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Relatos Ardientes

Lo que pasó con el amigo casado de mi padre

Desperté con el cuerpo todavía zumbando por la fiesta, la piel sensible en lugares que no recordaba haber expuesto y dos marcas rojas en el cuello que ardían cada vez que giraba la cabeza sobre la almohada. Tomás seguía durmiendo a mi lado, boca abajo, ajeno a todo, como si la noche entera hubiera sido un sueño que solo yo había tenido. Me dolía la cabeza por el pisco y la culpa empezaba a asomar, lenta, pero por debajo de todo eso había un calor terco entre las piernas que no se iba.

Me vestí en silencio, le dejé un mensaje en el velador para que no se preocupara y pedí un auto desde la aplicación. Mientras esperaba en la vereda, miré las historias de la noche anterior en el teléfono. Ahí estábamos Lucía y yo, demasiado pegadas, riéndonos contra una pared, su boca casi en mi oreja. Borré la última antes de que alguien más la viera.

Llegué a casa cuando el sol ya pegaba fuerte contra las ventanas del living. Tenía la garganta seca, así que fui directo a la cocina por un vaso de agua. No esperaba encontrar a nadie despierto a esa hora un domingo.

Renata estaba sentada en la barra, con un café entre las manos y esa cara suya de tribunal, la que ponía cuando ya sabía algo y solo esperaba que yo lo confesara.

—Te vi salir en las historias con la prima de Pau —dijo sin rodeos, levantando una ceja—. Bien pegada, eh. No sabía que te gustaban las mujeres.

Me reí, nerviosa, me serví el agua y me senté frente a ella. No tenía sentido mentirle. Renata me conocía desde antes de que yo me conociera a mí misma.

—Estuvo bien, hermana. Muy bien —admití, sintiendo el calor subirme a la cara—. Pasó algo. Lo pasamos increíble.

Soltó una carcajada y negó con la cabeza, entre escandalizada y divertida.

—Estás loca. ¿Y Tomás?

—Durmiendo como tronco. Ni se enteró.

Nos reímos un rato, conversando de la fiesta, de quién había terminado con quién, de la resaca que las dos arrastrábamos. Pero en algún momento Renata se quedó callada, mirando fijo su taza, como si juntara coraje para algo. Cuando levantó la vista, el tono había cambiado.

—Oye. Hace tiempo que siento una vibra rara entre tú y Esteban. —Hizo una pausa—. Respétalo, por favor. Es amigo de papá desde siempre. Y está casado.

El vaso se me quedó congelado a mitad de camino. Sentí el agua fría bajar despacio, como si el cuerpo entero se me hubiera detenido.

—¿Casado? —pregunté, y la voz me salió más fina de lo que quería—. ¿Esteban está casado?

Renata asintió, seria.

—Te acostaste con él, ¿verdad?

No pude sostenerle la mirada. Bajé la cabeza y asentí, lento, sintiendo la cara arder hasta las orejas.

—Sí. Pero él nunca me dijo nada.

—Mara, por favor. —Se enderezó, ahora francamente molesta—. Papá lo está ayudando a traer a la mujer al país. Dice que en un par de meses ya está acá. Cuenta que ella es complicada, que están medio peleados, no sé. Pero está casado. No te metas en eso. Si papá se entera, se arma la grande. Esteban es como un tío para nosotras.

Me sentí pésimo. Una culpa pesada, como si me hubieran vaciado encima un balde de agua helada. Tomás me había pedido ser su novia hacía dos semanas, en la playa, con el mar de fondo y una sonrisa que no se merecía un no. Y yo le había dicho que no, porque tenía la cabeza ocupada por otro. Por un hombre que, resultaba ahora, dormía con alguien al otro lado del océano.

¿Y ahora resulta que tiene esposa?

Me paré sin decir nada. Renata me llamó por mi nombre dos veces, pero yo ya estaba subiendo las escaleras, descalza, con el corazón golpeándome en el cuello como un puño.

***

Golpeé suave la puerta de la pieza de Esteban. No esperé respuesta. Entré.

Estaba en la cama, recostado contra el respaldo, leyendo algo en el teléfono, en bóxer y nada más. La luz de la mañana le caía oblicua sobre el pecho y los hombros, y por un segundo me quedé sin saber qué había venido a hacer ahí. Él levantó la vista y me sonrió de lado, con esa calma suya que siempre me desarmaba.

—¿Qué pasa, Mara?

Cerré la puerta a mi espalda. Me acerqué dos pasos, temblando, con los brazos cruzados sobre el pecho como si así pudiera protegerme de algo.

—¿Estás casado? —Las palabras me salieron atropelladas—. ¿Por qué no me dijiste? Mi papá te está ayudando a traerla, y yo acá pensando que…

No terminé la frase. No sabía cómo terminarla.

Esteban dejó el teléfono boca abajo sobre la sábana. Suspiró, se incorporó y se sentó al borde de la cama, los codos en las rodillas, mirándome con una paciencia que me daba rabia.

—Sí, estoy casado —dijo, sin dramatismo—. Pero no es lo que crees. Ella es complicada, por eso vine solo. Lo nuestro hace rato que no es nada. —Se pasó una mano por el pelo—. No es serio, Mara. Esto que tenemos tú y yo es otra cosa. Es pasarlo bien. Y me encanta cómo eres.

—No tendrías que haberme dejado descubrirlo así —murmuré.

—Tienes razón. —Se levantó. Estaba más cerca de lo que yo había calculado—. No tendría. Perdón.

Esa fue su única defensa, y no debería haberme alcanzado. Pero me agarró de la cintura, suave, con las dos manos, y yo no me aparté. Ese era el problema de siempre con Esteban: yo sabía exactamente lo que estaba mal, y mi cuerpo elegía no hacerme caso.

—Déjame mostrarte por qué vale la pena —dijo bajito, contra mi sien.

Me besó el cuello, justo sobre la marca que Lucía me había dejado la noche anterior. Si la vio, no dijo nada. Bajó por la clavícula, lento, mientras sus manos me subían la polera. Cuando me la sacó por la cabeza y vio mi piel marcada, gruñó algo ronco, una sola sílaba, y me miró a los ojos un segundo, una pregunta que ninguno de los dos formuló. Después siguió.

Me recostó en la cama con un cuidado que contrastaba con todo lo demás. Me abrió las piernas con las palmas, despacio, y bajó la boca sin apuro. Cuando su lengua me alcanzó, fue plana y caliente, recorriéndome entera antes de cerrarse sobre el punto exacto. Arqueé la espalda. No quería gemir; lo hice igual, bajito, mordiéndome el dorso de la mano para que Renata no escuchara desde abajo.

Metió dos dedos, curvándolos hacia arriba, buscando, mientras la boca seguía trabajando en círculos lentos. Conocía de memoria cómo desarmarme, y eso me daba rabia y placer en partes iguales. El orgasmo me subió rápido, más rápido de lo que quería admitir, y cuando llegó me dejó temblando, con los muslos cerrados a los lados de su cabeza y la respiración rota.

No me dio tregua. Se incorporó, se sacó el bóxer y se acomodó entre mis piernas. Entró despacio, profundo, y yo le clavé las uñas en el antebrazo. Me agarró las muñecas y me las sostuvo sobre la cabeza, contra la almohada, inmovilizándome con una firmeza que me cortó la respiración.

—Quédate quieta —dijo, y yo obedecí.

Me folló con embestidas medidas, sin prisa, mirándome todo el tiempo a la cara como si quisiera registrar cada gesto. Yo le susurré que era suya, que no parara, palabras que en frío me habrían dado vergüenza y que en ese momento me salieron solas. Él aceleró, gruñendo contra mi oído lo mucho que le gustaba cómo me entregaba, y cuando se vino lo hizo apretándome las manos, latiendo dentro de mí, conteniendo el aliento.

Después se quedó encima, besándome la mandíbula, el cuello, la sien, con una ternura que llegaba tarde. Y ahí, justo ahí, mientras el corazón se me normalizaba, volvió la culpa entera, intacta. Tomás me quería de novia. Y yo estaba en la cama de un hombre casado que solo quería pasarlo bien.

Me vestí rápido, sin mirarlo. Él me dijo algo, no sé qué, pero yo ya estaba abriendo la puerta. Crucé el pasillo con las piernas todavía flojas, entré a mi pieza y me tiré en la cama boca arriba, mirando el techo, sintiéndome la peor versión posible de mí misma.

***

El teléfono vibró sobre la mesita. Era una solicitud de Instagram. Lucía. Y, debajo, un mensaje.

«Hola, linda. Estoy sola pensando en ti, en cómo te comí esa noche. ¿Te acuerdas?»

Me quedé mirando la pantalla más tiempo del necesario. Lo correcto, lo sensato, era dejarlo ahí, soltar el teléfono, dormir la resaca y la culpa. En cambio escribí.

«Sí. Me hiciste correrme tres veces. Estoy hecha pedazos hoy, pero te extraño esa lengua.»

Los puntitos aparecieron enseguida.

«Mmm. Imagínate que estoy ahí contigo. Te bajo la ropa interior, te abro las piernas y te lamo despacio, sin apuro, hasta que me supliques.»

Me calenté al instante, lo cual era absurdo después de todo lo que mi cuerpo ya había dado esa mañana. Pero el deseo no entiende de aritmética ni de culpa. Me saqué la polera otra vez, me tomé una foto de la piel marcada y se la mandé sin pensarlo demasiado.

«Mira cómo me dejaste. Mojada solo de acordarme.»

«Qué rica. Quiero morderte despacio, recorrerte entera con la lengua mientras te froto con los dedos. Grábate diciendo mi nombre. Quiero escucharte.»

Dudé un segundo, después abrí la grabadora. Susurré su nombre, dejé que el micrófono captara apenas mi respiración, y se lo mandé antes de arrepentirme. El sexting siguió un rato largo: ella describiéndome con detalle todo lo que me haría la próxima vez que me tuviera cerca, yo contándole cómo me tocaba mientras la leía, las dos suplicando más palabras como si las palabras pudieran sostenerse solas.

Me corrí otra vez, sola, en mi propia cama, con el teléfono apretado contra el pecho y la imagen de su boca clavada detrás de los párpados. Por unos minutos no hubo culpa, ni hombre casado, ni Tomás esperando una respuesta que yo no sabía darle. Solo eso: el placer limpio, sin nombre ni consecuencia.

Fue liberador, casi feliz. Pero cuando bajé el teléfono y el techo blanco volvió a quedarse ahí, quieto, supe que nada de esto terminaba esa mañana. Había abierto demasiadas puertas en una sola noche, y ninguna de ellas iba a cerrarse sola.

Cerré los ojos. Mañana lo resuelvo, me dije, sabiendo que era mentira. Y me dormí con el cuerpo todavía tibio y la certeza de que, eligiera lo que eligiera, alguien iba a salir lastimado. Probablemente yo.

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Comentarios(1)

PaulaCba

Que buenisimoooo!!! Hace tiempo que no leia algo que me enganchara tanto desde el principio. Segui subiendo por favor.

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