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Relatos Ardientes

El desconocido del andén cumplió mi fantasía prohibida

Todo empezó en un foro de cine clásico, uno de esos rincones de internet donde un puñado de obsesivos discute escenas que el resto del mundo olvidó hace décadas. Yo entraba para hablar de Casablanca, mi película de siempre. Allí lo encontré a él.

Charlábamos a diario. Su usuario era nocturno_54, y deduje que rondaba esa edad. Yo tenía treinta y seis, divorciada hacía dos años y todavía sin ganas de explicarle nada a nadie. Al principio solo discutíamos sobre Rick e Ilsa, sobre si ella lo había amado de verdad o solo necesitaba el pasaje. Coincidíamos casi en todo, y esa coincidencia tenía algo de íntimo que me incomodaba y me gustaba al mismo tiempo.

Muy pronto las conversaciones se desviaron hacia un terreno más oscuro. Hay un poder extraño en contarle cosas a alguien que no te conoce, que no puede cruzarse contigo en el supermercado ni mirarte distinto en una reunión. Da igual si te juzga: no hay consecuencias. Eso libera. Y así, una noche cualquiera, terminé escribiéndole lo que jamás le había dicho a nadie.

Le confesé que me excitaba la idea de ser tomada por la fuerza por un extraño. Que la sola fantasía de perder el control, de que alguien me usara sin pedir permiso, me dejaba más mojada que cualquier otra cosa. También le dije que me daba miedo, que era demasiado exponerse y que nunca me había atrevido a llevarlo más allá de mi propia cabeza.

—La verdad es que para un hombre eso es muy complicado —me respondió—. Hay leyes que existen justamente para impedirlo.

Me reí, porque tenía razón, y le aclaré que era apenas una fantasía, algo que usaba a solas para tocarme por las noches.

—Pensalo bien —escribió después—. Nunca viste mi cara. Solo conocés mi usuario. Para vos soy un completo desconocido.

—Objetivamente sí —contesté—, pero sé que odiás los finales felices forzados, que tu padre murió cuando eras chico, que coleccionás películas en blanco y negro. De alguna manera te conozco.

—No sabés cómo me llamo, ni dónde vivo, ni qué cara tengo.

Sentí un escalofrío bajarme por la espalda. Era cierto.

Entonces me confesó que él sí había investigado. Que sabía mi nombre real, Mariana, que había encontrado mi perfil de Instagram, mis fotos, el barrio aproximado donde vivía por una historia que subí sin pensar.

—Tenés una boca preciosa —escribió—. Y un cuerpo que no sé por qué escondés.

—Soy una mujer grande y común. Nada del otro mundo.

—No estoy de acuerdo —respondió—. Y creo que podemos jugar a cumplir tu fantasía tal cual la imaginás. Sería un placer enorme para mí.

***

Por supuesto, fijamos reglas antes que nada. Yo volvía del trabajo siempre en el mismo ramal de tren, a la misma hora. Algún día, sin avisar, él estaría ahí. No sabría cuándo. No vería su rostro. No tendría forma de confirmar que era él hasta que ya fuera tarde.

—Quiero una palabra de seguridad —le escribí—. «Eclipse». Si la digo, todo se detiene en el acto, sin discusión.

—Eclipse y se termina todo —contestó—. Tenés mi palabra.

Y entonces, silencio. Pasaron tres semanas sin una sola línea suya. Nocturno_54 desapareció por completo: ni mensajes, ni actividad, ni una conexión registrada. Las primeras noches viví en un estado raro, a mitad de camino entre la excitación constante y un terror delicioso. Cada vez que subía al tren el corazón me golpeaba con tanta fuerza que pensaba que se me iba a salir del pecho.

Miraba a cada hombre del vagón con una mezcla de miedo y deseo. Esperaba que cualquiera de ellos se acercara, me dijera algo al oído, me llevara a alguna parte. Pero nada pasaba. A lo sumo, alguno me sostenía la mirada un segundo de más, o bajaba los ojos hacia mis piernas cuando la falda se me subía al sentarme.

Después, como siempre, ganó la rutina. La vida siguió su curso. La fantasía volvió a ser un recuerdo lejano, una herramienta que sacaba del cajón solo cuando estaba sola y caliente de madrugada.

Hasta ese martes por la tarde.

***

El vagón iba repleto, uno de esos viajes en que los cuerpos se aplastan unos contra otros y respirás el calor ajeno. De golpe alguien me empujó con una fuerza brutal contra la puerta del fondo. Mi frente casi golpea el vidrio frío, y sentí cómo mi cuerpo quedaba prensado contra algo duro, una erección inconfundible apretándose contra mí a través de la tela del pantalón.

No dije nada. No me moví.

Una mano grande se posó sobre mi cadera y bajó despacio, hasta apretarme con violencia, hundiendo los dedos en mi carne. Todo dentro de mí se contrajo de una vez. La mano subió por debajo de la blusa, pasó por encima del corpiño y me tomó un pecho entero, estrujándolo con tanta fuerza que tuve que morderme el labio para no gemir en voz alta. Los dedos encontraron el pezón y lo retorcieron hasta que dolió de verdad.

Llegó el momento, pensé, con el pulso desbocado. Es él. Vino a buscarme.

Apretó tan fuerte que durante un segundo estuve a punto de pronunciar «eclipse». El dolor era intenso, pero la excitación lo superaba con creces. Me quedé inmóvil, respirando agitada, sintiendo cómo esa dureza desconocida se frotaba contra mí al ritmo del traqueteo del tren.

En la primera estación donde las puertas se abrieron justo frente a nosotros, me empujó fuera del vagón sin una sola palabra.

—No te des vuelta —susurró pegado a mi oreja, con una voz tan baja y ronca que fue imposible reconocerla—. Caminá.

Obedecí. Subimos las escaleras, salimos a la calle, el ruido del tráfico de golpe alrededor. Entonces sentí una tela cubriéndome los ojos, una venda improvisada anudada con destreza.

—Tranquila. Dejá que te guíe.

Me hizo entrar en la parte trasera de un auto que olía a cuero gastado y a ambientador barato. Me sujetó las muñecas a la espalda con algo que parecía una corbata, ajustando bien el nudo. Me acomodó de costado, la mejilla contra el asiento, sin brusquedad pero sin dejarme ninguna salida.

***

Cuando el auto se detuvo, me sacó casi en peso y me condujo a los tropezones. Creo que era un hotel de paso, de esos a los que se entra sin que nadie te mire. No me crucé con nadie, no escuché voces. Subimos unos escalones, una llave giró en una cerradura, y al entrar me golpeó ese olor a desinfectante que no se confunde con ningún otro.

—Ahora sí —dijo, y la voz le había cambiado, más cruda—. Te voy a tratar como lo que viniste a buscar.

Me empujó y caí sentada sobre la cama. Soltó la atadura de mis muñecas solo para arrancarme la blusa con prisa. Me bajó el corpiño sin desabrocharlo, dejando mis pechos al aire, y los tomó con las dos manos, amasándolos con una violencia que me arrancó un grito corto. Me pellizcó los pezones, los retorció entre los dedos, y yo me retorcí con él, sin saber ya dónde terminaba el dolor y empezaba el placer.

—Hermosos —gruñó contra mi cuello—. Grandes, pesados, perfectos.

Bajó la boca y empezó a chuparlos con fuerza. Mis pechos siempre fueron mi punto débil, y para entonces ya estaba tan mojada que la ropa interior se me había empapado.

Me subió la falda hasta la cintura, me arrancó la bombacha de un tirón y me metió dos dedos de una sola vez, sin aviso ni delicadeza. Estaba empapada y los dos lo sabíamos.

—Mirate —dijo, la voz cargada de desprecio fingido—. Chorreando, y ni siquiera me viste la cara. Ya estás lista.

Me dio vuelta boca abajo, me abrió las piernas con la rodilla y me penetró de un solo empujón profundo. Me llenó tan de golpe que solté un grito ahogado contra el colchón. Su cuerpo aplastaba el mío, dejándome sin margen para moverme, solo para recibir. Empezó a moverse como un animal: embestidas secas, hondas, sin pausa. Cada golpe sacudía la cama entera.

—Te dejarías hacer cualquier cosa, ¿no? —jadeaba contra mi nuca—. Por eso viniste.

Me tomó del pelo, me obligó a arquear la espalda, me cambió de posición sin pedir permiso. Me puso de costado, me levantó contra la pared, me sostuvo en el aire con una fuerza que me sorprendió. Mis piernas le temblaban alrededor de la cintura. Me dio palmadas firmes, me habló sucio al oído, me dijo que gritara más fuerte, que sabía que me gustaba que me trataran así. Y tenía razón, esa era la peor y la mejor parte.

***

En medio de una embestida especialmente brutal, una duda me cruzó la mente y no pude callarla.

—Nocturno… —jadeé—. Sos vos, ¿verdad?

No respondió. Solo soltó una risa baja, oscura, y me embistió todavía más fuerte, como si mi pregunta lo hubiera encendido aún más. Un escalofrío de puro terror se me mezcló con el placer más intenso que había sentido en mi vida. ¿Y si no era él? ¿Y si de verdad era un extraño cualquiera que el azar había puesto detrás de mí en ese vagón? La sola idea me hizo acabar de una manera violenta, las piernas convertidas en gelatina, el cuerpo sacudiéndose contra el suyo sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.

Me tomó tres veces esa tarde.

La primera terminó dentro de mí, sosteniéndome las caderas hasta el último segundo. La segunda me obligó a arrodillarme y me usó la boca con la misma falta de piedad, sujetándome del pelo, marcando él el ritmo. La tercera me puso otra vez en cuatro y, despacio esta vez, casi con paciencia, me reclamó por detrás. Fue la primera vez que alguien me tomaba así, y el dolor inicial fue cediendo hasta transformarse en algo que me hizo gritar contra la almohada y acabar por última vez, agotada.

Nunca me sacó la venda.

***

Cuando terminó, fue él mismo quien me vistió, con una calma que contrastaba con todo lo anterior. No me devolvió la bombacha —dijo que se la quedaba de recuerdo—. Me llevó de vuelta al auto, todavía con los ojos cubiertos. En algún punto del trayecto se detuvo, abrió la puerta, me ayudó a bajar, me desató las muñecas y me habló por última vez con esa voz disfrazada.

—Contá hasta cinco antes de quitarte la venda.

Escuché el motor alejarse. Cuando por fin me destapé los ojos, descubrí que estaba en la misma estación de tren donde me había abordado, a pocas cuadras de mi casa.

Llegué a mi departamento tambaleándome, el cuerpo entero ardiendo, sin ropa interior, la blusa arrugada y las marcas rojas de sus manos todavía visibles. Me miré al espejo: tenía la boca hinchada, una mordida tenue en el cuello, el rímel corrido por las lágrimas. Parecía otra mujer. Me sentía otra mujer.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Un mensaje de nocturno_54 en el foro:

«En algún momento pensé que ibas a decir "eclipse". Pero no lo dijiste. Lo hiciste perfecto, Mariana».

Le respondí sin una pizca de vergüenza:

«Fue lo más intenso que viví. Pero ¿por qué no me dejaste verte? Me quedé con la sensación de que me dejaste tirada en la estación. Podríamos haber ido a cenar, al menos».

Su respuesta no tardó:

«Porque quiero seguir siendo el desconocido que aparece cuando menos te lo esperás. Si me ves la cara, dejo de ser tu fantasía y me convierto en un hombre cualquiera. Y eso, los dos lo sabemos, sería una lástima».

Me quedé mirando la pantalla un largo rato, el corazón todavía golpeándome, el cuerpo aún latiendo con el recuerdo de un hombre cuyo rostro nunca había visto y, quizá, nunca vería.

Y sonreí.

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Comentarios (5)

Fer_2024

que buenoooo!!! lo leí de un tirón sin poder parar

LuciaMdP

Me encantó como lo contaste, se siente que realmente podría pasar. La parte del vagón me puso la piel de gallina, muy bien llevado.

Mauro_cba

esto me recordó a un viaje en tren que hice el año pasado... nada parecido a esto, pero uno nunca sabe jaja. Muy bueno el relato

theregar

Por favor que haya una segunda parte, no puede quedar asi!!!

CelesteMdz

¿Como le contaste la fantasia por internet? eso es lo que mas me intriga del relato, la primera parte antes de que pase todo

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