El jardinero maduro que me espiaba al despertar
Los que siguen lo que escribo ya conocen mi debilidad por los hombres mayores. No es algo que me dé vergüenza confesar: los muchachos de mi edad me aburren, se vienen antes de tiempo y se creen expertos sin haber aprendido nada. Por eso, cuando me mudé con Gustavo a esta casa en las afueras, sabía que tarde o temprano alguna historia como esta terminaría pasando.
Gustavo y yo llevamos poco más de un año viviendo juntos en Estados Unidos. Él tiene sesenta y dos, aunque cualquiera le calcularía cincuenta por lo bien que se cuida, y mantenemos una relación abierta desde el primer día. Los que me conocen saben que me da espacio para coquetear, para conversar y, si se da, para algo más. Esa libertad es justamente lo que mantiene viva la chispa entre nosotros.
Hace cosa de un mes, Gustavo contrató a un jardinero para que le diera mantenimiento al patio. Don Rodrigo, se llamaba. Un señor moreno, de pueblo, originario de algún rincón de Zacatecas. No era gordo, más bien fornido, con esas manos ásperas de quien ha trabajado duro toda la vida. Viudo desde hacía un par de años, jubilado, pero prefería salir a podar jardines antes que quedarse solo en casa rumiando la ausencia de su esposa.
La primera vez que lo vi fue un golpe de suerte, o de descuido mío. Me había desvelado terminando unos pendientes y dormí hasta tarde. El ruido de la podadora me despertó pasadas las diez. Me levanté con los ojos pegados, me estiré y abrí las cortinas del ventanal de la habitación sin pensar en nada.
No me di cuenta de que don Rodrigo estaba justo del otro lado del cristal, agachado entre las flores. Y yo solo traía puesta una camiseta corta amarrada arriba del ombligo y nada más abajo salvo la ropa interior. La luz del sol me encandilaba y me froté los ojos como una niña antes de notar su mirada.
Cuando por fin enfoqué bien, lo vi. Estaba quieto, fingiendo revisar un arbusto, pero sus ojos subían y bajaban por mi cuerpo con un descaro que intentaba disimular y no podía. Me asusté un segundo, hasta que recordé que Gustavo me había avisado del jardinero. Entonces, en lugar de cubrirme de golpe, le sonreí. Una sonrisa lenta. Y recién después me retiré del ventanal, sin prisa, dejándole un buen rato para que mirara.
Me vestí, bajé a desayunar y al rato salí al patio con una jarra de agua de jamaica bien fría.
—Buenas tardes, don Rodrigo. Le traje un poco de agua, mire cómo está el sol —le dije, tendiéndole el vaso.
—No se hubiera molestado, señorita, me da pena —contestó él, secándose la frente con el antebrazo—. Ya casi termino.
—Pues véngase a la sombra y nos tomamos un vaso adentro. Hace un calor insoportable.
No se hizo del rogar. Nos sentamos en el desayunador y la charla fluyó sola. Don Rodrigo resultó ser de esos hombres que te hacen reír sin esfuerzo, con anécdotas y picardías que soltaba con una naturalidad encantadora. Y a mí, lo confieso, un hombre que me hace reír me desarma más rápido que cualquier galán.
—Oiga —dijo de pronto, con una sonrisa traviesa—, con todo respeto, qué pena lo de la mañana. La vi medio dormidita cuando abrió la cortina y no supe ni para dónde mirar.
—¿Y no me dijo nada? —le contesté, riéndome—. Yo bien confiada y usted echándose el taco de ojo.
—De tonto le aviso —dijo, y los dos soltamos la carcajada—. Buen taco de ojo que me di, eso sí.
—Lo bueno es que solo usted me vio —seguí, fingiendo apenas un poco de pudor—. Qué vergüenza.
—Ahí se hubiera quedado, señorita. Así uno trabaja hasta con más ganas.
El coqueteo siguió subiendo de tono entre risas. Le confesé mi gusto por los hombres maduros, y él, lejos de incomodarse, me siguió la corriente. Me contó que vivía solo, que pasaba las noches mirando fotos en sus redes para hacerse ilusiones. Yo, que no pierdo oportunidad, le pasé mis cuentas: tengo contenido subido, fotos, relatos. Le dije que me buscara, que ahí encontraría cosas que le iban a gustar.
—¿A poco sube fotos así? —preguntó, con los ojos brillando.
—Clarooo. No se va a arrepentir.
Se fue una hora antes de que llegara Gustavo, no sin antes preguntarme la edad de mi pareja, sorprendido de que fuera mayor que él. Cuando le dije que prefería a los hombres con experiencia, que sabían tratar a una mujer como reina, don Rodrigo asintió como quien comparte un secreto.
—Una mujer como usted se debe tratar así, como reina —dijo antes de subir a su camioneta—. Mañana le cuento qué tal sus relatos.
***
Esa noche, ya acostada, me puse a contestar mensajes y vi que don Rodrigo le había dado «me gusta» a media docena de mis fotos y a varios de mis relatos. Me lo imaginé en su casa, solo, recorriendo mi contenido una y otra vez, y la idea me prendió más de lo que esperaba. Le escribí.
—Veo que se requemó todas mis fotos, don Rodrigo —le tecleé, divertida.
—Ay, Danielita —respondió, todavía nervioso de la emoción—. Está usted buenísima, no podía creer lo que veía.
—Qué bueno que le gustaron —contesté.
—Me dejó pensando todo el día. Hoy en la mañana, cuando la vi en la ventana, casi me da algo. Me quedé como tonto, rogando que no se diera cuenta de que estaba ahí.
—Y yo bien dormida —mentí—. Pero qué bueno que se dio su gusto.
Seguimos así un buen rato, el coqueteo cada vez más subido. Cuando Gustavo me vio tan entretenida con el teléfono, se asomó por encima de mi hombro y leyó la conversación.
—Lo dejaste prendido, ¿eh? —dijo, divertido, sin rastro de celos.
—Es un señor muy simpático, papi. Y mira cómo se emociona.
—Vas a terminar con él, te conozco —se rió.
—No lo sé. Tal vez —admití, mordiéndome el labio.
Fue entonces cuando a Gustavo se le ocurrió el reto. Sus ojos tenían ese brillo que aparece cuando va a proponer algo travieso.
—Mañana lo calientas otra vez —me dijo al oído—. Le mando un mensaje, le encargo las flores del ventanal de la habitación y la poda del patio trasero. Te dejo las cortinas abiertas y te acuestas boca abajo, dormidita, en pura ropa interior. Yo no me voy. Me quedo en el cuarto de al lado, a ver qué hace nuestro jardinero.
Sentí un escalofrío de pura anticipación recorrerme la espalda.
—Acepto el reto, papi —le respondí, ya acariciándolo por encima del pantalón—. A ver si no le da un infarto al pobre.
—No pasa de que lo enciendas y te dé un buen rato —dijo, besándome el cuello—. Tú sigue en el chat con él. Mañana vemos qué tan atrevido es.
Esa noche elegí la lencería con la que iba a recibir a don Rodrigo. Algo delicado, de encaje, que dejara poco a la imaginación. Me dormí imaginándome la escena, mojada de solo pensarlo.
***
Al día siguiente Gustavo me despertó pasadas las seis. Don Rodrigo llegaría a las siete. Mi pareja abrió las cortinas de par en par; el sol empezaba a entrar tibio y dorado en la habitación. Me acosté boca abajo sobre la cama, con la espalda descubierta y la ropa interior de encaje como única prenda, de modo que lo primero que viera al asomarse al jardín trasero fuera yo, «dormida» y ofrecida.
—Te ves increíble en esa posición —murmuró Gustavo desde el umbral, admirándome—. Lástima que ya va a llegar. Cualquiera perdería la cabeza contigo así.
—¿En serio me veo bien, papi? —pregunté, ya excitada por el juego.
—Te ves para comerte. Ahora hazte la dormida, que ya escucho la camioneta.
Gustavo desapareció en la habitación contigua. Escuché la puerta de madera del patio abrirse, las herramientas acomodándose en el pasto y, después, un silencio largo roto solo por don Rodrigo silbando una canción mientras trabajaba.
Entreabrí apenas los ojos. Lo vi acercarse al ventanal para revisar las flores, tal como Gustavo le había encargado. Y entonces se quedó congelado. Sus ojos cayeron sobre mi cuerpo, sobre la curva de mi espalda y la tela de encaje, y supe que el plan estaba funcionando.
Don Rodrigo miró hacia la puerta del patio, asegurándose de que nadie lo observara. Convencido de que estaba solo conmigo, volvió a pegarse al cristal. La cama estaba apenas a metro y medio del ventanal, y entre nosotros solo había ese vidrio. Lo vi pasarse la lengua por los labios, lo vi tragar saliva. Lo vi, sobre todo, llevarse la mano a la entrepierna sin poder evitarlo.
Con los ojos entreabiertos, observé cada uno de sus movimientos. Cómo verificó otra vez que la casa estuviera tranquila, cómo regresó al cristal, cómo su respiración empezó a empañar el vidrio. La excitación de saberme observada, de saberlo perdido por mí, me iba calentando por dentro como una brasa lenta.
De pronto, vencido por el deseo, don Rodrigo se soltó el cinturón. Yo entreabrí más las piernas, fingiendo un movimiento de sueño, regalándole una vista completa. Escuché su jadeo apagado contra el cristal, lo escuché susurrar mi nombre, y eso terminó de encenderme. Llevé mi propia mano entre las piernas, todavía boca abajo, acariciándome despacio sobre el encaje húmedo.
Él se dio cuenta. Vio mi mano moverse y, por un instante, dudó si seguía dormida o si lo estaba dejando mirar a propósito. Esa duda lo enloqueció. Sus jadeos se volvieron más audibles, más urgentes, y yo dejé de fingir. Solté un gemido suave, después otro, hasta que nuestras respiraciones empezaron a responderse a través del vidrio.
Abrí los ojos del todo y lo miré de frente. Don Rodrigo se quedó petrificado, descubierto, pero ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos. Con la mirada me suplicó que abriera el ventanal. Y yo no quise resistirme más.
Me levanté, caminé hasta el cristal y solté el seguro. Gustavo lo había dejado cerrado a propósito, parte del juego, pero ahora era yo quien decidía. Don Rodrigo deslizó el ventanal y entró. No alcanzamos a decir nada: me eché a sus brazos y nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lleno de la tensión acumulada durante dos días.
Sus manos ásperas recorrieron mi espalda, mi cintura, la curva de mis caderas. Eran manos de hombre grande, de hombre que sabe lo que hace, y cada caricia me confirmaba por qué prefiero la experiencia a la prisa de la juventud. Lo besé con fuerza, abrazada a su cuello, mientras él me apretaba contra sí.
—Llevo dos días sin pensar en otra cosa —me dijo al oído, con la voz ronca—. Desde que la vi en esa ventana.
—Lo sé, don Rodrigo —le respondí, sonriendo contra su boca—. Lo supe desde el primer momento.
Lo guie hacia la cama y lo senté en el borde. Me arrodillé frente a él sin dejar de mirarlo a los ojos, disfrutando de su expresión de incredulidad, de ese hombre maduro que apenas un rato antes solo se atrevía a fantasear detrás de un cristal y ahora me tenía a sus pies. Sabía que en la habitación de al lado Gustavo escuchaba todo, y esa certeza no hizo más que aumentar mi deseo.
—Tranquilo —le susurré, acariciándole los muslos—. Tenemos toda la mañana.
Y vaya que la aprovechamos. Don Rodrigo demostró que la edad, lejos de quitarle vigor, le había enseñado la paciencia que tantos jóvenes ignoran. No tuvo prisa. Me trató, tal como me había prometido aquella primera tarde, como a una reina. Cuando por fin se marchó, ya entrada la mañana, me dejó tendida en la cama con una sonrisa de satisfacción que tardó horas en borrarse.
Gustavo salió de su escondite con la misma sonrisa.
—Te dije que ibas a terminar con él —dijo, acostándose a mi lado.
—Y tú me lo serviste en bandeja, papi —le contesté, besándolo—. Por eso te quiero.
Don Rodrigo siguió viniendo a podar el jardín cada semana. Y, de vez en cuando, también se queda a tomar un vaso de agua fresca a la sombra. Digamos que el mantenimiento de la casa nunca había estado en mejores manos.





