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Relatos Ardientes

Mi rutina secreta cuando mi marido se va a trabajar

Hace apenas unas semanas cumplí los cuarenta, y con ese número llegó algo que no esperaba: una claridad nueva sobre lo que quiero. Empecé a comer mejor, a moverme, a cuidarme. Pero entre todos esos cambios había uno que no tenía nada que ver con la salud y que, sin embargo, era el que más me costaba confesarme a mí misma. Llevaba años postergando un deseo muy concreto, muy mío, y decidí que este era el momento de dejar de hacerlo.

Soy de Rosario, morena, de curvas generosas. Estoy casada y trabajo desde casa haciendo tareas administrativas para una empresa pequeña. Esa libertad de horarios, esa comodidad de manejar mis propios tiempos, fue justamente lo que me permitió animarme. Nadie me mira, nadie me apura. Puedo escuchar a mi cuerpo y darle lo que pide cuando lo pide.

Hoy empiezo. Eso me dije anoche, en la oscuridad del cuarto, mientras Martín dormía a mi lado con esa respiración pesada de siempre. Lo decidí en un segundo, como se deciden las cosas importantes, y después ya no pude dormir pensando en cada paso.

Mi deseo es íntimo y muy específico. Quiero entrenarme, dilatarme de a poco, ganar terreno con paciencia. Algo de eso vengo explorando hace tiempo, pero nunca como una práctica constante. Siempre fue a los saltos, cuando se daba, cuando me animaba. Y eso no alcanza. Lo que el cuerpo necesita es rutina, repetición, una promesa que se cumple cada día.

Durante un tiempo lo hice acompañada, por decirlo de algún modo. Tuve un par de mujeres que me guiaban a distancia, que me mandaban instrucciones por correo o por chat y a las que yo respondía cumpliendo cada cosa que me pedían. Yo en el rol sumiso, ellas dictando. Descubrí que eso me fascinaba, que obedecer me encendía de una manera que no sabía explicar. Pero lo virtual desgasta. Los horarios no coinciden, las distancias se sienten, la conexión se enfría. Por eso decidí que de ahora en más lo haría sola, a mi ritmo, sin depender de nadie.

***

Me desperté cerca de las seis y media. Cebé unos mates en la cocina mientras Martín se vestía y se preparaba para salir. Hablamos de cosas mínimas, del clima, de la lista del supermercado, de un pago que había que hacer. Él no sabía nada de lo que se me cruzaba por la cabeza, de la inquietud cálida que ya empezaba a moverse por debajo de la conversación.

—¿Tomaste la llave? —le pregunté desde la puerta.

—Sí, andá tranquila —me contestó, y me dio un beso rápido antes de irse.

A las siete y media cerró la puerta y el departamento quedó en silencio. Mío. Entero para mí.

Me quedé un momento parada en la cocina, sintiendo cómo el corazón me latía un poco más fuerte de lo normal. Tenía el día entero por delante y un plan en la cabeza. Empecé a darle forma como quien arma un organigrama: las horas, las tareas, los momentos. Cada bloque del día con su propósito.

Después de pasar por el baño, me puse ropa cómoda para salir a caminar. Tengo una rutina de caminata de media hora por el circuito del club del barrio, y pensé que ese rato podía aprovecharlo para algo más. La idea me dio un escalofrío de anticipación.

Fui hasta el cajón donde guardo mis cosas y elegí el más pequeño que tengo. Apenas un centímetro y medio de diámetro, ocho de largo, recto, con un cuello discreto para que no se escape. Del grosor de un dedo, no más. Lo apoyé sobre la cama y me arrodillé. Estaba cerrada, tensa, y al principio me costó. Tuve que ayudarme con mi propia saliva, humedeciendo la punta, respirando hondo, cediendo de a poco. Tranquila, me dije. No hay apuro.

Cuando finalmente entró, solté el aire que tenía retenido. No hubo dolor, ni molestia. Solo una sensación de plenitud que me recorrió entera, una llenura tibia y secreta que nadie más podía ver. Me sentí completa de una manera rara y deliciosa.

Me puse una faja deportiva por encima para sujetarlo bien, una calza, y arriba una campera larga que me tapaba hasta más abajo de la cadera, por cualquier cosa. Me miré al espejo: por fuera, una mujer común saliendo a hacer ejercicio. Por dentro, un secreto latiendo entre las piernas.

***

Salí a las ocho y cuarto. Caminé rápido por el circuito, cuarenta minutos, casi seis mil pasos según el reloj. Y en todo ese tiempo no pude pensar en otra cosa. Cada paso me lo recordaba, cada movimiento de la cadera me hacía sentirlo ahí, firme, paciente.

¿Cómo me estará abriendo?, me preguntaba mientras saludaba con la cabeza a una vecina que también caminaba. ¿Quedará cedido cuando lo saque? Y sentía cómo me humedecía con solo imaginarlo, cómo el deseo crecía en silencio mientras todos los demás solo veían a una señora haciendo su caminata matutina.

De vuelta paré en la verdulería de la esquina a comprar lo que me faltaba para el almuerzo. Mientras el verdulero me pesaba unos tomates, yo apretaba apenas los muslos, consciente de mi secreto, casi mareada por lo absurdo y excitante de la situación.

Llegué a casa, me hidraté, empecé a preparar el desayuno. Pasé un trapo por los muebles, una mopa por el piso, ordené el escritorio para sentarme a trabajar después. Todo eso lo hice sin sacármelo, llevándolo conmigo en cada tarea doméstica como un compañero invisible.

Después me metí a la ducha. Y ahí, con el agua tibia cayendo entre mis nalgas, lo extraje de un solo movimiento. Me toqué con la punta de los dedos, rozando apenas, sintiendo cómo había quedado: blando, cedido, apenas entreabierto. Ningún dolor. Aproveché para higienizarme bien, con calma, disfrutando del agua y del cuerpo limpio.

Y entonces volví a colocármelo. No quería perder lo ganado, esa apertura mínima que tanto me había costado. Esta vez usé un poco de crema hidratante para facilitar la entrada. Apoyé un pie en el borde de la bañera, me incliné, y entró sin esfuerzo, suave, con esa sensación riquísima de estirarme. Sonreí sola, mojada, satisfecha.

***

Desayuné cerca de las diez. Me sequé el pelo. Antes de empezar a trabajar tuve que ir a orinar, y lo sostuve con cuidado para que no se escapara, porque cuando mi cuerpo está listo para más, tiende a empujarlo hacia afuera, como pidiendo otra medida.

Subí al cuarto, donde guardo mis juguetes, y busqué el siguiente. Cuatro centímetros en su parte más ancha, nueve de largo, con un cuello más generoso y una base alargada. Lo miré en mi mano y sentí esa mezcla de respeto y ganas que me provoca lo que todavía me queda grande.

Volví al baño, retiré el pequeño y lubriqué bien el segundo a lo largo de toda su superficie. Repetí la operación: el pie en alto, el cuerpo inclinado, la respiración lenta. Este era bastante más grueso, y al pasar la parte ancha dolió un poco. Tuve que ir muy despacio, milímetro a milímetro, cediendo y descansando, cediendo otra vez.

Y cuando por fin mi cuerpo se cerró sobre el cuello de la base, la sensación fue de las que valen cualquier esfuerzo. Ese instante exacto en que el músculo se relaja y lo acepta, en que deja de resistir y simplemente lo abraza, es algo que no se parece a nada. El dolor breve se transforma en una plenitud densa, profunda, que me deja sin aire por un segundo.

Me senté frente a la computadora. Era hora de trabajar, de facturar, de responder correos, de escribir también estas líneas que ahora estás leyendo. Pero concentrarme no era fácil. Lo sentía ahí, hondo, penetrándome cada vez que me movía en la silla, y notaba cómo me iba humedeciendo más con cada minuto que pasaba.

Mi plan era quedarme sentada sobre él hasta cerca de la una y media, dejándolo trabajar a su manera mientras yo trabajaba a la mía. Cada tanto cambiaba de postura y la presión se desplazaba, me arrancaba un suspiro que disimulaba con un sorbo de mate. Entré un rato a un foro donde charlo de estas cosas con gente que las entiende, conté lo que estaba haciendo en ese mismo instante, y leer las respuestas me mantenía encendida, que era exactamente lo que buscaba.

Lo que sentía era una gratitud rara hacia mi propio cuerpo. Esa sensación de estar llena, de estar abriéndome de a poco, de prepararme para recibir más. Yo sola, sin nadie que me lo dictara, dueña por fin de mi propio deseo. Sumisa ante mis propias ganas, que es la forma más honesta de obedecer.

***

Antes de que llegara la hora de retirarlo, me dediqué a las cosas de la casa. Acomodé la cocina, dejé el almuerzo encaminado, contesté un par de mensajes. Y todo lo hacía con esa conciencia tibia y constante de lo que llevaba dentro, esa compañía secreta que le daba a un martes cualquiera un brillo que no tenía la semana pasada.

Pienso seguir con esto. Convertirlo en rutina, en disciplina, en una práctica diaria que me acompañe. No busco una meta espectacular ni una marca que mostrarle a nadie. Busco conocerme, ir cediendo terreno con paciencia, descubrir hasta dónde llega mi propio cuerpo cuando lo trato con cuidado y sin prisa.

Hay un deseo que llevo conmigo hace tiempo, una imagen que me persigue cuando cierro los ojos. Quiero llegar, algún día, a verme completamente abierta, relajada, dueña de mí misma de una forma que hoy todavía me parece lejana. Y sé que el camino para llegar ahí es este: una mañana cualquiera, un departamento en silencio, y la promesa cumplida de empezar.

Cuando Martín vuelva esta noche, me va a encontrar igual que siempre. Le voy a preguntar cómo le fue, vamos a cenar, vamos a ver algo en la tele. Y él no va a saber que su mujer, esa que parece tan tranquila, pasó el día entero entrenándose en secreto, escribiendo su propia confesión, descubriendo de a poco hasta dónde es capaz de llegar.

Mañana, otra vez. Y pasado. Día a día. Esta es mi rutina, y por primera vez en mucho tiempo, es completamente mía.

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Comentarios(1)

Clarita33

Increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

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