La noche que cruzamos la puerta del club
Soy Marcos. Llevo años leyendo relatos en páginas como esta y pensando que lo que cuentan les pasa a otros, personas distintas a mí, con vidas más interesantes o más complicadas. Pero aquí estoy, escribiendo lo que pasó hace unos años, porque todavía lo pienso a veces cuando menos me lo espero.
Carmen y yo llevábamos nueve años juntos cuando empezamos a hablar de esto en serio. No era la primera vez que lo mencionábamos. Lo habíamos rozado en conversaciones de madrugada, a medias en broma y a medias en serio, pero siempre lo dejábamos pasar. Hasta que conocimos a Rubén y a Nuria.
Fue en un fin de semana de senderismo organizado por unos conocidos comunes. Dos días de ruta, cabaña compartida, cenas largas con vino barato y conversaciones que se alargaban más de lo necesario. Rubén era directo y con sentido del humor; Nuria tenía esa seguridad que algunas mujeres llevan como si fuera parte de su cuerpo. Antes de que terminara la primera noche ya sabíamos que ellos llevaban una vida que nosotros apenas habíamos imaginado: playas nudistas, clubes de parejas, libertad pactada entre los dos.
No lo dijeron con orgullo ni con ganas de impresionar. Lo contaron como quien habla del trabajo o de los planes del verano.
Carmen me miró desde el otro lado de la mesa y no dijo nada, pero yo conozco esa mirada. Es la misma que pone cuando algo le parece interesante y todavía no ha decidido si admitirlo.
***
La propuesta llegó el último día, mientras recogíamos las mochilas. Rubén, con esa naturalidad que lo caracterizaba, dijo que si alguna vez queríamos conocer el ambiente, ellos nos llevarían. Sin presión, sin compromiso. Solo para ver qué sentíamos.
—Pensadlo —dijo Nuria—. No es lo que la gente imagina.
En el coche de vuelta, Carmen y yo no lo mencionamos. Pero esa noche, con la luz apagada, fue ella quien lo sacó.
—¿Qué te pareció lo que dijeron?
—Interesante —dije, sin comprometer nada todavía.
—A mí también.
Y así empezó todo.
***
Tardamos tres semanas en mandarle un mensaje a Rubén. Cuando lo hicimos, la respuesta llegó en menos de diez minutos: el sábado siguiente, un club en las afueras. Discreción total, ambiente de confianza, sin obligación de hacer nada que no quisiéramos.
Esa semana entera dormimos mal. Sabíamos lo que nos esperaba el sábado, y esa certeza convertía cada noche en un anticipo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta. Nuestras noches fueron más intensas que de costumbre. Hablábamos mientras lo hacíamos, imaginando situaciones en voz baja, tanteando límites con preguntas que sonaban casuales pero no lo eran en absoluto.
Carmen tiene ese tipo de cuerpo que no se olvida fácilmente. No es una modelo ni lo intenta. Es más bien una mujer que conoce exactamente lo que tiene: las caderas anchas, el pecho firme sin ser exagerado, las piernas que saben moverse. Cuando camina por la calle hay una pequeña distorsión en el espacio a su alrededor. Los hombres aflojan el paso sin darse cuenta. Las mujeres también, a veces.
Yo llevaba nueve años siendo el único que podía mirarla así, con permiso. La idea de que otros la vieran esa noche me ponía nervioso y me excitaba al mismo tiempo, y no sabía bien qué hacer con esa mezcla.
***
El jueves por la tarde me escapé durante la hora de la comida y fui a una tienda de ropa que había visto cerca del trabajo. No sabía exactamente qué buscar. Rubén me había dicho, sin entrar en detalles, que las parejas que iban por primera vez solían llegar bien vestidas, pero que dentro era otro asunto. Que algunas mujeres se ponían algo cómodo y otras algo más atrevido.
Encontré un vestido de cuero negro, corto, con una cremallera larga en el centro que iba desde el escote hasta el dobladillo. Era exactamente el tipo de prenda que Carmen nunca se compraría sola. Lo guardé en una bolsa y no se lo mencioné hasta esa misma noche del sábado.
Nos arreglamos despacio. Cenamos antes con Rubén y Nuria en un restaurante del centro, una mesa con mantel blanco y velas de verdad. La conversación fue extrañamente normal durante la primera hora: trabajo, una serie que habíamos visto, las últimas noticias. Pero por debajo había algo que se iba acumulando con cada copa.
Fue Nuria quien rompió el equilibrio.
—¿Nerviosos? —preguntó, sonriendo, mientras cortaba el filete.
—Un poco —admitió Carmen.
—Bien. Los que llegan sin nervios suelen ser los que se aburren.
El vino hizo el resto. Antes de pedir el postre, Carmen y yo nos miramos a los ojos un segundo más de lo habitual y sellamos sin palabras el acuerdo que ya teníamos desde hacía días: esa noche éramos cómplices, y lo que ocurriera no sería motivo de reproches al día siguiente.
***
Llegamos al club cerca de la medianoche. Desde fuera no había ninguna señal que lo identificara. Una puerta discreta en una calle tranquila, un interfono. Llamamos y abrió una mujer de unos cuarenta años, vestida con un traje sastre gris y un aplomo que no se improvisa.
El interior era lo contrario de lo que yo me había imaginado. Nada de luces rojas ni de ambiente de película barata. Decoración moderna, sofás amplios, luz cálida pero suficiente para ver las caras. Una barra en un extremo, música suave que no obligaba a gritar. Había parejas tomando copas, charlando, con la misma actitud despreocupada que podrías encontrar en cualquier bar de hotel.
Nos dieron unas llaves y nos señalaron los vestuarios.
—Lo normal aquí —explicó Nuria, mientras caminábamos hacia allá— es cambiarse o quitarse la ropa de calle. Cada uno decide cuánto.
Ella se quitó el vestido sin ningún pudor, se puso un pareo estampado que le cubría las caderas y siguió hablando como si nada. Rubén se quedó en boxers y apoyó la espalda en la pared con los brazos cruzados, esperando.
Carmen me miró. Había algo en su expresión que no era exactamente miedo pero tampoco era solo curiosidad. Era algo en el límite entre los dos.
—Espera —le dije, y saqué la bolsa.
Cuando vio el vestido negro, parpadeó.
—¿Lo compraste tú?
—Esta semana.
Lo cogió en las manos, lo miró por delante y por detrás, y durante tres segundos no dijo nada. Luego se giró, me lo dio y me pidió que le bajara la cremallera del vestido que llevaba. Lo hice despacio, notando el calor de su piel bajo los dedos. Cuando el vestido cayó al suelo, Carmen se quedó un momento completamente desnuda en aquella habitación iluminada. No se apresuró a cubrirse.
Rubén estaba de espaldas fingiendo revisar su teléfono, pero lo vi girar la cabeza medio centímetro.
Carmen cogió el vestido negro, se lo pasó por los hombros y yo le subí la cremallera solo hasta la mitad. El cuero se ceñía a su figura con una precisión que hacía casi imposible no mirar. Sus pechos marcaban el tejido por encima, su cintura quedaba exactamente donde tenía que quedar, y el bajo de la falda apenas llegaba donde llegar.
—¿Cómo estoy? —preguntó.
No contesté de inmediato, porque la respuesta requería un momento.
—Como si lo hubieran hecho para ti —dije al final.
Nuria la miró de arriba abajo con una sonrisa franca.
—Ay, Dios —dijo—. Rubén, no mires.
Rubén miró.
***
Salimos del vestuario y volvimos al salón principal. Rubén y Nuria iban delante. Yo caminaba al lado de Carmen y notaba que algo en ella había cambiado desde que se puso ese vestido. Andaba diferente. No con más confianza exactamente, sino con más presencia, como si hubiera decidido ocupar el espacio que le correspondía.
Nos sentamos en un sofá de esquina y pedimos copas. El ambiente era tranquilo, sin urgencias. Algunas parejas se acariciaban con una naturalidad que al principio resultaba extraña y que al cabo de diez minutos dejaba de serlo. Nadie miraba a nadie con mala cara. Era un lugar donde las reglas de fuera no aplicaban.
En el fondo había una zona más oscura hacia la que algunos se dirigían sin apresurarse. Pasillos con puertas que no tenían cerrojo. Lo que había dentro no estaba oculto: si la puerta estaba entreabierta, era porque quienes estaban dentro querían que lo estuviera.
—¿Queréis ver el resto? —preguntó Rubén.
Carmen lo miró a él, luego me miró a mí.
—Sí —dijo.
Rubén le ofreció el brazo. Carmen sonrió y lo cogió. Nuria se acercó a mí y apoyó su mano en mi antebrazo con una ligereza que era, en sí misma, una pregunta.
Los cuatro nos adentramos hacia el fondo del local.
***
En la primera habitación con la puerta entreabierta, Rubén se detuvo. Dentro, una pareja los miraba sin decir nada. Era el tipo de invitación silenciosa que en otro contexto hubiera resultado ambigua pero que allí tenía un solo significado posible.
Carmen se giró hacia mí. Le puse la mano en la cintura, sobre el cuero del vestido.
—¿Quieres entrar? —le pregunté en voz baja.
No respondió con palabras. Empujó la puerta y entró.
Lo que siguió duró más de una hora. Había momentos en que me perdía en los ojos de Nuria —que sabía exactamente lo que hacía y lo hacía bien— y momentos en que solo podía mirar a Carmen, que estaba al otro lado de la misma habitación y era completamente otra persona y exactamente la misma al mismo tiempo.
Rubén fue cuidadoso con ella. Lento. Yo lo agradecí sin decírselo.
Hubo un momento en que Carmen y yo nos encontramos en el centro de aquello, de vuelta el uno con el otro, y algo en ese reencuentro tenía una intensidad que no había sentido nunca. Como si volver también fuera algo nuevo. Como si la distancia que habíamos recorrido esa noche le hubiera dado un valor diferente a lo de siempre.
***
Salimos del club pasadas las tres. El aire de la calle olía distinto después de tanto tiempo dentro.
En el coche, Carmen apoyó la cabeza en el cristal de la ventanilla y cerró los ojos. No dormía. La conocía lo suficiente para saber la diferencia.
—¿Cómo estás? —le pregunté cuando arrancamos.
—Bien —dijo sin abrir los ojos—. Muy bien, de hecho.
Le creí. Porque su manera de decirlo no dejaba lugar a ninguna otra interpretación.
—¿Lo repetirías? —pregunté.
Abrió los ojos y me miró un segundo.
—Mañana te digo —dijo—. Déjame dormir primero.
Pero en la forma en que me lo dijo, en esa media sonrisa que no intentó esconder, ya estaba la respuesta. Los dos lo sabíamos.