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Relatos Ardientes

Mi vecina madura y lo que pasó la mañana que subí

Tengo cuarenta y siete años. Y todavía, cuando la casa queda en silencio por las noches, pienso en ella.

Mi atracción por las mujeres mayores no es reciente ni pasajera. Viene de lejos, de un verano en que una amiga de mi madre —con sus cuarenta y tantos largos y bien llevados— me enseñó que una mujer que ha vivido sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo. Desde entonces, las chicas de mi edad siempre me han parecido incompletas. Me atraen las arrugas finas en las comisuras de los ojos, los cuerpos que ya no compiten sino que simplemente son, la mirada de quien no necesita demostrar nada a nadie.

Muchas noches buscaba relatos de sexo con mujeres maduras. Los leía despacio, sin prisa, dejando que la tensión se acumulara antes de masturbarme. Me llevaba al límite, alargaba el momento, saboreaba cada detalle. Y cuando me corría, siempre era una mujer mayor la que me había llevado hasta allí.

Pero la fantasía que nunca desaparece del todo es la de Amparo.

***

Vivíamos en el mismo edificio de la calle Fuencarral. Ella en el segundo; yo, con mis padres, en el tercero. Yo tendría diecinueve años entonces. Ella superaba los cincuenta con una dignidad que me dejaba sin habla. Su marido trabajaba fuera de la ciudad de lunes a viernes, y ella pasaba las mañanas sola en el piso.

La veía desde mi ventana. Se levantaba temprano y tendía la ropa en la terraza antes de que el calor apretara. Lo que me ponía a mil era cómo se movía: sin prisa, sin aparente conciencia de que alguien la observaba desde arriba. Llevaba siempre un camisón fino de tirantes que se le ceñía al cuerpo cuando se estiraba para alcanzar el tendedero. Cuando sacudía las sábanas antes de colgarlas, el camisón se pegaba a su pecho y yo podía ver su silueta completa.

Esos pechos grandes y pesados que se balanceaban con cada movimiento. La curva de su cintura. Las caderas anchas marcándose cuando se giraba para coger más ropa del cesto. A veces llevaba solo la camiseta corta de dormir y al inclinarse podía ver sus bragas marcando cada curva, esa tela fina que se tensaba sobre sus nalgas mientras ella, completamente ajena en apariencia, seguía con su rutina de la mañana.

A veces levantaba la vista. Nuestras miradas se cruzaban. Ella no decía nada, no se cubría, no se apartaba. Solo sonreía un instante, muy levemente, y seguía con lo suyo. Ese momento bastaba para destrozarme. Volvía a mi cuarto con la polla dura contra los vaqueros y me masturbaba pensando en ella, en sus tetas, en esa sonrisa tranquila de mujer que sabe perfectamente lo que te está haciendo.

Tenía dos hijos de mi edad que estudiaban fuera y volvían poco. A mí no me importaban. Solo me importaba ella. La madre. La de las manos anchas, el cuerpo abundante, la voz grave que resonaba en el portal cuando se cruzaba con mi madre y se ponían a hablar de cualquier cosa. Yo fingía no escuchar y me quedaba mirándola de reojo, imaginando situaciones que no debería imaginar. Por las noches me masturbaba pensando en lamerle esos pezones que adivinaba oscuros y grandes, en hundir la cara entre sus pechos, en sentir el peso de sus caderas encima de mí.

***

La mañana que todo cambió fue un martes de octubre.

Bajaba las escaleras cuando la puerta del segundo se abrió y Amparo asomó la cabeza. Llevaba el camisón de siempre y el pelo recogido en alto, con algunos mechones sueltos. Olía a café y a esa crema de vainilla que siempre llevaba en la piel.

—Hola. ¿Puedes ayudarme un momento?

Necesitaba subir una caja de libros al altillo del pasillo. El estante más alto quedaba fuera de su alcance y prefería no usar la escalera de mano sola. Nada complicado.

Entré en su piso. Subí la caja sin problema. Ella me dio las gracias y me puso una mano en el brazo un segundo, solo un segundo, pero la sentí entera. Cuando me giré para marcharme, me pilló mirándole el pecho. No fue voluntario. Simplemente ocurrió: el camisón le caía suelto, sin sujetador, y mis ojos fueron solos a donde iban siempre.

—Llevas rato mirando —dijo.

No era una pregunta. No había enfado en su voz, ni incomodidad, ni sorpresa. Solo una constatación tranquila.

Me puse rojo. Bajé la vista. Ella se apoyó en el marco de la puerta del pasillo, con los brazos cruzados, y esperó.

—Lo siento —dije.

—¿Por qué lo sientes?

No supe qué contestar.

—Te veo desde hace mucho tiempo —continuó—. En la escalera. En el portal. Desde tu ventana cuando tiendo por las mañanas. Siempre con esa misma cara. ¿Crees que no me he dado cuenta?

Levanté los ojos. Ella me miraba con calma, con esa sonrisa que ya conocía de las mañanas en la terraza. Sin burla, sin juicio. Solo curiosidad.

—Me gustan las mujeres mayores —dije. Y no sé de dónde saqué el valor para añadir lo siguiente—: Usted me gusta. Desde que llegué a este edificio.

Se quedó un momento en silencio, mirándome. Luego descruzo los brazos.

—Pasa a la cocina.

***

La cocina daba al patio interior. La luz de octubre entraba suave y oblicua, iluminando las baldosas blancas y el vapor que quedaba del café en la encimera. Ella se colocó de espaldas a la ventana, con las manos apoyadas detrás, y esperó a que me acercara.

Sin decir nada, cogió mis manos y las puso sobre su pecho. A través del camisón. Mis palmas se llenaron de peso y calor al mismo tiempo. Era exactamente como lo había imaginado: grande, suave, real. Las sostuve despacio, sin prisa, sintiendo su forma y su caída natural. Luego las apreté un poco más y ella respiró hondo, cerrando los ojos.

Empecé a masajearlas con cuidado, explorando cada centímetro, dibujando círculos lentos desde el borde hasta el centro. Cuando llegué a los pezones, los noté ya duros bajo la tela fina. Los rodeé con los dedos sin tocarlos directamente, acercándome y alejándome, jugando a ese borde, y ella echó la cabeza hacia atrás despacio.

—Así que te gustan mayores —murmuró.

Los pellizqué suavemente. Ella soltó un gemido bajo, contenido, y apoyó la nuca en mi hombro. Seguí apretando sus pechos, pellizcando sus pezones, mientras ella empezaba a restregar las caderas contra mí. Sentía la presión de sus nalgas contra mi erección y no había forma de disimularlo. Ella la notó y empujó un poco más, con un movimiento lento y deliberado.

—Tanto tiempo mirando desde arriba —dijo— y nunca te habías atrevido a bajar.

Giró la cabeza hacia mí. Nuestras bocas se buscaron. El primer beso fue suave, casi una pregunta. Luego se volvió más intenso: abrió los labios, metió la lengua y yo la recibí, la enredé con la mía, la devolví. Besaba despacio y con toda su atención, sin urgencia, saboreando cada segundo. Como si el tiempo fuera suyo y pudiera hacer con él lo que quisiera.

Mientras nos besábamos, una de sus manos encontró el botón de mi pantalón y lo abrió sin mirar. Sacó mi polla con calma, la midió con los dedos, la envolvió en su palma y empezó a acariciarla despacio. Yo seguía detrás, con las manos en sus pechos, apretando sus pezones duros mientras ella me llevaba al límite con un ritmo lento y seguro.

Me llevó al dormitorio de la mano, sin soltar lo que tenía.

***

La habitación estaba en orden. Había luz indirecta y el edredón bien estirado. Una fotografía familiar en la mesita de noche que los dos fingimos no ver.

Ella me empujó suavemente hasta el borde de la cama y se arrodilló frente a mí. Me miró desde abajo un segundo, con esa calma absoluta suya, y luego metió mi polla en su boca.

Lo hizo despacio al principio. Recorrió el tronco con la lengua, volvió a la punta, bajó hasta la base. Después aceleró: metía y sacaba con un ritmo seguro, con la mano apretando la base mientras su boca trabajaba. Me miraba de vez en cuando con los ojos entrecerrados, disfrutando de mi cara.

—Qué bien la chupas —le dije con la voz rota.

Sonrió sin separar los labios y aceleró. Yo la miraba a ella, a sus tetas que se balanceaban mientras se movía, y pensaba que llevaba dos años imaginando exactamente esto desde el piso de arriba.

Cuando noté que me acercaba al límite, saqué la polla de su boca, me la apreté con la mano y me corrí sobre sus pechos. Chorro a chorro, viéndolo caer y resbalar por sus pezones. Ella lo observó con la vista fija, luego limpió la punta con la lengua lentamente y se incorporó.

—Ahora te toca a ti —dijo.

Se tumbó boca arriba en la cama, abrió las piernas y me señaló entre sus muslos con un dedo. No hizo falta que dijera nada más.

Me puse entre sus piernas y bajé la cabeza. Estaba húmeda y brillante, los labios ya abiertos, con ese olor intenso e inconfundible de mujer encendida. Metí la lengua despacio y ella se tensó entera al primer contacto.

Empecé a lamer sin prisa, abriéndola con los dedos, subiendo hasta el clítoris y volviendo a bajar. Ella metió las dos manos en mi pelo y apretó. Me tenía pegado a su sexo y no me dejaba moverme. Seguí lamiendo, introduje dos dedos dentro de su coño y ella se arqueó.

—Sí —dijo—. Así. No pares.

Le levanté las piernas y dejé todo al descubierto. Bajé la lengua más abajo: sobre su culo, sintiendo cómo se tensaba, cómo el gemido se volvía más profundo. Le lamí despacio, metí la punta un instante, y volví a su sexo. Mis dedos dentro de ella, mi boca sobre su clítoris. La sentí acercarse: las caderas empezaron a moverse solas contra mi cara.

Justo antes de que llegara, me aparté.

—¿Qué haces? —jadeó.

—Quiero follarte.

Ya estaba duro otra vez. Ella lo comprobó con los ojos y abrió más las piernas.

—Pues métemela, cariño.

Me puse encima, apoyé el glande en su entrada y empujé despacio. Los dos gemimos al mismo tiempo. Entré del todo, me quedé un segundo sintiendo su calor ceñido alrededor de mí, y empecé a moverme.

Ella cogió el ritmo y lo ajustó: ponía las manos en mis caderas y me guiaba, marcándome el tempo, diciéndome cuándo ir más rápido y cuándo parar para sentir. Sabía exactamente lo que hacía. No había urgencia, solo control y placer.

Me dio la vuelta. Se montó encima y empezó a cabalgar. Con una mano en mi pecho para equilibrarse y la otra en su propio clítoris, moviéndose arriba y abajo con un ritmo que llenaba toda la habitación de sonidos húmedos y cálidos.

Yo miraba hacia arriba. Sus tetas botaban al compás de sus caderas: las mismas que había espiado desde mi ventana durante casi dos años, ahora al alcance de mis manos. Las agarré, las apreté, tiré de sus pezones todavía húmedos con lo que había dejado antes. Ella aceleró.

—Me voy a correr —dijo con voz ronca.

Se apretó alrededor de mí, dio unos golpes de cadera más profundos y se corrió. La sentí temblar entera, oí su gemido ahogado contra el techo, noté cómo me apretaba la polla como si quisiera no soltarla nunca.

Me corrí detrás. Dentro de ella, con las manos en sus caderas, vaciándome mientras ella todavía se movía despacio, saboreando cada espasmo hasta el último.

Se dejó caer sobre mi pecho. Respiramos. La habitación estaba en silencio y la luz seguía entrando oblicua por la ventana.

—Sabía que algún día ibas a bajar —dijo al cabo de un rato, con la boca en mi cuello.

—Yo también lo sabía —contesté.

***

Con cuarenta y siete años, todavía pienso en aquella mañana de octubre. En el olor a café y a vainilla. En sus manos guiando las mías sobre su pecho. En su forma de besarme despacio, sin necesidad de demostrar nada, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Sigo prefiriendo las mujeres que han vivido. Las que te miran a los ojos y ya saben lo que quieren. Las que no tienen prisa y no necesitan que nadie les explique nada.

Amparo me enseñó eso aquel martes de octubre en la calle Fuencarral. Me enseñó que la experiencia tiene una textura propia, un ritmo que no se aprende: se acumula. Y ninguna mujer, desde entonces, me ha hecho olvidar lo que sentí aquella mañana cuando por fin bajé un piso.

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Comentarios (9)

Lucas_cba

Tremendo relato!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Vecino_ansioso

Necesito la segunda parte ya, por favor!!! me quede con demasiadas ganas

RobertoLP

Me recordo a una situacion muy parecida con una vecina que tuve hace años. Nunca tuve el valor de hacer lo que vos hiciste jaja. Muy bueno.

pepon78

Esa sonrisa complice lo dice todo... increible

TaxiLector

Eso fue real o es ficcion? porque se siente demasiado autentico para ser inventado

Gus_Nocturno

Bien narrado, se nota que sabes escribir. Cada detalle esta en su lugar y no te vas por las ramas. Espero que sigas publicando.

Mabel73

ay dios mio que relato jajaja!!!

DiegoAvent

Las maduras saben lo que hacen, y esto lo confirma. Muy buena historia, con ganas de mas.

Lector_nocturno77

Me encanto como describiste la tension antes de que pasara todo. Se hizo corto pero fue suficiente :)

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