Mi padrino apareció en la puerta a medianoche
Esa noche me había quedado sola en casa a propósito. Mi madre había salido con sus amigas y no volvería hasta la madrugada, así que apagué las luces del salón y me metí en la cama con una copa de vino y la cabeza llena de pensamientos que llevaba semanas intentando callar.
Tenía treinta y un años y demasiado tiempo libre. Mi último novio se había mudado a otra ciudad y desde entonces dormía sola, inquieta, despertándome a horas raras con el coño mojado y nadie al lado. Esa noche era una de esas. Me quité la bata, me quedé con una camiseta fina que apenas me cubría las tetas y dejé que la mano bajara despacio entre mis piernas, resbalando por la humedad que ya me esperaba ahí, mientras pensaba en cosas que jamás confesaría en voz alta.
El vino me había soltado por dentro. Cerré los ojos y dejé que la imaginación corriera sin freno, buscando una cara, una voz, unas manos que supieran lo que hacían. Mis dedos empezaron a trazar círculos lentos sobre el clítoris, apretando cada vez que imaginaba una polla gorda abriéndome de un solo empujón. No quería un chico nervioso de mi edad. Quería a alguien que tomara el control, que me leyera el cuerpo sin tener que explicarle nada, que me follara como si yo fuera de su propiedad. Esa era la fantasía que me daba vergüenza incluso de pensar, y esa noche la tenía bien aferrada, con dos dedos hundidos en mi coño y el pulgar bailando arriba, cuando todo cambió.
Y entonces sonó el timbre.
Pegué un salto. ¿Quién llamaba a esa hora? Me incorporé con el corazón acelerado, me puse unos shorts y caminé descalza hasta la entrada. Miré por la mirilla y me quedé helada.
Era Ramón. Mi padrino.
Llevaba años sin verlo. Cuando yo era pequeña venía a casa por mi cumpleaños, siempre con un regalo demasiado caro y una sonrisa que mi madre encontraba encantadora. Después se distanció, viajes, negocios, la vida. Y ahora estaba ahí, a medianoche, con un abrigo oscuro y el pelo plateado peinado hacia atrás.
Abrí la puerta.
—Hola, Marina —dijo, y su voz era más grave de lo que recordaba—. Sé que es tarde. Necesitaba verte.
Ramón tenía cincuenta y ocho años y los llevaba como una amenaza elegante. Ya no era el hombre fornido de las fotos viejas, pero conservaba un porte seco y firme, los hombros anchos, una mirada que no pedía permiso para nada. Me dio un abrazo y sus manos bajaron por mi espalda con una lentitud que no tenía nada de paternal, hasta apoyarse un instante sobre la curva de mi culo, apretándome contra él lo justo para que yo notara el bulto duro de su polla contra mi vientre.
—Padrino —dije, apartándome un poco, sonrojada—. Pasa, por favor.
Entró sin prisa, mirando alrededor, y luego se giró hacia mí. Sus ojos recorrieron mis piernas desnudas, la camiseta fina donde se marcaban los pezones duros, y no hizo ningún esfuerzo por disimularlo.
—Te ves agitada —dijo—. ¿Interrumpí algo?
Lo sabe. Sabe exactamente lo que estaba haciendo. Sabe que tengo los dedos oliendo a coño.
—No, nada importante —mentí—. Mamá no está. Salió con sus amigas.
—Lo sé —respondió, y algo en cómo lo dijo me erizó la piel—. Vine a verte a ti.
Me quedé sin saber qué contestar. Él dejó el abrigo sobre el respaldo de una silla, se acercó y me tomó por la cintura con una sola mano, como si fuera lo más natural del mundo. Yo debería haber dado un paso atrás. No lo di.
—Siempre fuiste mi favorita —murmuró, con la boca cerca de mi oído—. Y dejé de venir porque empezaste a mirarme como me estás mirando ahora. Porque una noche te vi salir de la ducha con una toalla en la mano y supe que si volvía a esta casa te iba a follar contra la pared antes de que dijeras hola.
El aliento se me cortó. Sentí un tirón caliente entre las piernas, ese mismo cosquilleo que me había llevado a la cama hacía un rato, solo que ahora multiplicado, con el coño empapando ya la tela de los shorts. Su mano subió un poco, los dedos rozando la piel bajo la camiseta, subiendo hasta encontrar una teta desnuda. Me pellizcó el pezón sin aviso, con la calma de quien sabe que puede, y yo levanté la cara casi sin darme cuenta.
—No deberíamos —susurré, pero ni yo me lo creí.
—No —dijo él—. Por eso vas a disfrutarlo el doble.
Y me besó.
Fue un beso profundo, dueño de la situación, sin nada de la torpeza nerviosa de los hombres de mi edad. Su lengua entró en mi boca con una calma deliberada, explorando, midiéndome, y yo me derretí contra su pecho. Mis manos encontraron la firmeza de su torso bajo la camisa y se quedaron ahí, agarradas, mientras él me besaba como si tuviera toda la noche para hacerlo. Su otra mano bajó por mi espalda, se metió por dentro de los shorts, ahuecó una nalga y apretó, un dedo curioso deslizándose por la raja hasta rozarme el culo, midiendo mi reacción. No me aparté. Al contrario, empujé las caderas contra las suyas para que sintiera lo mojada que estaba.
Cuando se separó, yo respiraba entrecortado.
—Ay, padrino… —alcancé a decir.
—Calla —ordenó suavemente, y me llevó de la mano hasta el sofá del salón.
***
Me sentó al borde y se arrodilló frente a mí con una elegancia que me desarmó. Sus manos subieron por mis muslos, despacio, abriéndome las piernas centímetro a centímetro, y yo dejé caer la cabeza hacia atrás. Tiró de mis shorts y yo levanté las caderas para ayudarlo. Los shorts salieron con la braguita pegada, y me quedé abierta ante él, con el coño depilado brillando de humedad bajo la luz tenue de la lámpara del rincón. No hubo prisa en ningún momento. Eso era lo que me volvía loca: la paciencia.
—Mírate —dijo, con la voz ronca, separándome los labios del coño con dos dedos para mirarme por dentro—. Tan mojada y ni siquiera te he tocado todavía. Estás chorreando, Marina. Se te ve el agujero pidiéndolo.
—Por favor —pedí, y me sorprendió lo desesperada que sonaba mi propia voz.
Bajó la cabeza entre mis piernas y su boca encontró el centro exacto de mi placer. No fue brusco. Fue lento, hambriento, una lengua que sabía dónde apretar y dónde aflojar, que jugaba conmigo como si llevara años imaginándolo. Empezó por lamerme entera, de abajo hacia arriba, un lengüetazo largo y goloso que me arrancó un gemido agudo. Después se concentró en el clítoris, envolviéndolo con los labios y chupándolo suavemente, mientras el bigote canoso me raspaba la carne más sensible. Yo me agarré del borde del sofá y empecé a temblar. Cada vez que sentía que iba a llegar, él reducía el ritmo y me dejaba colgada al borde, jadeando, suplicando.
—Padrino, no pares —gemí—. Por favor, no pares.
—Vas a correrte cuando yo lo diga —respondió, levantando un segundo la mirada, la barbilla brillante con mis jugos—. No antes. Aprende a esperar.
Y volvió a bajar. Esa vez no se detuvo. Su lengua trabajó sin piedad, dibujando círculos apretados sobre el clítoris, mientras dos dedos entraban en mí, curvándose, encontrando un punto que me hizo arquear toda la espalda. Los movía con un ritmo constante, hacia adentro y hacia arriba, follándome despacio con la mano mientras me chupaba el clítoris cada vez más rápido. Sentí cómo el orgasmo se me subía desde las piernas, un temblor eléctrico que no podía contener. Exploté con un grito que seguramente se escuchó en toda la calle, el cuerpo sacudiéndose en oleadas, las piernas cerrándose alrededor de su cabeza, el coño ordeñándole los dedos con espasmos violentos. Él no aflojó hasta que me quedé floja, deshecha, respirando como si hubiera corrido kilómetros, con un hilo transparente cayéndome por dentro del muslo.
—Buena chica —dijo, poniéndose de pie y limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Ahora chúpalos.
Me metió en la boca los dos dedos que acababan de estar dentro de mí y yo los mamé sin pensar, saboreándome, con los ojos clavados en los suyos. Lo miré desde abajo, todavía temblando, y entendí que no quería que parara ahí. Quería más. Quería toda esa polla dentro. Quería todo lo que ese hombre estuviera dispuesto a darme. Me incorporé un poco, alargué la mano hacia él y lo acaricié por encima del pantalón. Estaba duro como una piedra, larga y gruesa, y al sentirlo se me escapó un suspiro de pura anticipación. Le bajé la cremallera con dedos torpes, saqué la polla y me quedé mirándola un segundo: gorda, venosa, la cabeza morada y brillante de una gota que ya empezaba a asomar.
—Despacio —advirtió, atrapándome la muñeca con una sonrisa torcida cuando quise metérmela en la boca de golpe—. Esto lo manejo yo. Sacá la lengua.
Le hice caso. Saqué la lengua y él se apoyó la polla encima, restregándomela sobre los labios y la mejilla, marcándome con su humedad. Después me agarró la nuca y empujó la cabeza hacia adelante hasta hundirme la verga entera en la boca. Sentí la cabeza chocar contra el fondo de mi garganta y arqueé una arcada, pero no me soltó. Me mantuvo ahí unos segundos, mis ojos llenándose de lágrimas, y después empezó a moverse él, follándome la boca a su ritmo, entrando y saliendo con embestidas medidas mientras yo trataba de respirar por la nariz. La saliva me caía por el mentón, se me acumulaba en las tetas, y él sonreía mirándome hecha un desastre.
—Así, preciosa, así. Con esa boquita que Dios te dio para pecar.
Me sacó la polla cuando yo ya estaba viendo estrellas y me miró un momento, evaluando, con la verga latiéndole en la mano.
***
Me giró sin preguntar. Sus manos me colocaron de rodillas sobre el sofá, el pecho contra el respaldo, las caderas levantadas hacia él y el culo bien alto. Escuché el sonido de su cinturón terminando de caer, el roce de la tela cayendo al suelo, y luego sentí el calor de su cuerpo pegándose al mío. Restregó la polla entre mis nalgas, resbalándola por toda la raja, deslizándola después por los labios del coño sin llegar a meterla, hasta que se me escapó un quejido de puro fastidio.
—¿Esto es lo que querías cuando abriste la puerta así vestida? —preguntó, pasando una mano por mi espalda hasta agarrarme del pelo con firmeza, sin hacerme daño—. ¿Que tu padrino te partiera en dos en el sofá de tu madre?
—Sí —confesé—. Sí, padrino. Métemela ya, por favor.
—Pídelo bien.
—Fóllame —jadeé, empujando el culo hacia atrás—. Fóllame con esa polla, padrino, te lo suplico.
Entró de una sola embestida, firme y completa, hasta el fondo, y yo grité contra el cojín. Llevaba semanas sola y de pronto estaba llena de un hombre que sabía exactamente lo que hacía. Se quedó quieto un segundo, dejando que me acostumbrara al calibre, y después se retiró casi entera para volver a hundirla de un golpe seco que me sacudió el cuerpo entero. Empezó a moverse con un ritmo medido, profundo, cada empuje arrancándome un gemido nuevo. Mis pechos se balanceaban bajo la camiseta con cada golpe de sus caderas, y el sonido de nuestros cuerpos chocando —el chapoteo húmedo del coño tragando polla, el golpe seco de sus huevos contra mi clítoris— llenó el salón en penumbra.
—Más fuerte —pedí, empujando hacia atrás para encontrarme con él—. Por favor, más fuerte.
Me dio lo que pedía. Aumentó el ritmo, una mano agarrada de mi cadera y la otra todavía en mi pelo, sometiéndome al respaldo del sofá con una fuerza que me dejaba sin aire. Me arqueó la espalda tirándome del pelo hasta que la cabeza me quedó suspendida en el aire, la nuca apoyada en su hombro, y me follaba desde atrás como si quisiera atravesarme. Su otra mano me rodeó y encontró el clítoris, frotándomelo en círculos apretados mientras seguía embistiéndome.
—Qué coño más rico —gruñó junto a mi oreja—. Me lo estás apretando toda, guarra. ¿Te gusta la polla de tu padrino? Contesta.
—Me encanta —lloriqueé—. Me encanta tu polla, padrino, no pares nunca.
Sentí cómo se acercaba un segundo orgasmo, distinto al primero, más hondo, construyéndose desde el centro de mi vientre, empujado por cada embestida y por esos dedos que no me daban tregua sobre el clítoris.
—No te aguantes —jadeé—. Estoy a punto otra vez.
—Córrete conmigo —ordenó, y su voz se quebró por primera vez en toda la noche—. Apriétame esa polla, córrete en ella.
Llegué con un temblor largo que me recorrió de pies a cabeza, apretándome alrededor de él en contracciones rítmicas, y lo sentí estremecerse detrás de mí, sus dedos clavándose en mi piel mientras se vaciaba con un gruñido grave. Sentí los chorros calientes llenándome por dentro, uno tras otro, mientras él seguía metiéndola y sacándola despacio, exprimiendo hasta la última gota dentro de mi coño. Nos quedamos así un instante, encajados, respirando fuerte, antes de que él se retirara despacio, con un ruido húmedo, y una mezcla espesa de semen y jugos empezara a resbalarme por dentro del muslo. Me ayudó a girarme y me miró con satisfacción de dueño.
***
Caí sentada en el sofá, deshecha y satisfecha, con las piernas todavía abiertas y su corrida saliéndoseme lentamente, mirándolo mientras se acomodaba la ropa con una tranquilidad pasmosa. Ningún hombre de mi edad me había hecho sentir así, tan tomada, tan follada, tan vista. Ramón se inclinó, me dio un beso suave en la frente y una palmada en el muslo, justo al lado del coño empapado.
—Te ves preciosa cuando acabas de portarte mal —dijo, con una media sonrisa—. Y toda llena de mí.
—Gracias, padrino —respondí, y me reí, todavía aturdida—. Nunca imaginé sentir algo así.
Iba a decir algo más cuando escuché la llave en la cerradura. La sangre se me heló. La puerta se abrió y mi madre apareció en el umbral, las llaves todavía en la mano, mirándonos a los dos: a mí despeinada en el sofá con las piernas abiertas y una mancha oscura extendiéndose sobre el cojín, a Ramón de pie a mi lado con la camisa medio abierta y el bulto húmedo marcado en el pantalón.
—¿Ramón? —dijo despacio, dejando el bolso en el perchero sin apartar los ojos de nosotros—. ¿Qué está pasando aquí?
Él no se inmutó. Se giró hacia ella con la misma calma con la que había hecho todo esa noche, y yo entendí, mirando la cara de mi madre, que esa visita no había sido para mí solamente. Que había historias en esa casa más viejas que yo.
—Carmen —dijo él, sereno—. Creo que tenemos mucho de qué hablar.
Mi madre cerró la puerta a su espalda sin hacer ruido, se acercó despacio y se sentó en el sillón de enfrente. No gritó. No se fue. Solo nos miró a los dos, largo y en silencio, la vista bajando un instante hasta mi coño abierto y brillante antes de subir de nuevo a mis ojos, y supe que esa noche apenas estaba empezando.





