La apuesta que terminé pagando de rodillas una semana
Hay apuestas que se pagan con una cena, y hay apuestas que una recuerda durante años. La mía fue de las segundas. Para entender cómo llegué hasta ahí tengo que empezar por el kiosco de la esquina, ese que está justo al lado del bar donde almorzábamos casi todos los días.
El dueño se llamaba don Aníbal. Rondaba los sesenta y pico, aunque tenía una energía que muchos jóvenes envidiarían. Era de esos hombres encantadores a la vieja usanza: amable, conversador y con una debilidad confesa por mirar a las mujeres. Cada vez que yo pasaba a buscar el diario me regalaba un piropo medido, nunca grosero, siempre con esa sonrisa pícara que terminaba sacándome una risa.
—Hoy venís más linda que la portada de cualquier revista que tengo acá —me decía, y yo le seguía el juego.
Martín, mi compañero de trabajo, era cliente fiel del puesto. Pasábamos juntos casi a diario, y los dos hombres tenían una complicidad de barrio que incluía comentarios sobre las clientas, anécdotas viejas y alguna que otra confesión subida de tono que a mí, lejos de molestarme, me divertía escuchar.
Aquella mañana veníamos discutiendo por un asunto del trabajo. Una de esas discusiones tontas en las que ninguno cede porque está convencido de tener razón. Martín, que es competitivo hasta para respirar, se le ocurrió proponer una apuesta justo cuando llegábamos al kiosco.
—Que decida un tercero imparcial —dijo, y señaló al viejo con la cabeza.
Así fue como don Aníbal quedó de jurado. La prenda se definiría después; primero había que ver quién tenía razón. Sellamos el trato con un apretón de manos y los tres reímos como si fuera un juego de chicos.
***
Pasaron tres días. Cuando volvimos a juntarnos con el viejo para conocer el veredicto, el resultado fue claro: había perdido yo. Acepté la derrota con deportividad, hasta que pregunté cuál sería la dichosa prenda.
Martín tenía la respuesta preparada, y la soltó con una calma que me heló la sangre. La prenda era mamársela a don Aníbal, todos los días, durante una semana entera. Chupársela entera, hasta hacerlo acabar en mi boca. Siete días seguidos.
Me quedé muda. No por incapaz, pensé, porque nunca he tenido problema con disfrutar de mi cuerpo ni del ajeno, y una buena polla en la boca es de las cosas que más me gustan en este mundo. Lo que me frenaba era otra cosa: Martín me estaba exponiendo con un hombre que conocía a media ciudad, que hablaba con todo el mundo desde detrás de ese mostrador. La discreción no parecía formar parte del plan.
Don Aníbal, que vio mi duda, intervino con una suavidad que no esperaba.
—No tenés que poner esa cara —dijo—. No es nada del otro mundo, y te doy mi palabra de que va a quedar entre nosotros. Reserva absoluta.
Acepté de mala gana, pero acepté. Y como Martín exigía pruebas de que cumplía, puse mi propia condición: yo grabaría cada encuentro con mi teléfono y después le mostraría los videos. Nada de cámaras ajenas, nada de testigos. Mi celular, mis reglas.
Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama imaginando la escena, mitad incómoda, mitad curiosa por descubrir cómo reaccionaría yo misma. Reconozco que la idea de don Aníbal, con sus años y sus modales de otra época, no me resultaba tan desagradable como quería creer. Había algo en su forma de mirarme, en esa mezcla de respeto y deseo contenido, que me intrigaba más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta. Terminé metiéndome los dedos en el coño pensando en qué cara pondría el viejo cuando le sacara la verga por primera vez.
***
Acordamos los horarios. Yo solía pasar por la zona al menos media hora antes de que el kiosco abriera, así que don Aníbal me dejaría una copia de la llave para que entrara antes de levantar la persiana. Vivía al fondo del local, con su esposa, que según él dormía hasta tarde y nunca se enteraba de los movimientos de la mañana.
El primer día llegué con el estómago hecho un nudo. Él ya me esperaba, ansioso como un chico en la víspera de su cumpleaños. Yo todavía no terminaba de convencerme. Sin demasiadas palabras, el viejo se sentó en una silla y empezó a desabrocharse el pantalón. Me arrodillé frente a él y le bajé el calzoncillo hasta los tobillos.
Lo primero que me sorprendió fue lo generoso de su anatomía. Le colgaba entre las piernas una polla gruesa, todavía dormida, con los huevos pesados y arrugados descansando sobre el borde de la silla. Tuve que apartar el vello canoso para acomodarme, y al principio fui torpe, casi como una principiante a la que le tiemblan las manos. La agarré con la derecha, sentí el peso muerto, y me la llevé a la boca así, blanda, para despertarla con la lengua. La ensalivé entera, la lamí de arriba abajo, jugué con la punta contra el paladar, y a los pocos segundos empezó a crecer entre mis labios.
A medida que él ganaba firmeza, yo también me fui soltando. La tensión de los primeros minutos se transformó en algo parecido al disfrute, esa entrega en la que el cuerpo manda y la cabeza calla. La verga se le puso dura como una piedra, mucho más larga de lo que había imaginado, y de golpe se me llenó la boca de un olor a hombre viejo que, para mi sorpresa, me terminó de mojar el coño.
Cuando estuvo listo, giré apenas para tomar el teléfono y dejarlo apoyado en el ángulo justo. Seguí, esta vez más lenta, más atenta a cada reacción suya. Empecé a chupársela con ritmo, metiéndomela hasta el fondo de la garganta, ahogándome un poco a propósito para que él viera cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Le hacía ruido con la boca, dejaba caer hilos de saliva sobre sus huevos y después los recogía con la lengua. Don Aníbal soltaba unos gruñidos roncos que crecían con cada movimiento, con las manos aferradas al asiento como si no se animara a tocarme la cabeza.
—Ay, nena… así, no pares —murmuraba con voz rota.
No tardó demasiado en rendirse. Le sentí el pulso en la vena de abajo, esa que se le hincha antes de la corrida, y apreté los labios contra la punta. Terminó con un estremecimiento largo y una descarga espesa, caliente, que me llenó la boca de un saque. Me la tragué toda, sin dejar escapar una gota, y todavía me quedé succionando hasta ordeñarle las últimas espasmos. Lo dejé impecable, con la verga brillante de saliva, y me levanté con una calma que ni yo me esperaba.
***
El segundo día llegué con una sorpresa en la cartera. Lo llevé hasta el pequeño baño del fondo y, con una toalla tibia y una afeitadora, me tomé el trabajo de dejarlo prolijo y suave. Le enjaboné los huevos, le rasuré el vello canoso con paciencia de barbera, y después le pasé un paño caliente para dejarlo con la piel pelada y rosada como la de un pibe. Él me miraba hacer, entre incrédulo y agradecido, con la polla ya despierta pidiendo atención.
Una vez listo, acomodé el celular sobre la repisa y me dediqué a él sin apuro. La piel limpia se sentía distinta contra mi boca, más cálida, más mía. Le lamí primero los huevos, uno por uno, chupándomelos enteros, jugando con ellos en la lengua mientras con la mano le hacía una paja lenta a lo largo de la verga. Después subí por abajo del tronco, siguiendo la vena gruesa con la punta de la lengua, y cuando llegué al glande me la metí hasta el fondo de un solo saque.
—Puta madre, qué boca tenés —le salió al viejo, y le brillaban los ojos.
Esta vez don Aníbal aguantó bastante más que el día anterior, como si quisiera estirar cada segundo. Me la clavaba en la garganta con embestidas cortas, agarrado del borde de la pileta, y yo dejaba que me la enterrara hasta hacerme babear sobre las baldosas. Le lamí el frenillo, se la sacudí contra los labios, me di cachetadas en las mejillas con esa polla dura, y él estuvo a punto de correrse tres veces antes de rendirse.
Cuando finalmente cedió, le saqué la verga de la boca justo a tiempo y dejé que el primer chorro me pintara la cara. El segundo lo recibí con la lengua afuera, y los siguientes los guardé en la boca sin tragar. Le mostré sin pudor cómo saboreaba el momento, revolviéndome la corrida entre los dientes, antes de tragarla despacio delante de él. Su cara fue todo un poema.
***
Para el tercer día yo ya había tomado las riendas. El viejo no se animaba a tocarme; se limitaba a ofrecerse, dócil, casi tímido para alguien tan lenguaraz detrás del mostrador. Decidí cambiar eso.
Llegué quince minutos antes. Fuimos al baño de nuevo y, esta vez, me quité el abrigo largo con el que había venido para quedar completamente desnuda frente a él. No llevaba nada debajo. Le acerqué el pecho a la cara y le pasé un pezón por los labios, primero uno, después el otro. Al sentir su respiración acelerarse, él por fin reaccionó. Me chupó las tetas como un hambriento, mamando fuerte, mordisqueando los pezones hasta hacerme soltar un gemido que no pude contener.
Me tomó de las caderas con manos torpes y buscó, casi pidiendo permiso, hundir los dedos en mi coño. Yo ya estaba empapada, con los muslos brillándome, y le abrí las piernas apoyando un pie en el borde del inodoro para que se acomodara mejor. Le metió dos dedos gruesos, callosos, hasta el fondo, y me los movió con una torpeza que me hizo temblar. Me buscó el clítoris con el pulgar, me lo apretó, y yo empecé a cabalgarle la mano ahí parada, gimiéndole en la oreja.
—Así, viejo, metémelos bien adentro… —le pedía, mordiéndole el cuello.
Dejé que jugara un rato hasta que casi me hace acabar. Entonces me arrodillé, le saqué la verga del pantalón y bajé a cumplir con mi cuota del día. Se la mamé con más ganas que nunca, sintiendo mi propio sabor cada vez que él se llevaba los dedos a la boca, fascinado, chupándose el jugo que me había sacado. Le trabajé la polla con las dos manos y la boca a la vez, haciéndole una paja mientras le lamía la punta, engullendo hasta la mitad y sacando con ruido. Se corrió pronto, y esta vez el saque fue tan largo que se me escapó un poco por la comisura. Lo recogí con el dedo y se lo di a chupar. Él me obedeció sin dudar.
***
El cuarto día don Aníbal me esperaba desde temprano, transformado. La timidez había quedado atrás. En cuanto entré me quitó el abrigo y se prendió a mis pechos como si llevara toda la vida soñando con ese instante. Me estrujaba las tetas con las dos manos, me chupaba los pezones, me mordía la piel del cuello. Lo dejé hacer, sorprendida por las ganas que le habían despertado.
Me senté en la silla y abrí las piernas para él. El viejo se arrodilló —ironías de la apuesta— y me hundió la cara en el coño sin más preámbulo. Me lamió con una dedicación que no esperaba de alguien de su edad: primero los labios de afuera, después los de adentro, separándomelos con los pulgares, y por fin el clítoris, al que se le prendió como si fuera un caramelo. La lengua, la barba apenas áspera raspándome los muslos, la respiración entrecortada calentándome la piel: todo se combinó hasta que me hizo terminar con un temblor que me agarró de sorpresa. Se me arqueó la espalda, le apreté la cabeza contra el coño y me corrí en su boca sin vergüenza.
—Trague todo, viejo —le dije jadeando, y él lo hizo, chorreado.
Después le devolví el favor, lenta y minuciosa. Le mamé la polla durante un largo rato, sin dejarlo acabar, deteniéndome cada vez que lo sentía cerca. Le chupé los huevos, le lamí ese pedazo de piel entre los testículos y el culo que a los hombres los vuelve locos, y volví a subir. Cuando por fin lo dejé correrse, ya no le salía casi nada, y así y todo se me vino en la lengua con un quejido rendido. Lo dejé agotado, con la verga floja apoyada contra el muslo.
Antes de irme, y todavía con la respiración entrecortada, le hice una promesa.
—Mañana —le dije al oído— me vas a coger. Y te voy a dejar acabar adentro.
***
El quinto día me llevé una sorpresa: estaba completamente solo. Su esposa había salido temprano. Eso nos dio una libertad que hasta entonces no habíamos tenido, así que nos fuimos directo a su cuarto.
Don Aníbal me recorrió entera, sin prisa, devolviéndome con creces todo lo de los días anteriores. Me tumbó boca arriba en la cama matrimonial y me lamió desde los tobillos hasta el ombligo, esquivando el coño a propósito para hacerme rogar. Cuando finalmente bajó la boca a donde yo quería, me lo comió con el hambre de un condenado. Me metió la lengua entera, me la clavó como si fuera una verga chica, me chupó el clítoris hasta hacerme gritar en esa casa que no era mía. Me hizo terminar una vez más con la boca, con los muslos apretados alrededor de su cabeza.
Cuando lo sentí a punto —la polla dura, hinchada, roja de deseo—, me trepé sobre él. Me acomodé, le apunté la verga contra la entrada, y me la ensarté despacio, hasta el fondo, sintiendo cómo me abría entera. Lo cabalgué despacio al principio, observando cómo se le aflojaba la cara de placer, apoyando las manos en su pecho canoso. Le apreté las tetas contra la boca y él me chupaba los pezones mientras yo subía y bajaba.
Después cambié el ritmo. Me le clavé encima con fuerza, dejando que la polla me llegara hasta el útero en cada bajada, sacudiéndole las caderas con un ritmo que lo dejó sin aire. Me tiré para atrás, apoyada en sus rodillas, y le mostré cómo la verga entraba y salía brillante de mi coño. El viejo miraba con la boca abierta, sin palabras. Terminó dentro de mí con un quejido largo, aferrándome las caderas como si temiera que me fuera, y sentí los chorros calientes vaciándose adentro. Me quedé sentada encima de él hasta el final, apretándole la verga con el coño para no perder una gota.
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El sexto día fue distinto. Me animé a pedir lo que quería, y él, ya sin un gramo de vergüenza, obedeció encantado. Le pedí que me comiera el coño boca abajo, con el culo levantado, y él se acomodó atrás y me trabajó con lengua y dedos hasta hacerme terminar dos veces seguidas. Me metió un dedo en el ano al mismo tiempo que me lamía, y para entonces yo ya no pensaba en la apuesta ni en Martín ni en nada que no fuera ese cuarto.
Como seguía sin compañía, lo llevé a la cama y me ofrecí de una manera nueva. Me puse en cuatro, con el pecho contra el colchón y el culo bien alto, y le pedí que me la clavara así, mirándome. Dejó que me tomara despacio, con cuidado, con esa paciencia que sólo tienen los hombres que ya no necesitan demostrar nada. La verga entraba y salía haciendo ruido de mojado, y el viejo me agarraba de las caderas para clavármela hasta el fondo. Me daba palmadas suaves en el culo, me tironeaba del pelo con timidez, se me acomodaba encima para mordisquearme la nuca.
—Metémela toda, viejo, hasta el fondo —le gemía yo contra la almohada.
Cuando estaba por acabar, le pedí que la sacara. Me di vuelta rápido, me arrodillé, y le recibí la corrida en la boca. Se vino con menos fuerza que el día anterior, pero igual me llenó la lengua. Lo limpié después con la boca, chupándole la punta hasta la última gota, como cierre de un ritual que ya sentía tan mío como suyo.
***
El séptimo y último día decidimos cambiar de escenario. Martín nos prestó su departamento para la siesta, y le hice tomar a don Aníbal una pastilla azul para que el broche fuera a la altura. Por una vez, el viejo no terminó rendido a los pocos minutos.
Le saqué el primer envión con la boca. Le trabajé la polla hasta que la puse dura como en sus mejores tiempos, ayudada por el efecto de la pastilla, y él acabó en mi cara con un saque más generoso que en los últimos días. Me quedó chorreando por el mentón, por los pechos, y él me miraba con los ojos brillantes mientras yo me repartía la corrida con los dedos.
Él me devolvió el gesto con la suya. Me acostó de espaldas al borde del sillón, me abrió las piernas, y me chupó el coño hasta hacerme acabar en su boca por segunda vez esa tarde. Después lo monté. Me senté encima, de frente, y me lo clavé hasta el fondo. Le tomé las manos y me las llevé a las tetas mientras cabalgaba. Me lo cogí despacio, después rápido, sacando y metiendo la verga entera, hasta que él me terminó de vaciar dentro con un gemido ronco.
Y todavía tuvo cuerda para una vuelta más. Nos tiramos de costado en el sillón, me levantó una pierna y me la metió por atrás en esa posición, buscándome el punto con embestidas lentas y hondas. Yo le agarraba la mano y me la llevaba al clítoris para que me acariciara mientras me la clavaba. Se corrió por tercera vez, más flojo, más lento, y quedó de verdad agotado, derretido en el sillón con la polla húmeda apoyada contra el muslo y una sonrisa de oreja a oreja.
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El cierre de la historia llegó al día siguiente. Los tres nos juntamos en el mismo departamento para que Martín revisara los videos y confirmara que había cumplido cada parte del trato. Cumplí, claro. Y a Martín se le notó tanto la excitación mientras miraba —tenía la verga marcada bajo el pantalón desde el primer video— que la siesta terminó de una forma que ninguno de los dos había previsto.
Se lo saqué yo, sin decir palabra, arrodillándome frente a él con la boca ya abierta. Me la clavó hasta la garganta de una, aprovechando toda la calentura acumulada de la semana entera de miradas. Se la mamé con la misma dedicación con la que había trabajado al viejo, y después me lo cogí encima del mismo sillón donde don Aníbal se había derretido la tarde anterior. Martín me acabó adentro con un gruñido corto, apretándome contra él.
Don Aníbal, en cambio, llegó cansado de la jornada anterior. El pobre, esta vez, sólo tuvo fuerzas para una última caricia con la boca —me pasó la lengua por el coño con Martín todavía chorreando dentro de mí— antes de quedarse dormido en el sofá, satisfecho como nunca.
Y así, una apuesta tonta sobre un asunto que ya ni recuerdo terminó siendo la semana más intensa que viví en mucho tiempo. Cada tanto vuelvo a pasar por el kiosco. Don Aníbal me regala el mismo piropo de siempre, yo le sigo el juego, y los dos sabemos que detrás de esa sonrisa hay un secreto que vamos a guardar para siempre.





