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Relatos Ardientes

El joven jardinero que despertó a la señora

Era casi mediodía cuando Valeria cruzó la verja oxidada de la finca. Buscó entre el manojo de llaves la que abría la cochera, no dio con ella y no le quedó más remedio que dejar el coche junto a la entrada principal. Hacía años que no volvía por allí, a la casa que había sido de su familia desde mucho antes de que ella naciera.

Los Arteaga habían sido durante décadas la aristocracia de la comarca. Una familia rica y poderosa que presumía de vivir en un palacete de finales del siglo XIX, un edificio imponente de dos plantas rodeado por un jardín que había conocido tiempos mejores. Ahora todo mostraba las cicatrices del abandono: la pintura descascarada, los setos crecidos, las malas hierbas devorando los caminos de grava.

Don Esteban Arteaga había fallecido casi una década atrás. Pocos años después se fue su esposa, doña Amparo, una mujer muy querida en el pueblo, aunque de carácter severo. Y entre una muerte y otra ocurrió lo que de verdad destrozó a la familia. Algo que marcaría para siempre la vida de Valeria.

Estaba vaciando el maletero cuando escuchó un ruido en la verja. Se acercó a tiempo de ver cómo un hombre joven, al que no logró distinguir el rostro, se alejaba montado en una bicicleta. No le pareció una amenaza, pero se prometió tener más cuidado con la puerta.

Una vez dentro, calentó una bandeja de comida preparada y bajó a la bodega anexa a la cocina, de donde eligió una botella de vino blanco que le supo a gloria. Mientras comía, los recuerdos se le agolparon: las correrías de niña, la dulzura de su padre, la severidad de su madre, las discusiones de la adolescencia con su hermana.

Se llevó la botella y la copa al salón. Abrió la enorme cristalera que daba al jardín trasero y se acomodó en un sillón después de retirar la sábana que lo cubría. Siguió bebiendo hasta vaciar la botella, con la mente recorriendo los momentos más amargos y más dulces de su vida. El sopor del vino y el calor terminaron por vencerla.

***

La despertó un golpe seco en la planta de arriba, como si algo hubiera chocado contra una ventana. Subió sin dudarlo, inspeccionó los dormitorios uno a uno y solo le faltó el último, el que de niña había compartido con su hermana. La ventana estaba abierta de par en par; seguramente el viento la había empujado. Se acercó despacio a la que había sido su cama.

Entonces sintió un empujón brutal en la espalda que la lanzó contra el colchón. Antes de poder ver quién la había golpeado, oyó la voz de dos hombres hablando en un idioma que no reconoció, mientras unas manos enormes le sujetaban la cabeza contra la cama. Intentó gritar, pero la amordazaron de inmediato y sus esfuerzos se ahogaron en la tela.

Unas manos rudas le bajaron el pantalón corto de lino y, con él, la ropa interior. Se sintió expuesta, terriblemente vulnerable. Le abrieron las piernas sin contemplaciones y enseguida notó algo duro y caliente abriéndose paso entre sus muslos, clavándose en lo más hondo de ella.

Por su mente cruzó la imagen del joven de la bicicleta. No le había visto la cara, no le había oído hablar, pero algo le decía que todo aquello tenía que ver con su presencia esa mañana. Pronto dejó de pensar. La estaban tomando contra su voluntad, su cuerpo usado por un desconocido mientras el otro la inmovilizaba.

El dolor inicial se transformó, muy a su pesar, en placer. Su cuerpo, seco de tanta soledad, empezó a responder, a humedecerse, a lubricar cada embestida. ¿Qué me está pasando?, se preguntó, mientras se oía a sí misma gemir. El hombre que la montaba aceleró el ritmo hasta vaciarse dentro de ella con un gruñido ronco.

Creyó que había terminado, pero el otro le cubrió los ojos con una venda, le retiró la mordaza y le llenó la boca con su sexo. Los segundos de duda apenas duraron eso. Hacía años que no lo hacía, pero su boca recordó sola lo que debía hacer, mientras una de sus manos bajaba entre sus piernas, ávida del orgasmo que había rozado minutos antes.

Y así, envuelta en sudor y atravesada por un temblor que le recorrió el cuerpo entero, Valeria por fin se corrió, justo cuando su boca se inundaba con la descarga caliente del segundo desconocido, al que tampoco había podido verle el rostro.

***

Se llevó una mano a la cara. No había ninguna venda. Abrió los ojos. Estaba sola, en el sillón del salón, junto a la botella vacía. Todo había sido un sueño; mejor dicho, un sueño tórrido y vívido como la realidad misma. Tenía los dedos impregnados de algo viscoso, el pantalón y las bragas a medio bajar, lo justo para que, dormida, su propia mano hubiera jugado en su sexo hasta hacerlo florecer de nuevo.

Con los muslos empapados, se metió en la ducha. El agua tibia cayó sobre su cuerpo como una caricia largamente esperada, una que tantas veces se había convencido de que no volvería a recibir. Todavía estoy viva, pensó. Esa tarde retiró las sábanas que cubrían los muebles, abrió todas las ventanas y dejó que la casa respirara. Se había propuesto empezar una vida nueva, y acababa de dar el primer paso.

***

A la mañana siguiente se levantó con energías renovadas. Limpió buena parte de la planta baja con la ayuda de un robot aspirador que le había recomendado su amiga Nuria, lavó cortinas y desempolvó muebles. Desde la terraza de su nuevo dormitorio volvió a ver al mismo joven del día anterior, fisgoneando a través de la verja. No se sintió intimidada, solo intrigada. Salió por la puerta lateral y lo alcanzó justo cuando se disponía a marcharse.

—Hola, ¿quién eres? —preguntó cortándole el paso, con una mano apoyada en el manillar.

—Nadie. Un vecino del pueblo —respondió el chico.

—Aunque seas un vecino, seguro que tienes un nombre. Yo me llamo Valeria.

—Soy Bruno —dijo él.

—Bruno. Bonito nombre. ¿No estás trabajando? Ayer y hoy te veo por aquí sin prisa.

—Mi padre era jardinero. Trabajó muchos años en esta propiedad, para sus padres, señora —contestó, bajando la mirada.

—No me llames señora, que me echas veinte años encima de los que ya tengo —rio ella—. ¿Tú eres el hijo de Lorenzo?

—Sí. Falleció el año pasado, una neumonía se lo llevó en una semana.

—Lo siento mucho. Era un gran hombre, siempre dispuesto a hacer más de lo que le pedían. —Hubo un silencio—. ¿Y a qué te dedicas tú?

—Estudio en la capital. He terminado cuarto de Ingeniería Agronómica, pero no sé si podré seguir el curso que viene. No nos podemos permitir el gasto, y compartir piso allí es carísimo —explicó, con una sombra de derrota en la voz.

Valeria lo miró un instante. Era tímido y educado, como su padre, del que había heredado los rasgos: no demasiado alto, de pecho ancho y brazos fuertes.

—Te propongo algo. Ocúpate de mi jardín todo el verano, hasta que empiece el curso. Te pagaré lo que cobraría tu padre, y entonces veremos cómo arreglamos lo de tus estudios.

—¿Hablas en serio? —preguntó él, incrédulo.

—Solo hay una cosa que puede hacer que me arrepienta: que vuelvas a tratarme de usted —respondió ella con una sonrisa—. ¿Empiezas esta tarde? Te espero a las cinco.

—A las cinco, entonces —contestó Bruno, por fin risueño, antes de lanzarse pueblo abajo con la bicicleta.

***

El chico fue puntual. Esa tarde, Valeria había cambiado la ropa sucia de la mañana por una camiseta y un short vaquero ajustado. Lo guio hasta la caseta del fondo, donde se guardaban las herramientas, y de paso le pidió que echara un vistazo al timbre, que llevaba años sin funcionar. Bruno lo desmontó, reconectó un par de cables sueltos y, en cuestión de minutos, lo dejó como nuevo.

—Eres un manitas, como lo era tu padre —dijo ella, admirada—. Si te animas, puedes instalarme uno de esos timbres con cámara.

—Si no sale muy caro, lo pongo inalámbrico y nos ahorramos cavar una zanja —respondió él, satisfecho.

Bruno empezó a arrancar las malas hierbas que habían invadido el jardín. El calor apretaba, así que se quitó la camiseta y siguió cavando con el torso desnudo. Desde la terraza, Valeria lo observaba sin disimulo. Descubrió que le gustaba verlo trabajar, brillante por el sudor, con los músculos marcados, manejando el azadón con una determinación que la hipnotizaba.

Pasada una hora bajó con dos botellines de cerveza fría. Al entregarle uno, los dedos de ambos se rozaron y un cosquilleo le recorrió el brazo.

—¿Cómo lo ves? ¿Tiene arreglo el jardín? —preguntó.

—El secreto para hacer florecer cualquier jardín es darle lo que necesita —dijo él, bebiendo un trago largo—. Quitar lo que sobra, sanear lo que vale la pena y regarlo a conciencia. La humedad y el calor hacen milagros.

—Pues aquí lo tienes, a tu disposición —respondió ella, con más picardía de la que pretendía, y enseguida se ruborizó.

Bruno no respondió. Le devolvió el botellín y Valeria se retiró hacia la casa antes de ponerse tan caliente que no pudiera contenerse, porque lo que el cuerpo le pedía era dejarse arrastrar por aquel joven sin pensar en nada más.

Esa noche, en la ducha, se masturbó imaginando el sexo del muchacho sacudiéndola por dentro con el ímpetu de la juventud. Se sobó los pechos, tiró de sus pezones hasta endurecerlos y se introdujo los dedos, primero uno, después dos, después tres, follándose a sí misma cada vez con más fuerza, hasta que un orgasmo violento le hizo perder el equilibrio y la dejó temblando bajo el chorro de agua.

***

Los días siguientes transcurrieron parecidos. Bruno llegaba temprano y volvía a su tarea mientras ella intentaba, sin éxito, sacárselo de la cabeza. En tres días dejó la vieja piscina lista para el baño. El viernes, con la entrada de la finca ya despejada, el chico se despidió hasta el día siguiente.

—Mañana es sábado, no hace falta que vengas a trabajar —lo detuvo Valeria—. Te propongo otra cosa: te invito a comer aquí en casa, y así estrenas la piscina. No todo va a ser cavar.

—¿No tienes invitados? ¿Un marido, hijos…? —preguntó él, sorprendido.

—No tengo marido ni hijos, Bruno. Me gustaría mucho que vinieras, si eres capaz de aguantar la compañía de esta señora —dijo riendo.

—Claro que puedo. Será un placer —respondió, azorado.

***

El sábado, unos minutos antes de las dos, Bruno llamó al videoportero que él mismo había instalado. Se había vestido con esmero: una camiseta sobria, un pantalón color mostaza y zapatillas blancas. Valeria, por su parte, había elegido un vestido veraniego blanco, de tirantes, con la espalda al aire y el bajo unos centímetros por encima de la rodilla. No llevaba sujetador.

—Estás muy guapo cuando te quitas la ropa de trabajo —le dijo al abrirle.

—Tú también estás muy guapa —respondió él, sin poder evitar fijarse en cómo el fino tejido del vestido marcaba la silueta de la mujer.

Comieron en el porche trasero, salmón al horno y un Rioja de reserva, y el alcohol fue soltando la conversación, haciéndola más íntima, más cómplice.

—¿De verdad no tienes pareja? —preguntó él de pronto.

—No. ¿Te parece raro?

—Mucho. Eres una mujer guapa, atractiva, inteligente. Tendrías a los hombres haciendo cola.

Valeria dejó el plato que había empezado a recoger y se sentó de nuevo.

—Estuve casada dieciocho años. Pensé que era el hombre de mi vida. Pero él no pensaba lo mismo: me traicionó con mi hermana. Una doble traición. Por eso estoy sola, por eso no he vuelto al pueblo en tanto tiempo, y por eso esta casa me trae recuerdos de una época que ya no volverá.

—Lo siento de verdad —dijo Bruno, con una madurez impropia de su edad—. La vida sigue, incluso sin nosotros. Siempre es mejor seguir disfrutando de lo bueno que nos queda.

A Valeria se le humedecieron los ojos. El chico se acercó de forma instintiva y la estrechó contra su pecho. Sintieron sus cuerpos pegados, las respiraciones acompasándose. Las manos de él le acariciaron la espalda; ella se dejó atrapar. Cuando sus miradas se cruzaron, ninguno quiso romper el silencio con palabras.

Fue Bruno quien acercó primero los labios, apenas un roce tímido, temiendo haberlo malinterpretado todo. Pero Valeria abrió la boca y se aferró a su nuca, atrayéndolo hacia ella con fuerza. A partir de ahí, la pasión se desató. Las lenguas se enredaron en una danza adictiva que les hizo olvidar el mundo.

***

Con pasos torpes, sin soltarse, llegaron hasta el salón. Las manos de Bruno recorrieron el cuerpo de Valeria, y las de ella el torso firme y la espalda ancha del chico. Cuando palpó el bulto duro bajo el pantalón, ambos se estremecieron: ella rememoró épocas que creía enterradas; él sintió que tocaba el cielo.

Cayeron sobre el sofá más grande. Valeria abrió las piernas y Bruno le subió el vestido hasta la cintura. Sin demasiada experiencia, pero con todas las ganas del mundo, hundió la cabeza entre sus muslos y empezó a lamer por encima de la fina tela de encaje, mientras sus manos buscaban los pechos libres bajo el vestido.

Un gemido profundo inundó la estancia cuando él logró apartar la prenda y rozó con la lengua el sexo desnudo de la mujer. Valeria le sujetó la cabeza con una mano, incrustándolo entre sus piernas, mientras con la otra liberaba como podía la erección del chico y empezaba a acariciarla.

—Te deseo, Bruno. Deseo sentirte —jadeó ella entre gemido y gemido.

—Nunca he estado con una mujer como tú —acertó a decir él, antes de volver a su tarea.

Durante un buen rato siguieron así, ella masturbándolo, él entregado a saborearla sin descuidar el clítoris. Y lo que tenía que pasar, pasó. El cuerpo de Valeria se tensó como un cable de acero, los ojos se le fueron hacia atrás, las piernas se cerraron aprisionando la cabeza del muchacho, y un orgasmo largo, de los más intensos que recordaba, la sacudió de arriba abajo, regándole la cara con una explosión cálida que él recogió con la lengua hasta dejarla sin aliento.

—Eres maravilloso —murmuró cuando recuperó el resuello.

—He soñado contigo desde el primer día que te vi —respondió Bruno, acariciándole las piernas.

—Ven, vamos arriba.

***

Subieron al dormitorio de Valeria, una habitación enorme con un gran ventanal orientado al jardín y un espejo de cuerpo entero frente a la cama. Nada más entrar, ella se giró para mirarlo a los ojos.

—Eres el primer hombre en muchos años —le dijo.

—Y tú la primera mujer de verdad —contestó él.

Valeria se colgó de su cuello, le buscó la lengua y dejó que sus manos bajaran por el vientre del chico hasta encontrar su erección. La agarró, primero suave, luego con vigor. Llegaron al borde de la cama y, demasiado impaciente para apartar la colcha, ella lo empujó sobre el colchón y se llenó la boca con su sexo.

Nunca había tenido predilección por el sexo oral, pero esa tarde descubrió que solo le había faltado el aliciente para desear darlo. Su boca subía y bajaba mientras una mano le masajeaba los testículos. Pronto era él quien gemía sin descanso, sujetándole la cabeza, hasta que su cuerpo se arqueó y se vació en su boca en varias oleadas, en un orgasmo más largo e intenso que ninguno de los vividos hasta entonces.

—Eres una diosa —dijo al fin.

—No, cariño. Solo has hecho que vuelva a ser una mujer —respondió ella, antes de volver a besarlo.

El chico, lejos de quedar saciado, se incorporó y empezó a lamerle un pezón, a succionarlo y mordisquearlo, hasta hacerla caer de espaldas sobre la cama. Fue la propia Valeria quien se bajó los tirantes y le ofreció los dos pechos. Mientras él los devoraba, ella volvió a echar mano de su sexo, que pronto recuperó toda su dureza.

Cuando estuvo completamente desnuda, hizo que él se tendiera y se colocó de pie sobre la cama, a horcajadas, ofreciéndole la vista de su cuerpo.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

—Nunca había visto nada tan bonito —respondió él, alargando la mano hasta acariciar su sexo húmedo.

Valeria se sentó literalmente sobre su boca, haciendo coincidir su entrada mojada con los labios hambrientos del chico, que la lamió con más intensidad que nunca, agarrándola del trasero para atraerla contra sí. Ella se restregó sin pudor, cabalgando su cara hasta alcanzar un nuevo orgasmo que lo dejó empapado.

Sin pausa, arrastró su pubis por el pecho y el vientre del muchacho hasta encontrar su erección. Con una coordinación perfecta, ella deslizó las caderas hacia abajo mientras él arqueaba la cintura, y el sexo del chico se hundió de golpe en su interior. Valeria empezó a cabalgarlo con determinación, haciéndolo entrar hasta lo más hondo, una y otra vez, mientras él le buscaba los pechos con la boca y se aferraba a su trasero. Los gemidos ya eran compartidos: ambos respiraban a bocanadas, ardiendo en el mismo fuego.

Minutos después, entre gemidos que se volvieron casi gritos, Bruno se derramó dentro de ella. Valeria sintió aquella descarga en lo más profundo y volvió a correrse, sucumbiendo de nuevo al placer, dejándose caer sobre la boca del joven en un beso cargado de necesidad. Ninguno de los dos quería que aquello terminara.

Finalmente, ella se rindió, se apartó y se dejó caer a su lado, sin importarle las manchas en la colcha cara.

Aquel verano supuso un cambio radical para los dos. Bruno se confirmó como un excelente jardinero. No solo del jardín que rodeaba la mansión, sino —lo que de verdad importaba— del jardín prohibido que Valeria creía marchito para siempre, y que él consiguió hacer florecer de nuevo.

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Comentarios(1)

Rosa_84

Que bonito!!! me llego profundo este relato, de verdad. Sigan escribiendo asi por favor

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