La madura que dejó de mandar por una tarde
El miércoles amaneció plomizo sobre Zaragoza, con ese cielo que amenaza lluvia toda la mañana sin decidirse a cumplir. Llevaba tres horas frente a los monitores fingiendo trabajar. Una auditoría que el cliente esperaba para el viernes, y yo no había escrito una línea útil. El cursor parpadeaba en mitad de la pantalla, burlón.
Concéntrate, joder. Necesitas este encargo.
Pero mis dedos flotaban sobre el teclado sin teclear nada. Hacía diez días que no veía a Marisol, mi vecina del 4.º A, y eso me tenía la cabeza en cualquier sitio menos en el código. Ni un rastro de ella en el rellano por las mañanas. Ni el sonido familiar de su puerta. Como si se hubiera evaporado del edificio, o como si me estuviera evitando con la precisión de quien conoce de memoria los horarios del otro.
Claro que te evita. Se arrepiente. O su marido sospecha algo.
El móvil vibró contra la madera de la mesa. Número desconocido. Algo me hizo contestar.
—¿Diga?
—Bruno. —Voz femenina, grave, aterciopelada. Pero distinta de como la recordaba—. Soy Renata.
Me enderecé en la silla de golpe, como si ella pudiera verme encorvado.
—Renata. Hola. No esperaba tu llamada.
—Lo sé. —Una pausa larga. Escuché su respiración al otro lado—. Necesito verte.
Mi cuerpo respondió antes que mi cerebro, ese tirón conocido en la entrepierna.
—¿Cuándo?
—Ahora. Si puedes. Podría ir a tu casa. —Su tono era diferente al de siempre. Menos autoritario. Casi frágil—. Bruno, hoy no quiero lo de siempre. ¿Entiendes?
—No estoy seguro.
—Hoy me siento vulnerable. —Las palabras salieron rápidas, como si le costara admitirlas—. No me apetece ser lo que normalmente soy contigo. Solo quiero cercanía. Sin el juego de poder.
El corazón me dio un vuelco raro. La mujer que dirigía su restaurante, La Glicina, con la misma mano de hierro con que me había atado a su cama sin pestañear, estaba pidiéndome permiso para rendirse.
—Vale —dije—. Eso está bien.
—Media hora.
Colgó.
***
Miré el piso con ojos críticos. Libros apilados por todas partes, platos del desayuno en el fregadero, ropa limpia sin doblar sobre el sofá. Veinte minutos de limpieza frenética: lavavajillas, un trapo húmedo por las superficies, ventanas abiertas para que entrara aire. Cambié las sábanas por las únicas presentables que tenía, algodón blanco básico, tan lejos de la seda negra y las velas de su apartamento que casi daba risa. Una ducha rápida, vaqueros limpios, camisa gris sin planchar pero decente. No era gran cosa. Pero era lo que había.
Los tacones en la escalera fueron inconfundibles. Subiendo sin prisa pero sin pausa, eco ascendiendo planta a planta. Y entonces, justo cuando llegaron a mi rellano, escuché otra puerta. La del 4.º A.
No. Joder, ahora no.
Pegué la oreja a la madera. Pasos más ligeros, zapatillas. Marisol saliendo de su piso. Dos voces femeninas que no alcancé a descifrar, y luego un silencio denso, cargado, como si las dos se estuvieran midiendo.
Se conocen. Renata la vio aquella noche en el restaurante. Claro que se conocen.
El timbre me apartó de la puerta de un salto. Respiré hondo dos veces y abrí.
Renata, frente a mí, completamente irreconocible. Nada del traje severo ni del moño arquitectónico. Un vestido negro corto, de lino con algo de elástico, amoldándose a sus curvas sin ser obsceno. El pelo suelto sobre los hombros en ondas naturales, y esas vetas plateadas que tanto me fascinaban atravesando el negro como rayos de luna. Maquillaje suave, labios rosados en vez del rojo casi negro de costumbre. Parecía solo una mujer. Real.
—Hola —dijo, y hasta la voz era más suave.
—Hola.
Por encima de su hombro vi a Marisol. Todavía en el rellano, el bolso abierto en las manos, fingiendo buscar unas llaves que ya había encontrado. Sus ojos color miel, esos que me perseguían en sueños, clavados en nosotros con una mezcla de sorpresa y algo peligrosamente cercano a las lágrimas.
No puede estar celosa. Está casada. No tiene derecho.
Pero ahí estaba, innegable. Renata siguió mi mirada, reconoció a Marisol al instante y se giró hacia mí con una ceja alzada. Asentí apenas. Ella entendió, le ofreció la espalda a mi vecina con una indiferencia estudiada y entró en el piso sin mirar atrás. Antes de cerrar, mis ojos y los de Marisol se encontraron una fracción de segundo. Cerré la puerta. El pestillo sonó con una finalidad incómoda.
***
Renata recorrió el salón con curiosidad genuina. Las estanterías, los tres monitores, el sofá sin personalidad.
—Es muy tú —dijo—. Funcional. Honesto. Sin pretensiones de ser algo que no es.
No supe si era halago o crítica. Le ofrecí agua. Se sentó en el sofá y cruzó las piernas; el vestido se deslizó un poco hacia arriba.
—La mujer del rellano —dijo—. Es ella, ¿verdad? La de aquella noche. Tu vecina.
No tenía sentido mentir.
—Sí.
—Viviendo puerta con puerta con tu obsesión imposible. —Dejó el vaso sobre la mesa de cristal—. Hoy no quiero hablar de ella. Hoy quiero olvidar. El restaurante, las expectativas, el peso de ser siempre la fuerte. —Sus ojos se encontraron con los míos—. Solo quiero ser tocada. ¿Puedes ayudarme con eso?
—Puedo.
Se levantó y me tendió la mano.
—Llévame a tu cama.
***
El dormitorio estaba bañado en esa luz gris de mañana nublada. Sin velas, sin incienso, solo el rumor lejano del tráfico. Se giró de espaldas y me pidió que le bajara la cremallera. El sonido de los dientes separándose fue lo único que se oyó aparte de nuestra respiración. El vestido cayó al suelo en un charco de tela. Conjunto negro, bonito, femenino, nada del cuero fetichista de otras veces.
—¿Te gusta? —preguntó, y había una inseguridad real que no le conocía.
—Eres preciosa —dije, y era verdad.
Sus manos desabrocharon mi camisa botón a botón, sin prisa, los dedos rozándome el pecho con cada uno. Cuando me bajó los bóxers, mi erección ya era imposible de disimular. Se quitó el sujetador, y vi sus pechos a plena luz por primera vez, más llenos de lo que recordaba en la penumbra de su apartamento, con la caída honesta del tiempo. Firmes todavía, reales. Se tumbó sobre las sábanas blancas, su piel contrastando con el algodón.
—Hazme sentir bien —dijo—. Con la boca primero. Por favor.
No fue una orden. Fue una súplica, y eso lo cambiaba todo.
Me coloqué entre sus piernas. Las abrió para mí, las rodillas dobladas, los pies plantados en el colchón. El calor de su sexo me alcanzó la cara antes de tocarla, un olor denso, almizclado, mezclado con el resto de su perfume. El primer contacto de mi lengua la hizo inhalar de golpe. Lamí despacio, de abajo arriba, sintiendo cómo su piel se tensaba con cada pasada.
—Así —jadeó, las manos hundiéndose en mi pelo—. Nadie me toca así. Con tanta... calma.
La abrí con los dedos, exponiéndola, y bajé la lengua sobre su clítoris. Círculos pequeños primero, sin ir directo, jugando con la anticipación.
—No pares. Estoy tan cansada de controlarlo todo.
Introduje un dedo, luego dos, curvándolos hacia ese punto esponjoso que la hizo arquearse de la cama.
—Ahí. Exactamente ahí. Más despacio en el clítoris, más fuerte el dedo.
Seguí sus indicaciones como un mapa. No eran órdenes; eran guías para darle lo que necesitaba. Sus muslos empezaron a temblar contra mis mejillas, las manos apretándome el pelo con urgencia.
—Voy a... no pares... por favor...
La sentí tensarse entera. Un segundo de silencio absoluto en el que hasta dejó de respirar, y luego la primera contracción cerrándose alrededor de mis dedos, fuerte, involuntaria. Otra, y otra más, su cuerpo rindiéndose por completo. Un sonido ronco le salió de la garganta mientras se corría contra mi boca. Seguí, más suave ahora, dejándola cabalgar cada oleada hasta que sus músculos se aflojaron.
—Joder —jadeó, los ojos vidriosos, el pelo plateado y oscuro esparcido sobre la almohada como tinta derramada—. Ven aquí.
Me arrastré hacia arriba y nos besamos hondo, ella saboreándose en mis labios.
—Ahora fóllame —murmuró—. Como si fuera tuya.
Me coloqué entre sus piernas y la guie con la mano. Empujé despacio, centímetro a centímetro, su calor cerrándose en torno a mí mientras ella gemía sin parar. Cuando estuve del todo dentro, las piernas se le enroscaron en mi espalda, los talones presionándome para que me moviera.
—Muévete.
Empecé lento, profundo, encontrando el ritmo poco a poco. Sus pechos se balanceaban con cada embestida, los pezones rozándome el pecho, el sudor empezando a unir nuestras pieles. Aceleré, el colchón crujiendo bajo nosotros, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la habitación.
—Cámbiame —pidió, jadeando—. De rodillas.
Se giró, las manos plantadas en las sábanas arrugadas, la espalda arqueada, ofreciéndose. La penetré de una sola embestida y gritó. Esta posición lo cambiaba todo: más profundo, más intenso. La agarré de las caderas y follé sin sutileza, mi pelvis chocando contra ella.
Marisol puede oír esto. Puerta con puerta. Puede oír cómo me follo a otra.
La mano se me alzó sola y bajó seca sobre su nalga. El golpe resonó como un disparo. La carne tembló bajo mi palma.
—Sí —gimió, la voz quebrándose en una nota aguda—. Más. Márcame.
Alterné las dos nalgas, dejando marcas rojas, mientras aceleraba. Su interior empezó a contraerse de nuevo.
—Córrete —jadeé—. Córrete para mí.
Tres embestidas más y explotó otra vez, su cuerpo entero convulsionando. Aguanté pensando en cualquier cosa, en facturas, en código, en lo que fuera menos en el placer que me subía por la columna.
—Túmbate —dijo cuando los temblores cedieron—. Quiero montarte.
Me tumbé y ella se dejó caer sobre mí, tomándome entero de una vez. Cabalgó subiendo y bajando, las caderas en círculos, los pechos frente a mi cara. Capturé un pezón con la boca, succioné, mordí suave. Su mano bajó entre nosotros para frotarse el clítoris mientras el ritmo se le volvía errático.
—Córrete conmigo —pidió—. Dentro. Estoy limpia. Confío en ti.
Eso fue todo. La agarré de las caderas y embestí hacia arriba mientras ella bajaba, los dos sincronizados, hasta que el orgasmo me detonó desde la base de la espalda y me vacié dentro de ella. Se corrió a la vez, su cuerpo apretándome, ordeñándome cada gota. Colapsó sobre mi pecho, los dos jadeando, sudados, deshechos.
***
Después fumó. Sacó un cigarrillo largo y delgado del bolso, se sentó contra el cabecero y exhaló humo hacia el techo, la ceniza cayendo sobre las sábanas sin que le importara.
—Mi ex odiaba que fumara —dijo—. Decía que era poco femenino. Que las mujeres de clase no fumaban.
—Tu ex suena como un imbécil.
Rió, genuina.
—Lo era. Un controlador que creía que podía moldearme a su imagen de esposa perfecta. Veinte años me costó darme cuenta de que podía decir que no. De que tenía poder propio.
—¿Y desde entonces controlas todo?
—Mayormente. —Me miró—. Pero hay días como hoy, en que el peso de ser siempre la fuerte es demasiado. En que solo quiero que otro tome las decisiones. Que me toque sin que yo tenga que dirigirlo.
Apagó el cigarrillo en el vaso de agua y se acurrucó contra mí. Nos quedamos así un rato largo, sin expectativas, hasta que la realidad volvió a llamar.
—Debería irme —murmuró—. El restaurante abre para cenas.
Se vistió despacio, transformándose otra vez en Renata, la dueña intachable, mientras yo la miraba desde la cama. En el recibidor se puso de puntillas y me besó.
—Gracias —dijo contra mis labios—. Por dejarme ser yo. Te llamaré.
Abrí la puerta. El rellano estaba vacío. Bajó las escaleras, los tacones alejándose, click-clack, hasta el silencio. Cerré y me apoyé contra la madera, procesando. Una versión de Renata que no conocía. Humana. Casi una amiga.
Esto se complica cada vez más.
***
Me había duchado y vestido cuando llamaron a la puerta. Suave, dudoso. Renata acababa de irse. Miré por la mirilla.
Marisol. De pie, sola, mirando al suelo como si reuniera coraje. Pantalón de chándal gris, camiseta blanca sin sujetador debajo, descalza, el pelo en una coleta deshecha. Y los ojos rojos, hinchados. Había estado llorando. Abrí.
—¿Podemos hablar? —preguntó, la voz quebrada.
—Pasa.
Dudó, y entró. Era la primera vez que cruzaba mi umbral en todos los meses viviendo enfrente. Recorrió el salón con esa curiosidad suya, los dedos rozando los lomos de los libros sin verlos. Luego se giró, las lágrimas amenazando con desbordarse.
—¿Quién es ella? —preguntó, directa, tan ella.
—Renata. La conoces. La dueña del restaurante.
—La que nos observó aquella noche.
—Sí.
—¿La quieres?
—No. —Y era verdad—. Lo que siento por ella es otra cosa. Respeto. Atracción. No amor.
Caminó hacia la ventana, mirando afuera sin ver nada.
—Cuando la vi esta mañana subiendo... cómo te miraba, cómo la mirabas tú... —Su voz tembló—. Y luego lo escuché todo, Bruno. Las paredes son delgadas. Tu dormitorio está justo al lado del mío. La oí gritar tu nombre.
Se quebró. Las lágrimas cayendo libres, los sollozos sacudiéndole los hombros. Di un paso y ella levantó la mano.
—No me toques. Si me tocas ahora, voy a romperme.
—¿Qué sientes? —pregunté suave.
—Celos. Irracionales, hipócritas, porque yo tengo a Andrés. Yo estoy casada. Yo te dije desde el principio que nunca lo dejaría. Y aun así, escucharte con ella me hizo sentir como si me estuvieras traicionando. Como si fueras mío.
—Marisol... —empecé.
—Déjame terminar. Si no lo digo ahora, no lo diré nunca. —Respiró hondo—. Andrés me salvó la vida. Literalmente. Hace unos años la menopausia me golpeó como un tren de mercancías. No los sofocos de las comedias. La de verdad. Dejé de dormir, de comer. Ataques de pánico en plena calle. Una depresión que apagó todas las luces dentro de mí durante dos años.
Se abrazó a sí misma, pequeña.
—Hubo días en que solo quería desaparecer. Y él se quedó. Cada día. Me llevaba a las terapias aunque yo protestara, me sostenía cuando le gritaba que me dejara morir. No huyó. No me juzgó. Ese tipo de lealtad no es romántica ni sexual. Es algo más hondo. Y no se paga abandonando a quien te cuidó cuando eras un cadáver andante.
El silencio cayó denso entre nosotros.
—¿Y yo qué soy en todo esto? —pregunté, temiendo la respuesta.
—Tú eres lo que no debería tener pero necesito. —Apenas un susurro—. Eres el deseo, la parte de mí que creí muerta durante años y que tú mantienes viva. Pero nunca podré elegirte del todo. Porque a él le debo seguir aquí.
Asentí lento. No me gustaba. Me dolía como una puñalada. Pero lo entendía.
—¿Entonces qué hacemos?
—Necesito tiempo. Para pensar. —Caminó hacia la puerta, se giró una última vez, la cara un desastre de lágrimas—. Lo siento. Por enamorarme cuando no debía.
—No te disculpes nunca por sentir.
Sonrió, rota, pequeña, y salió al rellano. Cruzó los tres metros hasta su puerta y la cerró con un clic suave. Me quedé en el umbral, mirando la madera del 4.º A.
Ella se enamora de mí y no puede estar conmigo. Yo me enamoro de ella y no puedo tenerla. Y Renata existe. Y todo es un desastre.
Entré, cerré, y por primera vez en años sentí las lágrimas quemándome los propios ojos. No lloré. Pero estuve cerca. El móvil vibró en el bolsillo. Un mensaje de Renata: «Gracias por hoy. Eres un buen hombre, Bruno. No lo olvides». Y, justo debajo, otro de Marisol: «Siento haber descargado todo eso sobre ti. Duerme bien».
Dos mensajes. Dos mujeres. Dos direcciones distintas tirando de mí. No respondí a ninguno. Dejé el teléfono en la mesilla, me tumbé sobre las sábanas todavía revueltas y cerré los ojos, sabiendo que mañana me levantaría, fingiría normalidad y probablemente volvería a tomar las mismas decisiones que me habían traído hasta aquí.





