El papá de mi amiga me descubrió en el baño
Dos maletas y una caja de plástico. A eso se había reducido mi vida en Guadalajara. Mi casero no me dio prórroga: decidió que el departamento valía más rentado por noche a un turista que con mi renta de estudiante. Así que ahí estaba, parada en la sala de Daniela, en la colonia Santa Teresita, dependiendo de la bondad de mi amiga y sin mi independencia.
—Perdón por el tiradero, Cami —dijo Daniela, abriendo la puerta del cuarto del fondo—. Mi papá juró que iba a sacar las cajas, pero llega muerto del mercado y se le olvidó.
Me asomé. Era la bodega: cajas estibadas hasta el techo y, al fondo, una cama vieja de madera maciza sepultada bajo bolsas de ropa.
—No hay bronca —respondí, recogiéndome el pelo. Necesitaba algo físico para no pensar—. Ahorita la sacamos.
El cuarto estaba encerrado y hacía calor. Llevábamos rato batallando con una caja pesadísima cuando escuchamos la cerradura y el tintineo de unas llaves.
—¡Ya llegué! —resonó una voz grave desde el pasillo.
Era Gerardo. Lo había saludado mil veces, o cuando pasaba por nosotras a la facultad en su camioneta, pero siempre fue una figura de fondo. El papá de Daniela. El señor que trabajaba todo el día y se encerraba a descansar.
Entró secándose las manos en el pantalón de mezclilla. Llevaba una camiseta blanca sin mangas, manchada de sudor, y desprendía un olor intenso a calle, a esfuerzo, a cítricos y tierra.
—Hola, Cami, bienvenida —saludó, con el cansancio marcado en los ojos—. Híjole, se me pasó vaciarles el cuarto. Quítense, se van a lastimar.
Se agachó frente a mí para levantar la caja con la que yo luchaba. Noté cómo se le marcaban los músculos de los brazos, las venas de sus antebrazos quemados por el sol. La levantó como si no pesara nada. En diez minutos sacó lo que nosotras hubiéramos tardado dos horas. Siempre lo vi como un señor trabajador; en ese instante vi una fuerza bruta resolviendo mi problema con una facilidad pasmosa.
Cuando empujó la cama vieja para centrarla, la camiseta se le adhirió a la espalda ancha y le salió un gruñido bajo, de esfuerzo puro. Ese ruido tan primario hizo que olvidara mi enojo y sintiera una contracción rara en el estómago, un tirón húmedo en las bragas que me dejó fuera de lugar. No es como los chavos de la facultad, de manos suaves. Es un hombre. Uno que sabe lo que hace con esas manos.
—Ahí está —dijo, enderezándose y tronándose la espalda. Me miró a los ojos un segundo, rápido, pero sentí que de verdad me veía—. Ya quítale el señor, Camila. Vas a vivir aquí, así que dime Gerardo.
Salió rumbo a la cocina anunciando que moría de hambre, y yo me quedé mirando el marco vacío de la puerta, pensando que tal vez vivir en Santa Teresita iba a tener una vista más interesante de lo que esperaba.
***
Antes de cenar me miré en el espejo del baño: caderas anchas, esa suavidad en el abdomen que no se iba por más abdominales que hiciera. Al lado de la solidez que acababa de ver en la espalda de Gerardo, me sentí blanda. Demasiado común. Respiré hondo, metí la panza y salí.
Él estaba frente a la barra, descalzo, pelando unos mangos con una destreza que daba fascinación. En la mesa había frijoles de la olla, guisado de papa con chorizo y queso fresco. Una cena de verdad, nada que ver con las ensaladas tristes que yo cenaba sola.
—Come, Camila, que andas muy flaca —dijo, sirviéndose una montaña de frijoles.
Casi me atraganto. ¿Flaca? Yo sentía que el botón del pantalón iba a salir disparado.
—No estoy flaca, Gerardo. El pantalón ya ni me cierra bien.
Dejó la cuchara y me miró. Sus ojos oscuros me recorrieron un segundo, sin morbo, con una evaluación tranquila.
—Te ves bien. Te ves sana —dijo, con esa voz rasposa que no dejaba lugar a dudas—. Déjate de cosas. Aquí vas a comer bien.
Un comentario simple, casi de papá, pero viniendo de él, con esa presencia que llenaba la cocina, se sintió como una validación que no sabía que necesitaba. Daniela entró con las tortillas calientes y, antes de volver a su plato, él me echó una última mirada de esas que aprueban sin decir nada.
***
Esa noche me metí en la cama vieja; los resortes chillaron en cuanto me acosté. A las cuatro y media de la mañana un ruido en el pasillo me despertó: era él, la rutina del mercado, y luego el agua de la regadera fuerte en el silencio de la madrugada.
La necesidad de ir al baño me ganó. Esperé a que el agua se cerrara, supuse que ya se había metido a su cuarto y crucé el pasillo oscuro. El baño era un sauna; el espejo empañado, todo oliendo a su jabón y a su piel limpia.
Me estaba subiendo los calzones —unos de algodón gris, cómodos pero matapasiones— cuando la puerta se abrió de golpe. No le había puesto el seguro; la chapa era vieja y, de los nervios, no la giré bien.
Gerardo entró de lleno, con la inercia de quien conoce su casa de memoria, la vista fija en el lavabo.
—El reloj... —masculló, estirando el brazo hacia la repisa.
Su brazo quedó a centímetros de mi hombro. Al sentir el obstáculo se congeló. Bajó la vista, sorprendido de encontrar un cuerpo donde debería haber espacio vacío. Yo estaba a mitad del movimiento, los shorts en los tobillos, las manos aferradas al elástico.
Su mirada no fue a mi cara. Por el ángulo cayó directo a mis caderas anchas, pálidas y suaves, al triángulo de vello oscuro que apenas alcancé a tapar con las manos, a mis tetas cayendo pesadas dentro de la camiseta sin sostén, con los pezones marcados por el frío. Hubo un silencio espeso, roto solo por el goteo de la regadera. Vi cómo la nuez de Adán le subía y bajaba al tragar saliva. Y vi otra cosa: cómo el bulto en su pantalón se movió, un latigazo de carne engordando bajo la mezclilla en tiempo real, imposible de esconder. No fue una mirada de asco: fue una mirada pesada, física, hambrienta, la de un hombre al que se le acaba de aparecer una comida cruda enfrente.
—Perdón —gruñó, ronco. Agarró el reloj del lavabo de un movimiento brusco, rozando casi mi cadera con el antebrazo. El dorso caliente me quemó la piel un segundo—. Cierra bien.
Salió. Me quedé temblando, con un calor vergonzoso subiéndome del vientre al cuello, y con los muslos apretados sintiendo cómo la humedad se me escurría entre los labios. Me había visto blanda, en calzones viejos, con las tetas colgando. Pero por la forma en que se quedó quieto un segundo antes de salir, por ese bulto que había crecido a media pierna, supe que la imagen se le había grabado. Volví a la cama y, casi sin pensarlo, metí la mano bajo el elástico del short. Estaba empapada. Me toqué en círculos lentos sobre el clítoris, mordiéndome el labio para no hacer ruido, imaginando esa mano curtida en lugar de la mía, hasta que me vine mordiendo la almohada, con el nombre de Gerardo atorado en la garganta.
***
El día en la universidad pasó en una neblina. Seguro le dio asco, pensaba. Pero una parte traicionera recordaba que él no se volteó de inmediato. Se quedó quieto. Tragó saliva. Se le puso dura.
A la salida, Daniela se fue con Sergio al cine y me dejó regresar sola. Llegué a Santa Teresita esperando que Gerardo no estuviera, y estaba sirviéndome agua en la cocina cuando escuché la llave girar.
Entró más sucio que el día anterior: gorra echada hacia atrás, la playera pegada por el sudor, los brazos manchados de grasa. Agotado, pero su presencia llenó la sala de inmediato.
—¿Y Daniela? —preguntó, ronco.
—Se fue con Sergio. Al cine. Llega tarde.
Se detuvo con la agujeta de la bota en la mano y me miró desde el otro lado de la sala. El silencio cayó como una manta pesada. Estábamos solos, con el recuerdo de la madrugada flotando.
—Entonces estamos solos —dijo simplemente. Se sirvió agua en el mismo vaso que yo acababa de usar y bebió con sed—. Oye... perdón por lo de la mañana. Entré como burro sin mecate.
—No te preocupes. Fue mi culpa por no poner el seguro.
Me sostuvo la mirada. No se rio.
—Pero ponlo —dijo lento—. Porque uno no es de palo, Camila. Y menos a esas horas. Y menos con lo que vi.
Se dio la vuelta antes de que yo procesara nada y anunció que se iba a bañar. Y yo me quedé sola, con el corazón en la garganta y el coño otra vez palpitando, entendiendo perfecto lo que había querido decir. Le había gustado. Se le había parado. Y me lo estaba avisando.
***
Veinte minutos después salió vestido, con pants y una playera blanca que se le ajustaba al pecho húmedo, y preparó unos sándwiches. Se sentó frente a mí.
—¿Por qué siempre andas escondida? —dijo, señalando con la cabeza mi sudadera gigante—. Siempre traes ropa tres tallas más grande. Como si no quisieras que nadie te viera.
Bajé la vista.
—Es que no tengo mucho que presumir. No soy flaquita como las chavas de la carrera. Me siento más segura si no se me nota la lonja.
Soltó una risa ronca que vibró en la mesa.
—¿La lonja? ¿Tú crees que eso fue lo que vi en la mañana? —Se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio—. Los niños con los que salen tú y mi hija buscan a las que salen en revistas. Pero uno ya sabe lo que es bueno. Yo vi un culo blanco, redondo, de esos que uno agarra con las dos manos y todavía sobra pa' morder. Vi un coño peludito, natural, no rasurado como piden los mocosos. Vi unas tetas que se mueven solas, sin necesitar nada que las suba. Eso vi.
Nadie me había hablado así nunca. Se me secó la boca. Estiró la mano y pellizcó la tela de mi sudadera.
—Lo blando es rico, Camila. Es donde uno quiere perderse. Esa suavidad que tú odias a un hombre como yo le pone la verga dura de puro pensarla. Y no lo digo pa' hacerte sentir bonito. Lo digo porque estoy aquí sentado y todavía la traigo dura desde que me abriste la puerta.
El aire se volvió espeso. Estaba cruzando una línea y los dos lo sabíamos. Pero en lugar de indignarme, sentí un chorro caliente entre las piernas, un latido en el clítoris que me traicionó por completo. Se me escapó una respiración honda que él escuchó perfecto.
***
Los días siguientes cayeron en una rutina hipnótica. A las cuatro de la mañana escuchaba la regadera e imaginaba ese cuerpo ancho bajo el agua, la verga colgándole gorda contra el muslo mientras se enjabonaba. Me metía dos dedos hasta el nudillo pensando en él y me venía mordiendo la sábana. En las cenas, cada vez que Daniela se levantaba, él aprovechaba para mirarme, y una vez me acomodó por debajo de la mesa la mano en la rodilla, subiéndola dos centímetros hacia el muslo antes de retirarla. Y yo me quemaba por dentro, chorreando, apretando los muslos bajo la mesa.
El viernes, Daniela se fue con Sergio a Chapala hasta el domingo. Cuando la puerta se cerró, el silencio cambió de textura: ya no era soledad, era espera. Me paré frente al espejo y me quité la sudadera que usaba de escudo. Luego recordé su voz. Un hombre como yo tiene hambre. Busqué en el fondo de la maleta una playera rosa de cuello en V, más pegada de lo habitual, que marcaba mis tetas de una forma que siempre me hizo sentir vulgar. Por primera vez no me quise tapar. Me quité el sostén. Que se me marcaran los pezones. Que viera.
A las siete y media llegó Gerardo con un six de cervezas. Al verme en el sofá se detuvo, se quitó la gorra despacio y su vista bajó directo al escote, se demoró en los picos duros que asomaban bajo la tela, y volvió a mis ojos con un brillo de satisfacción, con la sonrisa ladeada del hombre que sabe que ya ganó.
—Se fue Daniela —dijo.
—Hasta el domingo.
Salió del regaderazo limpio, me ofreció una cerveza y se sentó en el sofá grande, junto a mí. El alcohol y su calor me fueron soltando los nervios.
—Te queda bien el rosa —dijo de repente—. Y me gusta que no traes brasier.
Instintivamente me llevé una mano al pecho para cubrirme. Él estiró la suya y, con suavidad, me la quitó, dejándola sobre mi pierna. Se deslizó hasta quedar pegado a mí; su muslo duro presionó contra mi pierna suave, y sentí, clarito, el bulto grueso que ya empujaba sus pants. Con el dorso de los dedos curtidos me acarició la mejilla y yo cerré los ojos, temblando. Nunca nadie me había tocado con esa seguridad.
—Me traes loco desde que te vi en el pasillo, y tú lo sabes. Me la pongo dura pensando en ti. Anoche me la jalé pensando en ese culo tuyo.
Se me abrió la boca. La imagen de Gerardo en su cama, con la verga en la mano pensando en mí, me licuó por dentro.
Esperó un segundo, dándome la oportunidad de alejarme. No me moví; incliné la cabeza, rindiéndome. Entonces rompió la distancia. No fue un beso suave: fue un beso de posesión, sus labios rasposos sabiendo a cerveza, su lengua abriéndose paso en mi boca sin pedir permiso, buscando la mía y chupándola. Su mano grande bajó de mi cuello hasta cubrirme una teta sobre la playera, apretando mi carne con una fuerza controlada, rodando el pezón entre dos dedos duros hasta hacerme jadear, y yo sentí una descarga directa al coño.
—Gerardo... —susurré contra su boca, asustada y excitada—. Nunca... nunca he hecho esto. Con nadie.
Se detuvo. La mano caliente seguía en mi pecho.
—¿Nunca? ¿Ni una mamada, ni nada?
Negué con la cabeza, muerta de vergüenza.
—Siempre me ha dado pena. Que me vean, que me toquen.
No se rio ni se alejó. Su expresión se volvió seria, casi solemne, y me dio otro latigazo húmedo cuando vi cómo se le oscurecieron los ojos, como si acabara de recibir un regalo.
—Pues qué tontos los muchachos de hoy —dijo, ronco—. Mejor para mí. Voy a ser el primero en meterte la verga, Camila. Y te la voy a meter bien, pa' que no se te olvide nunca.
Volvió a besarme con más hambre, me recostó contra el brazo del sofá y se vino encima de mí, cubriéndome con su peso. Deslizó las palmas bajo la playera; el contacto de sus callos rasposos sobre mi piel fue un choque eléctrico. Metí la panza por reflejo, pero él clavó los dedos en mis costados y la apretó con gusto, como asegurándose de que yo era real, de que había carne pa' agarrar.
De un tirón me sacó la playera por la cabeza. Mis tetas se le derramaron encima y él gruñó como un animal. Bajó la boca sobre un pezón y lo chupó entero, jalándolo con los labios, dándole con la lengua y luego con los dientes; pasó al otro y me lo mordió apenas fuerte, arrancándome un gemido agudo que rebotó en la sala. Siguió bajando, lamió el cuello y mordió la piel del hombro dejándome marca, y siguió hasta esa curva del abdomen que yo tanto odiaba, venerándola con la lengua, hundiéndola en mi ombligo. Luego me agarró la muñeca y guio mi mano hacia su entrepierna. Mi palma chocó contra el bulto en sus pants: duro, caliente, grueso, real. Lo apreté tímidamente y él soltó un gruñido profundo, echando la cabeza hacia atrás. Ese sonido me dio poder. Yo, la chica insegura, lo tenía así. Bajé la cara del elástico y le pasé la mano por encima de la tela; la punta se le sentía mojada, empapando el algodón. Sin pensarlo, me llevé el dedo a la boca y chupé; sabía salado, a él, a hombre.
—Cabrona —jadeó, mirándome con la boca abierta—. Si me haces eso te voy a coger sin piedad.
—Si te quito el pantalón, no voy a parar —dijo un segundo después, más ronco—. ¿Estás segura?
Sentía un latido sordo entre las piernas que me impedía pensar. El coño me chorreaba hasta las nalgas.
—Sí. Por favor.
Desabrochó mi botón, bajó el cierre con un sonido metálico que resonó en la sala y me jaló la mezclilla por las piernas. Entonces me golpeó el pánico: traía unos calzones de algodón beige, enormes, de esos que usaba porque eran los únicos que no me lastimaban. Cerré los ojos esperando la decepción.
Pero no escuché risas. Sentí sus manos agarrar mis caderas, los pulgares hundiéndose justo donde terminaba el elástico.
—Mira nada más... —gruñó, con la voz llena de hambre. Apretó mis nalgas sobre el algodón, amasándolas, hundiendo los dedos en la carne blanda; el que hubiera tanta tela parecía ponerlo más caliente—. Son perfectos. De señora. Así es más rico descubrir lo que hay abajo. Los calzoncitos chiquitos que usan las flacas no dejan nada a la imaginación. Estos me tienen la verga a punto de reventar.
Me arrastró al borde del sofá, abrió mis piernas de par en par y ahuecó la mano sobre la tela empapada, apretando. Sentí sus dedos frotar el algodón contra los labios de mi coño.
—Estás hecha un río —murmuró, llevándose los dedos a la nariz y luego a la boca, chupándoselos con los ojos cerrados—. Y sabes cabrona de rico.
Enganchó los dedos en el elástico y bajó los calzones despacio, descubriéndome centímetro a centímetro; pateé para deshacerme de ellos. Traté de juntar las piernas por instinto, pero él metió las rodillas entre mis muslos y me obligó a abrirme, empujando con las manos hasta doblármelas contra el pecho. Su mirada cayó sobre mi sexo abierto, sobre los labios hinchados y brillantes, sobre el vello oscuro.
—Hermosa —susurró, devoto—. Rosita por dentro. Así me gustan, al natural, con su pelito. No como esas de porno que parecen niñas. Esto es un coño de mujer.
Se hundió en mí de boca. Grité, ronca, sintiendo su barba picando en mis muslos, sus manos sujetándome las nalgas para levantarme la pelvis. Su lengua era ancha, rasposa, experta; me lamió de abajo hacia arriba con una determinación que me dejó ciega, entrando y saliendo de mi entrada, subiendo por la raja, chupando los labios uno a uno. Encontró mi clítoris y se ensañó, chupándolo entre los labios como si fuera un caramelo, dándole con la punta de la lengua rapidísimo. Metió dos dedos gruesos dentro de mí y los curveó, tocando un punto que me hizo levantar las caderas de golpe. Sentí cómo la humedad me escurría hasta el ano, y sentí también su otro pulgar dando vueltas ahí, apenas presionando, mientras la lengua y los dedos seguían trabajándome. Estaba al borde, temblando, gimiendo su nombre sin control, y justo cuando iba a estallar se detuvo. Se apartó con los labios brillantes de mi jugo, chupándose los dedos uno por uno.
—Todavía no —dijo—. Cuando te vengas, quiero que sea con mi verga adentro.
Se levantó, se quitó la playera y se bajó los pants. Su torso apareció bajo la luz: ancho, velludo, los músculos tensos, la panza de hombre, no de gimnasio. Se bajó también los calzones. Su verga saltó libre, gruesa, oscura, con la cabeza hinchada y morada, un hilo de líquido colgando de la punta, las venas marcadas a lo largo del tronco. Los huevos le colgaban pesados. Un nervio me recorrió: se veía demasiado grande para mí, para lo que yo pudiera aguantar.
—Tócala —me ordenó, dando un paso hacia mí—. La tienes que conocer.
Estiré la mano temblando y la agarré. Era gruesa, caliente, viva; el pulso le latía en la palma. La apreté y él soltó aire por los dientes. Le pasé el pulgar por la cabeza y unté el líquido resbaloso.
—Ábrela la boca —dijo, ronco, apoyando la mano en mi nuca.
Nunca lo había hecho, pero abrí la boca y él fue guiando la cabeza de la verga hasta apoyarla contra mi lengua. El sabor salado, denso, me llenó la boca. Cerré los labios y él empujó despacio, entrando unos centímetros. Empecé a chupar como pude, mamando la cabeza, moviendo la lengua alrededor, y él gruñó profundo, viéndome desde arriba con los ojos entrecerrados.
—Así, mi niña... aprendes rápido, cabrona.
Empujó un poco más y me atraganté. Se retiró enseguida y me limpió el hilo de saliva del mentón con el pulgar.
—Tranquila. Ya habrá tiempo pa' enseñarte a mamármela bien. Ahorita quiero cogerte.
Se sentó en el sofá y me jaló encima de él.
—Ven —dijo, agarrándose la verga con una mano y guiándome con la otra por la cintura—. Tú marcas el ritmo, mi niña. Ensártatela tú, despacio.
Me acomodé encima, con las rodillas a los lados de sus caderas. Sentí la punta empujar contra mi entrada, resbalándose por lo mojada que estaba. Bajé unos milímetros y el ardor me hizo apretar los dientes. Bajé un poco más y la cabeza gruesa se abrió paso, entrando de golpe con un chasquido húmedo. Grité contra su hombro.
—Eso, mi vida... la cabeza es lo más difícil, ya está —jadeó, sosteniéndome las caderas para que no me dejara caer—. Ahora despacio, siéntela subir.
Fui bajando centímetro a centímetro, aguantando la respiración. Sentía cómo me abría, cómo me llenaba de una manera que no había imaginado posible. Cuando por fin me apoyé en sus muslos y lo tuve entero adentro, hasta la raíz, me quedé quieta, jadeando, con la boca abierta y los ojos aguados. Estaba en algún lugar profundo dentro de mí que nadie había tocado nunca.
—Despacio... eso es —murmuró, besándome el cuello, chupándome el lóbulo—. Tú mandas. Muévete cuando estés lista.
Empecé a moverme, guiada por una desesperación que nunca había sentido. Al principio en círculos pequeños, sintiéndolo removerse por dentro; luego arriba y abajo, cada vez más suelta. Sentirlo tan profundo era una droga; cada vez que dejaba caer mi peso rozaba un punto exacto que me mandaba descargas al cerebro. Sus manos callosas guiaban mis caderas y sus ojos me miraban desde abajo con adoración y lujuria, viendo mis tetas rebotarle en la cara. Se levantó un poco y atrapó un pezón con la boca, chupándomelo mientras yo lo cabalgaba.
—Así, cógete la verga, Camila —gruñía, con la voz rota—. Mira nada más cómo te la comes.
Bajé la vista. Ver mi coño abrirse alrededor de él, ver la verga desaparecer dentro de mí una y otra vez, brillante de mis jugos, me prendió más. Empecé a moverme más rápido, sin pudor, gimiendo alto, apretándolo por dentro. Él me daba nalgadas cortas que hacían temblar la carne y me hacían saltar sobre él.
—Siéntelo todo, Camila —gruñía—. Este coño es mío. Mío.
—Tuyo —jadeé sin pensar—. Tuyo, Gerardo.
La presión en mi vientre cambió, se volvió una urgencia incontrolable, una ola enorme tensando cada nervio. Mi respiración se volvió errática, chillona.
—Gerardo... —lloriqueé, asustada por la intensidad—. Me voy a venir... no aguanto...
Él lo supo. Llevó el pulgar a mi clítoris y lo frotó en círculos rápidos, apretándolo, justo cuando yo bajaba con más fuerza. Fue el detonante. El mundo estalló en blanco. Sentí las paredes de mi coño contraerse violentamente alrededor de él, apretándolo, ordeñándolo, y una liberación caliente que brotó de mí en oleadas, un chorro que salpicó sus muslos y el sofá, dejándome ciega unos segundos. Grité un grito ronco que llenó todo el departamento. Colapsé sobre su pecho, temblando, con la verga todavía enterrada en mí.
—Perdón... te mojé todo —susurré contra su cuello, muerta de pena—. Nunca me había pasado.
Soltó una risa grave que vibró en mi pecho, y sentí cómo se le movió la verga adentro, todavía dura como un fierro.
—¿Pena? Me acabas de mojar como una perra en celo, Camila. Sentir cómo me inundas es lo más rico que me ha pasado en años. Y te vas a venir así todas las veces que te coja.
Me dio un beso rápido y movió las caderas hacia arriba, empujando desde abajo. Seguía duro, increíblemente duro dentro de mí.
—Pero yo no he terminado —dijo, y su voz bajó una octava—. Ahora me toca a mí. ¿Aguantas más?
Mi mente decía que ya era suficiente; mi cuerpo gritaba que sí.
—Sí. Por favor.
Me sacó de encima y me giró sobre el sofá como a una muñeca de trapo. La verga le saltó libre, brillando entera con mis jugos, hasta los huevos empapados.
—Ponte en cuatro. Quiero verte ese culo desde atrás. Quiero ver cómo se lo trago con la verga.
Obedecí, las rodillas en los cojines, las manos en el respaldo. Mis nalgas, esas que siempre me parecieron demasiado grandes, quedaron elevadas, expuestas, abiertas. Sentí sus manos separarme las nalgas, exponiéndome entera, y sentí su mirada como una quemadura. Escupió. Sentí el escupitajo caliente caer sobre mi coño abierto y bajar hasta el ojete. Se untó con el pulgar, lo paseó desde el clítoris hasta el ano, apenas presionando ahí también, y me tembló todo el cuerpo.
—Cógeme ya —le supliqué, sin reconocerme la voz—. Por favor.
Él agarró la verga y la frotó de arriba abajo entre mis labios, embarrándose de mí. Puso la cabeza contra mi entrada y, sin aviso, empujó. Esta vez no hubo delicadeza: entró de golpe, hasta la base, profundo, tocando un lugar que me hizo gritar contra el respaldo, con las manos aferradas a la tela. El sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas hizo un plaf húmedo que llenó la sala.
—Eso... —gruñó, marcando un ritmo brutal, sujetándome de la cintura como un volante, jalándome hacia él cada vez que empujaba—. Así se coge a una mujer, Camila. No como los pendejos con los que sales.
Sus embestidas eran largas, hundiéndose hasta la raíz con una fuerza que me sacudía entera. Los huevos me golpeaban el clítoris con cada estocada. Me agarró del pelo, enredándolo en su puño, y me tiró hacia atrás sin hacerme daño, forzándome a arquear la espalda.
—Dime que te gusta. Dímelo.
—Me gusta —gemí, la boca floja, salivando—. Me encanta tu verga, Gerardo. Cógeme más fuerte, por favor.
—Cabrona. Aprendes rápido.
Me dio una nalgada seca que sonó por toda la sala, y otra, y otra, hasta dejarme la piel ardiendo. Se inclinó sobre mi espalda, agarró mis tetas colgando y las apretó, jugando con los pezones mientras me seguía martillando por atrás. Su aliento caliente en mi oreja, sus dientes en mi cuello.
—Métete el dedo al hocico y chúpatelo —me ordenó—. Chúpatelo bien, que ahorita te lo voy a meter en el culo también, pero no hoy. Hoy quiero verte practicar.
Obedecí, chupé mi propio dedo, luego el suyo cuando me lo metió en la boca, empapándolo con saliva. Sentí ese dedo húmedo bajar por mi columna y frotar círculos alrededor de mi ano mientras la verga seguía cogiéndome sin parar. La presión de ese dedo, apenas apoyado ahí, sumado a la verga metida hasta el fondo, me hizo empezar a temblar otra vez.
Ya no había pensamientos ni inseguridades. Solo existía esto: él reclamando mi cuerpo con cada estocada, marcándome por dentro y por fuera. Me sentí una perra, y me encantó.
—Otra vez... —jadeé, con las lágrimas en los ojos por la intensidad—. Me vengo otra vez, Gerardo...
—Vente. Vente en mi verga, mi vida. Apretame bien.
El segundo orgasmo me arrolló como un tren, más largo, más sucio que el primero. Grité contra los cojines, con el coño convulsionando alrededor de él, apretándolo como un puño, mojándolo entero.
—Estás tan rica... me voy a venir —jadeó en mi oído, inclinándose sobre mi espalda entera. El ritmo se volvió frenético, animal; sentí su cuerpo tensarse y sus manos aferrarse a mis caderas con fuerza de dejar moretones—. ¿Adónde? Dime, ¿adónde te la echo?
—Afuera —logré balbucear—. Afuera, en la espalda.
—¡Ya!
En el último segundo se retiró. Sacó la verga chorreando y se la jaló dos veces sobre mí. Sentí el calor: chorros espesos, gruesos, calientes, golpeando la parte baja de mi espalda, el primero fuerte hasta la nuca, luego escurriendo hacia la curva de mis nalgas, empapándome enterita, marcándome. Me quedé quieta, temblando, sintiendo cada espasmo mientras él se vaciaba sobre mí, gruñendo con cada tirón. La sentí caliente resbalar hacia mi cintura, gotear al sofá. Una sensación primitiva, sucia de la manera más excitante posible. La prueba tangible de lo que yo le había provocado. Metió dos dedos en el semen que me chorreaba por la espalda, los untó y me los llevó a la boca. Los chupé sin pensarlo, mirándolo a los ojos. Salado, denso, suyo. Le vi la sonrisa oscura, satisfecha.
Se dejó caer sobre mi espalda con cuidado de no aplastarme, respirando con dificultad, y me besó el hombro sudado, embarrándose él también con su propia leche.
—Mierda, Camila —susurró—. Vas a acabar conmigo.
Me giré despacio para mirarlo. Estaba sentado en el borde del sofá, brillante de sudor, la verga todavía a media asta, roja, gruesa. Sus ojos ya no tenían furia, sino una satisfacción profunda y una complicidad densa.
—Creo que los dos necesitábamos esto —dijo, ronco—. Y esto se va a repetir. Cada vez que Daniela salga de la casa, te voy a coger. ¿Entendiste?
Asentí, incapaz de hablar, sintiéndome la mujer más deseada del mundo, con la espalda todavía chorreando su semen, y sabiendo que la rutina en aquel departamento de Santa Teresita jamás volvería a ser la misma.





