama, y yo entendí lo que venía. Me giré, me incorporé y me arrodillé frente a él.
—Ven aquí —le dije, abriendo la boca.
Terminó así, con la cabeza echada hacia atrás y un gemido largo. Lo recibí entero, sin apartarme, y después lo limpié con la lengua mientras él, exhausto, se dejaba caer sobre el colchón sin fuerzas ni para hablar.
***
Recuperé mi vestido del suelo y me lo puse con calma. Cuando busqué la ropa interior, tuve una idea mejor: agarré la tanga de encaje y se la lancé al pecho.
—Te dejo un recuerdo, cariño —dije—. Para que no me olvides.
Él la atrapó y se me quedó mirando, todavía sin creérselo. Me acerqué una última vez al borde de la cama, le di un beso suave y salí de la habitación como si nada hubiera pasado, alisándome el vestido por el camino.
Bajé a la cocina, recogí el tazón de cereales intacto y lo enjuagué tarareando. Aquella tarde, cuando mis hijos volvieron del colegio, yo era otra vez la madre de siempre, la vecina amable, la voluntaria ejemplar de la parroquia. Nadie habría imaginado nada.
Mateo se quedó tres días más en casa. Y, modestia aparte, creo que ningún huésped se ha ido nunca tan agradecido por mi hospitalidad.





