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Relatos Ardientes

El viejo del quiosco que se volvió su vicio

Don Ovidio era un hombre de sesenta y tantos, con una panza redonda como un barril y el pelo canoso peinado hacia atrás con gomina barata. Atendía un quiosco en una esquina tranquila del barrio de Las Acacias, de esos que venden cigarrillos sueltos, golosinas y revistas amarillentas. Pero lo que más despachaba era su boca.

Cada vez que pasaba una mujer con pollera corta o pantalón ajustado, el viejo soltaba alguna barbaridad que hacía sonrojar a las más recatadas y reír a las que ya lo conocían.

—¡Qué culo tenés, nena! Vení que te invito un café y te hago gritar como no te hizo gritar nadie —decía, o cosas mucho peores que no vale la pena repetir todas.

Las vecinas lo miraban con asco o con indiferencia. Pero algunas, curiosas o con ganas de atención, se quedaban un rato de charla. Y de esas charlas, según se rumoreaba en la cuadra, Don Ovidio había sacado más de un encuentro. No era buen mozo ni tenía plata, pero tenía una labia descarada, una fama que lo precedía y, según decían las que sabían, una verga que no se condecía con la edad ni con la panza.

***

Dalia no pasaba desapercibida. Tenía veintiséis años, curvas que desbordaban la ropa, un par de tetas enormes que le tensaban el delantal, caderas anchas, un culo alto y redondo, y una cara de labios carnosos hechos para chupar. Trabajaba en una panadería a unas cuadras y pasaba todos los días frente al quiosco. Al principio ignoraba las groserías del viejo y apuraba el paso.

—¡Vení, hermosa, que un viejo como yo te enseña más que cualquier pendejo del barrio! ¡A vos te falta una polla que te acomode las ideas! —le gritaba él, riéndose.

Pero una tarde de verano asfixiante, muerta de calor y harta de la rutina, Dalia se detuvo. El sol pegaba fuerte sobre la vereda. Compró un helado y, mientras lo comía apoyada en el mostrador, Don Ovidio la miró con una sonrisa torcida.

—Mirá cómo chupás ese helado. Se nota que sos una mujer que sabe usar la boca.

Ella lo miró fijo, sin sonreír, pero tampoco se fue.

—Viejo desubicado —murmuró, y siguió apoyada ahí, lamiendo el helado más despacio de lo necesario.

—Ovidio, me llamo. No «viejo». Y vos sos Dalia, la de la panadería, la que pasa todos los días sin saludar y me deja la pija dura sin darse cuenta.

Ella se rio, un poco nerviosa, sintiendo cómo el calor le subía a la cara y le bajaba a otro lado.

—Sos un asqueroso. Y vos sos el que les dice pavadas a todas las que pasan.

Empezaron a charlar. Él le contó de su vida: viudo desde hacía diez años, solo en una casa vieja con un perro flaco. Ella se quejó del trabajo, del jefe tacaño, del calor que no aflojaba. Había algo en la forma en que el viejo la escuchaba, descarado pero atento, con los ojos clavados en el escote, que la desarmó.

—Una mujer como vos no debería andar aburrida, con esas tetas y ese culo desperdiciados —le dijo él, guiñando un ojo—. Mañana volvé y seguimos.

Dalia sintió un cosquilleo entre las piernas que no esperaba, un calor húmedo que le mojó la bombacha ahí nomás, parada en el mostrador. Lo disimuló y se fue apretando los muslos.

***

Al día siguiente volvió. Esta vez se quedó más tiempo. Don Ovidio bajó a medias la persiana, fingiendo acomodar unas cajas, y la invitó a pasar. El lugar era chico, con estantes repletos de chucherías y olor a tabaco rancio.

—Sentate acá —le dijo, señalando un taburete detrás del mostrador.

Ella se sentó. Él se paró cerca, rozándole el brazo, la panza pegada a su hombro. Dalia sintió, a través del pantalón gastado del viejo, un bulto grueso apoyándosele en el costado.

—Me tenés caliente, Dalia. Hace días que me hago la paja pensando en vos. Dejame tocarte un poco, nada más. Vas a ver qué manos tengo.

Ella dudó. El calor, la mirada, el encierro del quiosco, ese bulto duro rozándole el brazo. Algo en la audacia del hombre la prendió.

—Estás loco, viejo. Pero… solo tocar.

Don Ovidio le pasó la mano por el escote y le sacó una teta afuera del corpiño de un tirón. Se la quedó mirando como un chico frente a una vidriera, sopesándola en la palma, apretándole el pezón entre el pulgar y el índice hasta que Dalia soltó un gemido.

—Mirá qué tetas, la puta madre. Mirá cómo se te para el pezón, Dalia. Tu cuerpo dice una cosa y tu boca dice otra, pero acá abajo sos una perra.

Ella gimió más fuerte. Él le liberó la otra teta, se agachó y se la metió entera en la boca, chupándole el pezón con los labios y la lengua, mordiendo apenas, tirando después con los dientes. Dalia se arqueó en el taburete, cerrando los ojos. Sabía a cigarrillo, a menta barata, a viejo, pero la boca del hombre trabajaba con una técnica que no había sentido nunca antes en ninguno de los pendejos del barrio.

—Te voy a comer entera —murmuró el viejo contra su cuello, subiéndole el short y metiéndole la mano por debajo—. Te voy a chupar el coño hasta que me pidas que pare.

Le corrió la bombacha con dos dedos y la encontró empapada. Se los pasó por los labios y después por el clítoris, describiendo círculos lentos. Dalia jadeó, abriendo más las piernas, agarrándose del borde del mostrador con las dos manos.

—Ovidio… no pares, la puta madre, no pares.

—Mirá cómo chorreás, nena. Estás toda mojada por un viejo. ¿Qué diría tu jefe si te viera así, con las tetas afuera y el coño abierto para mí?

Él se arrodilló, a pesar de la edad y la panza, con un gruñido de esfuerzo. Le arrancó el short y la bombacha de un tirón y le abrió las piernas con las dos manos. Enterró la cara entre sus muslos y empezó a lamer, primero con la lengua plana de arriba abajo, después buscándole el clítoris con la punta, chupándoselo como si fuera un caramelo duro. Dalia le agarró la cabeza calva y lo apretó contra ella, meneando las caderas contra su cara.

—Sí, así, viejo asqueroso, comeme el coño, no pares.

Él le metió un dedo grueso mientras le seguía chupando el clítoris, y después dos, curvándolos adentro, tocándole ese punto que la hacía estremecerse. Dalia sintió cómo le corría el jugo por el interior de los muslos, cómo el viejo se relamía, cómo aceleraba la lengua a un ritmo que no aflojaba. Cuando le sumó un tercer dedo y la clavó bien profundo, Dalia explotó en un orgasmo que la sacudió entera, con los muslos apretándole la cabeza al viejo, chillando bajito para no despertar a media cuadra.

***

Pero Don Ovidio no terminó ahí. Se incorporó, se desabrochó el pantalón, se bajó el calzoncillo blanco de abuelo y le mostró que la fama no era mentira. Una verga gruesa, larga, con las venas marcadas y el glande morado apuntándole a la cara.

—Mirá lo que tengo para vos. Esta pija te la vas a acordar hasta el día que te mueras.

Dalia la miró entre asustada y excitada, los labios entreabiertos. La agarró con la mano, despacio, midiéndola. No le llegaba a cerrar los dedos alrededor. Se la sacudió un par de veces y una gota gorda de líquido preseminal le mojó la palma.

—Es mucha para mí, viejo. Es enorme.

—Chupala primero. Mojámela bien, así te entra suave.

Ella se bajó del taburete y se arrodilló en el piso mugriento del quiosco. Se la metió en la boca hasta donde pudo, cerrando los labios alrededor y aspirando. El viejo la agarró del pelo y empezó a moverle la cabeza, marcándole el ritmo. Dalia babeaba, se atragantaba, sacaba la pija y se la refregaba contra los cachetes, contra las tetas, y volvía a metérsela hasta el fondo.

—Así, puta, así, chupá esa verga, hacela desaparecer. Mirá cómo se te llenan los ojos de lágrimas. La panadera del barrio de rodillas mamándome la pija.

Él rio, ronco, y la levantó del pelo. La dio vuelta y la inclinó sobre el mostrador, con las tetas aplastadas contra los caramelos y el culo bien parado. Le separó los cachetes con las dos manos, escupió y empujó el glande contra su coño empapado.

—Vamos a ver si aguantás.

Entró despacio, de a poco, dándole tiempo. Dalia gimió largo, entre el dolor y el placer, sintiendo cómo la abría de a milímetros, cómo la estiraba, cómo se le llenaba por dentro como no le había pasado nunca.

—Despacio, viejo, despacio, me partís al medio.

—Ya te acostumbrás. Aflojá, respirá.

Cuando la tuvo enterrada hasta la base, con las bolas apoyadas contra su clítoris, el viejo se quedó quieto un segundo, disfrutando. Después la agarró de las caderas y empezó a moverse con un ritmo firme, sacándola casi entera y volviéndola a clavar hasta el fondo. El mostrador crujía. Los caramelos saltaban. El quiosco entero parecía temblar con cada empujón. Ella respondía empujando hacia atrás, buscándolo, apretándole la verga por dentro.

—Así, más fuerte, viejo hijo de puta, más fuerte.

—¿Te gusta? ¿Te gusta la pija del viejo, panadera? Decime que te gusta.

—Me encanta, me encanta, no pares.

Don Ovidio le rodeó el cuerpo con un brazo, sin soltarle una teta, y aceleró. Con la otra mano le mordió los mofletes del culo, le dio un par de palmadas que resonaron en el quiosco vacío, le enterró un dedo mojado de saliva en el orto y la sintió apretarse entera. Sudaba, jadeaba, pero no aflojaba.

—Sos una mujer de verdad, Dalia. De esas putas que ya no quedan.

Un segundo orgasmo la sacudió, más largo que el primero, con las piernas temblándole y el coño chorreándole por los muslos. El viejo la clavó hasta el fondo dos, tres veces más, y con un gruñido ronco se descargó adentro, llenándola de leche caliente, quieto contra su espalda, recuperando el aire, con la pija todavía enterrada. Cuando se separó, un hilo blanco le chorreó a Dalia por la parte de atrás del muslo. Los dos se rieron como cómplices de algo prohibido.

***

Eso fue apenas el principio. Dalia volvió al día siguiente, y al otro. El quiosco se convirtió en su lugar secreto. Don Ovidio la esperaba con la persiana lista para bajar y la sonrisa de siempre.

Una vez la hizo agacharse detrás del mostrador mientras atendía a un cliente, y ella tuvo que sacarle la pija por la bragueta y chupársela ahí mismo, arrodillada, conteniendo la risa, mientras el viejo charlaba del clima con un vecino y fingía una calma que no tenía, apoyándole una mano en la cabeza para que no aflojara. Dalia le lamía las bolas, le mamaba el glande, le hacía profunda mientras el vecino pedía un atado de puchos. Cuando el hombre se fue, Don Ovidio la levantó, la sentó sobre el mostrador, le abrió las piernas y le clavó la verga de una sola estocada, todavía dura, y la cogió apurado contra la pared, riéndose de la travesura.

—Casi nos pescan —dijo ella, con la voz cortada por los empujones.

—Mejor. Así te acordás de mí toda la tarde con el coño lleno.

Se corrió adentro otra vez y le mandó los dedos después, para juntar la leche que le chorreaba, y se los metió en la boca. Dalia los chupó sin apartar la vista.

***

Otra tarde la invitó a su casa, arriba del quiosco. Era un departamento chico, con muebles gastados y olor a encierro, pero limpio. La llevó a la cama sin apuro y la desnudó despacio, mirándola como si fuera la primera vez, besándole las tetas, el ombligo, el interior de los muslos.

—Me encanta tu cuerpo, la puta madre —le dijo—. Me encanta este culo, estas tetas, este coño gordo.

La acostó boca arriba, le abrió las piernas y se enterró la cara ahí, chupándole el clítoris y metiéndole la lengua bien adentro. Le pasó los brazos por debajo de los muslos y la levantó un poco, comiéndosela de abajo hacia arriba, sin dejarle escape. Le lamió el orto de paso, apenas, con la punta de la lengua, y Dalia dio un respingo.

—Cochino, viejo cochino.

—Te gusta y no querés admitirlo.

La dejó suplicando, con las piernas temblándole. Después se acomodó encima y entró de a poco, disfrutando cada gemido, apoyando la panza contra la de ella, mirándola a los ojos mientras la clavaba hasta el fondo.

—Decime lo que querés, panadera. Decímelo con la boca sucia.

Dalia, roja, le habló al oído sin vergüenza por primera vez en su vida.

—Cogeme fuerte, viejo. Rompeme el coño. Llename de leche otra vez.

Él aceleró, la puso en cuatro, le agarró del pelo como riendas y la embistió por atrás sin piedad, con el sonido de la piel contra la piel llenando el cuarto. Le mordió el hombro, le mandó otra vez el dedo en el culo, y la llevó hasta el final una vez más, corriéndosele encima esta vez, chorreándole leche caliente en la espalda y en los cachetes del culo, restregándole después el glande contra la piel manchada.

***

Con el tiempo, los encuentros se volvieron una costumbre. Algunas tardes él le contaba historias de su vida, mujeres que había conocido, viajes que nunca hizo, mentiras a medias que la hacían reír. Dalia escuchaba pajareando entre los estantes, robándole un caramelo, dejándose abrazar, con la mano del viejo metida por debajo de la pollera como si nada.

—¿Por qué te gusto tanto? —le preguntó ella una vez.

—Porque sos descarada como yo. Y porque no te hacés la santa. Y porque tenés el coño más rico que probé en años.

Ella no supo qué contestar, pero se quedó.

***

Pasaron meses así. Dalia empezó a dejar de lado otras cosas; pensaba en el viejo y en sus tardes más de lo que quería admitir. Una vez la convenció de quedarse después de cerrar y la cogió en la trastienda a oscuras, los dos apretados entre las cajas de gaseosa, ella con las tetas colgando y las piernas envueltas en la cintura del viejo, conteniendo la risa y los gemidos cuando un auto frenaba afuera. Él le tapaba la boca con una mano mientras le clavaba la verga de abajo hacia arriba, riéndose contra su cuello cada vez que ella se mordía los labios para no gritar.

—Sos un peligro —le dijo ella, después, con la bombacha en la mano y la leche del viejo chorreándole por dentro del muslo.

—Y vos una caja de sorpresas —respondió él, prendiéndose un cigarrillo con la mano temblando.

A veces a Dalia la asaltaba la duda.

—Soy joven todavía. ¿Qué hago con un viejo como vos?

Él se ponía serio un instante, después le acariciaba la cara.

—Lo que quieras. Acá nadie te obliga a nada. La puerta está siempre abierta.

Y ella, justamente por eso, no se iba.

***

Una noche, después de una de esas tardes largas en que el tiempo se les escapaba, quedaron tirados en la cama, sudados y sin aliento, con las sábanas manchadas de semen y transpiración. El ventilador giraba lento en el techo. Dalia todavía sentía la leche del viejo chorreándole por el culo hasta la sábana.

—Sos la mejor cogida que pasó por acá en años, Dalia —dijo él, mirando el techo, con la pija todavía a media asta descansada sobre el muslo.

Ella, exhausta, con el cuerpo marcado de chupones y mordidas, se rio.

—Y vos el viejo más sucio y más caliente del barrio. Nadie me la puso nunca como me la ponés vos.

—De eso no hay duda.

Se durmieron abrazados, él roncando enseguida, ella despierta un rato más, pensando en lo absurdo y lo cómodo de todo aquello, y en cómo se le apretaba el coño con solo recordar la última embestida.

***

Al día siguiente, todo seguía igual. Dalia pasó camino al trabajo y Don Ovidio le gritó alguna ordinariez desde el mostrador, igual que el primer día. Pero ahora era una ordinariez privada, una broma que solo ellos entendían.

—¡Vení, hermosa, que te hago el descuento de clienta fiel! ¡Y de yapa te dejo el coño como te gusta!

Ella levantó la mano sin darse vuelta, sonriendo, apretando los muslos ahí mismo en la vereda. Más tarde, cuando bajara la persiana y el barrio se quedara tranquilo, volvería. Empujaría la puerta de siempre y se entregaría otra vez al viejo descarado que la había conquistado con su labia, su paciencia inesperada, esa verga que no le pedía permiso a la edad, y esa forma suya de hacerla sentir, por un rato, la puta más deseada de Las Acacias.

Y así, tarde tras tarde, la historia de Don Ovidio y Dalia siguió su curso, entre cigarrillos sueltos, golosinas baratas, gemidos ahogados detrás del mostrador y un secreto que la cuadra entera sospechaba pero nadie se animaba a confirmar.

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Comentarios(7)

Tato_Norte

tremendo relato!!! de esos que no podes parar de leer

Ricky_pba

Por favor que haya una segunda parte, justo cuando se ponia bueno corto todo. Espero mas!

Horacio_B

Me recuerda al almacenero del barrio donde creci jaja, salvando las distancias. El personaje del viejo esta muy bien construido, te lo crees desde el primer parrafo

NaiaraBs

La descripcion de Dalia me parecio lo mejor del relato. Muy bueno

IndioLector

Al principio no sabia si me iba a gustar el viejo como personaje y al final resulto ser lo mas interesante de toda la historia. Buen relato

Ernesto_Mdz

Saludos desde Mendoza! Me enganchan mucho estos relatos donde lo cotidiano se mezcla con algo inesperado. El quiosco, el calor del verano, Dalia deteniendose casi sin querer... todo muy bien ambientado. Espero la continuacion con ansias

VeroBaires

increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo aca

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