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Relatos Ardientes

Me confundió con una estudiante y no lo corregí

Me llamo Renata, estoy separada y vivo sola desde que mi hijo se mudó al campus. Lo tuve muy joven, así que más de uno todavía se ríe cuando nos ve juntos y pregunta si somos hermanos. Me da igual. Estudié, tengo un trabajo que me da cierta holgura y, sobre todo, tiempo para cuidarme. No pienso perder la figura solo porque ya pasé los cuarenta.

Voy al gimnasio cuatro veces por semana. Soy rubia, mido un metro setenta y, con bastante disciplina, sigo entrando en la misma ropa de hace diez años. Mis piernas son lo primero que mira la gente, lo sé porque llevo años notándolo. A veces me miro al espejo antes de salir y pienso que, si me hubieran conocido a los veinte, no habría sido tan distinto.

Aquella tarde había salido temprano de la oficina para pasar por la universidad. Mi hijo, Lucas, cursaba el primer año y me había pedido que lo recogiera porque su coche estaba en el taller. Llegué con tiempo de sobra y me senté en un murete bajo unos árboles, cerca de la entrada principal, a esperar que terminara su última clase.

El campus era un desfile. Chicas que se vestían como si fueran a una sesión de fotos, chicos con cuerpos de gimnasio y esa seguridad insolente de quien todavía no ha recibido ningún golpe de la vida. Yo los observaba por encima del teléfono, divertida, sintiéndome a la vez muy mayor y extrañamente fuera de lugar, como una espía en territorio ajeno.

Estaba en esas cuando alguien se paró frente a mí. Un hombre joven, no más de veintisiete años, moreno, alto, de hombros anchos. Tenía una de esas sonrisas que ensayó tantas veces frente al espejo que ya le salía sola.

—Hola. ¿Estudias acá? Juraría que no te había visto nunca.

Me reí, espontánea, y lo miré un segundo. Hablaba completamente en serio.

—¿Te gustaría que estudiara acá? —le contesté.

Se quedó callado un instante, evaluándome, hasta que algo en mi expresión le hizo entender que se había equivocado de cálculo.

—Perdón… es que de lejos te ves… —titubeó.

—¿Me veo qué?

—Bastante bien. Muy bien, en realidad.

—Ah. Gracias, supongo —dije, conteniendo la sonrisa.

—¿Trabajas en la facultad? ¿O vienes a buscar a alguien?

—Vengo por mi hijo. Ya debe estar por salir. Un gusto.

—Igualmente… me llamo Adrián, por cierto.

Lo miré a los ojos sin contestar enseguida, dejando que el silencio se estirara más de la cuenta.

—Nos vemos, Adrián. Soy Renata.

Me levanté para ir hacia la entrada y alcancé a oír su voz detrás de mí, apurada, como si temiera dejar pasar el momento.

—¡Te queda muy bien esa falda!

No me detuve, pero sonreí para adentro. Sin darme cuenta, enderecé la espalda y caminé moviendo las caderas con una alegría que no sentía hacía tiempo. No todos los días un muchacho lleno de vigor te confunde con una estudiante y trata de seducirte con esa torpeza encantadora.

Cuando salió Lucas volví a mi papel de madre. Lo recibí contenta, le pregunté por sus clases y manejé hasta casa con la radio puesta, todavía sonriendo.

***

Pasaron varios días hasta que nuestros horarios coincidieron de nuevo. Esa vez, sin pensarlo demasiado y sin querer admitir por qué, me puse una falda de mezclilla ceñida y unas sandalias que estilizaban mis piernas. Nada espectacular. Lo suficiente.

Llegué un poco antes de la hora de salida y volví al mismo murete bajo los árboles. Fingía mirar el teléfono, pero no dejaba de vigilar el paso de la gente. Por si veía a Lucas, claro.

—¡Hola, Renata!

Fingí desconcierto.

—Ah… hola… Adrián, ¿verdad?

—¡El mismo! ¿Cómo has estado? No te había vuelto a ver.

—No vengo seguido. Solo cuando salgo temprano de la oficina.

—Qué lástima.

—¿Por qué lo dices?

—Porque así podrías venir más seguido, ¿no?

—Claro. Oye, creo que tenías razón con lo de la falda.

—Sí que la tenía. Te queda demasiado bien.

Charlamos un rato más. Me hacía reír con sus ocurrencias y yo dejaba salir, de vez en cuando, una mirada que no tenía nada de inocente aunque pretendiera lo contrario. Antes de irme me pidió mi número y me pareció lo más natural del mundo dárselo.

Al principio fueron solo saludos. Después memes, canciones, algún audio tonto a medianoche. Yo le respondía como una buena amiga, me repetía. Como una buena chica. El semestre ya estaba avanzado cuando, una tarde, me invitó a un café donde tocaban rock en vivo, en una zona bonita de la ciudad. Por supuesto, me hice la difícil.

—Es un lugar de nivel —insistió—. Nadie te va a molestar. Todo de calidad, como te mereces.

—Mmm. Lo voy a pensar. Te aviso.

Me despedí con un beso en la mejilla y lo dejé esperando un par de semanas.

La cita resultó mejor de lo que esperaba. Reímos, cantamos por lo bajo en nuestra mesa, hablamos de música hasta que cerraron. Prometí que volvería a sacar tiempo. La segunda vez que fuimos hacía calor, así que me puse una blusa negra ligera, una falda de cuero y botas altas. Para estar a tono con el lugar, me dije. Cuando nos despedimos, me besó en la boca. No dije nada. Subí al auto y arranqué. Un rato después llegó su mensaje.

—Espero que no estés enojada. No quise faltarte el respeto.

—Lo hablamos la próxima vez —contesté, y apagué la pantalla con una sonrisa.

***

Nunca llegamos a hablarlo. Volvimos a las risas, a los mensajes, a los cafés. Hacia el final del semestre acepté ir una vez más. En esa época llueve sin piedad y, cuando salimos, la ciudad estaba intransitable. No se veía nada a través del parabrisas. Llamé a Lucas y me dijo que había varias avenidas inundadas, que tardaría horas en llegar. Le dije que esperara, que no me aguardara despierto.

Tampoco podía dejar a Adrián tirado bajo esa tormenta, y en el café me había tomado un par de cervezas. Así que se lo dije sin rodeos.

—Conozco un lugar acá cerca donde podemos esperar a que pase.

Cuando llegamos al hotel, saqué unos billetes de la cartera y se los puse en la mano para que él pagara en la recepción. Entré a la habitación colgada de su cuello, sintiendo sus manos firmes sobre mi cadera, ansiosas, todavía un poco inseguras.

En cuanto cerró la puerta lo besé en la boca, en el cuello, mientras le abría la camisa botón por botón. Le mordí el labio, le lamí la clavícula, y sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo bajo mis manos. Le bajé el cierre del pantalón sin dejar de mirarlo, metí la mano y le agarré la polla por encima del bóxer. Ya la tenía dura, gruesa, palpitándome contra la palma. Le apreté con firmeza y le arranqué el primer gemido de la noche.

—Mírame lo que me tienes acá —le susurré al oído—. Toda esta verga para mí sola.

Bajé despacio, disfrutando su respiración entrecortada, y me arrodillé frente a él. Le solté el cinturón sin dejar de mirarlo a los ojos. Le bajé el pantalón y el bóxer de un solo tirón y su polla saltó frente a mi cara, dura, con la punta ya brillante de líquido. Quería que entendiera quién mandaba antes de tocarlo siquiera.

—Mírame —le dije—. No cierres los ojos. Ni uno solo. Quiero verte la cara mientras te la chupo.

Obedeció. Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, muy lento, deteniéndome en la corona a lamerle el glande como si fuera un caramelo. Le escupí encima y le esparcí la saliva con la mano de arriba abajo, sin apartar los ojos de los suyos. Lo tomé con la boca, lento al principio, marcando yo el ritmo, hundiéndolo hasta la garganta y sacándolo despacio, dejando un hilo largo de saliva colgando entre mis labios y su verga. Cada vez que su respiración se aceleraba demasiado, lo soltaba de golpe, le daba una palmada suave a la polla contra mi mejilla y le sonreía.

—Todavía no, nene. Cuando yo te diga.

—Renata, por favor…

—Shh. Callado.

Volvía a metérmela hasta el fondo, sintiéndolo latir contra mi paladar, y solo lo soltaba para quitarme la ropa, prenda por prenda, mientras él me observaba como quien no termina de creerse su suerte. Primero la blusa. Después el sujetador negro, dejando caer los pechos frente a él con una lentitud calculada. La falda cayó al suelo, y me quedé en tanga y medias mientras seguía mamándosela de rodillas, apretándome yo misma los pezones con la mano libre.

Me levanté y dejé que me recorriera entera. Que besara mi cuello, mis pechos, que me chupara los pezones uno por uno hasta ponérmelos tiesos y enrojecidos. Le empujé la cabeza hacia abajo y él bajó con la lengua por mi vientre, arrancándome la tanga con los dientes. Mi piel brillaba de sudor bajo la luz tibia de la lámpara.

—Eres una belleza —murmuró contra mi muslo—. Eres toda una mujer.

—Lo sé —contesté, hundiendo los dedos en su pelo—. Y vas a aprender a adorarme. Empezá por mi coño. Ábrelo con la lengua.

—Lo que tú digas.

—Sí, nene. Exactamente lo que yo diga.

Las piernas me temblaban cuando me dejé caer en la cama y abrí los muslos de par en par. Él se quedó entre ellos, con la boca hundida en mi coño, chupándome el clítoris con hambre, metiéndome la lengua tan adentro como podía. Le agarré la cabeza con las dos manos y le froté la cara contra mí, restregándome sobre su boca sin ninguna vergüenza. Le sentí meterme dos dedos mientras seguía lamiéndome, doblándolos justo donde tenía que doblarlos, y grité tan fuerte que se me quebró la voz.

—Así, así, no pares, hijo de puta, así…

Me corrí en su boca con las caderas alzadas, empapándole la barbilla, apretándole la cabeza entre los muslos hasta que apenas podía respirar. Cuando lo solté, subió con los labios brillantes y una sonrisa idiota. En un susurro le ordené que se acostara. Me trepé encima, le agarré la polla con la mano, me la froté contra los labios del coño ya empapado y lo miré desde arriba.

—¿La querés adentro? Pedila.

—Sí, Renata, dámela, por favor…

—Por favor qué.

—Por favor métetela toda, cógeme, lo que sea…

Me dejé caer sobre él muy lento, sintiéndolo entrar centímetro a centímetro, abriéndome, llenándome. Cuando lo tuve hasta el fondo, apoyé las manos sobre su pecho y empecé a moverme, subiendo y bajando encima de su verga con una calma cruel, sonriendo al ver su cara desencajada de placer, disfrutando de tener el control absoluto del momento. Le ofrecí mis pechos para que los besara mientras me movía, se los metí a la boca uno por uno, y llevé sus manos a mis caderas para marcarle el compás.

—Mirá cómo se te la traga tu mujer mayor —le dije al oído, sin dejar de moverme—. Mirá cómo entra y sale. Toda para vos.

—Sí… sí, no pares, por favor…

—¿Te gusta mi coño, nene? Decilo.

—Me encanta, me encanta tu coño, me vuelve loco…

Empecé a montarlo más fuerte, dejándome caer con todo el peso, sintiendo cómo me golpeaba adentro. Me agarré de la cabecera y aceleré el ritmo, la carne chocando contra la carne, mis tetas rebotándole en la cara. Le apreté el cuello con una mano, no fuerte, solo lo justo para recordarle quién estaba encima. Cuando sentí que iba a acabarme por segunda vez, me apoyé sobre él, coño contra su hueso, y me froté frenética hasta que exploté de nuevo, mordiéndole el hombro para no gritar demasiado.

Tuve un orgasmo largo y, antes de recuperar el aliento, me incliné sobre su oído.

—Te lo ganaste. Ahora termina como yo quiero.

Me bajé de él, me puse de espaldas, apoyada en las manos y las rodillas, con el culo bien alto y las piernas separadas. Miré por encima del hombro y le mostré todo abierto y goteando.

—Vení. Metémela hasta el fondo. Y no te cortes, quiero que me la des como si me odiaras.

Se arrodilló detrás de mí, me agarró de las caderas con las dos manos y me la clavó de una sola embestida. Grité contra la almohada. Empezó a cogerme duro, sin ningún miramiento, la polla entrándome y saliéndome hasta el fondo con un ruido húmedo y obsceno que llenaba toda la habitación. Me daba palmadas en las nalgas entre embestida y embestida, dejándome la piel roja y ardiendo, y yo se lo pedía.

—Más fuerte, dale, más fuerte, así, así…

Me agarró del pelo, lo enredó en su puño y tiró hacia atrás hasta arquearme la espalda. La embestida cambió de ángulo, se me metió más adentro todavía, y sentí cómo el tercer orgasmo me subía desde los pies. Le apreté la polla desde dentro con todo lo que tenía y me deshice temblando debajo de él. Lo escuché perder por fin la compostura, la respiración rota, gimiendo a mi espalda como un animal.

—Adentro no —le ordené, jadeando—. Encima. Quiero verlo.

La sacó de golpe, me di vuelta rápido y me la metí en la boca justo a tiempo. La primera corrida me estalló contra la lengua, espesa y caliente, y las siguientes me cayeron sobre las tetas y el cuello mientras yo se la seguía masturbando con la mano, chupándole la punta para sacarle hasta la última gota. Se vació con un gemido largo y se desplomó a mi lado, temblando. Yo me pasé un dedo por el pecho, recogí un poco de semen y me lo llevé a la boca sin quitarle los ojos de encima.

Me giré para mirarlo, despeinado, agotado, y le acaricié la mejilla.

—La próxima vez —le dije— me visto todavía mejor para vos.

***

Con el tiempo, los cafés se espaciaron y los hoteles se multiplicaron. Después, con más confianza, o más descaro, empecé a llevarlo a mi departamento los fines de semana en que Lucas se quedaba en casa de su padre. Yo andaba aturdida y feliz, como una colegiala enamorada, aunque tuviera el doble de su edad.

Hasta que un día se rompió el encanto.

Una de esas tardes en que pasaba por la universidad, decidí cruzar por los pasillos de la facultad de Lucas en lugar de esperar fuera. Y ahí, junto a la cafetería, vi a Adrián. Estaba con un grupo de amigos riéndose a carcajadas de otro estudiante, uno más joven y más tímido, imitándolo, repitiendo algo que el chico había dicho en clase. Nada grave. Pero el muchacho del que se reían era amigo de mi hijo. Y por la forma en que Lucas, que llegaba en ese momento, bajó la vista y apuró el paso, entendí que él también había estado del otro lado de esas burlas alguna vez.

No dije nada. Recogí a Lucas, le pregunté por su día como siempre y manejé a casa con un nudo en el estómago. Esa noche no le contesté ni un mensaje a Adrián.

El sábado siguiente Lucas se fue con su padre y Adrián llegó a la hora de costumbre, sonriente, sin sospechar nada. Lo dejé entrar y lo encaré apenas cerró la puerta.

—Así que el simpático del grupo, ¿no? —le dije—. Dime la verdad. ¿Andas molestando a chicos en la facultad?

—¿Qué? Yo… no… espera.

—Solo responde.

—Te juro que no es lo que parece —dijo, pálido—. Eran bromas de pasillo, nada pesado. Y desde hace rato me corté con eso. La gente cambia. No soy ningún imbécil, Renata, te lo prometo.

—El chico del que te reías es amigo de mi hijo.

Se quedó mudo. Tragó saliva, buscó las palabras y no las encontró. Por primera vez desde que lo conocía, toda su seguridad insolente se había evaporado. Y, para mi sorpresa, eso no me dio rabia. Me dio poder.

—Lo siento —dijo al fin, bajando la cabeza—. De verdad. Voy a disculparme con él el lunes. Haré lo que quieras.

—¿Lo que quiera?

—Lo que sea.

Me acerqué despacio. Le puse una mano en el pecho y sentí su corazón golpeando como un animal asustado. Había venido un muchacho engreído a buscar a su amante mayor y se había encontrado con que ella tenía todas las cartas. Me gustó esa versión de él. Me gustó muchísimo.

—Entonces vas a hacer exactamente lo que yo te diga —murmuré—. Y vas a empezar de rodillas. Bajate los pantalones. Ya.

Obedeció sin decir palabra. Se soltó el cinturón, se bajó los pantalones y el bóxer hasta los tobillos y se quedó ahí, en el recibidor, con la polla ya medio dura colgándole entre las piernas. Le sonreí.

—Buen chico. Ahora de rodillas. Y no me toques hasta que yo te diga.

Se arrodilló en el parqué. Me subí la falda muy despacio, sin apuro, dejándole ver primero los muslos, después la cara interna, hasta enseñarle que ese día había venido sin ropa interior. Se le escapó un jadeo.

—Manos atrás de la espalda —le ordené—. Solo la lengua. Y no se te ocurra parar hasta que me corra.

Me senté en el sillón, con una pierna sobre el reposabrazos, y le hundí la cara entre las piernas. Él obedeció como si le fuera la vida en eso. Me lamía el coño con una devoción que no le había conocido, chupándome el clítoris, hundiendo la lengua adentro, gimiendo él mismo contra mi carne. Le agarré del pelo y le froté la cara contra mí con fuerza, sin cuidarme de si podía respirar o no.

—Así, papi. Así. Vas a aprender a comerme el coño como Dios manda.

Me corrí una primera vez apretándole la cabeza entre los muslos hasta oírlo gemir ahogado. Lo solté, jadeando, y le miré la cara empapada y roja.

—Otra vez —le dije—. Y ahora los dedos. Metémelos.

Volvió a lamerme mientras me penetraba con dos dedos, curvándolos hacia arriba, buscando el punto que ya se sabía de memoria. Me corrí de nuevo, más fuerte, mordiéndome el labio, empapándole toda la mano. Cuando por fin lo dejé apartarse, le miré la polla y la tenía tan dura que le pulsaba contra el vientre.

—Pobrecito. Todo eso para mí y todavía no te dejé tocarme. Vení. Acostate boca arriba.

Lo guié hasta la recámara, se acostó en el medio de la cama y me trepé encima. Esta vez no lo cabalgué mirándolo a la cara: le di la espalda. Me apoyé sobre sus rodillas dobladas, agarré su polla con la mano y me la fui metiendo yo misma, muy despacio, dejándole ver desde abajo cómo entraba y salía en mi coño.

—Mirá bien —le dije por encima del hombro—. Mirá lo que te dejo tener.

—Sí… sí, Renata, sí…

Empecé a moverme, subiendo y bajando, apretándolo desde dentro, sintiendo cómo cada empujón le arrancaba un gemido nuevo. Él me clavó los dedos en las caderas para intentar marcarme el ritmo y yo le aparté las manos de un manotazo.

—Vos no mandás acá. Manos quietas.

Las volvió a bajar. Seguí montándolo a mi manera, cada vez más rápido, hasta que sentí que iba a acabar otra vez. Me detuve de golpe, con él hundido hasta el fondo, y le apreté la polla desde dentro con toda la fuerza que tenía.

—Ni se te ocurra correrte todavía. Vos acabás cuando yo diga.

—No puedo más, por favor…

—Podés y vas a aguantar.

Me bajé, me acosté boca arriba y abrí las piernas.

—Ahora vení y cogeme como corresponde. Bien duro. Y mirándome a los ojos.

Se acomodó entre mis muslos y me la metió hasta el fondo de una embestida. Le clavé los talones en la baja espalda y lo hice empujar más fuerte. Cogía con la mandíbula apretada, intentando controlarse, la cara empapada de sudor. Le agarré del pelo y le tiré la cabeza hacia atrás.

—Más rápido. Más. Rompeme.

Obedeció. Me la clavaba con tanta fuerza que la cama golpeaba contra la pared, la respiración le raspaba, tenía la mirada perdida. Me llevé una mano al clítoris y me froté mientras él me embestía, buscando el orgasmo definitivo. Cuando llegó, se me arqueó todo el cuerpo y grité sin ningún tipo de pudor, apretándole la polla con espasmos que él sintió desde dentro.

—Ahora —jadeé, todavía temblando—. Ahora sí. Adentro. Terminá adentro. Quiero sentirte.

Un par de embestidas más y explotó. Lo sentí vaciarse en el fondo de mí, gemido tras gemido, temblando encima, dejándose caer al fin contra mi pecho. Le acaricié el pelo empapado mientras recuperaba el aliento. Sentí su polla ablandándose adentro, y cómo lo que había dejado empezaba a escurrirse entre mis muslos.

—Buen chico —le susurré al oído, y le di un beso lento en la sien—. Así me gustás.

Lo besé con calma, sin prisa. Esta vez no hubo torpeza ni dudas de su parte: solo obediencia. Le tomé la cara entre las manos y lo miré desde arriba.

—Recuérdalo bien —le dije—. Acá la diosa soy yo. Y vas a adorarme como corresponde.

—Sí —susurró—. Lo que tú quieras.

Y, por una vez, le creí del todo.

No volvimos a hablar de aquel chico de la facultad. El lunes Adrián se disculpó, según me contó él mismo, y nunca tuve motivos para dudarlo. Lo que sí cambió fue lo nuestro. Él dejó de ser el muchacho seguro que me había confundido con una estudiante bajo los árboles, y se convirtió en algo mucho mejor: un amante que entendía, por fin, quién mandaba.

A veces, mientras me arreglo frente al espejo antes de que llegue, me río sola de aquel primer malentendido. Pensó que era una de esas chicas del campus, frágil y fácil de impresionar. Tardó un poco, pero terminó aprendiendo la diferencia. Una mujer de mi edad no se deja seducir.

Una mujer de mi edad decide a quién se coge.

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Comentarios(7)

Cachiscles1976

Tremendo!!! Me engancho desde el primer parrafo

FerLector22

Esto es autobiografico o pura ficcion? Lo pregunto porque se siente muy real, tiene ese detalle que solo da la experiencia.

TucumanLector

Ya desde el titulo se notaba que iba a ser bueno y no defraudo para nada. Muy bien narrado.

MarinaDeRosario

Algo parecido me paso a mi una vez jajaja aunque no termino tan bien. Que bueno que lo compartiste!

MauroV88

El titulo lo dice todo y el relato cumple de sobra. Excelente!!

LucasBA_nk

Lo de no corregirlo fue lo mas picaro de todo. Me gusto muchisimo.

PatoCorrea77

Y nosotros los lectores tampoco queriamos que lo corrigieras jajaja. Muy bueno este

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