El que tuvo, retuvo: el ganadero aún tenía hambre
Era menuda, de esas mujeres que parecen caber en el hueco de una mano y que, sin embargo, te miran como si fueran ellas las que mandan. Tenía el pelo a media melena con mechas rojas, un piercing en la lengua que asomaba al hablar y una argolla pequeña en la nariz. Llevaba los brazos tatuados con animales y una serpiente que le subía por la pantorrilla. Vestía una microfalda vaquera, una chupa de cuero color sangre y unas plataformas que la hacían unos centímetros más alta de los que la naturaleza le había dado.
Hacía autostop en la secundaria, a las siete de la mañana, en plena zona de granjas y campos arados. Baltasar venía con prisa: tenía que cerrar la venta de cien cerdos y ocho verracos de primera, y ya llevaba una hora al volante de la camioneta.
—¿Vas hacia el cruce de la sierra? —preguntó ella, asomándose a la ventanilla.
—Sí, sube. ¿Qué haces a estas horas sola en la ruta? —dijo, apartando una caja del asiento para hacerle sitio.
—Vuelvo de una fiesta. Por aquí no pasa ni el autobús.
Ella lo miró de reojo mientras se acomodaba. Calvo, con barba canosa, la cabeza cuadrada y casi sin cuello. En un brazo tenía tatuada un águila coronada; en el otro, las palabras «amor de madre». El pecho ancho y peludo le asomaba por la camisa abierta. Le echó cincuenta y largos. Tenía cincuenta y cinco.
—¿Un cigarro? —ofreció, sacando un paquete del bolsillo.
Ella lo aceptó. Baltasar, sin disimular, le recorrió las piernas con la mirada. La falda no dejaba mucho a la imaginación.
—Tienes una camioneta de las buenas —comentó ella, dando una calada.
—¿Te gusta?
—Sí.
—¿Y tú? ¿Vienes de mucha juerga?
—De las de siempre. Cada fin de semana lo mismo —respondió, encogiéndose de hombros.
—Imagino que ligarás bastante.
—Bueno… —dijo ella, riendo bajito.
—¿Y esta noche con quién? —preguntó él, sin rodeos.
—Con un tipo. Uno que no conocía de nada.
—¿Y qué tal se portó?
—Rápido. Demasiado rápido —contestó, y la sonrisa que se le dibujó tenía algo de desafío.
Baltasar soltó una carcajada ronca. De esas que vienen con ganas de revancha.
—¿Cuántos años me echas? —insistió él.
—Más de cincuenta, seguro.
—Cincuenta y cinco clavados. Y todavía doy guerra —dijo, haciendo un gesto inequívoco con la mano.
—Ya tendrás nietos y todo. Te he visto la caja del asiento, vas cargado de regalos.
—No te creas que me hace falta nadie para entretenerme —respondió, ajustándose en el asiento—. Por cierto, tengo que parar. Llevo aguantando un buen rato.
—Qué exagerado.
Baltasar tomó un camino de tierra que se metía entre los matorrales y detuvo la camioneta junto a un seto. Se bajó, se plantó delante del capó y orinó sin ningún pudor, de cara a ella. Después movió las caderas en círculo, como si presumiera.
—La madre que te parió —dijo ella, entre risas.
—Si quieres pagarme el viaje, ya sabes —contestó, sin guardarse todavía.
—Bueno…
***
Él se quitó los pantalones. Tenía las piernas y el pecho cubiertos de un vello canoso, y una cruz de oro le colgaba entre el pelo del pecho.
—Desnúdate. Me gusta ver entera a la mujer que voy a follar.
Ella obedeció sin dramatismos, como quien conoce el terreno. Tenía los pechos pequeños y firmes, con un piercing en cada uno, un corazón tatuado en la ingle y, en una nalga, una silueta diminuta. Volvió a sentarse en el borde del asiento.
—Aquí mismo, guapa —dijo él con una sonrisa torcida—. No vamos a manchar la tapicería.
Ella se arrodilló. Apenas le cabía nada en la boca. Se oía el rumor del viento entre los matorrales. Baltasar le sujetó la nuca con una mano y marcó el ritmo, escuchando cómo se le escapaban a ella sonidos ahogados. Cuando sacó la polla, ella respiró hondo y soltó un quejido.
—Despacio, animal —protestó, tosiendo—. Y no voy mojada todavía.
—Cagüen todo.
Ella fue a por su bolso. Baltasar abrió la guantera y sacó un bote de gel y un preservativo.
—Veo que vienes preparado —dijo ella.
—Más vale prevenir.
Se untó los dedos y la preparó con paciencia, hasta que la oyó cambiar de respiración. Después se enfundó el condón con seguridad.
—Vaya con el abuelo —murmuró ella, ya con otra voz.
—Ahora lo compruebas.
La levantó en volandas. Ella le rodeó la cintura con las piernas cortas y, en cuanto él la guio, empezó a moverse con una energía que lo dejó sorprendido. Arriba, abajo, arriba, abajo. Ella lanzaba suspiros y se clavaba ella sola, marcando su propio compás. Él apretó las mandíbulas y la ayudó impulsándola con las manos. Para ser tan menuda, pensó, tenía una fuerza y una habilidad fuera de lo común; sabía arreglárselas sola. No tardó en gemir largo y quedarse quieta, sudada y temblando.
La bajó. Ella miró hacia abajo.
—¿No te has corrido?
Baltasar le puso las manos en los hombros y la empujó suave hasta que volvió a arrodillarse.
—Tú dedícate a lo tuyo, que yo me encargo del resto.
Ella siguió con la boca mientras él se acababa a mano, obligándola con un tirón suave de pelo a sostenerle la mirada. Los espasmos llegaron pronto. Terminó con un gruñido largo y se quedó un instante con la cabeza apoyada en el reposacabezas, recuperando el aliento.
—Te has desviado un kilómetro —comentó ella, recogiendo la ropa—. La sierra no era por aquí.
—Detalles —respondió, encendiendo otro cigarro.
—¿Has visto mi tanga? No me digas que se ha quedado en el campo. Era nuevo —protestó, mirando bajo el asiento.
—Eso ya es cosa tuya.
Llegaron a un pueblo minúsculo. Baltasar paró frente a un bar de carretera.
—Yo me bajo aquí. Necesito tabaco —dijo ella—. Gracias por el viaje.
—De nada. Y dúchate, que apestas a campo.
—Tú tampoco hueles a rosas, guapo —respondió, cerrando la puerta con una sonrisa.
***
Baltasar entró en el bar. Había un camarero entrado en años, un cliente apoyado en la barra y dos viejos con gorra junto a la ventana. Eran las clásicas caras de pueblo que se enteran de todo y comentan más. No se les escapó que la chica hubiera bajado de su camioneta.
—¿Qué va a ser? —preguntó el camarero.
—Un café y un whisky. ¿Hay máquina de tabaco?
—En la esquina, pero no funciona. Dígame qué quiere.
El hombre de la barra se acercó. Tenía la vista clavada en el reloj de Baltasar, un cronógrafo caro que brillaba bajo la luz.
—Veo que ha traído usted compañía.
—La encontré haciendo autostop —respondió Baltasar, cortante—. No sé ni quién es.
—Esa baja los fines de semana hasta el pueblo grande, y mira que está a cuarenta kilómetros. Con verla una vez ya se sabe.
—La gente habla mucho por aquí —comentó Baltasar, dándole un trago al whisky.
—Antes esto era otra cosa —siguió el viejo, mirándole el tatuaje del águila—. Usted lo sabrá. ¿A qué viene un domingo por esta zona?
—Negocios —zanjó él, pensando que eran los típicos chismosos de siempre.
Sonó su teléfono.
—Dime, Mauro… Sí, ahora cierro el asunto y voy para allá… ¿Has reservado? Buena idea, que la casa nos pilla lejos… Si no hay hotel, el hostal sirve, una habitación doble… Eso, en la recta de antes pruebas el coche nuevo a gusto. Nos vemos.
Pagó y se marchó. En cuanto cruzó la puerta, los del bar se inclinaron unos hacia otros.
—Menudo coche lleva el tío. Y el reloj, y la cadena de oro.
—Ese viene a por ganado, fíjate la pegatina del toro detrás. Reconoce que impone.
***
Baltasar cerró la venta sin problemas. Eran buenos cerdos y los verracos, de primera. El criador estaba contento con el trato, y él también. Después tenía que reunirse con su hijo en la feria de tractores, a cuarenta kilómetros, donde Mauro lo esperaba para firmar la compra de una máquina nueva.
Llegó al restaurante acordado pasadas las tres y media. Oyó el rugido de un motor antes de ver el coche negro de su hijo entrar derrapando en la explanada, levantando una nube de polvo ante la mirada de todos. Baltasar sintió un orgullo tonto.
—¿Cómo estás, viejo? —dijo Mauro, dándole palmadas en la espalda—. Pásame un pitillo.
—¿Cuándo te pasarás a los míos?
—Sabes que soy fiel a los de siempre. ¡Menudo motor le he metido en la recta!
Mauro tenía veintitrés años, era más alto que su padre y había heredado la misma cara ancha, aunque conservaba el pelo, que llevaba recogido en una coleta. También iba tatuado. Comieron copioso, con vino bueno, tarta y café con licor, y luego se fueron a echar la siesta al hostal, porque a Baltasar las ferias de maquinaria lo aburrían; lo suyo era el ganado y los coches.
—Vaya antro —se quejó al salir—. En la camioneta se duerme mejor.
—Es lo que hay, viejo. El pueblo no llega a mil habitantes y está todo lleno. Vamos a tomar algo o nos morimos de asco.
—¿Hay algún sitio?
—Los de la feria montan una fiesta. Y por allí anda Yamila, la hija de un viejo conocido tuyo.
—¿El que se llevaba el estiércol hace años? Hace que no lo veo.
***
Llegaron al recinto de la fiesta, con poca gente: los cuatro interesados en la maquinaria y sus parejas. Baltasar se sentó, inclinó la silla hacia atrás, apoyó los pies en una mesa y cruzó las manos tras la nuca, en pose de empresario relajado. Llevaba la camisa abierta, la cadena de oro y el pecho canoso a la vista.
Vio a su hijo bailar con una mujer. A pesar de la distancia, Baltasar la repasó con ojo de viejo cazador. Se movía bien, con seguridad, y se notaba que le gustaba que la miraran. Tenía una melena teñida de rubio, un cuerpo de curvas generosas y una risa explosiva que se oía por encima de la música. Una mujer hecha y derecha, de esas que saben lo que valen.
Cuando dejaron de bailar, se acercaron. Mauro la presentó.
—Mira, esta es mi viejo. Yamila.
—Me han dicho que eres la hija de un amigo de hace años. Cómo pasa el tiempo. ¿Cuántos tienes ya?
—Veinticinco —respondió ella con una sonrisa franca.
—¿Y tu padre, qué tal? Anda que no nos hemos metido cervezas juntos.
—Mal del hígado. Ahora reparte por esta zona, hay poco trabajo.
Baltasar les ofreció tabaco. Ella prefería el suyo. Pidió una ronda con un billete grande y, ante la pose de su hijo, asintió con la cabeza. Cayeron varios mojitos. Yamila estaba alegre y empezó a darle besos cortos a Mauro, que miraba de reojo a su padre buscando aprobación. Ella se levantó para ir al baño.
—¿Qué te parece? —preguntó Mauro, encendido—. Estoy que no puedo más.
—Ya la tienes. Yo en tu lugar no perdería el tiempo. Es lista y sabe lo que quiere.
—Habrá que ser en el coche. Los asientos se abaten y queda como una cama.
—¿Llevas condones?
—De sobra.
***
Antes de llegar al coche, Mauro y Yamila ya se buscaban con las manos y la boca, sin que les importara quién mirara. Subieron atrás. Mauro puso música a todo volumen para la salida triunfal y luego, ya en la carretera, la cambió por algo más tranquilo, con la luz interior encendida. Baltasar conducía y los espiaba por el retrovisor.
—¿Os importa que pare un rato en el pinar? —preguntó.
Ella le comía la oreja a Mauro. El chico solo levantó el pulgar.
Baltasar tomó un camino de tierra hasta una explanada junto a los pinos y apagó el motor. Se bajó a fumar, pero no perdía detalle por la ventanilla. Yamila no se andaba con rodeos: tenía a Mauro entre las manos, los pantalones por los tobillos, y bajaba la cabeza con un ritmo experto. El rostro de su hijo era de puro éxtasis. Demasiado pronto, pensó Baltasar. Y acertó.
—¡Joder, qué rápido, macho! —se quejó ella, incorporándose.
Baltasar sintió la sangre subirle a la cabeza. Abrió la puerta del copiloto y abatió el asiento.
—Eso tiene arreglo —dijo, sin más preámbulo.
Ella dudó un instante, con media sonrisa. Mauro salió del coche, encendió un cigarro y se apoyó en el capó mientras su padre ocupaba su lugar. Yamila se tumbó sobre el asiento abatido.
—Menudos sois los dos —dijo ella—. Ponte goma.
Baltasar se enfundó el preservativo que su hijo le tendió por la ventanilla. La preparó con los dedos, le besó el cuello, le acarició los pechos hasta que la notó lista. Después se colocó y entró despacio.
No era novata, comprobó. Hizo unos primeros movimientos lentos, tanteando, y luego marcó un vaivén firme, profundo, demostrándole que la edad no le quitaba ni potencia ni hambre. Ella arqueó la espalda de golpe y levantó las piernas, gimiendo.
—¡No pares! ¡Dame más!
—¿Más? Pídelo —dijo él, deteniéndose en seco.
—¡Más, joder, más!
Reanudó con embestidas profundas y rápidas. Su hijo los miraba desde fuera, con el cigarro en la boca y media sonrisa de envidia. Yamila gritó algo incomprensible y se desarmó entre temblores. A Baltasar le vino una oleada de calor al pecho, la respiración se le volvió ronca y, con un último gruñido largo, se quedó inmóvil.
Se levantó, salió del coche y se quitó el condón con calma.
—Puto viejo —dijo Mauro, subiéndose la cremallera, entre admirado y resignado.
—Alguien tenía que dejar el pabellón bien alto —respondió Baltasar, con una carcajada.
***
A la mañana siguiente, Baltasar ya iba de vuelta a casa cuando oyó el claxon del coche de su hijo emparejarse a su altura en la recta. Se miraron a través de las ventanillas. Mauro levantó la mano y le enseñó, colgando de un dedo, un tanga negro, antes de acelerar a fondo y dejarlo atrás entre una nube de polvo.
Sonó el teléfono. En la pantalla, el nombre de su hijo.
—Viejo, creo que el trofeo te corresponde a ti. El que tuvo, retuvo —dijo Mauro, riéndose.
Baltasar colgó, encendió un cigarro y, con una sonrisa, pisó el acelerador. Algunas cosas, pensó, no se pierden con los años.





