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Relatos Ardientes

Don Aurelio despertó a mi amiga aquella tarde

Ilustración del relato erótico: Don Aurelio despertó a mi amiga aquella tarde

Sara siempre se reía de Don Aurelio cuando volvíamos en el coche de las cenas en la bodega. Decía que aquel viejo de casi setenta años, con su chaleco anticuado y su bigote blanco, la miraba como si pudiera desnudarla solo con los ojos. Le parecía gracioso. A mí no tanto, porque yo había visto cómo ella le sostenía la mirada un segundo de más cada vez.

—Es un señor mayor, no seas mal pensado —me decía, mordiéndose el labio para no sonreír.

—Un señor mayor que te llama «niña» y a ti se te pone la cara roja —le respondía yo.

Ella miraba por la ventanilla y no contestaba.

Don Aurelio no era un viejo cualquiera. Tenía una finca de viñedos a las afueras del pueblo, manos enormes y una voz grave que parecía salir del fondo de un barril. Pesaba lo suyo, sí, y caminaba despacio, pero cuando entraba en una habitación todo el mundo callaba sin saber por qué. Yo lo conocía desde hacía años, le hacía algunos trabajos con las cuentas de la bodega, y aquella tarde de octubre nos había invitado a Sara y a mí a probar el vino nuevo.

***

La bodega olía a madera húmeda y a uva fermentada. Bajamos por una escalera de piedra hasta la sala donde reposaban las barricas, y allí, con tres copas y una botella sin etiqueta, Don Aurelio nos esperaba sentado en un sillón de cuero gastado.

—Sara —dijo, alargando su nombre como si lo paladeara—. Pensé que no vendrías.

—Le dije a Marcos que tenía curiosidad por su famoso vino —contestó ella, y se sentó en el borde de un taburete, demasiado erguida.

Sirvió las copas él mismo. Cuando le dio la suya a Sara, sus dedos rozaron los de ella un instante más largo de lo necesario, y vi cómo a mi amiga se le cortaba la respiración. Bebimos. Hablamos de cosas sin importancia, de la cosecha, del pueblo, del frío que ya empezaba a colarse por las noches. Pero todo el tiempo había otra conversación pasando por debajo, una que nadie decía en voz alta.

—Marcos —me dijo Don Aurelio en algún momento—, ¿por qué no subes a por la otra botella? La que dejé en el estudio. Tu amiga y yo seguimos charlando.

Lo miré. Él me sostuvo la mirada sin pestañear, con una calma absoluta. Y entonces entendí que aquello no era una petición sobre una botella.

—Claro —dije.

Subí despacio. Tardé en encontrar la dichosa botella a propósito, dándole tiempo, dándoselo a ella sobre todo, porque sabía que Sara podía subir detrás de mí en cualquier momento y no lo hizo. Cuando bajé, me quedé en el último escalón, en la sombra, sin que me vieran.

Don Aurelio se había puesto de pie. Era una mole frente a ella, y sin embargo la tocaba con una delicadeza que no me esperaba. Le había soltado el pelo, que Sara llevaba siempre recogido, y se lo apartaba de la cara con esos dedos gruesos.

—Toda la noche fingiendo que no querías esto —le dijo en voz baja—. Y mírate ahora.

Sara no contestó. Solo cerró los ojos cuando él bajó la boca hasta su cuello.

***

Tendría que haber subido. Tendría que haberme ido. Pero me quedé ahí, en el escalón, con el corazón golpeándome las costillas, mirando cómo aquel hombre que le triplicaba la edad le iba ganando el cuerpo centímetro a centímetro.

La sentó sobre la mesa de roble donde reposaban las copas. Le separó las rodillas sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo, y se colocó entre ellas. Sara se agarró a sus hombros anchos. Cuando él la besó por fin en la boca, ella respondió con una urgencia que yo no le conocía, como si llevara meses esperando exactamente eso.

—Despacio, niña —le dijo Don Aurelio, riéndose por lo bajo—. No tengo ninguna prisa contigo.

Y no la tenía. La desnudó de cintura para arriba sin dejar de mirarla a los ojos, sin tocarla apenas, hablándole todo el rato en ese tono grave que llenaba la bodega entera. Le dijo que era preciosa. Le dijo que llevaba semanas pensando en ella. Le dijo cosas más crudas también, al oído, cosas que hicieron que Sara echara la cabeza hacia atrás y soltara un sonido que no había soltado nunca delante de mí.

Cuando él se abrió el cinturón, ella misma bajó la mano para ayudarlo, temblando. Y lo que vino después fue una lección. No hay otra manera de decirlo. Aquel viejo enorme y tranquilo la tomó sobre la mesa con una seguridad que ningún chico de los nuestros tendría jamás, sabiendo exactamente cuándo ir despacio y cuándo no, leyéndole el cuerpo como quien lleva cincuenta años aprendiendo a hacerlo.

Sara se aferró al borde de la mesa. Las copas se tambalearon. Una cayó al suelo y se hizo añicos, y ninguno de los dos le prestó la menor atención.

Tendría que irme, pensé. No me fui.

***

No sé cuánto tiempo estuve mirando. Lo suficiente para verla cambiar. Sara entró en aquella bodega como una mujer que se reía de un viejo, y delante de mis ojos se fue convirtiendo en otra cosa, en alguien rendido, entregado, que pedía más con la voz quebrada y le clavaba las uñas en la espalda a Don Aurelio mientras él la sostenía entera con un solo brazo.

—Eso es —le decía él contra el pelo—. Así. Ya eres mía, ¿verdad que sí?

—Sí —jadeó ella—. Sí.

Fue ese «sí» lo que me sacó de la sombra. No lo decidí. Mis pies me llevaron escalón abajo, hasta la sala, y cuando Sara abrió los ojos y me vio ahí de pie, mirándolos, no se cubrió ni se apartó. Me sostuvo la mirada igual que se la sostenía a él en el coche. Como si llevara toda la noche queriendo que yo lo viera.

Don Aurelio giró la cabeza despacio hacia mí. No se sorprendió. Creo que lo había planeado desde el principio, desde el momento en que me mandó a buscar la botella.

—Vaya —dijo, sin dejar de moverse contra ella—. Parece que tu amigo también tenía curiosidad. Ven aquí, muchacho. No te quedes ahí como un pasmarote.

Miré a Sara. Ella asintió, casi imperceptiblemente, mordiéndose el labio igual que cuando hablábamos de él en el coche.

Me acerqué.

***

Me coloqué a su espalda. Le puse las manos en la cintura, esa cintura que había visto mil veces y que nunca me había atrevido a tocar, y la ayudé a sostener el ritmo que Don Aurelio le marcaba desde abajo. Sara echó la cabeza atrás y la apoyó en mi hombro. Olía a su perfume de siempre y a algo nuevo, a sudor y a vino derramado.

—Marcos —susurró, y fue lo único que dijo.

Estuvimos así un largo rato, los tres, en aquella sala de piedra fría donde nuestra respiración hacía vaho. Don Aurelio llevaba la voz cantante sin esfuerzo, repartiéndonos a los dos con esa autoridad tranquila de quien sabe exactamente lo que hace. A ella la guiaba con frases cortas. A mí me bastaba con mirarlo para entender dónde poner las manos, cuándo apretar, cuándo aflojar.

Sara se corrió primero. La sentí tensarse entera contra mi pecho, agarrada al cuello del viejo, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar, y aun así un gemido largo escapó y rebotó contra las barricas. Don Aurelio la sostuvo durante todo el temblor, hablándole bajito, hasta que ella se quedó floja entre los dos, riéndose y llorando a la vez sin saber bien por qué.

—Esta niña —dijo él, satisfecho, acariciándole la espalda—. Esta niña tenía demasiado dentro guardado.

***

Después se tomó su tiempo también para él. Apartó a Sara con suavidad, la dejó sentada en el sillón de cuero envuelta en su propia ropa a medio poner, y terminó como había hecho todo aquella tarde: sin prisa, mirándola a ella a los ojos, mientras yo seguía a un lado sin saber muy bien qué hacer con mis manos. Cuando acabó, soltó un gruñido hondo que pareció sacudir las paredes y se dejó caer en el sillón, enorme y satisfecho, con el pelo blanco pegado a la frente.

Nadie dijo nada durante un buen rato. Solo se oía el goteo lejano de alguna tubería y nuestra respiración volviendo poco a poco a la normalidad.

—El vino nuevo está muy bueno —dijo entonces Don Aurelio, completamente serio, y los tres nos echamos a reír.

***

Subimos al coche cuando ya era noche cerrada. Sara se sentó a mi lado con el pelo todavía suelto y la mirada perdida en la carretera oscura. No me miraba a los ojos, igual que aquella primera vez que sospeché lo que pasaba entre ella y el viejo. Pero esta vez yo lo sabía. Lo había visto entero.

—No digas nada —murmuró al cabo de un rato.

—No iba a decir nada.

—Lo digo en serio, Marcos. Ni una palabra. A nadie.

—Tranquila —dije.

Condujimos en silencio un par de kilómetros. Las luces del pueblo aparecieron a lo lejos, pequeñas y amarillas entre los viñedos.

—¿Sabes lo peor? —dijo ella entonces, sin volverse, con una media sonrisa que vi reflejada en el cristal de la ventanilla.

—¿Qué?

—Que el sábado vuelve a invitarnos.

No le contesté. No hacía falta. Los dos sabíamos perfectamente que el sábado íbamos a ir, y que aquella tarde en la bodega no había sido un final, sino apenas el principio de algo que ninguno de los dos pensaba contar jamás.

Don Aurelio nos había enseñado, en una sola tarde, todo lo que creíamos saber sobre el deseo y no sabíamos en absoluto. Y por la cara de Sara reflejada en el cristal, supe que ella ya estaba contando los días.

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Comentarios (2)

EdgarM_54

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

MariPaz_22

Dios mio lo que pasó en esa bodega jajaja, no puedo. Tremendo!!

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