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Relatos Ardientes

Mi vecina dominante me enseñó a obedecer

El verano había caído sobre las casas rurales del fondo del valle como una manta húmeda. Adrián llevaba dos semanas alojado con su madre en una de esas viviendas pareadas, separada de la de al lado por una valla baja y un seto que el sol había vuelto amarillo. Había soñado con pasar las tardes en la piscina, pero alguien había echado un producto de limpieza demasiado agresivo en el agua y tocarla era arriesgarse a una irritación en toda la piel.

Así que se quedaba en su habitación, con la ventana abierta, fingiendo que leía. En realidad esperaba. Esperaba el momento en que su vecina, Carla, saliera al patio a tender la ropa.

Carla rondaba los cuarenta y cinco y se movía por su jardín como si el mundo entero le perteneciera. Tenía el pelo negro recogido en un moño descuidado, una manera de plantar los pies en el suelo que parecía un desafío, y una mirada que Adrián nunca se había atrevido a sostener las pocas veces que se habían cruzado en el camino de tierra. Era una mujer que no pedía permiso para nada.

Él tenía veintiocho y se consideraba un hombre tranquilo, de los que prefieren observar antes que actuar. Quizá por eso lo que sentía al mirarla por la ventana lo desconcertaba tanto. No era solo deseo. Era la certeza incómoda de que, si alguna vez aquella mujer le dirigía la palabra de verdad, él haría exactamente lo que ella dijera.

***

La descubrió por casualidad una tarde de bochorno. Carla recibió visita: un hombre alto, de hombros anchos, que entró en el patio con la sonrisa fácil de quien cree que va a salirse con la suya. Adrián se apartó un poco de la ventana, avergonzado, pero no se fue.

Lo que vio no se parecía a nada de lo que había imaginado. El hombre quiso llevar el mando desde el principio, manos por todas partes, voz demasiado segura. Carla lo dejó hacer apenas un momento. Después, con una calma que helaba, le sujetó la muñeca, se la torció hacia atrás y le susurró algo al oído que Adrián no llegó a escuchar. El gigante se quedó quieto al instante, como un perro al que le acaban de poner la correa.

—Aquí las reglas las pongo yo —dijo ella, esta vez en voz alta—. Si no te gusta, la puerta está abierta.

El hombre tragó saliva y asintió. A partir de ese momento hizo todo lo que ella le ordenó: arrodillarse, esperar, no tocar hasta que se lo permitiera. Carla lo manejaba con frases cortas y silencios largos, y cada vez que él obedecía, una sonrisa breve le cruzaba la cara, como si estuviera cobrando una deuda vieja.

Adrián se descubrió a sí mismo con la respiración entrecortada y las palmas sudadas. No era el cuerpo de Carla lo que lo había dejado así. Era el poder. La forma en que doblaba a un hombre el doble de grande que ella sin levantar la voz.

***

Aquellos espectáculos se repitieron varias tardes. No siempre venía el mismo hombre, pero el guion era idéntico: alguien llegaba creyéndose el dueño de la situación y se marchaba habiendo aprendido cuál era su lugar. Carla parecía coleccionar esas pequeñas rendiciones.

¿Cómo sería estar de ese lado de la valla?, se preguntaba Adrián por las noches, dándole vueltas a una idea que no se atrevía a nombrar.

El día que lo cambió todo, llegó un tipo distinto. Mayor, de gesto torcido, de los que confunden la grosería con la hombría. Desde el primer minuto trató a Carla como si le debiera algo. Le habló mal, le dio órdenes, intentó agarrarla por el brazo cuando ella se apartó.

—Quítame las manos de encima —dijo Carla, y su voz no temblaba.

—Tú a mí no me dices lo que tengo que hacer —escupió el hombre.

Adrián se incorporó, listo para bajar y meterse de por medio. No hizo falta. Carla esquivó el manotazo con una facilidad que daba miedo, le hundió la rodilla en el estómago y, cuando el hombre se dobló sin aire, lo empujó contra la pared con el antebrazo cruzado en la garganta.

—Escúchame bien —le dijo, muy cerca de la cara—. Vas a salir de mi casa caminando porque yo lo permito. La próxima vez no tendrás tanta suerte. ¿Ha quedado claro?

El hombre, blanco como el papel, asintió cuanto pudo. Carla lo soltó, lo dejó recuperar el aliento con una paciencia casi cruel y le señaló la salida. Salió cojeando de orgullo más que de dolor, sin atreverse a mirar atrás.

Adrián, en la oscuridad de su cuarto, no podía apartar los ojos de ella. Carla se sacudió las manos, se recolocó el pelo y volvió a sus cosas como si nada. Esa indiferencia, esa seguridad absoluta, lo perturbaba más que cualquier desnudo.

***

Esa noche su madre se fue a cenar con unas amigas y no volvería hasta tarde. La casa quedó en silencio, solo el zumbido de los grillos y, al otro lado de la valla, el chapoteo del agua.

Adrián se asomó. Carla se había metido en la piscina con las luces encendidas, flotando de espaldas, ajena al mundo. Llevaba un bañador oscuro y, aun así, había algo en cómo ocupaba el agua —dueña de cada centímetro— que volvía a apretarle el pecho.

Dudó. Dudó mucho. Y después, antes de que el miedo lo convenciera de lo contrario, bajó las escaleras, cruzó el jardín y saltó la valla baja por el lateral.

Carla lo oyó llegar. No se sobresaltó. Giró la cabeza despacio, lo reconoció y, en lugar de gritar, esbozó esa sonrisa suya que prometía problemas.

—El vecino mirón —dijo, saliendo del agua sin prisa—. Es un poco tarde para visitas, ¿no crees?

—He visto lo que hiciste con esos hombres —respondió él, con la voz menos firme de lo que habría querido.

—¿Te refieres a ponerlos en su sitio? —Se acercó un paso, escurriéndose el agua del pelo—. ¿Y eso te asusta o te gusta?

Adrián tardó en contestar. Sabía que la respuesta lo dejaría desnudo de una manera que no tenía nada que ver con la ropa.

—Las dos cosas —admitió.

***

Carla soltó una risa baja, satisfecha, y rodeó a Adrián como quien evalúa una compra.

—Déjame adivinar —dijo—. Llevas días mirándome desde esa ventana, imaginando que algún día te tocaría a ti. —Se detuvo a su espalda y le habló al oído—. Y ahora estás aquí, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Él tragó saliva. Era exactamente eso.

—Te lo voy a poner fácil —continuó ella, volviendo a colocarse frente a él—. Conmigo solo hay una regla, la misma que vieron esos imbéciles. Mando yo. Tú haces lo que yo diga, cuando yo lo diga, y ni un segundo antes. Si en algún momento quieres parar, lo dices y se acabó, sin discusión. Pero mientras no lo digas, la dueña de la situación soy yo. ¿Te queda claro?

—Sí —murmuró Adrián.

—Sí, ¿qué?

Él entendió enseguida.

—Sí, señora.

La sonrisa de Carla se ensanchó. Le puso una mano fría en el pecho, justo encima del corazón disparado, y empujó apenas, lo justo para que él retrocediera un paso y comprendiera que no se movería sin permiso.

—De rodillas —ordenó—. Despacio. Quiero verte aprender.

Adrián obedeció. El césped húmedo le mojó las piernas y el aire de la noche le erizó la piel, pero nada de eso importaba. Levantó la vista hacia ella, que lo observaba desde arriba con los brazos cruzados y una paciencia de cazadora, y por primera vez en semanas sintió que estaba exactamente donde tenía que estar.

—Muy bien —dijo Carla, recorriéndole la mandíbula con el dorso de los dedos—. Veo que aprendes rápido. Eso me gusta mucho más que los músculos.

Dio un paso atrás y, sin apartar los ojos de él, se llevó los pulgares a los tirantes del bañador. Fue bajándoselo despacio, disfrutando de cómo la respiración de Adrián se aceleraba con cada centímetro de piel que descubría. Primero las tetas, pesadas y firmes, con los pezones oscuros y ya endurecidos por el aire de la noche. Después el vientre, las caderas anchas y por último el triángulo negro de vello recortado que apuntaba a su coño. Dejó caer el bañador a sus pies y se quedó desnuda frente a él.

—Mírame bien —dijo—. Esto es lo que llevas dos semanas imaginando desde tu ventana, ¿verdad? Pues aquí lo tienes. Pero mirar es lo único que vas a hacer hasta que yo te diga otra cosa.

Adrián sintió cómo la polla se le tensaba dolorosamente contra el pantalón corto. Iba a llevarse la mano ahí sin darse cuenta y Carla lo cortó de raíz con una palabra.

—Quieto. Las manos en las rodillas. Esa polla es mía desde el momento en que saltaste la valla, y decido yo cuándo se toca.

Se acercó descalza sobre el césped hasta quedarse a un palmo de su cara. El olor de su sexo, mezclado con el cloro y el sudor, le llegó a Adrián de golpe y estuvo a punto de gemir solo con eso.

—Saca la lengua —ordenó.

Él obedeció. Carla adelantó las caderas y le pasó los labios del coño por la boca abierta, muy despacio, sin dejarle todavía chupar de verdad. Adrián notó el calor, la humedad, el latido de aquella carne contra su lengua y tuvo que apretar los puños sobre los muslos para no agarrarla.

—Ahora sí —susurró ella, hundiéndose contra su boca—. Cómemelo bien. Quiero sentir cómo aprendes.

Adrián empezó a mamarle el coño como si en ello le fuera la vida. Le lamió los labios exteriores, después los internos, y por fin subió al clítoris hinchado, chupándoselo con los labios y golpeándolo suavemente con la punta de la lengua. Carla enredó una mano en su pelo y le sujetó la cabeza justo donde quería, guiándolo, marcando el ritmo, sin dejarle escapar ni un segundo.

—Ahí, cabrón, así… más adentro con la lengua, quiero que me la metas hasta el fondo…

Él la obedeció, cambiando de la lengua puntiaguda al clítoris cada vez que ella se lo indicaba con un tirón de pelo. Le mordió con cuidado el botón inflamado, le hundió la lengua rígida en el coño hasta la raíz, le lamió el sabor a lo largo de la raja y volvió a empezar. Los muslos de Carla temblaban contra sus mejillas. Cuando ella se corrió, lo hizo sin dejar de mirarlo desde arriba, con una serie de espasmos secos y un gruñido grave que le nació del vientre y que a Adrián le supo a victoria.

—Muy bien, mi vecino mirón —jadeó, aflojándole el pelo—. Muy bien.

Le dio unos segundos para recuperar el aire y después le señaló el suelo con la barbilla.

—Boca arriba. Túmbate ahí.

Adrián se tendió sobre el césped mojado sin discutir. Carla se arrodilló a su lado, le desabrochó el pantalón con una calma provocadora y le bajó los calzoncillos hasta las rodillas. La polla saltó contra su vientre, tan tensa que le dolía, brillante ya de líquido en la punta.

—Vaya, vaya —dijo, envolviéndosela con la mano fresca—. Mira lo que tenía escondido el niño tímido. —Le apretó la base y le movió el prepucio hacia abajo, exponiendo el glande hinchado—. Y ni se te ocurra correrte hasta que yo lo diga. Si te corres antes, esta es la última noche que pisas mi jardín. ¿Estamos?

—Sí, señora —consiguió murmurar él.

Ella sonrió, se agachó y le pasó la lengua por toda la verga, de los huevos a la punta, sin prisa. Se metió el glande en la boca, lo chupó con los carrillos hundidos, lo soltó con un chasquido húmedo y volvió a empezar. Adrián apretó los dientes hasta hacerse daño. Carla lo mamaba como todo lo demás: dueña absoluta del ritmo, deteniéndose cada vez que notaba que él estaba a punto, apretándole la base con dos dedos como un torniquete para cortarle la corrida.

—Aguanta —le repetía, con la boca chorreada de saliva—. Aguanta, que aún no te has ganado nada.

Cuando lo tuvo al borde por tercera o cuarta vez, lo soltó, se subió encima y le apoyó las manos en el pecho. Se colocó la punta contra la entrada del coño, empapado y ardiente, y bajó las caderas de golpe, tragándose la polla entera de una sola vez. Adrián soltó un gemido roto. Ella no le dio tregua: empezó a cabalgarlo de inmediato, con las piernas abiertas a ambos lados de él, moviéndose hacia delante y hacia atrás para follarse a sí misma con su verga a la velocidad que le convenía.

—Esto es follar de verdad —jadeó, con las tetas moviéndose sobre él—. No lo que hacen los idiotas que se plantan en mi puerta. Esto. —Apretó el coño alrededor de él y Adrián gimió otra vez—. Cállate. Tú aquí solo tienes que estar duro y aguantar. Lo demás lo hago yo.

Se inclinó hacia delante para acercarle un pezón a la boca y le ordenó que se lo chupara. Adrián le atrapó el pezón con los labios, le tiró de él con los dientes con cuidado, se lo lamió como ella le había enseñado a lamerle el clítoris. Carla siseó de placer y aceleró el ritmo. La polla de Adrián le entraba y le salía del coño con un chapoteo grosero que a él le pareció obsceno y perfecto al mismo tiempo.

—Ahora date la vuelta —le ordenó de pronto, saliéndose de él y dejándolo con la verga al aire, brillante de flujo suyo—. De rodillas. Cabeza abajo.

Adrián se giró sin pensar, apoyando las manos y las rodillas en el césped. Ella se puso detrás. Le pasó una mano por la espalda, le mordió una nalga con cariño y después le dio una palmada seca en el culo que le sonó a promesa. Le agarró la polla desde atrás, se la volvió a colocar contra el coño y se empaló ella sobre él tirándose contra sus caderas.

—Ahora sí —dijo—. Ahora vas a empujar tú, pero al ritmo que yo marque. Ni más rápido, ni más lento.

Adrián empezó a moverse, obediente, entrando y saliendo con embestidas medidas. Ella controlaba todo: le clavaba las uñas en las caderas cuando quería más profundidad, le tiraba del pelo hacia atrás cuando quería la cara levantada, le apretaba los huevos con la otra mano cuando notaba que se aceleraba de más. Adrián sentía el coño de Carla cerrándose sobre su polla en oleadas cada vez más rápidas y supo que ella se iba a correr otra vez antes que él.

—Aguanta un poco más… un poco más… —murmuró, con la voz cascada.

Cuando el segundo orgasmo la sacudió, se contrajo entera alrededor de él, echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo y hondo. Solo entonces le dio permiso.

—Ahora sí. Córrete dentro. Vamos, quiero notarlo.

Adrián se corrió con un gruñido que le vino del estómago, empujando hasta el fondo, vaciando la corrida entera dentro de ella en oleadas que le hicieron temblar las piernas. Carla lo mantuvo dentro hasta la última contracción, apretándolo con el coño como si le exprimiera hasta la última gota de semen.

Cuando se separaron por fin, cayeron los dos sobre el césped mojado, sin aliento. Adrián sintió el semen escurrirse del sexo de ella y bajarle por el muslo, y algo en aquella imagen —marcarla, aunque fuera un instante, con lo que ella le había arrancado— le pareció el mayor cumplido que le habían hecho nunca.

***

Mucho más tarde, cuando los grillos eran lo único que se oía, Carla se sentó en el borde de la piscina y le hizo un gesto para que se acercara. Adrián apoyó la espalda contra sus piernas, agotado y extrañamente en paz.

—¿Sabes por qué dejo que me miren? —dijo ella, pasándole los dedos por el pelo—. Porque me gusta que entiendan, antes de tocarme, que aquí el control no se negocia. La mayoría no aguanta. Tú, en cambio… —le tiró suavemente del pelo para que levantara la cara— tú llegaste por tu propio pie.

Sellaron un pacto esa madrugada, susurrado entre el vapor del agua y la oscuridad del jardín. Él sería suyo siempre que ella quisiera, bajo sus reglas y a su ritmo. Ella le enseñaría, paso a paso, todo lo que significaba pertenecer a alguien como Carla.

Cuando Adrián volvió a saltar la valla, ya de vuelta hacia su casa, el cielo empezaba a clarear por el este. Se metió en la cama justo antes de oír las llaves de su madre en la puerta. Cerró los ojos y, en lugar del recuerdo de la ventana y la distancia, le quedó otra cosa muy distinta: la voz de Carla diciéndole de rodillas, despacio, y la certeza tranquila de que volvería a obedecerla en cuanto ella lo llamara.

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Comentarios(7)

TensionMaxima

Que tension tan bien construida!!! me tuve que sentar a terminarlo de un tiron, no pude parar

Nachito_Baires

Segunda parte por favor, me quede con ganas de mas

SandraVC

Me gusto mucho como esta escrito. Hay algo en estas dinamicas de poder que engancha desde la primera linea. Muy bueno!

ValeriaK_lect

Me recordo a una situacion parecida que me paso hace unos años jaja, es increible como la realidad a veces supera la ficcion. Gracias por compartir

LectorDeNoche7

buenisimo!!! sigue subiendo relatos asi

Gonza_TUC

La tension entre los dos personajes esta muy bien lograda, se nota que quien escribe sabe lo que hace. Me gusto mucho

MiriamRD

Se me hizo cortisimo, asi termina?? Quiero saber que paso despues con los dos

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