La viuda que me llamó cuando terminó el verano
Cuando terminó septiembre y con él las excusas para pasar la tarde en la piscina del barrio, una idea empezó a darme vueltas en la cabeza: volver a estar con Renata. Todavía me quedaban unos días de vacaciones, así que no me resultaría difícil inventar un motivo para verla a solas, como aquella mañana en que todo había empezado entre nosotros.
Había planeado hacerlo apenas regresara del viaje que pasé fuera de la ciudad, pero al volver me llevé una decepción. Renata también se había marchado unos días. Debí poner una cara muy elocuente, porque quien me lo contó esbozó una sonrisa pícara y, sin que yo lo pidiera, me anotó su número de teléfono en un papel.
Como si supiera perfectamente lo que yo andaba buscando.
La llamé en cuanto estuve solo. Le dije, sin demasiados rodeos, que tenía ganas de volver a verla. Renata se rió bajito al otro lado de la línea, con esa voz ronca que ya conocía, y quedamos en encontrarnos al día siguiente en su casa. No pegué ojo esa noche.
Llegué puntual, casi diez minutos antes de la hora. Toqué el timbre y ella abrió enseguida, como si hubiera estado esperando del otro lado de la puerta. En cuanto la cerró a mi espalda, me empujó contra la pared y me besó con una urgencia que no admitía dudas.
—Mi niño —murmuró contra mis labios—, no tienes idea de las ganas que tenía de verte.
Llevaba una bata colorada de andar por casa, de esas de seda fina que se abren con cualquier movimiento. Por el escote asomaba un conjunto de lencería negra que le sentaba demasiado bien para ser casualidad. Me tomó de la mano y me guió por el pasillo. La última puerta que abrió fue la de su dormitorio.
Se sentó en el borde de la cama y dio una palmadita en el colchón, a su lado.
—La otra vez fuiste tú quien me invitó a tu cama —dijo—. Ahora me toca a mí. Ven, siéntate aquí.
Cuando me senté, dejó caer la bata por los hombros. El conjunto negro quedó a plena vista, y yo me quedé sin saber qué hacer con las manos.
—Estarás más cómodo sin los zapatos —dijo, y se agachó a ayudarme con los cordones.
Sus dedos subieron por mis piernas, primero sobre la tela del pantalón, despacio, midiendo cada centímetro. Cuando llegó a mi entrepierna ya estaba duro, y ella lo notó.
—Creo que es hora de saludar a una vieja amiga —dijo con una media sonrisa.
Me desabrochó el pantalón sin prisa. Me bajó la cintura lo justo, me acarició por encima de la ropa interior un rato largo, hasta que decidió liberarme del todo. Me besaba el pecho mientras me subía la camiseta, y entre beso y beso terminó de quitarse la bata.
—Soy toda tuya —susurró, tumbándose hacia atrás.
***
Le pedí que se recostara del todo y me coloqué entre sus piernas. Aparté la tela del tanga con un dedo.
—No sabes cuánto esperé esto —dije, y bajé la cabeza.
La recorrí despacio con la lengua, atento a cada estremecimiento, a la manera en que sus caderas buscaban mi boca. Renata enredó los dedos en mi pelo y empezó a hablar entrecortado.
—Así, mi amor… me vuelves loca.
Seguí hasta que su respiración se quebró y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba y luego se aflojaba bajo mis manos. Me quedé quieto un momento, con la mejilla apoyada en el interior de su muslo.
—Gracias —dijo, todavía agitada—. Ahora deja que me ocupe yo de ti.
Se incorporó, terminó de quitarme el pantalón y la ropa interior y me empujó con suavidad sobre la cama. Me trepé encima de ella y nos besamos largo, sin apuro. Le solté el sujetador y sus pechos quedaron libres. Pasé la lengua por uno de sus pezones mientras ella arqueaba la espalda.
—Me encanta lo que me haces —jadeó—, pero me muero por sentirte dentro.
Me arrodillé entre sus piernas y le quité el tanga deslizándolo despacio hasta los tobillos. Se había depilado por completo, y la imagen me golpeó como una descarga. Cuando empecé a entrar en ella, despacio, Renata soltó un gemido grave y largo.
—Cómo te extrañaba —dijo, clavándome los talones en la espalda.
Me hundí del todo. Ella se movía a mi ritmo, anticipándose, pidiendo más sin palabras. La sentí correrse otra vez, con un grito que ahogó contra mi hombro. Cuando noté que estaba a punto de terminar, me detuvo con una mano en el pecho.
—Quiero que acabes en mi boca —dijo.
Me puse de pie sobre el colchón y ella se arrodilló frente a mí. Lo que hizo a continuación lo hacía con una destreza que solo dan los años. No paró hasta el final, y yo no tuve fuerzas para avisarle a tiempo.
***
Después nos quedamos tumbados, recuperando el aliento, y empezamos a conversar. Me contó que era viuda, que su marido había muerto hacía unos años, que tenía tres hijos ya grandes y viviendo cada uno por su lado. Desde la muerte de él no había estado con nadie, hasta aquella mañana que compartimos por primera vez.
—Me devolviste algo que creía perdido —dijo, mirando al techo.
Yo empezaba a recuperarme, y ella lo notó antes que yo. Una sonrisa traviesa le cruzó la cara.
—¿Te apetece que siga? —preguntó, ya con la mano en el lugar correcto.
No tuve que contestar. Se acomodó a mi lado, con la cabeza junto a mi cadera, y volvió a metérsela en la boca. Me contó, entre caricias, que a su marido le gustaba que lo hiciera y que con los años se había vuelto una experta. Lo que él nunca le devolvía, en cambio, era el favor con la lengua; por eso, dijo, lo que yo le hacía le parecía un regalo.
Cuando estuve duro otra vez, se incorporó.
—Quiero cabalgarte —anunció.
Me quedé tumbado y ella se sentó encima, despacio, dejándose caer centímetro a centímetro.
—No sabes las ganas que tenía de volver a hacer esto —murmuró, empezando a moverse.
Se entregó como si le fuera la vida en ello. Tuvo dos orgasmos seguidos mientras yo aguantaba con los dientes apretados, decidido a no terminar antes que ella. Cuando la vi cansarse, le propuse cambiar de postura. Se recostó de espaldas, yo me arrodillé y volví a entrar. Llevar el ritmo, verla deshacerse poco a poco, saber que era yo quien la llevaba hasta ahí: eso me gustaba todavía más que dejarme llevar. Se corrió ella primero, y un instante después la seguí.
***
Cuando recuperamos el aliento, Renata me dio una mala noticia: se iba unos días a su pueblo, aunque prometió volver pronto. Quedamos en vernos la víspera de su partida.
Ese día me presenté en su edificio, toqué el timbre y subí. La puerta del apartamento estaba entreabierta. Pregunté si había alguien y su voz me contestó desde el dormitorio, invitándome a pasar.
La encontré tumbada en la cama, con una bata blanca abierta que dejaba a la vista la ropa interior y uno de sus pechos. Era una imagen calculada, de las que se quedan grabadas. Me pidió que me echara a su lado.
—Vamos a estar unos días sin vernos, justo ahora que lo habíamos retomado —dijo—. Así que vamos a despedirnos como Dios manda.
Empezó acariciándome por encima del pantalón, sin prisa, acercando su pecho a mi cara. Volví a besarla donde sabía que le gustaba, y ella gemía bajito, encantada. Después se apartó.
—Ahora me toca a mí despedirme de mi amiga —dijo.
Me ayudó a quitarme el pantalón y la ropa interior, me acarició con la mano hasta dejarme durísimo y se inclinó. Sentí otra vez aquella boca que sabía exactamente cómo volver loco a un hombre.
—Lo haces de una manera increíble —le dije, casi sin voz.
No respondió, pero la sentí sonreír. Cuando temí terminar demasiado pronto, la detuve con suavidad.
—Me toca despedirme yo de este lugar —dije, y la hice tumbarse.
Bajé entre sus piernas y me tomé mi tiempo. El sabor, el calor, la forma en que arqueaba la espalda: todo me parecía mejor que la primera vez. Renata empujó mi cabeza contra ella.
—Voy a echar de menos esa lengua —jadeó—. Sigue, mi amor, sigue.
Seguí hasta que un temblor la recorrió de arriba abajo y se dejó ir con un gemido largo.
—¿Y si pasamos a lo importante, mi rey? —preguntó después, recuperando el aliento.
—Cuando quieras —respondí.
***
Me puse un condón y me eché de costado. Renata se acomodó frente a mí, tomó mi mano y la guió, y se fue acercando hasta encajarnos.
—Adelante —dijo con una risa pícara—, entra de una vez, que esta vieja te lleva esperando todo el día.
Iba a protestar, a decirle que de vieja no tenía nada, que era una mujer madura que me ponía como pocas, pero entendí que la mejor respuesta era moverme. Y me moví. Ella se acoplaba a mi ritmo como si lo hiciéramos a diario.
—Mi ex nunca me dio ni la mitad de lo que me das tú —murmuró contra mi cuello.
La verdad es que era ella quien me lo daba todo a mí. Cuando la noté cansarse de la postura, le propuse otra: ella tumbada, una pierna sobre mi hombro, yo de rodillas marcando el paso. En esa posición las sensaciones eran distintas, más hondas, y saber que la llevaba al borde me hacía sentir invencible.
—Me llevas a la gloria —dijo, y se corrió otra vez con un temblor que la sacudió entera.
Yo seguía firme. Continué un rato más, hasta que ella me pidió, con un hilo de voz, que me quitara el condón: quería sentir el final sobre su vientre. Le hice caso. Me lo quité, me coloqué a la altura de su cuerpo y terminé sobre su piel, mientras ella me miraba con los ojos entornados y una sonrisa de satisfacción.
Descansamos un rato, pero ninguno de los dos parecía dispuesto a terminar la tarde así. Su mano volvió a buscarme, y yo descubrí que esa mujer podía levantarme las veces que quisiera. Esta vez fui yo el que pidió.
—Déjame despedirme también de tu espalda, como te mereces.
—Puedes hacer lo que quieras conmigo —dijo, poniéndose a cuatro patas—. Aunque seguro que por ahí tendrás cuerpos más jóvenes donde elegir.
No le contesté. La visión de su cuerpo así, ofreciéndose, me dejó sin argumentos. Me coloqué detrás y entré despacio. Ella gimió, y el sonido de nuestros cuerpos chocando avivó todavía más las ganas.
—No sabes lo feliz que me haces —decía—. Me siento mujer otra vez.
Llevé una mano hasta su sexo y la acompañé desde ahí. Estaba empapada, y eso me encendió más. La sentí correrse una vez más, con un gemido que me arrancó cualquier resto de control.
—Sigue, mi amor —insistió—. Quiero sentir el final sobre mi piel.
Aguanté todo lo que pude, frenando y retomando, alargando la despedida porque sabía que sería la última en mucho tiempo. Hasta que no hubo manera de parar. Terminé con un estremecimiento largo, y me quedé quieto, todavía dentro de ella, escuchando nuestras respiraciones bajar de a poco.
Después nos abrazamos en silencio, con la luz de la tarde colándose por las persianas. Ella me acariciaba el pelo y yo pensaba que pocas despedidas valían tanto la pena. Cuando me marché, ya de noche, llevaba grabada la promesa de que aquello, en cuanto volviera, tendría una continuación.





