Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi yerno me deseó cuando mi hija se fue de viaje

Llevaba media vida dando clases en un instituto de las afueras de Valencia y, aunque a los cincuenta y cinco años empezaba a soñar con la jubilación, no podía negar que todavía me gustaba lo que hacía. El mayor privilegio de mi oficio siempre habían sido los veranos largos, ese tiempo muerto que ahora, sin saberlo, me iba a cambiar más de lo que imaginaba.

Mi hija Lucía, de treinta y un años, también era profesora. En su primer curso conoció a Adrián, otro profesor un par de años mayor que ella, y al poco se casaron. De ese matrimonio nació Hugo, mi nieto de siete años, por el que yo sentía pura devoción, y él por mí.

Siempre procuré no meterme en su vida de pareja. Solo me prestaba a echarles una mano y a quedarme con Hugo cuando ellos salían, juntos o por separado, porque eran gente bastante liberal. Antes del verano, Lucía me planteó un viaje con sus amigas y no quería dejar solo a Adrián al cuidado del niño, porque él estaba preparando una oposición para un puesto en la inspección educativa.

—¿Te importaría venirte a casa esos días? Hugo estará casi todo el día en el campamento, no te dará guerra.

—O sea, que cuando por fin descanso de tu padre, me colocas a tu hijo —protesté entre risas.

Andrés, mi marido, se marchaba cada verano unos días a hacer un tramo del Camino de Santiago, así que de todas formas yo iba a quedarme sola en casa.

—Solo serán diez días, mamá. Hugo está en el campamento de nueve a cinco y Adrián no levantará la cabeza de los apuntes. Tendrás la piscina para ti sola.

No supe negarme. Preparé una maleta, le dejé algo de comida hecha a Andrés y me planté en su chalet de la urbanización, a veinte minutos de la ciudad, en una zona tranquila de calles arboladas y vecinos que se saludaban por encima de los setos.

***

Llegué con el tiempo justo de llevar al niño al campamento, en un polideportivo cercano. Adrián ya lo había vestido y desayunado.

—Gracias por quedarte, suegra. Intentaré no estorbar —me dijo en la puerta.

—No te preocupes y céntrate en lo tuyo. Hugo y yo nos entendemos de maravilla.

El niño iba cinco pasos por delante de mí, con esa energía que no sé de dónde sacan a esa edad. Me dio un beso exprés en la puerta y salió disparado hacia los demás, como si yo ya hubiera dejado de existir.

Al día siguiente despedí a Andrés, que se marchaba una semana a caminar desde Burgos. Pidió un café solo, me miró de arriba abajo y me lanzó, como quien ofrece un trato y no como quien busca mi compañía:

—¿Y si te vienes conmigo? Caminar te sentaría bien.

—No quiero estropearte la aventura. Lo pasas mejor solo —respondí sin emoción.

Asintió con una sonrisa cansada, me besó en la mejilla y se fue. Asumí, como tantas veces, que lo mío era estar acompañada y sentirme sola al mismo tiempo.

***

Decidí inventarme una rutina: leer, caminar una hora al día, recuperarme un poco a mí misma. Me puse unos pantalones cortos y una camiseta ajustada para salir y me crucé con Adrián en el pasillo.

—No sabía que salieras a andar. Yo debería; me estoy quedando agarrotado de tantas horas en la silla.

—Si te apuntas, te aviso que voy a buen ritmo —le advertí.

Caminamos juntos, y la verdad es que me gustó no hacerlo sola en una zona que no conocía. Hablamos de Hugo, de Lucía, del examen al que se entregaba en cuerpo y alma.

—Habéis formado una familia preciosa —le dije.

—Tu marido no opina lo mismo de mí —sonrió.

—No se lo tengas en cuenta. Le quitaste a su ojito derecho. Ningún hombre le habría parecido suficiente para ella.

—Pues él tampoco te merece a ti. Debe de ser algo de familia.

Le di un manotazo flojo, riéndome, pero el halago me dejó un calor raro en el pecho.

Al volver, fui al baño a por una toalla y lo encontré allí, secándose tras la ducha, completamente desnudo frente al espejo. Hacía muchísimo que no veía un cuerpo joven así, y no voy a mentir: me impactó. Los hombros anchos, el vientre plano y trabajado, el pubis oscuro y espeso y, colgando pesada entre los muslos, una polla gruesa incluso en reposo, con el glande grande y aún cubierto a medias por el prepucio. Me quedé inmóvil, sin poder apartar la vista, con la boca seca y el corazón latiéndome contra las costillas. Vi cómo se pasaba la toalla por los cojones, cómo se los sostenía sin pudor para secarse la entrepierna, y noté cómo se me contraía el coño de golpe, con una humedad tibia que me sorprendió.

—¡Perdona! Creí que usabas el otro baño —balbuceé.

—La culpa es mía. Me gusta más la ducha de plato. A partir de ahora este lo dejo para ti.

Cerré la puerta y, bajo el agua, me asusté de mí misma. Es el marido de tu hija, Carmen. Compórtate. Pero la imagen de aquella polla balanceándose no se iba, y sin darme cuenta me descubrí frotándome los pezones bajo el chorro, imaginando el peso de aquel rabo en mi mano.

***

Esa noche no podía dormir. Me levanté a por agua y, al pasar por el pasillo, escuché un sonido inconfundible en su dormitorio: el chasquido húmedo de una mano subiendo y bajando por una verga bien mojada, y una respiración entrecortada. Sabía que no tenía ningún derecho, y aun así me acerqué, con los nervios disparados. La puerta estaba entreabierta.

Estaba desnudo sobre la cama, con las piernas abiertas y las rodillas dobladas, y la polla erguida entre los dedos, brillante de saliva o de lubricante. Se la trabajaba despacio, con la muñeca girando en la punta, con el pulgar acariciando el frenillo antes de bajar de nuevo hasta la raíz. Era enorme, más gorda que dura, y las venas se le marcaban por todo el tronco. Con la otra mano se apretaba los huevos, se los rodaba entre los dedos como quien mide una fruta. Verlo así me dejó la boca seca y las bragas empapadas en dos segundos.

Volví a mi cuarto y cerré por dentro, como si temiera algo. No pude dormir. No recordaba la última vez que Andrés se había acercado a mí, y en cambio la vida de mi yerno no necesitaba ni siquiera la presencia de mi hija. De pronto, desde su habitación, llegó un jadeo largo, ronco, y luego un gruñido apretado entre los dientes que lo dijo todo: se había corrido, y yo casi podía imaginarme los chorros calientes cayéndole sobre el vientre.

Me tendí sobre la sábana, me quité la camiseta y, despacio, librando una pequeña guerra entre el deseo y el deber, me bajé las bragas hasta los tobillos y las lancé al suelo de una patada. Empecé por los pechos, atrapándome los pezones entre índice y pulgar, tirando hasta que la punta se me endureció y una descarga me bajó recta al coño. Me lamí los dedos y los llevé abajo. Estaba mojadísima, empapada, con los labios hinchados y palpitando. Deslicé el dedo corazón entre ellos y encontré el clítoris duro como un guisante. Empecé a frotarlo en círculos lentos, apretados, mientras con la otra mano me metía dos dedos en el chocho hasta el fondo.

Imaginé que él entraba por la puerta y me miraba. Imaginé aquella polla gorda embistiéndome de una sola vez, abriéndome, empujando hasta el cuello. ¿Te gustaría verme disfrutar? ¿Te gustaría metérmela hasta los huevos? Me follaba con los dedos cada vez más rápido, chapoteando en mi propia humedad, y con la otra mano no paraba de castigarme el clítoris. Sentí la corriente subir desde las piernas, tensarme el vientre, y me corrí con un grito ahogado que tuve que morder en la almohada, pensando en la polla que había visto trabajarse un pasillo más allá, en una lengua que no era la mía lamiéndome entera.

A la mañana siguiente apenas crucé palabra con él de pura vergüenza.

***

Los días siguientes me los pasé descubriendo que existía. El monitor de Hugo, un chico atlético y moreno llamado Dani, se quedó de piedra cuando le dije que no era la madre del niño, sino la abuela.

—¿La abuela? Usted rompe todos los moldes —me soltó.

Y Adrián, claro. Cada vez que coincidíamos me miraba de una forma que ningún hombre usaba conmigo desde hacía años. Una tarde bajó a la piscina cuando se suponía que estudiaba.

—¿Abandonas los apuntes? —le pregunté.

—He mirado por la ventana y he visto a una mujer que me ha distraído —dijo mirándome a los ojos.

—Qué tonta soy. No creo yo que un chico como tú pierda la concentración por una señora cincuentona.

—No te infravalores. A tu edad no tienes nada que envidiarle a tu hija.

No supe qué responder. Volví a casa con el pulso alterado y la sensación peligrosa de estar reviviendo.

***

La segunda noche se repitió todo: el ruido en su cuarto, mi cuerpo despierto, mis manos buscándose en la oscuridad. Esta vez no aguanté ni cinco minutos: en cuanto oí el primer chasquido húmedo por el pasillo ya me había metido dos dedos hasta los nudillos, y me follaba a mí misma imaginando que era él. Me la imaginaba mejor que la primera vez, esa polla gorda con el capullo brillante, la imaginaba embistiéndome por detrás mientras me tiraba del pelo. Me corrí dos veces seguidas, apretándome el clítoris como si quisiera arrancármelo.

Al recuperar el aliento, vi un hilo de luz en el pasillo. Él estaba allí, en el marco de la puerta, mirándome. Vio mis piernas abiertas, vio mi mano todavía metida en el coño, vio mis tetas desnudas bajo la sábana caída. Se marchó antes de que yo pudiera decir nada, pero al retirarse noté el bulto duro y evidente marcándose bajo el pantalón del pijama.

Por la mañana esperaba el reproche, pero me dio un beso cariñoso de buenos días y, mientras preparaba café, lo habló con una naturalidad que me desarmó.

—Perdona por anoche. Oí ruido y pensé que necesitabas algo. Masturbarse es lo más normal del mundo cuando no tienes a tu pareja cerca. Yo también lo hago.

—Me da vergüenza —confesé.

—No debería. Estás sola, tu marido está lejos en todos los sentidos, y el verano te ha despertado. Es lógico —dijo, y luego, más bajo—: Tengo curiosidad. ¿En quién piensas mientras te tocas ese coño?

—Eso no se pregunta —corté, roja hasta las orejas.

—Yo te lo digo: pienso en la escena del baño. En que no te quedas parada en la puerta, en que entras, te pones de rodillas y te metes mi polla en la boca hasta el fondo.

Se me cortó la respiración. Nunca nadie me había hablado así, y menos en una cocina, con el café humeando entre nosotros.

—Esa fantasía es peligrosa, Adrián. Soy la madre de tu mujer.

No me dio tiempo a más; Hugo entró pidiendo que le atáramos los cordones. Nos agachamos los dos a la vez y sus dedos rozaron los míos. Fue un roce mínimo, pero me recorrió entera, y él lo notó.

***

Otra tarde, en uno de sus descansos, se sentó a mi lado con dos cafés y dejó que su rodilla tocara la mía.

—Tenemos que normalizar lo que pasa —le dije.

—¿Normalizar? Eso sería poder masturbarnos juntos —soltó riéndose, guiñándome un ojo—. Yo con la polla en la mano, tú con dos dedos en tu coñito. Mirándonos.

Y entonces me contó algo que mi hija jamás se había atrevido a confesarme: que ellos tenían un acuerdo. No una excusa para engañarse, sino el permiso mutuo de alguna aventura sin reproches, siempre que nadie se enamorara.

—La premisa es que nos queremos —explicó—. Una noche con otra persona no va a cambiar eso. Un buen polvo no rompe un matrimonio.

Lo escuché fascinada. ¿Y si yo también tuviera derecho a algo así? ¿Y si también tenía derecho a que me follaran bien de una vez? Aunque Andrés jamás lo entendería.

***

El viernes era el día de los padres en el campamento. Hugo insistió tanto que fui yo, vestida con pantalones cortos y una gorra que le había robado a mi hija. Pasé la mañana entre carreras de sacos y talleres de pintura, sintiéndome, para mi sorpresa, una más entre madres mucho más jóvenes que yo. Una de ellas propuso una cena esa noche con los niños y me apunté encantada.

Al volver a casa, Hugo le contó a su padre lo de la cena y Adrián no perdió la ocasión.

—¿Puedo apuntarme? Necesito socializar un poco.

—Tienes que estudiar —protesté, aunque por dentro quería que viniera.

El niño zanjó la discusión con un grito de alegría y no me quedó escapatoria. Me probé en el vestidor de mi hija, que tenía más o menos mi talla, hasta dar con un vestido azul oscuro cruzado al pecho. Me miré en el espejo y, por primera vez en mucho tiempo, me gustó lo que vi.

—Estás muy guapa, abuela —dijo Hugo al verme.

—Vaya —murmuró Adrián, acercándose a mi oído—. Qué bien hueles.

El calor me subió por el cuello mientras conducía hacia el restaurante.

***

La cena fue un torbellino de risas y conversaciones de gente joven. Él estuvo atento toda la noche, pasándome el agua, las servilletas, susurrándome cosas que las demás madres no podían oír.

—Te sienta mejor ese vestido a ti que a tu hija —me dijo bajito—. Aunque me lo imagino mejor en el suelo.

—El mérito es del vestido.

—El mérito es de las tetas que hay debajo. Después podríamos ir a tomar una copa. Necesito salir.

—Estás loco. Y, además, no podemos dejar a Hugo solo —repliqué nerviosa.

—Eso tiene arreglo.

Y vaya si lo tuvo. Antes de despedirnos, los padres de Marcos, el mejor amigo de Hugo, propusieron que mi nieto se quedara a dormir con ellos: tenían piscina y videojuegos. El niño saltaba de felicidad. Solo después até cabos: había sido Adrián quien lo había orquestado, ofreciéndoles la cuenta de su consola con el juego nuevo que acababa de salir.

Salí sola al aparcamiento. Él me esperaba junto al coche.

—¿Qué me dices ahora de esa copa? Ya no tienes que cuidar a nadie.

Sentí algo parecido al vértigo. No porque no quisiera, sino porque lo deseaba demasiado. Si era verdad que mi hija disfrutaba de su libertad en algún rincón, ¿qué le debía yo a un marido que estaba a quinientos kilómetros?

—Eres el demonio —sonreí—. De acuerdo, pero solo una.

***

Condujo hasta el centro de la ciudad y paró en una terraza animada, llena de gente mucho más joven que yo. Pedimos dos copas. Yo seguía sintiéndome fuera de lugar.

—¿No te parece extraño? Estar aquí con tu suegra.

—Olvida la edad —dijo con los ojos fijos en los míos—. Siempre me caíste bien, pero esta semana he descubierto a otra mujer. Hay química entre nosotros, aunque no quieras reconocerlo.

De sobra sabía que la había. Me llevó a bailar a una pista improvisada y, entre tanta gente, dejé de oír la voz de mi conciencia. Cada vez que se acercaba para hablarme por encima de la música creía que iba a besarme, pero no lo hacía. No tenía prisa, y eso me encendía más. Cuando bailábamos pegados sentía su polla dura contra mi vientre, un bulto grueso, insistente, que me buscaba a través de la tela del vestido. Se movía a propósito, apretándose contra mí, como para recordarme lo que tenía ahí.

Cuando por fin se acercó otra vez, lo miré, vi sus ojos encendidos y fui yo quien borró la distancia. Nos besamos con una pasión que casi había olvidado que existiera. Su lengua entró en mi boca y buscó la mía con hambre, y yo se la mordí, se la chupé, como si la boca fuera solo el ensayo de otras cosas. Me acorraló contra la pared, junto a los baños, deslizando la mano por mis pechos, apretándomelos por encima del vestido, pellizcándome los pezones a través de la tela hasta que se me endurecieron. La otra mano me subió el borde del vestido y me acarició el muslo por dentro, subiendo despacio hasta rozarme por encima de las bragas. Notó que estaba empapada, y sonrió contra mi boca.

—Estás chorreando, suegra. Quiero llevarte a casa. Quiero comerte ese coño mojado hasta que me pidas por favor que pare.

Una voz en mi interior me frenó. Le pedí volver. Antes de subir al coche me besó otra vez, con una sinceridad que me hizo dudar de mi propia negativa. Si folla como besa, me estoy perdiendo algo grande.

***

Le pedí las llaves para conducir, porque él había bebido más. Ya en la carretera, escuché el clic de su cinturón al soltarse y lo sentí inclinarse hacia mí.

—Adrián, para… —susurré cuando sus dedos se colaron bajo el vestido.

—Tú sigue conduciendo —respondió bajito—. Si no voy a llevarte a la cama, déjame al menos jugar un poco con este coño precioso.

Intenté apartarlo, pero mi cuerpo no colaboraba. Me subió el borde del vestido hasta la cintura, me apartó las bragas empapadas hacia un lado y sus dedos se hundieron directamente entre mis labios abiertos. Gemí. Me encontró el clítoris a la primera y empezó a trazar círculos lentos, precisos, cada vez más apretados, mientras yo apenas mantenía el coche a sesenta por hora. Con dos dedos me abrió, se metió en mi coño hasta el fondo, sintió lo hinchada y caliente que estaba por dentro, y empezó a bombearme sin parar mientras el pulgar seguía castigándome el clítoris.

—Estás empapada, joder. Este coñito lleva años sin follar bien, ¿verdad? —murmuró.

No pude ni contestar. Se inclinó del todo, se bajó del asiento y hundió la cara entre mis muslos. Su boca reemplazó a los dedos y su lengua me recorrió despacio, de abajo arriba, como quien saborea un postre. Me lamió los labios uno por uno, se metió la lengua en el chocho, y luego subió a atrapar el clítoris entre los labios y a chuparlo con ganas, sin soltarlo. Yo apretaba el volante con los nudillos blancos, mordiéndome el labio para no cerrar los ojos.

—¿Te gusta? —preguntó, levantando la cabeza un segundo, la barbilla brillante.

No quería contestar, pero al notar que amenazaba con retirarse le puse la mano en la nuca y lo atraje de vuelta, aplastándole la cara contra mi coño. Ya no tenía sentido fingir.

—Me encanta. Chúpame ese coño, no pares —admití con un gemido.

Al entrar en la urbanización me desvié a una zona ajardinada y a oscuras, apagué el motor, eché el asiento hacia atrás y me abrí entera para él, con las piernas colgando de los reposacabezas. Se acomodó entre mis muslos como si llevara toda la vida esperando ese sitio. Su lengua ahora era una tortura precisa: me daba lametones largos y anchos que cubrían todo el coño y terminaban en un tirón sobre el clítoris. Se metió dos dedos y curvó las yemas buscando ese punto de dentro, ese que hace años nadie encontraba, mientras seguía chupándome sin descanso. Encontró el sitio exacto, presionó y bombeó a la vez que su lengua bailaba sobre mi clítoris, y exploté en un orgasmo que llevaba años esperándome, mojándole toda la barbilla, corcoveando contra su boca, con un grito largo que sonó ridículo dentro del coche.

—No hemos perdido del todo la noche —dijo sonriendo sobre mi vientre, relamiéndose los labios—. Sabes riquísimo, suegra.

***

Entramos en casa en silencio, con los nervios latiendo como una música de fondo. Cuando cerré la puerta y me giré, él me acarició el rostro con el dorso de la mano, luego con los labios. Un roce, una promesa. Me dejé besar como si tuviera veinte años, pero con la experiencia de mis cincuenta y cinco. Notaba su polla dura pegada a mi cadera, gruesa, exigente, y ya no tenía ni ganas ni fuerzas para pararle.

—No tengas prisa —le pedí, llevándolo al dormitorio—. Quiero que dure toda la noche.

Le desabroché la camisa botón a botón, le besé el pecho, la línea de vello que le bajaba hasta el ombligo, y me arrodillé delante de él para pelearme con su cinturón. Cuando le bajé los pantalones y los calzoncillos de un tirón, su polla saltó y me golpeó en la mejilla, y estuve a punto de reírme del susto. Era todavía más impresionante de cerca: larga, gruesa, con el glande morado y palpitando, ya con una gota gorda de líquido preseminal brillándole en la punta. Me la limpié con la lengua, saboreando ese sabor salado, y él soltó un gemido gutural.

—Joder, Carmen…

Lo tomé entero en la mano, sintiendo el peso y el latido de las venas, y me lo metí en la boca sin rodeos, hasta donde pude. Apenas cabía. Se me atragantaba en la garganta, me obligaba a abrir la mandíbula al máximo, pero no quería soltarlo. Empecé a chuparlo con ganas, subiendo y bajando, empapándolo de saliva, girando la lengua alrededor del glande cada vez que llegaba arriba. Con la otra mano le acaricié los huevos, se los sopesé, se los masajeé despacio mientras seguía comiéndomela. Él me agarró la nuca y empezó a marcarme el ritmo, empujando un poco más adentro cada vez, hasta que sentí el capullo golpearme el fondo de la garganta.

—Así, mama esa polla. Trágamela toda —jadeó.

Los ojos me lloraban, la boca se me llenaba de baba que caía en hilos gordos sobre mis pechos, pero no quería parar. Nunca en mi vida había mamado con tantas ganas. Me la saqué un momento, me la pasé por la cara, me di con ella en los labios, en las mejillas, en los pezones, y volví a tragarla hasta el fondo.

Cuando lo noté a punto lo solté, me levanté y me quité el vestido de un tirón. Ni sujetador ni bragas: quería que me viera entera. Me tumbé y dejé que me recorriera. Me chupó los pezones uno a uno, me los mordió con cuidado, me lamió el vientre, y en un momento sus dedos volvieron a buscarme abajo. Estaba tan mojada que resbalaron sin resistencia dentro de mí. Empezó a follarme con la mano mientras seguía comiéndome las tetas, y sin avisar me arrancó otro orgasmo que me cogió desprevenida, tan seguido del primero que me quedé temblando y riéndome a la vez.

—A ver cómo follas —lo provoqué, tendida de espaldas, abriéndome las piernas del todo—. Ven a llenarme ese coño.

No debí hacerlo. Se subió sobre mí, se agarró la polla y la deslizó una vez entre mis labios, empapándose de mi humedad, y luego, sin medirme, empujó de una sola vez hasta enterrármela entera. Noté una aspereza, el escozor de una carne que no estaba acostumbrada a tanto, pero el placer lo borró en dos embestidas. Sentí cómo me la sacaba hasta la punta y me la volvía a meter hasta los cojones, cómo su pubis chocaba contra el mío con un ruido húmedo y sordo, cómo mis paredes se abrían para hacerle sitio a esa polla que me llenaba entera.

—Así, fóllame fuerte. Fóllame como no me han follado en años.

Se apoyó sobre los brazos y aceleró el ritmo. Las embestidas eran duras, secas, cada una me sacudía el cuerpo entero y me hacía botar las tetas. Una de sus manos amasaba mi pecho, retorciéndome el pezón hasta hacerme gritar; la otra bajó y encontró mi clítoris entre nuestros cuerpos, y empezó a frotármelo con dos dedos al ritmo de sus embestidas. Yo le clavaba las uñas en los hombros, en la espalda, le mordía el cuello, se lo chupaba, le pedía más al oído sin parar.

—Más fuerte, dámela toda, no pares…

Me puso las piernas sobre sus hombros y me la metió aún más hondo, tanto que sentí la punta chocarme muy dentro, en un sitio que dolía y gustaba a partes iguales. En esa postura me corrí otra vez, sacudiéndome, apretándole la polla con espasmos que él aguantó a duras penas. Sin salirse me giró de costado, me levantó una pierna y siguió follándome desde ese ángulo, y otra vez me corrí, encadenando orgasmos como si se me hubiera roto una compuerta.

Me puso a cuatro patas y se colocó detrás. Se la agarró y me la restregó por el coño, por el perineo, y volvió a hundírmela de golpe. Ahora las embestidas eran salvajes: me agarraba las caderas con las dos manos y tiraba de mí hacia atrás cada vez que empujaba, y el ruido de sus huevos golpeándome el clítoris llenaba la habitación entera. Me dio un azote en una nalga, luego en la otra, y a mí se me escapó un grito que sonó a súplica.

—Dame más, dámela toda, córrete dentro…

Me agarró del pelo, tiró hacia atrás y me la clavó tres, cuatro veces más, con toda su fuerza. Cuando lo oí pronunciar mi nombre, su cuerpo se sacudió y sentí los chorros calientes disparándose dentro de mí, llenándome, desbordándome. Se quedó un rato pegado a mí, con la polla todavía dentro, latiendo, mientras yo temblaba con un último orgasmo que se coló entre los otros.

—Jamás me había corrido tantas veces —jadeé, dejándome caer sobre las sábanas revueltas.

Cuando por fin se salió, noté el semen espeso escurriéndoseme por los muslos y me llevé los dedos ahí abajo, curiosa. Estaba a rebosar. Me lamí los dedos sin pensarlo, y él, al verme, gimió otra vez.

***

Dormimos abrazados bajo la brisa de la ventana y desperté sola, con un instante de miedo a que se hubiera ido arrepentido. Pero salió del baño con una toalla a la cintura y el pelo mojado, sonriendo.

—Buenos días, suegra. ¿Cómo has dormido?

—De maravilla —respondí con ironía—. El relajante que me diste anoche me dejó nueva.

Se rió y volvió a besarme, y de un beso pasamos a las manos, y de las manos al deseo otra vez. Le tiré de la toalla y ahí estaba de nuevo su polla, ya medio dura, colgando pesada entre los muslos. Me la llevé a la boca, aún desde la cama, y se la desperté a lametazos, chupándole el capullo, pasándole la lengua por debajo del glande hasta que se puso dura del todo. Él me tumbó boca arriba, se colocó entre mis piernas y me la volvió a meter, más firme que nunca, con toda la calma de la mañana. Follaba distinto que la noche anterior: más lento, más profundo, saboreándolo. Cada embestida entraba entera y aguantaba dentro un segundo, moliéndome por dentro antes de salir. Yo me dejaba arrastrar por un vértigo del que ya no quería bajar.

Sin dejar de moverse, se llevó los dedos a la boca, los ensalivó bien y bajó la mano entre mis nalgas. Deslizó un dedo más abajo, hacia un lugar prohibido, y empezó a acariciarme el ojete con la yema, rodeándolo despacio, presionando apenas. Mi espalda se arqueó sola. Cuando el dedo se abrió paso y entró hasta el nudillo, mientras su polla seguía trabajándome el coño, casi me da algo del gusto.

—Tienes un sitio precioso aquí —murmuró, moviendo el dedo despacio dentro de mí—. Está apretadísimo. Nunca te lo han tocado bien, ¿verdad?

Me sentí tan liberada que decidí romper con todo mi pasado. A Andrés jamás se lo había permitido, aunque me lo hubiera pedido alguna vez. Pero la firmeza de Adrián no se parecía a nada que recordara. Me puse a cuatro patas contra el cabecero y eché las caderas hacia atrás, ofreciéndome entera. Le abrí las nalgas con las manos para que viera bien lo que le regalaba.

—¿Quieres probarlo? Métemela por ahí.

—Sí —respondió sorprendido, con la voz ronca.

—Trae la crema del baño.

Volvió con un bote, se untó bien la polla hasta dejarla brillante y me untó a mí también, sin prisa. Se untó los dedos y me preparó despacio: primero uno, moviéndolo en círculos, abriéndome por dentro; luego dos, curvándolos, empujándolos hasta el fondo mientras con la otra mano me frotaba el clítoris para mantenerme al borde. Recelaba, porque siempre había oído que la primera vez dolía, pero cuando por fin sentí el capullo empujar en la puerta, lo hizo tan despacio, tan controlado, que apenas hubo escozor.

—Relájate, suegra, respira —murmuró, presionando un poco más.

El anillo cedió y noté cómo el glande entraba, ancho, tirante, y detrás iba el resto: centímetro a centímetro, aguantándose para no lastimarme, hasta que sentí sus caderas pegadas contra mis nalgas. Estaba entero dentro de mí, en un sitio donde nunca nadie había estado, y la sensación de estar llena por detrás me dejó sin habla.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, quieto, con la mano acariciándome la espalda.

—Muy excitada —confesé, dejándome perforar por primera vez en mi vida—. Muévete. Fóllame ahí, no pares.

Empezó a moverse, primero con cuidado, sacándomela hasta la corona y volviéndola a meter despacito, y luego con más ganas, agarrándome de la cintura, marcando un ritmo constante. Yo aprendía sobre la marcha a soltar cuando entraba y a apretar cuando salía. Cada embestida me arrancaba un gemido nuevo. Con una mano se estiró hacia mi coño y me metió dos dedos, follándome los dos agujeros a la vez, y ahí ya no aguanté: empecé a correrme sin parar, con oleadas que me sacudían, apretándole tanto el culo con los espasmos que él soltó un rugido y perdió el control.

—Ya no puedo más, joder…

Sus embestidas se volvieron erráticas, salvajes, me agarró de las caderas con las dos manos y me embistió cuatro veces más, hasta el fondo. Con un último empujón lo sentí terminar dentro de mí, llenándome también por atrás, y esa sensación de calor extraño en un sitio nuevo me arrastró a un orgasmo brutal que me dejó los brazos flojos.

Cayó rendido a mi lado, jadeando como un animal, y me acurruqué contra su pecho. Me acarició el pelo y me besó la frente.

—Gracias, suegra. Tu mujer nunca me lo ha permitido.

—Ni yo a Andrés —reí—. Ha sido mi primera vez. Y no será la última.

***

Nos quedamos abrazados, sudorosos y satisfechos, mirándonos sin promesas ni falsas esperanzas.

—Tienes que estudiar un poco —le dije, porque la Carmen responsable seguía dentro de mí—. No me perdonaría que suspendieras por mi culpa.

—De acuerdo. Pero quiero volver a follarte antes de que vayas a por Hugo.

No fui capaz de negarme. Me dirigí al baño con una urgencia nueva bajo la piel, sabiendo que aún nos quedaban cinco días de encuentros a escondidas, de noches de piel y confidencias, de sexo tierno y salvaje, de pollas y coños y bocas y culos. No era amor, no el de los enamorados, pero sí un cariño innegable. No sabía qué pasaría después; solo sabía que, durante aquellos días, Adrián me pertenecía y pensaba disfrutarlo hasta el último suspiro.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(7)

Diegote_77

Que relato!!! Me enganche desde el principio y no pude parar. Bravo

NocheCba

Se hizo cortisimo, por favor publica la segunda parte pronto!!

CuriosoArgento

Me pregunto como siguio todo despues de eso... te animas a contarlo? Saludos desde Cordoba

MarceloR

Muy bien escrito, se nota que viene de adentro. La tension emocional esta muy lograda, no es facil transmitir eso

Viviette_22

Esas situaciones que no buscas son las que terminan marcandote. Muy bueno!!!

Maxi_Sur

excelente!!! seguí subiendo relatos así

SilviaCba_lec

Los relatos narrados por mujeres de esa edad me parecen los mas honestos de todos, hay una forma de ver las cosas que es distinta. Este es un gran ejemplo. Muy recomendable, espero la continuacion.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.