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Relatos Ardientes

Mi yerno me deseó cuando mi hija se fue de viaje

Llevaba media vida dando clases en un instituto de las afueras de Valencia y, aunque a los cincuenta y cinco años empezaba a soñar con la jubilación, no podía negar que todavía me gustaba lo que hacía. El mayor privilegio de mi oficio siempre habían sido los veranos largos, ese tiempo muerto que ahora, sin saberlo, me iba a cambiar más de lo que imaginaba.

Mi hija Lucía, de treinta y un años, también era profesora. En su primer curso conoció a Adrián, otro profesor un par de años mayor que ella, y al poco se casaron. De ese matrimonio nació Hugo, mi nieto de siete años, por el que yo sentía pura devoción, y él por mí.

Siempre procuré no meterme en su vida de pareja. Solo me prestaba a echarles una mano y a quedarme con Hugo cuando ellos salían, juntos o por separado, porque eran gente bastante liberal. Antes del verano, Lucía me planteó un viaje con sus amigas y no quería dejar solo a Adrián al cuidado del niño, porque él estaba preparando una oposición para un puesto en la inspección educativa.

—¿Te importaría venirte a casa esos días? Hugo estará casi todo el día en el campamento, no te dará guerra.

—O sea, que cuando por fin descanso de tu padre, me colocas a tu hijo —protesté entre risas.

Andrés, mi marido, se marchaba cada verano unos días a hacer un tramo del Camino de Santiago, así que de todas formas yo iba a quedarme sola en casa.

—Solo serán diez días, mamá. Hugo está en el campamento de nueve a cinco y Adrián no levantará la cabeza de los apuntes. Tendrás la piscina para ti sola.

No supe negarme. Preparé una maleta, le dejé algo de comida hecha a Andrés y me planté en su chalet de la urbanización, a veinte minutos de la ciudad, en una zona tranquila de calles arboladas y vecinos que se saludaban por encima de los setos.

***

Llegué con el tiempo justo de llevar al niño al campamento, en un polideportivo cercano. Adrián ya lo había vestido y desayunado.

—Gracias por quedarte, suegra. Intentaré no estorbar —me dijo en la puerta.

—No te preocupes y céntrate en lo tuyo. Hugo y yo nos entendemos de maravilla.

El niño iba cinco pasos por delante de mí, con esa energía que no sé de dónde sacan a esa edad. Me dio un beso exprés en la puerta y salió disparado hacia los demás, como si yo ya hubiera dejado de existir.

Al día siguiente despedí a Andrés, que se marchaba una semana a caminar desde Burgos. Pidió un café solo, me miró de arriba abajo y me lanzó, como quien ofrece un trato y no como quien busca mi compañía:

—¿Y si te vienes conmigo? Caminar te sentaría bien.

—No quiero estropearte la aventura. Lo pasas mejor solo —respondí sin emoción.

Asintió con una sonrisa cansada, me besó en la mejilla y se fue. Asumí, como tantas veces, que lo mío era estar acompañada y sentirme sola al mismo tiempo.

***

Decidí inventarme una rutina: leer, caminar una hora al día, recuperarme un poco a mí misma. Me puse unos pantalones cortos y una camiseta ajustada para salir y me crucé con Adrián en el pasillo.

—No sabía que salieras a andar. Yo debería; me estoy quedando agarrotado de tantas horas en la silla.

—Si te apuntas, te aviso que voy a buen ritmo —le advertí.

Caminamos juntos, y la verdad es que me gustó no hacerlo sola en una zona que no conocía. Hablamos de Hugo, de Lucía, del examen al que se entregaba en cuerpo y alma.

—Habéis formado una familia preciosa —le dije.

—Tu marido no opina lo mismo de mí —sonrió.

—No se lo tengas en cuenta. Le quitaste a su ojito derecho. Ningún hombre le habría parecido suficiente para ella.

—Pues él tampoco te merece a ti. Debe de ser algo de familia.

Le di un manotazo flojo, riéndome, pero el halago me dejó un calor raro en el pecho.

Al volver, fui al baño a por una toalla y lo encontré allí, secándose tras la ducha, completamente desnudo frente al espejo. Hacía muchísimo que no veía un cuerpo joven así, y no voy a mentir: me impactó. Me quedé inmóvil, intentando que no se me notara el temblor.

—¡Perdona! Creí que usabas el otro baño —balbuceé.

—La culpa es mía. Me gusta más la ducha de plato. A partir de ahora este lo dejo para ti.

Cerré la puerta y, bajo el agua, me asusté de mí misma. Es el marido de tu hija, Carmen. Compórtate. Pero la imagen no se iba.

***

Esa noche no podía dormir. Me levanté a por agua y, al pasar por el pasillo, escuché un sonido inconfundible en su dormitorio. Sabía que no tenía ningún derecho, y aun así me acerqué, con los nervios disparados. La puerta estaba entreabierta. Estaba desnudo sobre la cama, con la mano subiendo y bajando sin prisa, y verlo así me dejó la boca seca.

Volví a mi cuarto y cerré por dentro, como si temiera algo. No pude dormir. No recordaba la última vez que Andrés se había acercado a mí, y en cambio la vida de mi yerno no necesitaba ni siquiera la presencia de mi hija. De pronto, desde su habitación, llegó un jadeo largo que lo dijo todo.

Me tendí sobre la sábana, me quité la camiseta y, despacio, librando una pequeña guerra entre el deseo y el deber, me bajé la ropa interior. Empecé por los pechos, sintiendo cómo la sangre se me encendía. Imaginé que él entraba por la puerta y me miraba. ¿Te gustaría verme disfrutar? Acabé corriéndome con un grito ahogado, pensando en una mano que no era la mía.

A la mañana siguiente apenas crucé palabra con él de pura vergüenza.

***

Los días siguientes me los pasé descubriendo que existía. El monitor de Hugo, un chico atlético y moreno llamado Dani, se quedó de piedra cuando le dije que no era la madre del niño, sino la abuela.

—¿La abuela? Usted rompe todos los moldes —me soltó.

Y Adrián, claro. Cada vez que coincidíamos me miraba de una forma que ningún hombre usaba conmigo desde hacía años. Una tarde bajó a la piscina cuando se suponía que estudiaba.

—¿Abandonas los apuntes? —le pregunté.

—He mirado por la ventana y he visto a una mujer que me ha distraído —dijo mirándome a los ojos.

—Qué tonta soy. No creo yo que un chico como tú pierda la concentración por una señora cincuentona.

—No te infravalores. A tu edad no tienes nada que envidiarle a tu hija.

No supe qué responder. Volví a casa con el pulso alterado y la sensación peligrosa de estar reviviendo.

***

La segunda noche se repitió todo: el ruido en su cuarto, mi cuerpo despierto, mis manos buscándose en la oscuridad. Solo que esta vez, al recuperar el aliento, vi un hilo de luz en el pasillo. Él estaba allí, en el marco de la puerta, mirándome. Se marchó antes de que yo pudiera decir nada.

Por la mañana esperaba el reproche, pero me dio un beso cariñoso de buenos días y, mientras preparaba café, lo habló con una naturalidad que me desarmó.

—Perdona por anoche. Oí ruido y pensé que necesitabas algo. Masturbarse es lo más normal del mundo cuando no tienes a tu pareja cerca. Yo también lo hago.

—Me da vergüenza —confesé.

—No debería. Estás sola, tu marido está lejos en todos los sentidos, y el verano te ha despertado. Es lógico —dijo, y luego, más bajo—: Tengo curiosidad. ¿En quién piensas?

—Eso no se pregunta —corté, roja hasta las orejas.

—Yo te lo digo: pienso en la escena del baño. En que no te quedas parada en la puerta.

—Esa fantasía es peligrosa, Adrián. Soy la madre de tu mujer.

No me dio tiempo a más; Hugo entró pidiendo que le atáramos los cordones. Nos agachamos los dos a la vez y sus dedos rozaron los míos. Fue un roce mínimo, pero me recorrió entera, y él lo notó.

***

Otra tarde, en uno de sus descansos, se sentó a mi lado con dos cafés y dejó que su rodilla tocara la mía.

—Tenemos que normalizar lo que pasa —le dije.

—¿Normalizar? Eso sería poder masturbarnos juntos —soltó riéndose, guiñándome un ojo.

Y entonces me contó algo que mi hija jamás se había atrevido a confesarme: que ellos tenían un acuerdo. No una excusa para engañarse, sino el permiso mutuo de alguna aventura sin reproches, siempre que nadie se enamorara.

—La premisa es que nos queremos —explicó—. Una noche con otra persona no va a cambiar eso.

Lo escuché fascinada. ¿Y si yo también tuviera derecho a algo así? Aunque Andrés jamás lo entendería.

***

El viernes era el día de los padres en el campamento. Hugo insistió tanto que fui yo, vestida con pantalones cortos y una gorra que le había robado a mi hija. Pasé la mañana entre carreras de sacos y talleres de pintura, sintiéndome, para mi sorpresa, una más entre madres mucho más jóvenes que yo. Una de ellas propuso una cena esa noche con los niños y me apunté encantada.

Al volver a casa, Hugo le contó a su padre lo de la cena y Adrián no perdió la ocasión.

—¿Puedo apuntarme? Necesito socializar un poco.

—Tienes que estudiar —protesté, aunque por dentro quería que viniera.

El niño zanjó la discusión con un grito de alegría y no me quedó escapatoria. Me probé en el vestidor de mi hija, que tenía más o menos mi talla, hasta dar con un vestido azul oscuro cruzado al pecho. Me miré en el espejo y, por primera vez en mucho tiempo, me gustó lo que vi.

—Estás muy guapa, abuela —dijo Hugo al verme.

—Vaya —murmuró Adrián, acercándose a mi oído—. Qué bien hueles.

El calor me subió por el cuello mientras conducía hacia el restaurante.

***

La cena fue un torbellino de risas y conversaciones de gente joven. Él estuvo atento toda la noche, pasándome el agua, las servilletas, susurrándome cosas que las demás madres no podían oír.

—Te sienta mejor ese vestido a ti que a tu hija —me dijo bajito.

—El mérito es del vestido.

—Después podríamos ir a tomar una copa. Necesito salir.

—Estás loco. Y, además, no podemos dejar a Hugo solo —repliqué nerviosa.

—Eso tiene arreglo.

Y vaya si lo tuvo. Antes de despedirnos, los padres de Marcos, el mejor amigo de Hugo, propusieron que mi nieto se quedara a dormir con ellos: tenían piscina y videojuegos. El niño saltaba de felicidad. Solo después até cabos: había sido Adrián quien lo había orquestado, ofreciéndoles la cuenta de su consola con el juego nuevo que acababa de salir.

Salí sola al aparcamiento. Él me esperaba junto al coche.

—¿Qué me dices ahora de esa copa? Ya no tienes que cuidar a nadie.

Sentí algo parecido al vértigo. No porque no quisiera, sino porque lo deseaba demasiado. Si era verdad que mi hija disfrutaba de su libertad en algún rincón, ¿qué le debía yo a un marido que estaba a quinientos kilómetros?

—Eres el demonio —sonreí—. De acuerdo, pero solo una.

***

Condujo hasta el centro de la ciudad y paró en una terraza animada, llena de gente mucho más joven que yo. Pedimos dos copas. Yo seguía sintiéndome fuera de lugar.

—¿No te parece extraño? Estar aquí con tu suegra.

—Olvida la edad —dijo con los ojos fijos en los míos—. Siempre me caíste bien, pero esta semana he descubierto a otra mujer. Hay química entre nosotros, aunque no quieras reconocerlo.

De sobra sabía que la había. Me llevó a bailar a una pista improvisada y, entre tanta gente, dejé de oír la voz de mi conciencia. Cada vez que se acercaba para hablarme por encima de la música creía que iba a besarme, pero no lo hacía. No tenía prisa, y eso me encendía más.

Cuando por fin se acercó otra vez, lo miré, vi sus ojos encendidos y fui yo quien borró la distancia. Nos besamos con una pasión que casi había olvidado que existiera. Me acorraló contra la pared, junto a los baños, deslizando la mano por mis pechos.

—Quiero llevarte a casa —me dijo al oído.

Una voz en mi interior me frenó. Le pedí volver. Antes de subir al coche me besó otra vez, con una sinceridad que me hizo dudar de mi propia negativa. Si folla como besa, me estoy perdiendo algo grande.

***

Le pedí las llaves para conducir, porque él había bebido más. Ya en la carretera, escuché el clic de su cinturón al soltarse y lo sentí inclinarse hacia mí.

—Adrián, para… —susurré cuando sus dedos se colaron bajo el vestido.

—Tú sigue conduciendo —respondió bajito—. Si no voy a llevarte a la cama, déjame al menos jugar un poco.

Intenté apartarlo, pero mi cuerpo no colaboraba. Me subió el borde del vestido, me retiró la ropa interior y empezó a acariciarme con un ritmo lento y preciso, trazando círculos mientras yo apenas mantenía el coche a sesenta por hora. Luego se inclinó del todo y su boca reemplazó a sus dedos, su lengua recorriéndome despacio, como quien saborea un postre.

—¿Te gusta? —preguntó, levantando la cabeza.

No quería contestar, pero al notar que amenazaba con retirarse le puse la mano en la nuca y lo atraje de vuelta. Ya no tenía sentido fingir.

—Me encanta —admití con un gemido.

Al entrar en la urbanización me desvié a una zona ajardinada y a oscuras, eché el asiento hacia atrás y me abrí entera para él. Su lengua y un dedo jugando con cada punto encontraron el sitio exacto, y exploté en un orgasmo que llevaba años esperándome.

—No hemos perdido del todo la noche —dijo sonriendo sobre mi vientre.

***

Entramos en casa en silencio, con los nervios latiendo como una música de fondo. Cuando cerré la puerta y me giré, él me acarició el rostro con el dorso de la mano, luego con los labios. Un roce, una promesa. Me dejé besar como si tuviera veinte años, pero con la experiencia de mis cincuenta y cinco.

—No tengas prisa —le pedí, llevándolo al dormitorio—. Quiero que dure.

Me tumbé y dejé que me recorriera entero, apretando donde me encendía. Me incorporé para devolverle el favor, lo tomé en mi boca sin rodeos, hasta donde pude. Apenas cabía, y tuve que contenerme para no exigirle ya lo que mi cuerpo pedía a gritos. Mientras tanto, sus dedos volvieron a buscarme y, casi sin avisar, me arrancaron otro orgasmo que me cogió desprevenida.

—A ver cómo follas —lo provoqué, tendida de espaldas.

No debí hacerlo. Se subió sobre mí y entró de una sola vez, sin medirme. Noté una aspereza que el placer borró enseguida, mientras lo sentía entrar y salir con un ritmo implacable. Me apreté contra él, pidiéndole más.

—Así, fóllame fuerte.

Una de sus manos amasaba mi pecho, la otra me presionaba el clítoris, y su empuje no aflojaba. Llegué de nuevo, y otra vez, encadenando orgasmos como si se me hubiera roto una compuerta. Cuando lo oí pronunciar mi nombre, su cuerpo se sacudió y sentí su calor llenándome.

—Jamás me había corrido tantas veces —jadeé.

***

Dormimos abrazados bajo la brisa de la ventana y desperté sola, con un instante de miedo a que se hubiera ido arrepentido. Pero salió del baño con una toalla a la cintura y el pelo mojado, sonriendo.

—Buenos días, suegra. ¿Cómo has dormido?

—De maravilla —respondí con ironía—. El relajante que me diste anoche me dejó nueva.

Se rió y volvió a besarme, y de un beso pasamos a las manos, y de las manos al deseo otra vez. Lo sentí entrar de nuevo en mí, más firme que nunca, mientras yo me dejaba arrastrar por un vértigo del que ya no quería bajar. Cuando deslizó un dedo más abajo, hacia un lugar prohibido, mi espalda se arqueó sola.

—Tienes un sitio precioso aquí —murmuró.

Me sentí tan liberada que decidí romper con todo mi pasado. A Andrés jamás se lo había permitido, aunque me lo hubiera pedido alguna vez. Pero la firmeza de Adrián no se parecía a nada que recordara. Me puse a cuatro patas contra el cabecero y eché las caderas hacia atrás.

—¿Quieres probarlo?

—Sí —respondió sorprendido.

—Trae la crema del baño.

Se untó bien y me preparó despacio, con los dedos, mientras con la otra mano seguía atendiendo el resto de mí. Recelaba, porque siempre había oído que la primera vez dolía, pero él fue lento, paciente, entrando poco a poco hasta llegar más hondo de lo que esperaba.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—Muy excitada —confesé, dejándome perforar por primera vez en mi vida.

Empezó a moverse, primero con cuidado y luego con ganas, mientras yo aprendía a soltar y a apretar al ritmo de sus embestidas. El romanticismo se volvió pasión sin freno hasta que, con un último empujón, lo sentí terminar y me arrastró a un orgasmo brutal.

Cayó rendido a mi lado, jadeando como un animal, y me acurruqué contra su pecho. Me acarició el pelo y me besó la frente.

—Gracias, suegra. Tu mujer nunca me lo ha permitido.

—Ni yo a Andrés —reí—. Ha sido mi primera vez.

***

Nos quedamos abrazados, sudorosos y satisfechos, mirándonos sin promesas ni falsas esperanzas.

—Tienes que estudiar un poco —le dije, porque la Carmen responsable seguía dentro de mí—. No me perdonaría que suspendieras por mi culpa.

—De acuerdo. Pero quiero volver a hacerlo antes de que vayas a por Hugo.

No fui capaz de negarme. Me dirigí al baño con una urgencia nueva bajo la piel, sabiendo que aún nos quedaban cinco días de encuentros a escondidas, de noches de piel y confidencias, de sexo tierno y salvaje. No era amor, no el de los enamorados, pero sí un cariño innegable. No sabía qué pasaría después; solo sabía que, durante aquellos días, Adrián me pertenecía y pensaba disfrutarlo hasta el último suspiro.

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Comentarios(1)

Diegote_77

Que relato!!! Me enganche desde el principio y no pude parar. Bravo

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