La noche que decidí dejarme usar por primera vez
Voy a contar esto sin filtros. Tengo treinta y cinco años, doce de casada, un hijo de seis y un diagnóstico que cargo desde los dieciocho: trastorno límite de personalidad. La gente que me conoce dice que soy explosiva, a veces violenta. Lo soy. Pero esa parte la sufre sobre todo mi marido, y no es la que más me preocupa. Lo que me preocupa es la otra cara del trastorno: la ansiedad mezclada con la depresión que me empuja, cada cierto tiempo, a tomar decisiones autodestructivas.
Físicamente soy una mujer común. Piel clara con pecas en los hombros, cabello castaño oscuro, estatura promedio, caderas anchas, senos medianos que ya empezaron a ceder un poco. No soy modelo ni nada parecido. Atractiva sin ser deslumbrante. Suficiente para volver loco a más de uno cuando la situación se daba.
Empecé a masturbarme antes de saber que eso tenía un nombre. En la adolescencia se volvió compulsivo, casi un ritual diario. No era de las chicas que se acostaban con cualquiera: tenía pánico de quedar embarazada y prefería mantener el placer en mis propias manos. A los veinte empecé a beber en serio, y ahí fue cuando todo se desbordó.
Me ponía en situaciones peligrosas. Me emborrachaba en casas de conocidos y desperté más de una vez semidesnuda, con fluidos ajenos sobre la piel. Por suerte nunca llegaron a penetrarme. O nunca lo noté, que es lo mismo y no lo es. La ansiedad de un día se aplacaba con la culpa del siguiente, y así seguía el ciclo.
Cerca de los veintidós aprendí a vestirme mejor, mi cuerpo terminó de hacerse de mujer, y los hombres empezaron a buscarme con intenciones más directas. Acepté invitaciones. Descubrí el sexo oral como atajo. Tres, cuatro penes distintos pasaban por mi boca cada semana. No me importaba el riesgo, no me importaba quién era cada uno. La atención calmaba la ansiedad, aunque fuera por minutos.
Entre todos esos hombres había uno especial. Lo voy a llamar Mateo, aunque no era su nombre. Era amigo de un primo lejano, dos años mayor que yo, flaco, con la mirada siempre un paso atrás. Estaba obsesionado con quitarme la virginidad. Yo le hacía sexo oral con frecuencia y él aceptaba el trato sin protestar, esperando paciente la noche en que la oportunidad se diera. No es que yo opusiera resistencia: simplemente la oportunidad nunca llegaba.
Esa oportunidad llegó un viernes de agosto.
***
Mateo me invitó a salir con un grupo de amigos suyos. Yo bebía cervezas como si quisiera olvidarme de mi propio nombre, una detrás de otra. Estábamos los cinco en la barra de un bar que ya no existe, con la música tan fuerte que había que pegar la boca al oído del otro para hablar. En algún momento dejé de contar los vasos.
Y entonces empezó el manoseo.
Al principio no entendía de dónde venían las manos. Una me rozaba el muslo por debajo del jean ajustado, otra subía discreta por la espalda y se demoraba en la cintura. Estábamos en público, no podían ser tan descarados. Pero alguien lo estaba siendo. Mucho. Empecé a prestar atención. Mateo intentaba colar los dedos hacia mi entrepierna desde la derecha, sin éxito por la tela apretada. Y del otro lado, uno de sus amigos —el más callado del grupo, el que llevaba toda la noche mirándome sin sonreír— había metido la mano por debajo de mi blusa y tenía mi pecho entero en la palma. Nunca usé sujetador. Estaba acostumbrada a esa clase de roces.
Pero esta vez fue distinto. Sentí un calor que me subió por la nuca y me bloqueó la respiración. No iba a bajarme de esa sensación con una mamada en el parking y un taxi a casa. Esa noche no. Esa noche quería que un hombre se saciara conmigo. Mejor dicho, quería sentirme usada.
Me incliné hacia el oído de Mateo y le susurré que me llevara a un hotel. Mientras se lo decía, mi mano izquierda agarraba el bulto del otro por encima del pantalón. No era una caricia. Era una correa. Le estaba pidiendo, en silencio, que no nos dejara ir solos.
***
Mateo fue a pagar la cuenta. El otro me sacó del bar tomándome por la cintura y me sentó en el asiento trasero del carro. Empezó a besarme antes de cerrar la puerta. Era un beso torpe, brusco, sin coordinación, todo dientes y respiración. Lujuria pura. Cuando Mateo volvió y los vio así, casi explota. Gritó, abrió la puerta de un tirón, lo bajó del carro. Hubo golpes en el parqueadero, voces, una mujer pidiendo por favor que se calmaran.
Yo me quedé adentro, helada, sin atreverme a salir.
Volvieron los dos al rato. Sudados, con las camisas torcidas, sin hablarse. Mateo me miró por el espejo retrovisor.
—¿Te animas con los dos? —preguntó—. Porque si no, nos vamos a matar acá afuera.
No pude contestar. Tenía la garganta cerrada y la cabeza dando vueltas entre la excitación, el miedo y los litros de cerveza. Mi silencio fue tomado como un sí. Mateo encendió el motor y arrancamos.
Los dos iban adelante, sin mirarme. Yo solo temblaba en el asiento trasero, imaginando lo que se venía. Quería sentirme usada, pero no por dos hombres a la vez. Y al mismo tiempo me dije que daba igual. Si tenía que pasar, que pasara. Mi autoestima en ese momento no daba para defender nada.
***
Llegamos a un motel de paso en las afueras. Subimos a la habitación en silencio y yo me encerré directo en el baño. Necesitaba un minuto sola, agua en la cara, mirarme al espejo y confirmarme que era real lo que estaba a punto de hacer. Salí en ropa interior, con las piernas tibias.
El amigo de Mateo estaba desnudo, esperándome cerca de la puerta del baño. Era más alto que él, más sólido, con el pecho ancho y los hombros caídos hacia adelante como un boxeador. Mateo estaba sentado a los pies de la cama, en bóxer, con los ojos rojos y la mirada apagada. Tantos meses esperando ser el primero, y la primicia se la había llevado un piedra, papel o tijera improvisado en el ascensor. Se sentó a esperar su turno como un perro castigado.
El otro me levantó sin decir una palabra. Me tumbó en la cama, me separó las piernas y empezó a lamerme entre los muslos como si tuviera hambre real. Nadie me había hecho eso antes. Al principio se sintió bien, pero el ritmo era inconstante, repetitivo, demasiado entusiasta para servir de algo. Lo agarré por el pelo y lo subí hasta mis pechos. Cambió el registro. Los besaba con una delicadeza absurda en un cuerpo tan grande, una mezcla de bestia y monaguillo que me devolvió el calor.
Le hundí la cara entre los senos y miré hacia Mateo. Estaba completamente desnudo, sentado en la silla del rincón, con una erección descomunal y los ojos brillándole como si estuviera viendo un milagro. Creo que esa noche descubrió su gusto por mirar. No se tocaba. Solo registraba.
Le pedí al otro que se acostara boca arriba. Le ensalivé el sexo con paciencia, lo froté contra mis labios sin meterlo, dejándolo palpitar contra mi clítoris a medida que lo recorría. Sus quejidos eran un combustible. Me alcanzó un condón. Me costó ponérselo —solo lo había practicado en clase de educación sexual, con un plátano—, pero lo logré. Volví a mojarlo con saliva. Frente al espejo del techo, sentí que el momento por fin era mío.
Lo guié hacia mi entrada y empecé a bajar despacio, jugando con la punta, alargando el gemido suplicante que se le escapaba sin pudor. Cuando entró del todo, casi no lo noté. El dolor fue mínimo. Lo que sí sentí, intenso, fue la firmeza con la que mis paredes lo apresaban, ese instante íntimo y nuevo. Después de tantos años de masturbarme, por fin tenía un hombre dentro.
Él intentó moverse y yo lo frené poniéndole las manos en el pecho. No me iba a robar mi primer orgasmo real con su inexperiencia. Pero no consideré el suyo. A los pocos minutos clavó los dedos en mis nalgas, presionó hacia arriba y terminó con un grito seco y contenido. Sentí cómo se vaciaba. Una satisfacción inesperada y, a la vez, una decepción muda. No había sido lo que buscaba.
No hubo tiempo para procesar nada. Mateo se levantó como un resorte.
***
Me había equivocado con él toda la noche. No era el flaco dócil y enamorado que me hacía favores a cambio de migajas. Era otro animal entero. Cuando empujó a su amigo fuera de la cama, hubo un segundo en el que sus ojos no eran los de siempre. Me agarró del cuello con firmeza, me puso boca arriba y entró sin preguntar.
Empujó con una rabia que me dejó sin aire. Como si quisiera romperme. No podía evitar gritar. Con el otro apenas había hecho ruido, pero con Mateo gritaba sin medirme, sin importarme el motel ni los vecinos ni nada. Era exactamente la escena que tantas veces me había imaginado con los dedos: estaba siendo usada por un hombre fuerte, perdido en la cordura, que solo bombeaba y resoplaba. Me lastimaba. El ritmo me hacía perder la conciencia por momentos.
Casi no registré cuando me dio la vuelta y me puso en cuatro. Me abría las nalgas con los pulgares mientras me embestía. Giré la cabeza y lo vi grabándome con el celular. Estaba absorto, como en trance. Esa imagen no la voy a olvidar nunca. Las piernas empezaron a fallarme y él se aferró a mi cintura para no dejar salir el pene. Se acostó sobre mi espalda y dejó de bombear. Solo presionaba, profundo, mientras yo me deshacía en espasmos.
Fue, por mucho, el mejor orgasmo que había sentido en mi vida. Lo sentí hasta en la punta del cabello. No imaginé que existiera algo así de intenso y de largo. Me perdí en la sensación. Volví a la habitación con su voz al oído.
—Ahora voy yo —dijo.
Empezó a moverse como un pistón. Sudaba sobre mí. Me agarró un pecho con fuerza y aceleró. Sentí otra vez la cascada acercándose. Se incorporó sin salir, me levantó las caderas, me dejó la espalda arqueada y la cara contra las sábanas. Y de golpe, se retiró. Sentí el chorro caliente caer en mi espalda, en mi cabello y en mis nalgas. Frotó la punta entre mis nalgas como una salchicha en un pan, varias veces, exprimiendo la última gota. Después se dejó caer a un lado de la cama, derrotado.
Cuando volví en mí, el otro estaba parado frente a mí con el sexo apuntándome a la cara. No le dio tiempo a avisar. Cerré los ojos justo cuando explotó sobre mi frente. Me lo metió en la boca y me pidió que lo terminara de limpiar con la lengua. Lo hice. Se dejó caer también.
***
Y ahí estaba yo. Agotada, semen secándose en la piel, sin haber hecho otra cosa que dejarme usar. Y, sin embargo, no podía dejar de querer más. Mis dos machos estaban tirados, exhaustos, respirando como si los hubieran arrastrado kilómetros. Yo abrí las piernas, apoyé una sobre el muslo de cada uno, miré el techo y terminé sola, con la mano, antes de quedarme dormida entre ellos.
Volví a verme con Mateo algunas veces después de esa noche. Aprendí a reconocer al animal que tenía dormido detrás de los ojos tristes. Pero el demonio que vive dentro de mí, ese motor que la psicóloga llama trastorno límite, siempre quiso más. Esto es solo el principio. Mi vida de locura y peligros apenas estaba empezando, y a mis treinta y cinco años, con doce de casada y un hijo durmiendo en la habitación de al lado, no parece que vaya a calmarse pronto.