Ella quería que su primera vez fuera conmigo
Todo empezó con un «hola» que no esperaba contestación. Lo mandé a las once de la noche, en uno de esos chats de adultos donde uno navega más por aburrimiento que por otra cosa. Ella respondió en menos de un minuto, con el mismo «hola» de siempre, pero lo que vino después no fue nada de lo de siempre.
Hablamos durante horas. De música, de películas, de las cosas que uno solo confiesa cuando hay una pantalla de por medio. Cuando llegamos al tema del sexo, su respuesta me dejó inmóvil frente al teclado: me dijo que era virgen. Que llevaba tiempo buscando a alguien mayor para su primera vez. Que no quería que fuera cualquiera.
Intercambiamos fotos. La de ella me hizo entender por qué todavía no había encontrado a nadie: no era que le faltara quién se ofreciera, sino que ella elegía. Ojos oscuros, cabello largo hasta la cintura, una sonrisa que combinaba inocencia con algo que no era inocencia en absoluto. Veintidós años, aunque parecía menos. Me dijo que yo era exactamente lo que buscaba. Yo tenía cuarenta y dos.
Pasamos a WhatsApp esa misma noche. Durante tres semanas nos escribimos todos los días, a veces hasta la madrugada. Ella me contaba cosas que no le contaba a nadie. Yo aprendí que detrás de esa foto había una mujer que sabía perfectamente lo que quería, aunque todavía no lo hubiera tenido.
***
El día que quedamos, ella llegó primero al centro comercial. La reconocí desde lejos: blusa escotada color crema, minifalda negra, botas hasta la rodilla. Llevaba el cabello suelto y caminaba como si supiera que la miraban. Me dio un beso en la mejilla como si nos conociéramos de años.
—¿Qué hacemos? —preguntó, aunque los dos sabíamos la respuesta.
Caminamos un rato, tomamos un café, compramos un helado que ella casi no tocó. Estaba nerviosa, aunque lo disimulaba bien. En un momento, su mano rozó la mía encima de la mesa y no la retiró. Eso lo dijo todo.
El motel estaba a veinte minutos en coche. Era un lugar discreto, limpio, con habitaciones amplias y luz tenue. Cuando cerramos la puerta detrás de nosotros, el ruido de la calle desapareció por completo. Daniela se quedó de pie en el centro de la habitación, mirándome.
Me acerqué despacio. No había apuro. Le puse una mano en la mejilla y la besé suavemente, solo rozando sus labios. Ella cerró los ojos. Cuando los abrió, ya no parecía nerviosa.
***
La llevé frente al espejo grande que había junto a la cama y me coloqué detrás. Quería que se viera. Empecé por el cuello: besos lentos, la punta de la lengua rozando la piel justo debajo de la oreja. Sentí cómo su respiración cambiaba. Mis manos recorrieron sus brazos, su cintura, las curvas de sus caderas por encima de la falda.
Subí las manos por sus muslos, despacio, sin apresurar nada. Cuando llegué bajo la falda y corrí a un lado la tela fina de su ropa interior, ella exhaló un sonido corto. Le acaricié los labios con los dedos, en círculos, sin entrar todavía. Su clítoris estaba hinchado y sensible. Lo presioné con suavidad mientras seguía besándole el cuello en el espejo.
Cuando metí un dedo, se aferró a mis antebrazos con las dos manos. Metí un segundo, despacio, y sentí lo apretada que estaba. También sentí que no quería que parara.
—Relájate —murmuré junto a su oído—. No tengo prisa.
***
La giré hacia mí y empecé a quitarle la blusa. Ella levantó los brazos sin que se lo pidiera. El brasier era pequeño, de encaje, y cuando lo desabroché y cayó al suelo, me quedé un momento mirándola. Tenía unos pechos perfectos, los pezones oscuros y erguidos. Le pasé la lengua por uno, luego por el otro, en círculos lentos. Los chupé sin apresuramiento. Ella echó la cabeza hacia atrás.
La volteé de nuevo hacia el espejo, le bajé la minifalda y la dejé solo con el tanga. Recorrí su espalda con las manos, sus glúteos firmes, los muslos por dentro. Me arrodillé detrás de ella y le di pequeños mordiscos en las nalgas que la hicieron sacudirse. Cuando bajé el tanga y la giré hacia mí, ya estaba temblando un poco.
Le abrí las piernas con suavidad y pasé la lengua por sus labios vaginales de arriba abajo, lento, sin prisa. Cuando busqué su clítoris y lo rodeé con la boca, soltó un gemido largo que no intentó contener.
***
La llevé a la cama. Se acostó boca arriba y yo metí la cabeza entre sus piernas. La lamí con la lengua plana, despacio, y luego con la punta, variando el ritmo para que no supiera qué esperar. Metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris y sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo las caderas empezaban a subir solas buscando mi boca.
Cuando llegó el primer orgasmo, lo hizo casi en silencio: se arqueó, agarró las sábanas con los puños y soltó el aire de golpe, con un temblor que le recorrió todo el cuerpo.
Me desnudé mientras ella recuperaba el aliento. Me arrodillé junto a ella en la cama.
—Ahora tú —le dije.
Ella entendió. Se puso de rodillas y me tomó en la mano con una mezcla de timidez y determinación que resultó increíblemente excitante. Pasó la lengua por la cabeza, despacio, aprendiendo. Luego metió más y empezó a moverse con un ritmo que demostraba que, aunque era la primera vez, sabía exactamente cómo quería hacerlo.
—Así —la guié con la mano en su pelo—. Justo así.
***
La acomodé boca arriba y le levanté las piernas sobre mis hombros. Puse la punta en su entrada.
—Dime si quieres que pare —dije.
—No quiero que pares —respondió, mirándome a los ojos.
Empujé apenas. Ella tensó el cuerpo. Me detuve. Esperé. Sentí cómo poco a poco se iba abriendo. Avancé un poco más, me detuve de nuevo, esperé otra vez. Era apretada y cálida y tenía que controlarme para no apresurar nada.
Cuando llegué al fondo, ella exhaló un sonido que era mitad dolor y mitad algo completamente diferente. Le besé la frente. Le pregunté si estaba bien. Dijo que sí con un hilo de voz. Me quedé quieto dentro de ella unos segundos, dejando que su cuerpo se acostumbrara.
Empecé a moverme despacio. Salía casi por completo y volvía a entrar, sin brusquedad. Sus piernas se relajaron sobre mis hombros. Sus manos buscaron mis antebrazos y se aferraron con fuerza.
—Me gusta —dijo en voz baja, casi sorprendida de escucharse.
Aceleré un poco. Sus caderas empezaron a moverse solas para encontrarse conmigo. Cuando la tomé del pelo con una mano y jalé suavemente hacia atrás, arqueó el cuello y cerró los ojos.
—¿Así? —pregunté.
—Sí —dijo—. Así.
***
La puse en cuatro. Era una imagen que llevaba semanas imaginando: ella con las manos apoyadas en el colchón, el pelo cayéndole por la espalda, esperando. Me coloqué detrás y entré de nuevo. Empujé con más fuerza esta vez, con ritmo constante. Ella hundió la cabeza entre los brazos y empezó a gemir sin controlarse.
Le di una palmada en las nalgas. Ella se tensó un segundo y luego soltó un sonido que no dejaba dudas sobre si le había gustado.
—¿Más? —pregunté.
—Más —dijo sin dudar.
La tomé del pelo y jalé hacia atrás mientras seguía moviéndome dentro de ella. Arqueó la espalda, exponiendo el cuello. En esa posición llegó a su segundo orgasmo: más ruidoso que el primero, más completo, con las caderas empujando hacia atrás contra mí hasta el último segundo.
***
Nos quedamos tumbados unos minutos, recuperando el aliento. Ella tenía el cabello pegado a la frente y los ojos brillantes.
—¿Qué quieres ahora? —le pregunté.
Sonrió.
—Lo que tú quieras.
Se trepó encima de mí, me tomó en la mano y se sentó despacio. El control era todo suyo en esa posición, y lo sabía. Empezó a moverse arriba y abajo, con los ojos fijos en los míos, las palmas apoyadas en mi pecho. Fue encontrando su propio ritmo: lento al principio, luego más fuerte, más decidido, con una concentración en el rostro que era hermosa de ver.
—No pares —le dije.
—No voy a parar —respondió, y lo cumplió.
***
Más tarde, con ella acostada de lado y yo detrás, volvimos a empezar. Lento, sin apuro, mientras le besaba la nuca y el hombro. Cuando sentí que su cuerpo estaba completamente relajado y entregado, deslicé los dedos hacia atrás y empecé a acariciarle el ano con mucho cuidado.
Ella no se tensó. Me miró por encima del hombro.
—¿Quieres? —pregunté.
Hubo una pausa.
—Sí —dijo finalmente—. Pero despacio.
La preparé con calma, sin ninguna prisa. Cuando empecé a entrar, lo hice centímetro a centímetro, deteniéndome cada vez que ella lo necesitaba. Daniela tenía el puño cerrado sobre la almohada y la respiración cortada.
—¿Bien? —pregunté.
—Sigue —dijo con la voz tensa—. Sigue.
Cuando estuve completamente dentro, me detuve y esperé. Sentí cómo su cuerpo se adaptaba, cómo la tensión cedía poco a poco. Entonces empecé a moverme, muy despacio al principio, aumentando el ritmo cuando ella comenzó a empujar hacia atrás contra mí.
Llegué a mi orgasmo con la mano apoyada en su cadera y el aliento entrecortado. Ella no dijo nada, pero apretó mis dedos con los suyos.
***
Nos duchamos juntos. Le enjabonaba la espalda y ella se apoyaba contra mí, todavía con los ojos entrecerrados. El agua caliente caía sobre los dos y ninguno tenía ganas de hablar. Había algo completamente cómodo en ese silencio.
Cuando nos vestimos, ella se miró en el espejo del baño y se recompuso el pelo. Me miró a través del reflejo un momento antes de hablar.
—¿Cuándo nos vemos de nuevo? —preguntó.
Sonreí.
—Cuando quieras.
La llevé hasta cerca de su casa en el coche. Antes de bajar, me dio un beso largo, sin apuro, con las dos manos en mi cara. Luego se bajó, cruzó la calle sin mirar atrás y desapareció dentro del edificio.
Me quedé unos minutos sentado en el coche, con el motor encendido y ninguna prisa por arrancar. Pensé en el «hola» de aquella noche en el chat. En cómo una sola palabra puede llevarte a algún lugar que uno no esperaba encontrar.