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Relatos Ardientes

El video que envié a mi jefe maduro por error

Acababa de cumplir veinticuatro años y de salir de la universidad cuando entré como analista junior en el área de finanzas de una empresa de logística en el centro. El sueldo no estaba mal para empezar, pero el trabajo era una pared interminable de cierres mensuales, reportes que se contradecían entre sí y reconciliaciones que nadie terminaba de entender. Yo, la primera.

Desde la primera semana supe quién movía de verdad los hilos en ese piso. Gustavo tenía cuarenta y ocho años, estaba casado, con dos hijos ya grandes, y un cuerpo de hombre que dejó el gimnasio hace mucho pero que seguía imponiendo: hombros anchos, manos enormes, esa barriga tranquila de quien come bien y no se priva de nada. No era guapo de revista. Era otra cosa. Tenía una seguridad que te obligaba a mirarlo dos veces, a quedarte un segundo de más cuando hablaba.

Todos lo consultaban. Él siempre tenía la respuesta, el atajo, el dato que faltaba. Y, sin embargo, nunca lo habían ascendido. Decían que era «demasiado directo» con los de arriba. A mí eso me convenía perfecto: necesitaba que alguien me cubriera mientras aprendía a nadar.

Así que me puse a ganármelo, sin disimulo. Le escribía por WhatsApp después de hora pidiéndole «un consejito», le mandaba memes tontos para romper el hielo, le decía cosas como «Gustavo, sin vos estaría perdida» con cara de cachorro abandonado. Funcionaba. En menos de dos semanas me estaba haciendo la mitad de mis reportes sin que se lo pidiera dos veces.

Esa noche de jueves estaba en mi departamento, con un pijama corto, sentada en la cama, el portátil abierto sobre las piernas y el celular en la mano. Gustavo me iba guiando por chat con una planilla horrible de proyecciones. Al mismo tiempo, Andrés —mi novio desde hacía dos años— me escribía desde el hospital pidiéndome «algo rico» porque salía muerto de un turno larguísimo y necesitaba algo que lo despertara.

Decidí complacerlo.

Saqué del cajón el conjunto negro que me había regalado para las fiestas: corpiño de encaje, una tanga a juego, medias hasta el muslo. Encendí la lámpara de la mesita, puse música bajita y empecé a grabar.

Me filmé moviéndome despacio frente al espejo del armario. Me bajé los tirantes uno por uno, me acaricié las tetas por encima del encaje, dejé que la tela cediera hasta que los pezones se me marcaron duros contra el aire. Giré, me incliné un poco, me corrí la tanga hasta la mitad y me abrí el coño con dos dedos para que se viera todo: los labios rosados, la humedad brillando bajo la luz amarilla de la lámpara, el clítoris hinchado esperando.

—¿Ves cómo me ponés? —dije mirando a la cámara, con la voz más ronca de lo que esperaba—. Vení y hacé conmigo lo que quieras. Metémela toda. Cogeme como quieras.

Terminé de rodillas sobre la cama, con dos dedos hundidos hasta los nudillos en mi propio coño, la otra mano apretándome una teta, mordiéndome el labio, más descarada de lo que jamás me había animado a ser frente a Andrés. Me saqué los dedos empapados y los chupé despacio para la cámara. Corté la grabación con el corazón acelerado.

Revisé el video. Estaba bueno. Demasiado bueno. Lo mandé por WhatsApp y seguí tocándome un rato más, todavía caliente.

Solo que no se lo mandé a Andrés.

Se lo mandé a Gustavo.

El doble check azul apareció en tres segundos. Tres. Segundos.

Me quedé mirando la pantalla como una idiota, con el aire atascado en el pecho. Intenté borrarlo para los dos lados, pero estaba tan nerviosa, tan torpe, que lo eliminé solo de mi conversación. Del otro lado seguía ahí, intacto, reproduciéndose en su teléfono mientras yo entraba en pánico.

Pasaron tres minutos eternos. Y entonces vibró.

Gustavo: Lucía… esto… ¿era para mí? Porque si lo era, te hago todos los reportes del mes y no te pido nada a cambio.

Empecé a temblar. Las manos se me llenaron de sudor. No contesté. Apagué el celular, lo tiré al otro extremo de la cama y me metí debajo de las sábanas como si la oscuridad pudiera tragarme entera.

No dormí casi nada.

***

Al día siguiente llegué a la oficina con el estómago dado vuelta. Me había puesto una falda lápiz gris oscuro, una blusa blanca ajustada y tacos bajos, como si vestirme con prolijidad pudiera reordenar lo de la noche anterior. Intenté actuar normal. Saludé con la voz justa, me serví un café que no tomé.

Gustavo estaba en su oficina con la puerta abierta. Lo vi desde lejos, en su escritorio de siempre, con su taza en la mano y esa sonrisa tranquila que ahora me parecía otra cosa, algo afilado.

No dijo nada delante de nadie. Solo me miró una vez, levantó apenas una ceja y volvió a su pantalla, como quien guarda una carta para más tarde.

A media mañana fui a la sala de las impresoras a sacar unos estados financieros. Estaba sola. O eso creí.

La puerta se cerró detrás de mí. Escuché girar la llave en la cerradura.

Me di vuelta.

Gustavo estaba ahí, apoyado contra la puerta, los brazos cruzados, recorriéndome de arriba abajo como si ya me hubiera desnudado con la mirada la noche anterior.

—Buenos días, traviesa —dijo, con esa voz grave que retumbaba.

—Gustavo… lo de anoche fue un error, te juro que yo no…

No me dejó terminar.

Cruzó la sala en dos pasos. Me giró con una mano, suave pero sin margen, y me pegó de frente contra la impresora todavía tibia. Sentí su cuerpo enorme detrás del mío, su aliento bajándome por la nuca, y algo duro, grueso, marcándose contra la tela del pantalón, apretado contra mi culo.

—Un error —repitió, divertido—. Un error que mandaste a las once y diecisiete de la noche, de dos minutos y catorce segundos, y que no borraste. Un error que vi tres veces antes de dormir. Un error con el que me hice la paja pensando en este culo.

Su mano bajó por mi espalda, me levantó la falda de un tirón y me agarró todo de una vez, con firmeza, apretando la carne desnuda, como si tuviera todo el derecho.

—Gustavo… pará… puede entrar alguien…

Me dio una palmada seca en la nalga. El sonido rebotó contra las paredes y la máquina. Me quejé, pero las piernas se me separaron solas, un poco, sin que yo se lo permitiera.

—No va a entrar nadie —murmuró, mordiéndome apenas el lóbulo de la oreja—. Y si entra, que aprenda a tocar antes.

Metió la mano por delante, por encima de la tela de la tanga. Sus dedos gruesos encontraron lo que buscaban en un segundo, presionando el bulto húmedo del coño a través del encaje.

—Mirate —dijo, con una risa baja contra mi cuello—. Decís que pare y estás empapada, se te chorrea por el muslo. ¿Te pusiste así anoche grabándote, o ahora, sabiendo que tarde o temprano iba a pasar esto?

No supe contestar. La verdad era que las dos cosas eran ciertas y me daba vergüenza decirlo.

Me separó las piernas con la rodilla. Corrió la tanga hacia un costado de un tirón, hasta que sentí el elástico marcándome la cadera, y empezó a tocarme despacio, deslizando dos dedos gruesos entre los labios del coño, dibujando círculos lentos, calculados sobre el clítoris, con una paciencia que era peor que cualquier apuro. Yo apretaba la cara contra la tapa fría de la impresora para no hacer ruido.

—Quietita —ordenó—. Y abierta. Así me gusta. Con este cañito abierto para mí.

Me hundió un dedo, despacio, hasta el fondo. Después otro. Los curvó adentro, buscando ese punto que hasta Andrés tardaba en encontrar, y lo tocó de una. Se me escapó un gemido que tuve que ahogar con la mano. Él me seguía hablando al oído, en voz tan baja que tenía que esforzarme para escucharlo por encima de mi propia respiración, mientras me metía y sacaba los dedos con un ritmo lento, obsceno, chapoteando en lo mojado que estaba todo.

—Toda la mañana te miré pasar con esa falda haciéndote la seria —dijo—. Y yo sabía lo que había debajo. Sabía exactamente cómo te ves cuando te dejás llevar. Me lo mostraste vos, con las piernas abiertas para la cámara.

Cerré los ojos. La sala olía a tóner caliente y la máquina seguía escupiendo páginas que nadie iba a ir a buscar, una atrás de otra, marcando un ritmo absurdo mientras él me llevaba al borde con una mano y me sostenía con la otra apoyada en mi vientre. Sacó los dedos empapados y los subió hasta mi boca, empujando entre mis labios.

—Chupá —ordenó—. Probate. Así de rica estás.

Los chupé sin pensarlo, con la lengua alrededor, sintiendo mi propio sabor mezclado con el gusto de su piel. Se los saqué de la boca y volvió a bajarlos, a hundírmelos otra vez, más rápido ahora, más profundo, con el pulgar apretándome el clítoris en círculos.

Sentí cómo se abría el cierre del pantalón detrás de mí. Escuché el ruido del cinto aflojándose. Y después algo caliente, duro, pesado, apoyándose contra el pliegue de mi culo por debajo de la falda arremangada. La polla de Gustavo, gruesa, palpitando contra mi piel, dejándome un rastro húmedo en la cadera.

—Sentila —murmuró, moviendo las caderas despacio, arrastrando la punta entre mis nalgas—. Sentí cómo me tenés. Esto es lo que me hiciste anoche, guarra.

La deslizó hacia abajo, entre mis piernas abiertas, y empezó a frotar toda la extensión contra mi coño abierto, resbalando de atrás hacia adelante sobre los labios hinchados, golpeando el clítoris en cada pasada. No me la metió. Todavía no. Solo dejó que la sintiera, gorda y caliente, prometiendo, mientras seguía tocándome con los dedos por encima.

—Por favor —murmuré, sin saber si pedía que parara o que me la metiera de una.

—Pedí bien —dijo, casi con ternura, mordiéndome el hombro por encima de la blusa—. Decime qué querés.

—Metémela —susurré, con la cara aplastada contra la impresora, la voz quebrada—. Metémela, Gustavo, por favor.

Se rio bajito contra mi nuca. Guio la punta hasta la entrada, la apoyó ahí, y empujó de una sola vez, entrando hasta el fondo sin darme tiempo a acostumbrarme. Grité contra mi propia mano. Era mucho más gruesa de lo que había imaginado, me llenaba entera, me tocaba lugares que no sabía que tenía. Se quedó quieto un segundo, dejándome sentir cada centímetro, y después empezó a moverse.

Cogía despacio al principio, con embestidas profundas, pausadas, sacándomela casi entera y volviéndomela a hundir hasta el hueso. Cada golpe me subía de puntillas, me apretaba las tetas contra la máquina, me arrancaba un gemido que él silenciaba con la palma sobre mi boca. La otra mano me agarraba de la cadera, dejándome los dedos marcados, guiándome contra su verga en cada estocada.

—Así, así te gusta —jadeaba contra mi oído—. Con una polla de verdad adentro. Decime que te gusta.

Asentí con la cabeza porque no podía hablar. Él aceleró. El ritmo se volvió sucio, brutal, el sonido de nuestras pieles chocando llenando la sala junto al zumbido de la impresora. Sentí cómo el clímax me trepaba desde adentro, imparable, con cada envestida clavándomela más adentro.

—Aguantá —gruñó—. Aguantá hasta que yo te diga.

Me hundió los dedos en el clítoris mientras seguía cogiéndome por detrás, frotando en círculos rápidos, y yo me mordí la palma para no gritar. La máquina seguía escupiendo hojas. Él seguía embistiendo.

—Ahora —ordenó—. Vení para mí. Ahora.

No lo dije. No hizo falta. Mi cuerpo lo dijo por mí, temblando entero contra el suyo, apretándole la polla adentro con espasmos que no podía controlar. Me tapó la boca con la palma justo a tiempo, cuando me vine ahogando un grito contra su mano, con las rodillas a punto de no responder, sostenida solo por su cuerpo contra el mío y por la máquina tibia al frente. Él siguió cogiéndome unas embestidas más, cortas y profundas, y después se sacó la verga de golpe. Sentí el chorro caliente cayéndome en la parte baja de la espalda, en el nacimiento del culo, corrida gruesa deslizándose hacia abajo mientras él jadeaba mordiéndome el cuello.

Tardé en volver a respirar normal. Él esperó, sin apuro, dejándome bajar de a poco. Después me pasó el dedo por la espalda, recogiendo su propia leche, y me la subió hasta la boca. La chupé sin abrir los ojos. Se limpió el resto sin disimulo en el borde de mi propia falda y me acomodó la tanga en su lugar con dos dedos.

—Buena chica —dijo. Y me dio una última palmada en el culo, suave esta vez, casi un premio.

Se acomodó la camisa, se subió el cierre, se pasó la mano por el pelo y caminó hacia la puerta como si solo hubiera venido a buscar unas copias.

—Mañana sin tanga —ordenó al pasar, sin girarse—. Y no me hagas repetirlo.

Abrió la puerta, giró la llave y salió al pasillo saludando a alguien con total naturalidad, como si nada.

Yo me quedé ahí, con las piernas temblando, la ropa fuera de lugar, el semen todavía tibio corriéndome por la espalda y el informe a medio imprimir colgando de la bandeja. Me acomodé la falda con manos torpes, me miré en el reflejo oscuro de la pantalla de la máquina y casi no me reconocí.

Y lo peor, lo más jodido de todo, no era el miedo a que alguien se enterara, ni el mensaje borrado a medias, ni Andrés esperando en casa sin saber nada.

Lo peor era que ya estaba pensando en mañana. Y no quería que parara.

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Comentarios(5)

Diso44

jaja ese momento de 'estomago helado' lo senti yo tambien leyendolo. muy bueno!

RobertoK

Y como termino la historia con el jefe?? necesito una segunda parte urgente jaja

Tornero55

Excelente. De los mejores que lei ultimamente en esta categoria.

Clarita_MX

Algo parecido me paso a mi una vez jaja, ese panico del tick azul es un infarto literal. Me encanto el relato

cordobes_lector

Bien escrito, la tension del principio te atrapa de entrada. Se nota que sabe contar una historia.

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