Mi rutina secreta cuando mi marido se va a trabajar
Hace apenas unas semanas cumplí los cuarenta, y con ese número llegó algo que no esperaba: una claridad nueva sobre lo que quiero. Empecé a comer mejor, a moverme, a cuidarme. Pero entre todos esos cambios había uno que no tenía nada que ver con la salud y que, sin embargo, era el que más me costaba confesarme a mí misma. Llevaba años postergando un deseo muy concreto, muy mío, y decidí que este era el momento de dejar de hacerlo.
Soy de Rosario, morena, de curvas generosas. Estoy casada y trabajo desde casa haciendo tareas administrativas para una empresa pequeña. Esa libertad de horarios, esa comodidad de manejar mis propios tiempos, fue justamente lo que me permitió animarme. Nadie me mira, nadie me apura. Puedo escuchar a mi cuerpo y darle lo que pide cuando lo pide.
Hoy empiezo. Eso me dije anoche, en la oscuridad del cuarto, mientras Martín dormía a mi lado con esa respiración pesada de siempre. Lo decidí en un segundo, como se deciden las cosas importantes, y después ya no pude dormir pensando en cada paso. Con la mano metida bajo la bombacha me acaricié el coño hasta que me corrí en silencio, mordiéndome el labio para no despertarlo, con dos dedos hundidos hasta los nudillos y el pulgar dándole vueltas al clítoris hinchado. Me dormí después con los dedos todavía adentro, empapados, oliendo a mí misma.
Mi deseo es íntimo y muy específico. Quiero entrenarme el culo, dilatarme de a poco, ganar terreno con paciencia. Algo de eso vengo explorando hace tiempo, pero nunca como una práctica constante. Siempre fue a los saltos, cuando se daba, cuando me animaba. Y eso no alcanza. Lo que el cuerpo necesita es rutina, repetición, una promesa que se cumple cada día. Quiero llegar a que me metan una verga entera por el ojete sin dolor, quiero sentir cómo me abre y cómo me llena, quiero correrme con algo grueso adentro sacudiéndome las tripas.
Durante un tiempo lo hice acompañada, por decirlo de algún modo. Tuve un par de mujeres que me guiaban a distancia, que me mandaban instrucciones por correo o por chat y a las que yo respondía cumpliendo cada cosa que me pedían. Yo en el rol sumiso, ellas dictando: "metete dos dedos en el culo, puta", "corréte para mí y mandame la foto del coño chorreando". Descubrí que eso me fascinaba, que obedecer me encendía de una manera que no sabía explicar. Pero lo virtual desgasta. Los horarios no coinciden, las distancias se sienten, la conexión se enfría. Por eso decidí que de ahora en más lo haría sola, a mi ritmo, sin depender de nadie.
***
Me desperté cerca de las seis y media. Cebé unos mates en la cocina mientras Martín se vestía y se preparaba para salir. Hablamos de cosas mínimas, del clima, de la lista del supermercado, de un pago que había que hacer. Él no sabía nada de lo que se me cruzaba por la cabeza, de la inquietud cálida que ya empezaba a moverse por debajo de la conversación, ni del cosquilleo húmedo entre las piernas que me obligaba a apretar los muslos cada tanto.
—¿Tomaste la llave? —le pregunté desde la puerta.
—Sí, andá tranquila —me contestó, y me dio un beso rápido antes de irse.
A las siete y media cerró la puerta y el departamento quedó en silencio. Mío. Entero para mí.
Me quedé un momento parada en la cocina, sintiendo cómo el corazón me latía un poco más fuerte de lo normal. Tenía el día entero por delante y un plan en la cabeza. Empecé a darle forma como quien arma un organigrama: las horas, las tareas, los momentos. Cada bloque del día con su propósito.
Después de pasar por el baño, me puse ropa cómoda para salir a caminar. Tengo una rutina de caminata de media hora por el circuito del club del barrio, y pensé que ese rato podía aprovecharlo para algo más. La idea me dio un escalofrío de anticipación que me bajó directo al coño.
Fui hasta el cajón donde guardo mis cosas y elegí el plug más pequeño que tengo. Apenas un centímetro y medio de diámetro, ocho de largo, recto, con un cuello discreto para que no se escape. Del grosor de un dedo, no más. Lo apoyé sobre la cama y me arrodillé en cuatro, con el culo bien alto y la cara apoyada contra el colchón. Me abrí las nalgas con las dos manos y me escupí encima del agujero, sintiendo cómo la saliva tibia me chorreaba hasta el coño. Con la yema de un dedo empujé la saliva adentro, masajeando el ojete tenso, apretado, cerrado como un puño. Estaba cerrada, tensa, y al principio me costó. Tuve que ayudarme con más saliva, humedeciendo la punta del plug, apoyándolo justo en el centro del anillo, respirando hondo, cediendo de a poco. Tranquila, me dije. No hay apuro. Abrí ese culito, puta, abrilo bien.
Empujé más. El músculo resistió, se contrajo, y después de un rato cedió con un tironcito seco y me lo tragó entero. Cuando finalmente entró, solté el aire que tenía retenido en un gemido largo. No hubo dolor, ni molestia. Solo una sensación de plenitud que me recorrió entera, una llenura tibia y secreta que nadie más podía ver. Aproveché para meterme dos dedos en el coño, que ya estaba empapado, y me sorprendió lo abierta que estaba, lo mojada, lo lista. Los saqué chorreando de flujo y me los llevé a la boca, chupándomelos hasta el fondo. Me sentí completa, guarra, deliciosamente sola con mi cuerpo.
Me puse una faja deportiva por encima para sujetar bien el plug, una calza que me marcaba las nalgas partidas al medio, y arriba una campera larga que me tapaba hasta más abajo de la cadera, por cualquier cosa. Me miré al espejo: por fuera, una mujer común saliendo a hacer ejercicio. Por dentro, un secreto de goma latiendo entre las nalgas, clavado en el culo.
***
Salí a las ocho y cuarto. Caminé rápido por el circuito, cuarenta minutos, casi seis mil pasos según el reloj. Y en todo ese tiempo no pude pensar en otra cosa. Cada paso me lo recordaba, cada movimiento de la cadera me hacía sentir el plug ahí, firme, paciente, empujando contra las paredes internas de mi culo. La calza se me metía entre las nalgas y me presionaba la base del plug, hundiéndolo un poco más con cada zancada.
¿Cómo me estará abriendo el ojete?, me preguntaba mientras saludaba con la cabeza a una vecina que también caminaba. ¿Quedará bien cedido cuando lo saque, bien abierto para el próximo? Y sentía cómo me humedecía con solo imaginarlo, cómo el coño se me llenaba de flujo pegajoso que me manchaba la calza, cómo el clítoris se me hinchaba y rozaba con la tela a cada paso. Estaba a punto de correrme caminando, con la respiración entrecortada, y tuve que aflojar el ritmo para no gemir en la vereda mientras todos los demás solo veían a una señora haciendo su caminata matutina.
De vuelta paré en la verdulería de la esquina a comprar lo que me faltaba para el almuerzo. Mientras el verdulero me pesaba unos tomates, yo apretaba apenas los muslos, consciente del plug clavado en el culo, casi mareada por lo absurdo y excitante de la situación. Miré al hombre sonriéndole tranquila, agradeciéndole el vuelto, y por dentro pensaba: si supieras que tengo el culo lleno, si supieras que estoy chorreando abajo de la calza. Salí de ahí con las tetas duras y los pezones marcados contra el corpiño.
Llegué a casa, me hidraté, empecé a preparar el desayuno. Pasé un trapo por los muebles, una mopa por el piso, ordené el escritorio para sentarme a trabajar después. Todo eso lo hice sin sacármelo, llevándolo conmigo en cada tarea doméstica como un compañero invisible. Cada vez que me agachaba a levantar algo del suelo lo sentía moverse adentro, apretándome, recordándome que estaba ahí.
Después me metí a la ducha. Y ahí, con el agua tibia cayendo entre mis nalgas, apoyé una mano contra los azulejos, arqueé la espalda y empujé desde adentro. El plug salió con un chasquido húmedo y me dejó vacía de golpe, con el ojete abierto y palpitando. Me toqué con la punta de los dedos, rozando apenas el borde, sintiendo cómo había quedado: blando, cedido, apenas entreabierto, todavía marcado por la forma. Me metí un dedo entero, después dos, hasta los nudillos, y no me dolió. El culo me los aceptó como si nada. Aproveché para higienizarme bien, con calma, disfrutando del agua caliente cayéndome sobre las tetas grandes y morenas, sobre los pezones erectos, sobre el vientre y el coño peludo y empapado.
Sin poder aguantarme, apoyé la espalda contra la pared de la ducha y me abrí de piernas. Con la mano derecha me trabajé el clítoris, dando vueltas rápidas, y con la izquierda me metí dos dedos en el coño y uno en el culo al mismo tiempo. Me corrí en menos de un minuto, sacudida, mordiéndome el labio, con el agua entrándome en la boca abierta y las piernas temblando. Los flujos me chorreaban por los muslos y el agua se los llevaba, mezclados, blancos y espesos.
Y entonces volví a colocármelo. No quería perder lo ganado, esa apertura mínima que tanto me había costado. Esta vez usé un poco de crema hidratante para facilitar la entrada. Me embadurné bien el plug, me embadurné el ojete metiéndome dos dedos hasta el fondo, y apoyé un pie en el borde de la bañera, me incliné, y entró sin esfuerzo, suave, con esa sensación riquísima de estirarme desde adentro. Sonreí sola, mojada, satisfecha, con el culo tapado otra vez.
***
Desayuné cerca de las diez. Me sequé el pelo. Antes de empezar a trabajar tuve que ir a orinar, y sostuve el plug con dos dedos para que no se escapara, porque cuando mi cuerpo está listo para más, tiende a empujarlo hacia afuera, como pidiendo otra medida. Sentí cómo el músculo lo apretaba y lo empujaba, cómo me pedía algo más grueso, más largo, más serio.
Subí al cuarto, donde guardo mis juguetes, y busqué el siguiente. Cuatro centímetros en su parte más ancha, nueve de largo, con un cuello más generoso y una base alargada. Lo miré en mi mano y sentí esa mezcla de respeto y ganas que me provoca lo que todavía me queda grande. Me lo llevé a la boca y lo chupé despacio, imaginando que era una polla, ensalivándolo entero, tragándomelo hasta la base como una buena putita, dejando que la saliva chorreara y me cayera por el pecho.
Volví al baño, retiré el pequeño de un tirón y lubriqué bien el segundo a lo largo de toda su superficie. Me eché lubricante en el ojete también, un chorro generoso, y con dos dedos lo empujé hacia adentro, abriéndome, preparándome. Repetí la operación: el pie en alto sobre la bañera, el cuerpo inclinado hacia adelante, la respiración lenta y profunda. Apoyé la punta del plug contra el agujero y empujé.
Este era bastante más grueso, y al pasar la parte ancha dolió un poco. Tuve que ir muy despacio, milímetro a milímetro, cediendo y descansando, cediendo otra vez. Sentía cómo se me estiraba el anillo, cómo el músculo temblaba tratando de decidir si aceptarlo o expulsarlo. Empujé con más firmeza, apretando los dientes, y noté ese ardor delicioso que conozco, ese quemor que después se transforma en placer puro. Vamos, abrilo, abrí ese culo grande, tragátelo entero, me repetía sin voz.
Y cuando por fin mi cuerpo se cerró sobre el cuello de la base, la sensación fue de las que valen cualquier esfuerzo. Ese instante exacto en que el músculo se relaja y lo acepta, en que deja de resistir y simplemente lo abraza, es algo que no se parece a nada. El dolor breve se transforma en una plenitud densa, profunda, que me deja sin aire por un segundo. Se me escapó un gemido largo, ronco, y sentí un chorro caliente entre las piernas: el coño me había respondido con una descarga de flujo que me manchó el interior de los muslos. Me toqué el clítoris apenas dos veces, y ya me estaba corriendo otra vez, con el culo cerrado alrededor del plug, apretándolo, ordeñándolo con espasmos que me subían por la espalda.
Me senté frente a la computadora. Era hora de trabajar, de facturar, de responder correos, de escribir también estas líneas que ahora estás leyendo. Pero concentrarme no era fácil. Lo sentía ahí, hondo, penetrándome cada vez que me movía en la silla, empujándome contra el asiento, y notaba cómo me iba humedeciendo más con cada minuto que pasaba. La bombacha ya era un trapo empapado, pegoteado, y cada vez que cruzaba las piernas sentía cómo el plug se acomodaba adentro, buscando su lugar.
Mi plan era quedarme sentada sobre él hasta cerca de la una y media, dejándolo trabajar a su manera mientras yo trabajaba a la mía. Cada tanto me hamacaba apenas en la silla, apoyando el peso sobre la base, hundiéndomelo un poquito más, y la presión se desplazaba, me arrancaba un suspiro que disimulaba con un sorbo de mate. En un momento no pude más, me bajé la calza hasta las rodillas, me abrí las piernas debajo del escritorio y me toqué el clítoris con dos dedos hasta correrme por tercera vez en la mañana, mordiéndome el puño, sintiendo cómo el culo apretaba el plug con cada oleada.
Entré un rato a un foro donde charlo de estas cosas con gente que las entiende, conté con lujo de detalle lo que estaba haciendo en ese mismo instante —el plug metido, el coño chorreando, la corrida reciente todavía haciéndome temblar—, y leer las respuestas de otros que se estaban tocando pensando en mí me mantenía encendida, que era exactamente lo que buscaba.
Lo que sentía era una gratitud rara hacia mi propio cuerpo. Esa sensación de estar llena, de estar abriéndome de a poco, de prepararme para recibir más. Yo sola, sin nadie que me lo dictara, dueña por fin de mi propio deseo. Sumisa ante mis propias ganas, que es la forma más honesta de obedecer. Puta de mí misma, cogida por mí misma, entrenándome el culo para mí misma.
***
Antes de que llegara la hora de retirarlo, me dediqué a las cosas de la casa. Acomodé la cocina, dejé el almuerzo encaminado, contesté un par de mensajes. Y todo lo hacía con esa conciencia tibia y constante de lo que llevaba dentro, esa compañía secreta que le daba a un martes cualquiera un brillo que no tenía la semana pasada. Cada vez que me agachaba, cada vez que me estiraba, el plug me lo recordaba con un pequeño empujón interno.
Pienso seguir con esto. Convertirlo en rutina, en disciplina, en una práctica diaria que me acompañe. No busco una meta espectacular ni una marca que mostrarle a nadie. Busco conocerme, ir cediendo terreno con paciencia, descubrir hasta dónde llega mi propio cuerpo cuando lo trato con cuidado y sin prisa.
Hay un deseo que llevo conmigo hace tiempo, una imagen que me persigue cuando cierro los ojos. Quiero llegar, algún día, a verme completamente abierta, relajada, con el culo capaz de tragarse una polla gruesa entera sin quejarse, capaz de recibir un puño incluso, dueña de mí misma de una forma que hoy todavía me parece lejana. Quiero mirarme al espejo con las piernas abiertas y ver mi ojete abierto como una flor, palpitando, listo. Y sé que el camino para llegar ahí es este: una mañana cualquiera, un departamento en silencio, y la promesa cumplida de empezar.
Cuando Martín vuelva esta noche, me va a encontrar igual que siempre. Le voy a preguntar cómo le fue, vamos a cenar, vamos a ver algo en la tele. Y él no va a saber que su mujer, esa que parece tan tranquila, pasó el día entero entrenándose el culo en secreto, corriéndose tres veces sola, escribiendo su propia confesión con las bragas empapadas, descubriendo de a poco hasta dónde es capaz de llegar.
Mañana, otra vez. Y pasado. Día a día. Esta es mi rutina, y por primera vez en mucho tiempo, es completamente mía.





