Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi diario y el verano que conocí mi primer orgasmo

16 de agosto.

Hola, diario. Hace meses que no te escribo y la verdad es que no había nada para contar. Ayer empecé las prácticas en el hospital San Vicente. Iba con la cabeza llena de ilusiones, lista para aprender lo que fuera, y me encontré con una tutora que nos dejó tiradas en los servicios y no volvió en toda la tarde. Las enfermeras del turno nos mandan a hacer cualquier cosa y ni se fijan si lo hacemos bien. Estoy segura de que si un día me fuera después de firmar la asistencia, nadie se daría cuenta. Pero, bueno, no tengo a dónde ir, así que me aguanto y miro lo que se puede.

19 de agosto.

Hola otra vez. Hoy se acercó un chico. Es becario de arquitectura. Se llama Mateo, aunque todos en el hospital le dicen Teo. Para ser de obra y planos, se viste bastante mejor que muchos de los médicos jóvenes. Ya me había mirado la semana pasada cuando pasé por la cafetería. Me preguntó qué turno me tocaba mañana. A ver qué pasa.

27 de agosto.

Van tres prácticas seguidas que Teo apenas si me saluda con la cabeza. Lo veo cruzar el pasillo y se hace el ocupado. Fuera de eso, aburrido todo.

29 de agosto.

Diario, me llevaron pastel por mi cumpleaños, pero eso no fue lo mejor. Teo apareció en la cafetería justo cuando estaba soplando las velitas. Entre broma y broma me dijo que, como ya cumplía dieciocho, ya podía irme de fiesta con mayores y hacer «cosas de grandes». No tengo ni idea a qué se refería, pero al salir me preguntó cuándo íbamos a tomar un café. Le voy a tomar la palabra. Quiero saber a qué «cosas» se refería el muy maldito.

3 de septiembre.

Me eché la pinta para ir por ese café. Solo eso, pinta y café, y nada más. Una compañera hizo lo mismo y la cacharon porque tuvo la pésima idea de volver al hospital para que la vieran. Hablamos entre todas y vamos a turnarnos para escaparnos, pero sin regresar, porque así no nos pillan. Con Teo solo estuvimos platicando dos horas. Le advertí de entrada que ni en sueños podía aparecer cerca de mi casa, que mis papás me mandan al convento si me ven con un chico. Se rio y me dijo que solo le diera oportunidad de seguir haciendo «cosas» así, salir a un café, dar una vuelta. Lo de las «cosas» me sigue intrigando. Jajaja.

13 de septiembre.

Diario, sin grandes novedades. Volvió a tocarme la pinta de la práctica. Quise convencerlo de ir al cine a ver una película de terror que estaba estrenando, pero ningún horario me daba para volver a casa antes de las nueve. Teo me dijo que iba a conseguir el disco con un amigo que las baja antes que el estreno. Ojalá pueda.

22 de septiembre.

Diario, ¡Teo me besó! No estaba planeado, o eso quiero creer. Fuimos a su departamento a ver la película, pero resultó que el muy mentiroso vive solo. La verdad, no le malicié nada. Iba realmente a ver la dichosa película y ni la terminamos. Su lugar es chiquito, más bien un estudio con baño y cocina apretadita. Tiene una cama y un sillón delante del televisor, y ahí nos sentamos.

No hubo mucho preámbulo. Llevábamos un rato de la película cuando se acercó y empezó a besarme. Fue lo más natural del mundo. Yo creo que llevaba semanas esperando hacerlo. Había besado a otros chicos antes, en la fiesta de Diana o detrás de la cancha del colegio, pero nunca en un sitio cerrado, donde nadie podía interrumpirnos.

Es muy distinto, diario. Sentía unas ganas locas de seguirlo besando. Y sentía abajo, en mis partes, algo caliente, hinchado. Como si me doliera, como una ansiedad de que alguien me hiciera algo ahí. Pero rico, muy rico. Los dos respirábamos fuerte. Creo que estaba duro, pero no quise ni mirar porque no quería perderme la sensación. Cuando me di cuenta, la película iba por la mitad y a mí ni me importaba. Me fui temprano de todos modos. Estaba demasiado agitada para quedarme un minuto más. Voy a pensar las cosas.

28 de septiembre.

Diario, soy una loca. Antes incluso de llegar al hospital ya le había escrito a Teo, y en cuanto firmé la asistencia me fui directo a su departamento. Esto sí fue lo que se dice un faje en serio. Estuvimos besándonos un siglo. Empezó a abrazarme con fuerza y, por primera vez, no me aguanté: lo jalé encima de mí.

Entonces sus manos dejaron de quedarse quietas en la espalda. Me acariciaron los brazos, los hombros, y bajaron hasta posarse, sin apretar, en mi trasero. Todo se sintió increíble, pero lo mejor fue notar abajo eso caliente y muy húmedo.

Hablamos un rato largo, sentados muy juntos. Le dije sin rodeos que no quería tener sexo todavía. Que no era el momento, que me daba pánico embarazarme tan joven, que no llegaba ni a los veinte. Me propuso que siguiéramos así, despacio, y me explicó que había muchas cosas que podíamos hacer sin riesgo. No le contesté. Mejor lo callé con un beso y, esta vez, lo dejé tocarme más.

Yo sentía mis labios de abajo mojados, inflamados, y no sabía qué hacer con eso. No me quitó ninguna prenda, pero me besó el pecho por encima de la camiseta. Me entraron unas ganas desesperadas de quitármela. Metió un muslo entre mis piernas. No hacía presión, pero yo lo sentía justo ahí y, sin pensarlo, empecé a frotarme contra él.

Estuvimos así un rato eterno. Me besaba el escote y yo lo dejaba porque cada centímetro que descubría su boca me hacía sentir más rico. Hasta que la camiseta cedió de un lado y me sacó un pecho. En el instante en que sus labios tomaron mi pezón, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. No supe hacer otra cosa que quitarme la camiseta entera. Era de doble forro, de esas que se usan sin sostén, así que me quedé desnuda de la cintura para arriba en un parpadeo.

Lo agarré del pelo y me lo pegué al pecho. Teo se quedó ahí, jugando con un pezón con la lengua y acariciando el otro con la mano, un buen rato, hasta que vi por la ventana que estaba oscureciendo. Tuve que pedir taxi para no llegar tarde a casa. Sigo sintiendo todo muy sensible. Es rico pero desesperante. Supongo que esto es tener ganas. Tiene que ser esto, porque no dejo de pensar en su boca mordiéndome.

5 de octubre.

¡Diario! ¡Mi primer orgasmo! No, no tuve sexo. Solo un orgasmo. Bueno… varios. Unos allá con Teo y unos cuantos más aquí, sola en mi cuarto, mientras te escribo. Te cuento.

Estábamos fajando. Yo llegué directo a quitarme la blusa, ya sin pudor, y él de la nada se levantó y se quitó la camisa, los zapatos y los pantalones. Yo me asusté y se me escapó una carcajada, todo a la vez. Fue la primera vez que vi su bulto marcado debajo de los calzoncillos, parado, evidente. Quería tocárselo y no me animé. Lo dejé que siguiera acariciándome.

Esta vez bajó los besos por mi vientre y yo sentía un calor que me subía a la cara. El pantalón me estorbaba como nunca. Volvió a subir y me besó la boca. Me preguntó al oído, despacito, si quería sentir algo más. No respondí, pero tampoco lo aparté. Entonces metió la mano por encima de mi pantalón y me preguntó otra vez, en un susurro:

—¿Puedo?

No le contesté con palabras. Moví las caderas para que tuviera espacio y su mano se coló sin pelearse con nada. Estaba empapada. Sus dedos se hundieron entre mis labios como si estuvieran hechos para meterse ahí. Sin darme cuenta, yo me movía sola, y él empezó a hacer círculos lentos justo en el sitio. Me besaba la boca y yo sentía sus dedos como si fueran mil. Me movía para que apretaran más.

Cada segundo era más, hasta que de pronto algo estalló entre mis piernas y me sacudió de la cabeza a los pies. No recuerdo bien lo que pasó después. Dejé que aquello me atravesara. No sé cuánto duró. Cuando volví en mí, Teo me miraba con cara de sinvergüenza, sin moverse, como esperando una respuesta. Yo seguía pasmada. Le pregunté qué demonios me había hecho.

—¿Nunca te has masturbado? —me preguntó, casi escandalizado.

Le dije que no. Se quedó pensando un segundo. Empezó a besarme la piel justo arriba del ombligo y, casi sin pausa, bajó hacia el cierre del pantalón con intenciones evidentes. Yo lo dejé. Quería volver a sentir eso, esa cosa infinita y maravillosa. Me quedé solo en ropa interior y al final también esa cayó al suelo. Sentí vergüenza, pero más fuerte fue la necesidad de venirme otra vez. En medio del calentón solo logré decirle:

—No quiero embarazarme.

—No te preocupes —me respondió.

Se acomodó a mi lado, me besó en la boca y me tomó la mano derecha. Me la llevó él mismo hacia mi entrepierna y me la puso encima, abierta, para que sintiera. Fue rarísimo, pero también lo más natural del mundo. Empecé a frotarme igual que se había movido él. En unos segundos me volví a venir, más fuerte que la primera vez. Tuve que correr a vestirme porque era tardísimo.

Llegué a casa, me encerré en el cuarto, y antes de poder hacer nada más, tuve que masturbarme dos veces más para bajar la ansiedad. Diario, ¿y ahora qué? ¿Cómo le hago para que no me falte? Creo que voy a tener que masturbarme otra vez antes de dormir.

Valora este relato

Comentarios (4)

LectoraNocturna

Que relato tan precioso, lo lei dos veces seguidas. Gracias por compartirlo!

MarcelaH

Me llegó al alma esto. Hay algo muy especial en como está narrado, se siente verdadero. Ojalá haya mas.

Gato_nocturno

Excelente prosa, muy bien llevada la tension emocional. Dale que queremos la segunda parte!

Maxi_2019

Un personaje masculino bien trabajado, eso no es lo mas habitual por acá jaja. Muy bueno.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.