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Relatos Ardientes

La mujer madura que encontré sola ese otoño

Ese otoño llegó con un calor que no le correspondía. Las tardes se estiraban como si el verano se resistiera a marcharse, y el aire tenía esa densidad pegajosa que hace que cada paso cueste el doble. Llevaba casi una hora caminando sin rumbo fijo, sudando más de lo que me habría gustado admitir, cuando vi el cartel destartalado de aquel bar a las afueras del pueblo.

Era un local sin pretensiones, medio oculto entre un par de árboles raquíticos que no daban suficiente sombra. La puerta estaba entreabierta y desde fuera llegaba ese olor inconfundible a madera vieja y aire acondicionado trabajando en sus últimas. Suficiente motivación para entrar.

La transición del exterior luminoso al interior en penumbra me dejó ciego durante unos segundos. Parpadeé varias veces mientras mis ojos se ajustaban. La barra a la izquierda, algunas mesas de plástico a la derecha, y al fondo, casi en la oscuridad, una figura sentada sola frente a una copa que llevaba un rato allí.

Pedí una cerveza y me quedé en la barra. El camarero la puso frente a mí sin decir nada. Bebí un trago largo y dejé que el frío bajara despacio por la garganta. Giré la cabeza hacia el fondo, sin intención particular, y entonces la reconocí.

Marta.

Alta, algo más encorvada que la última vez, pero con esa presencia que siempre había tenido. El pelo algo más corto, algunas canas en las sienes que antes no estaban, pero el mismo porte. La misma manera de sostener la copa entre las dos manos, como si necesitara calentarla aunque estuviéramos en pleno otoño caluroso. Llevábamos años sin vernos. Quizás tres, quizás más. El tiempo se había llevado los detalles pero no lo esencial.

Me bajé del taburete.

Ella alzó la vista cuando me acercaba y tardó un instante en reaccionar, como si tampoco esperara encontrarme allí.

—Dios mío —dijo, y se levantó antes de que yo llegara a su mesa.

El abrazo fue de los que aprietan de verdad, no de compromiso. Ella me puso las manos en la espalda y yo noté su cuerpo contra el mío, algo más suave que antes, pero igual de cálido. Me rozó las mejillas con los labios, primero una, luego la otra, y cuando se separó me miró con esa sonrisa de siempre, la que arrugaba el rabillo del ojo izquierdo.

—Siéntate —dijo—. No me puedo creer que seas tú.

Me senté frente a ella. Señalé su copa y el camarero entendió. Estuvimos un rato hablando de nada, de lo de siempre: el pueblo, la gente que habíamos conocido, lo que había cambiado y lo que seguía igual. Marta tenía esa habilidad de convertir cualquier conversación en algo íntimo, como si sus palabras fueran solo para ti aunque hubiera gente delante. Esa tarde no había nadie más, y la intimidad fue cargándose de algo que yo no quise nombrar demasiado deprisa.

Fue ella quien lo dijo, sin rodeos, como quien ya no necesita preparar la frase.

—Rodrigo murió hace seis meses.

—Lo siento —respondí, y lo decía en serio—. No lo sabía.

—No, claro que no. —Movió la copa entre los dedos—. Llevaba tiempo mal. Tú lo viste casi mejor que yo, aquella última vez que coincidimos.

Lo recordaba. Habíamos estado los tres en una cena y yo noté que algo no andaba bien, no solo en la salud de Rodrigo sino en el espacio frío que había entre él y Marta. No dije nada entonces. Nunca decía nada de ciertas cosas.

—¿Estás sola aquí desde entonces?

—Sola en casa, sola en el pueblo. —Sonrió, pero no era una sonrisa alegre—. Mis hijos están en la capital. Vienen cuando pueden, pero tienen su vida. Es lo normal.

Hubo un silencio que ninguno de los dos se apresuró a llenar. Por la puerta entreabierta llegaba el ruido lejano de un coche y el chirrido de algún pájaro. El calor seguía ahí, presionando sobre el edificio entero, y el aire acondicionado apenas conseguía templar el ambiente.

—Y tú —dijo Marta—. ¿Qué haces por aquí un martes a media tarde?

—Caminaba. Me aburría en casa.

Soltó una carcajada pequeña y genuina.

—Los dos igual de solos.

No era exactamente lo que yo habría dicho, pero tampoco era mentira. Me miró durante un momento más de lo habitual, con esa atención que ella siempre había tenido, la de observar de verdad y no solo ver. Bajo la mesa, sin comentarlo, puso su pie junto al mío. Un gesto mínimo. Podría haber sido casual.

No lo era.

La miré y ella no apartó los ojos.

—Cuánto tiempo —dijo en voz baja.

—Demasiado —respondí.

***

Pagamos y salimos. La luz de fuera nos golpeó de lleno. Marta se puso unas gafas de sol y echó a andar a mi lado por la acera sin que ninguno dijera adónde íbamos. Su casa estaba a dos calles de allí, lo sabía. La había visitado otras veces, mucho antes, cuando las cosas entre nosotros eran distintas.

Caminamos despacio. Llevaba un vestido fino, de esos que se transparentan un poco con la luz directa del sol, y yo traté de no mirar demasiado. Traté y no lo conseguí del todo. El tejido le caía sobre las caderas con una naturalidad que tenía poco de casual.

—Tengo el aire acondicionado encendido en casa —dijo sin mirarme.

—Bien pensado.

Cuando llegamos a la puerta, ella buscó las llaves en el bolso y tardó un momento en encontrar la correcta. Yo estaba detrás, cerca pero sin tocarla, notando el perfume que llevaba. Algo suave, con una base cálida que no podría describir con palabras exactas pero que reconocería en cualquier parte porque lo había reconocido muchas veces antes.

La puerta se abrió.

La casa estaba fresca y en penumbra. Marta había bajado las persianas para combatir el calor, y la luz que entraba era esa luz filtrada, casi dorada, que convierte los espacios ordinarios en algo diferente. El salón tenía los mismos muebles de siempre, aunque reorganizados. Había flores frescas en la mesa del comedor.

Cerramos la puerta.

No sé quién se movió primero. Creo que fui yo, aunque quizás fue ella. Lo que sé es que en un momento estábamos de pie en el pasillo y al siguiente mis manos estaban en su cintura y las suyas en mis hombros, y nos mirábamos de cerca, tan cerca que podía ver las pequeñas líneas alrededor de sus ojos y las pecas suaves en el puente de su nariz.

—Cuánto tiempo sin esto —murmuró.

La besé.

Fue un beso lento, sin urgencia, de los que recuperan terreno poco a poco. Ella respondió con las manos en mi nuca, tirando suavemente, pegándose a mí de manera que no quedaba espacio entre los dos. El vestido era tan fino como imaginaba, y bajo mis palmas noté el calor de su piel a través del tejido, la curva de su cadera, la ausencia de lo que habría esperado encontrar debajo.

Me separé apenas.

—¿Llevas...?

—Hace demasiado calor —dijo, y sonrió sin disculparse.

***

La guié hacia el sofá sin soltarla. Nos sentamos y continuamos donde lo habíamos dejado, con las manos explorando y los besos haciéndose más insistentes. Marta tenía esa manera de respirar que yo recordaba, ese ritmo que iba cambiando gradualmente, acelerándose sin que ella lo controlara del todo, que era la señal más honesta de que algo le estaba llegando de verdad.

Le bajé los tirantes del vestido.

Ella me dejó hacerlo con los ojos cerrados. La tela cayó hasta su cintura y yo me tomé un momento para mirarla. Los pechos algo más caídos que antes, la piel más madura, ese tipo de cuerpo que ha vivido y lo muestra sin disculparse. Me resultó más atractiva que en ningún recuerdo.

Le besé el cuello. Le besé el hombro. Seguí bajando.

Cuando le aparté el vestido del todo y la recosté sobre el sofá, ella ya respiraba diferente. Estaba echada hacia atrás con los ojos cerrados y esa mezcla de anticipación y algo parecido al alivio en la cara. Como si llevara tiempo esperando exactamente esto sin querer admitirlo.

Me arrodillé frente a ella.

Empecé despacio. Con las manos en sus muslos, separándolos apenas, sintiendo cómo la tensión en ellos fue aflojando a medida que me acercaba. La besé en el interior del muslo izquierdo, luego en el derecho, y volví al izquierdo sin prisa, dejando que la anticipación hiciera su parte del trabajo.

Marta se movió ligeramente. Un pequeño arqueo involuntario, las manos buscando algo a lo que aferrarse en el cojín del sofá.

Cuando por fin llegué al centro de su cuerpo, lo hice sin brusquedad. Un contacto suave al principio, apenas rozando, dejando que ella se acostumbrara de nuevo a ser tocada así después de tanto tiempo. Estaba seca al principio, como era de esperar después de meses de soledad, pero eso cambió deprisa. El cuerpo tiene memoria, y el suyo recordaba bien.

Lento. Constante.

El primer sonido involuntario que le escuché me dijo lo que necesitaba saber, y respondí repitiendo exactamente lo que lo había provocado. Así fue como encontré el ritmo adecuado: con paciencia, prestando atención, repitiendo lo que hacía reaccionar y descartando lo que no. Ella dejó de intentar controlar la respiración en algún momento y simplemente la dejó ir.

Las manos que antes sujetaban el cojín vinieron a posarse en mi cabeza. Sin presionar, solo apoyadas, como si necesitara ese punto de contacto para mantenerse anclada a algo mientras el resto del mundo desaparecía.

Cuando encontré su clítoris y mantuve la lengua ahí con un ritmo sostenido, los músculos de sus muslos cambiaron. Una tensión diferente, más profunda, más concentrada. Le introduje dos dedos con cuidado, notando cómo su cuerpo los recibió, y seguí con la lengua sin romper el ritmo.

Marta ya no jadeaba. Los sonidos que hacía eran más pequeños, más apretados, como si los estuviera conteniendo contra su voluntad. La cabeza echada hacia atrás. Los pies apoyados en el borde del sofá. Ese punto en que el cuerpo se concentra en un solo lugar y el resto deja de existir.

Mantuve el ritmo. No lo aceleré, no lo cambié, no lo rompí.

Fue cuando ella exhaló un sonido que no era del todo voluntario y sus caderas se elevaron ligeramente, empujando hacia arriba, que supe que estaba cerca. Le sostuve los muslos con las manos para anclarla y no solté.

El orgasmo llegó de manera clara. Un espasmo largo que sacudió todo su cuerpo, las piernas tensándose, las manos apretándose en mi cabeza por un instante, y luego ese sonido que no pudo retener, medio ahogado, mientras se dejaba caer contra el sofá con los ojos en blanco.

Me quedé quieto, dejando que terminara, hasta que noté que la tensión se iba del todo de sus músculos.

***

Cuando levanté la vista, ella me miraba desde el sofá con ese aspecto desordenado y satisfecho que no se puede fingir. El pelo pegado a la sien derecha por el sudor, los labios ligeramente entreabiertos.

—Dios —dijo, en voz muy baja.

Me incorporé y me senté a su lado. Ella se giró hacia mí y apoyó la cabeza en mi hombro sin decir nada más durante un rato. El aire acondicionado seguía funcionando. Fuera, el calor de esa tarde de otoño que no debería ser tan calurosa continuaba apretando.

—Llevo meses pensando en esto —dijo al fin.

—¿En esto exactamente?

Soltó una carcajada pequeña y genuina, la misma de antes.

—En algo así. En no estar sola en esto.

Le tomé la mano. Ninguno de los dos se movió del sofá durante un buen rato.

A veces un paseo sin rumbo lleva exactamente adonde necesitas llegar.

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Comentarios (5)

Marcelo55

Que relato mas rico... la tension del comienzo es perfecta. Me enganche al instante sin poder parar

LectorNocturno88

Excelente! Por favor que haya continuacion, quede con muchas ganas de mas

RaulMendez77

me recordo una situacion parecida, esas coincidencias que te cambian un otono entero jaja. Muy bien escrito

Tito_Cba

tremendo desde el primer parrafo hasta el final!!!

SilvanaMC

Hay algo en las mujeres maduras que los relatos jovenes no logran captar. Este lo tiene. Felicitaciones de verdad

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