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Relatos Ardientes

Esa tarde con Camila y Diego cambió todo entre nosotros

Lo que tenía con Camila y Diego se había vuelto algo serio en los últimos meses. No serio en el sentido de pareja, sino serio en la confianza, en lo que nos permitíamos hacer los tres juntos. A veces ella quedaba con uno de los dos por separado, pero la mayoría de las veces éramos los tres. Yo ya había aceptado mi parte bisexual sin pelearme con ella: me gustaba lo que Diego hacía con la boca, y me gustaba lo que yo le hacía a él, sentir su polla pegada al paladar y mirarle la cara cuando estaba a punto. A Camila eso la ponía a mil. Vernos era casi parte del juego, y cuando después la atacábamos los dos a la vez, le dábamos tardes que no se olvidaban fácil.

Esa tarde habíamos quedado en casa de Diego, como casi siempre. Rotábamos de departamento por capricho, pero el suyo era el que más se prestaba: cama enorme, ducha enorme, un sofá del salón en el que cabíamos los tres echados. Era nuestro picadero por defecto y todos lo sabíamos.

Llegué al portal a la vez que Camila. Venía con unos shorts ridículamente cortos, una camiseta de tirantes y unas zapatillas blancas. Me vio desde la esquina y se quedó esperándome, sacándome la lengua y enseñándome el piercing como si fuera lo primero que tuviera que contarme. Esa manera suya de saludar, sumada a la ropa, bastaba para que se me empezara a notar.

—Vienes con ganas —le dije al llegar.

—Vengo con muchísimas ganas —contestó.

La puerta del edificio estaba entornada. Entramos al portal cogidos de la mano y nos dimos un pico antes del ascensor. Mientras esperábamos, intenté besarla en serio y ella apartó la cara justo a tiempo, dejando solo la punta de la lengua para que rozara la mía durante un segundo. Se rio bajito y me agarró el paquete con la mano abierta.

—Vaya. Todavía no empezamos y ya estás listo.

—Y tú vienes con ganas de putearme.

—Tengo ganas de provocarte —se encogió de hombros—. Ya sabes que me hace gracia.

—Ahora veremos cuánta gracia te hace.

Cuando se cerró la puerta del ascensor, la pegué contra una de las paredes y me apreté entero contra ella. Le puse las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano y le pasé la lengua por el cuello, despacio, desde el hombro hasta detrás de la oreja. Soltó un quejido sordo y se le aflojaron las rodillas un instante. Ese juego de quién manda y quién obedece nos lo intercambiábamos a cada rato, y a ella le encantaba perder a ratos. Le levanté la camiseta lo justo para meter la mano por debajo y descubrí lo que ya esperaba: ni sujetador ni nada. Le rocé un pezón con el pulgar y lo encontré tan duro como una piedra.

—Sin sostén otra vez —murmuré—. Vienes preparada.

Bajé la mano hasta la cintura del short y la metí por dentro. Tampoco llevaba bragas. Tenía el sexo empapado, y eso me lo confirmó cuando le pasé el dedo entre los labios y se le escapó un jadeo.

—¿Y bragas tampoco?

—No —contestó, agarrándome la nuca y acercándome la boca al oído—. Así os va a costar menos quitarme la ropa para follarme.

El ascensor se detuvo. La puerta de Diego ya estaba abierta. Lo encontré en el recibidor, descalzo, con camiseta y pantalón corto, esperando como si supiera la hora exacta a la que íbamos a llegar. Cerré la puerta a mi espalda y agarré a Camila por la cintura antes de que avanzara, restregándome contra su culo mientras ella seguía el ritmo moviendo las caderas.

—¿Sabes qué, Diego? Esta vino con tantas ganas que no se puso nada debajo.

—Mejor —contestó él—. Pasen al cuarto.

***

En la habitación volvimos a la postura del portal. La sujeté de la cintura contra mi pecho, frotándome contra ella, dándole besos en el cuello, esa zona que la dejaba prácticamente anulada. Diego se acercó de frente, le dio un beso largo y le quitó la camiseta. Empezó a comerle los pechos y yo le bajé los shorts hasta la mitad del muslo. Camila se dejaba hacer, con los pantalones por las rodillas, los pechos al aire y los párpados a media asta.

La tuvimos así un buen rato. Yo le masturbaba el sexo desde atrás, le mordía la nuca, le pasaba la lengua por el oído. Diego le pellizcaba los pezones, le mordía el cuello, alternaba besos profundos con dentelladas suaves. Camila gemía cada tanto, sin moverse mucho, esperando lo que sabía que venía.

—Camila, ya está. Vamos a follarte de una vez.

—Por favooor —dijo, alargando la o.

Diego no necesitó más. Se bajó el pantalón, le puso una mano en la nuca y la inclinó hacia adelante. Camila se la metió en la boca sin soltarla. La postura no parecía cómoda —ella de pie, doblada por la cintura— pero no se quejó. Yo le bajé los shorts hasta los tobillos, me coloqué a su espalda y le rocé el sexo con la punta de la polla, jugando con la entrada. Se la metí toda de un golpe y se le escapó un grito amortiguado por la polla de Diego.

—¡Mmmfff…!

Diego la sostuvo de la cabeza y siguió moviéndose despacio, marcando el ritmo en su boca. Yo me ajusté al de él, empujando desde atrás. Intentamos no ser brutos. Conseguimos que se corriera dos veces antes que ninguno de los dos. La oíamos morder la garganta de Diego, frenarse a mitad de gemido, dejarse llevar.

—Me voy… —avisó Diego—. Me corrooo…

Paré para darle espacio. Él la tenía agarrada del pelo. Por la cara que puso y por el jadeo final, le llenó la boca entera. Cuando terminó, se hizo a un lado. Le quité los shorts del todo a Camila, la apoyé en el colchón con las palmas, y volví a empujar desde atrás, esta vez en una postura más decente. Aceleré. Diego se sentó en la silla, recuperándose, mirándonos sin parpadear.

—Vamos, vamos —le decía yo, casi al oído.

—¡Síiii, sigue, sigue!

Ella se corrió otra vez. Yo ya no aguantaba. Le ordené que se diera la vuelta y se pusiera de rodillas. Lo hizo con la lengua afuera, mostrando el piercing, esa cara entre ansiosa y burlona que siempre me terminaba de rematar. Me corrí entre sus labios y la barbilla, casi todo dentro de la boca. Cuando abrí los ojos, me miraba con la boca cerrada, la cara salpicada y una sonrisa de niña buena. Tragó y siguió pasándome la lengua por la polla para dejarme limpio.

Cuando se puso de pie, dijo:

—Joder. Una de las mejores que me habéis dado.

—No querías que te folláramos en serio —contesté—. Tarea cumplida.

***

Camila se fue al baño. Diego y yo nos sentamos en el sofá del salón con dos cervezas frías. Hablamos poco; estábamos los dos con esa cara de tonto satisfecho que da la cerveza después del sexo. Cuando volvió, tenía el pelo mojado, una camiseta de Diego puesta y nada más. Se inclinó, le dio un pico a cada uno y se sentó entre los dos. Empezó a pasarnos los dedos por encima del pantalón, despacio, sin presión. Solo recordándonos que ella seguía ahí.

Diego fue el primero en levantarse.

—Vengan. Al cuarto otra vez.

Camila y yo fuimos detrás. Cuando entramos los tres ya estábamos desnudos. Ella se arrodilló frente a nosotros y nos cogió las dos pollas a la vez, alternando besos en mi boca y en la de Diego, jugando con nuestras lenguas. Diego le puso una mano en la cabeza y la invitó a bajar. Camila se la metió en la boca y nos miraba de abajo arriba, con esa media sonrisa traviesa. La polla se me puso dura otra vez solo de verla.

Al cabo de un rato me hizo un gesto para que me acercara. Me arrodillé junto a ella. Camila escupió en la polla de Diego y se la dejó brillante. La empujó hacia mí. Yo dudé un segundo. Era la primera vez que iba a compartir una polla en la boca con alguien. La combinación de saber que era él, que ella estaba ahí y que la idea había sido suya, me ponía más cachondo que cualquier otra cosa que se nos hubiera ocurrido. Acepté. El sabor de él mezclado con la saliva de ella era distinto a lo que conocía.

Estuvimos un buen rato así, turnándonos, juntando las bocas sobre él, mezclando salivas en la cabeza de su polla y besándonos entre lametón y lametón. Diego apenas se movía. Tenía los ojos cerrados y la respiración corta.

—Paren —dijo al cabo de un rato—. Me corro si seguís. Mejor seguid con mi culo.

Se dio la vuelta y se apoyó a cuatro patas en la cama. Confieso que me sorprendió, pero tampoco era la primera vez que comía un culo. A Camila se lo había comido muchas veces, casi siempre como entrada. Camila empezó. Escupió en él, le metió la lengua, le pasó la mano por la espalda. Yo me puse a su lado y nos turnamos como antes. A veces ella le metía la lengua y yo le mordía la nalga; a veces yo se la metía y ella me acariciaba la cara, me besaba el cuello, me tiraba del pelo con suavidad. Diego apoyaba la frente en el colchón y respiraba muy fuerte.

—¿Qué pasa, le vamos a estar chupando el culo todo el rato? —dijo Camila de repente—. ¿O se lo vas a follar de una vez?

Me quedé en silencio. Diego contestó por mí, sin moverse.

—Vamos, ya estoy listo. Métela.

Camila se levantó y abrió un cajón en el mueble pegado a la cama. Sacó un bote de lubricante, se echó un chorro generoso en la mano y empezó a untármelo en la polla mientras me besaba. Después se ocupó del culo de Diego. Tampoco tardó mucho. Diego estaba más listo que ninguno de los tres.

—Vamos, joder, fóllame ya.

Me puse detrás. Apoyé la punta y empujé despacio. Entró con menos resistencia de la que esperaba. Llegué hasta el fondo, las caderas pegadas a sus nalgas, y me quedé quieto un par de segundos. Salí lentamente hasta dejar la punta, volví a entrar. Repetí, ganando ritmo. Camila se había sentado en la silla y se tocaba mirándonos.

—Joder, qué cachonda me pone veros. Sigue, sigue.

A los pocos minutos ya tenía un ritmo cómodo. Sujetaba a Diego por las caderas, le miraba la espalda, escuchaba cómo respiraba. Reconozco que disfruté. No era lo que había imaginado meses atrás cuando los conocí, pero ahí estaba.

—Vamos… sigue… joderrr…

—Diego, no aguanto…

—¡Córrete, córrete!

Le clavé la polla hasta el fondo, sentí la tensión recorrerme entero y me corrí dentro de él. Me quedé enganchado un instante, jadeando contra su espalda. Diego se incorporó sin separarse, pegó su espalda a mi pecho, me pasó una mano por la nuca y la dejó ahí. Estuvimos así unos segundos hasta que oí a Camila acabar también. Me desacoplé con cuidado y fuimos los dos a lavarnos a turnos.

***

Cuando volví a la habitación, vi que la polla de Diego todavía estaba dura. No había terminado. Me crucé con su mirada y él, con esa cara suya de niño con una idea, dijo:

—Oye, yo aún la tengo así. No me iréis a dejar a medias, ¿no?

Camila y él se miraron. Yo entendí enseguida hacia dónde iba la cosa, y empecé a notar el corazón en otra parte del cuerpo.

—Aquí hay un culo que nadie ha tocado todavía —dijo Camila, despacio, viniendo hacia mí—. Ya iba siendo hora.

Me empujó con suavidad hasta que caí de espaldas en la cama. Se puso encima, sin apoyar el peso, y empezó a besarme en la boca y en el cuello. Me la fue poniendo dura otra vez, jugando con la mano. Me daba tiempo y a la vez no me lo daba. Diego se acercó y se sentó al borde del colchón, mirándonos.

—Ponte a cuatro patas —dijo, sin más.

—Yo nunca lo hice —solté, y noté que me temblaba un poco la voz.

—Voy a ir despacio. Confía.

No confiaba del todo, pero por algún motivo obedecí. Me puse en posición y Diego se colocó por delante. Me ofreció la polla y yo me la metí en la boca para distraerme. Camila apareció a mi espalda y empezó a comerme el culo despacio, alternando lengua y dedos, untándome con lubricante. Mientras lo hacía, me lamía los testículos y volvía atrás, jugando con su propia mano. Poco a poco me fui acostumbrando a la sensación. Diego me sostenía la cabeza sin presionar, dejándome poner el ritmo.

Cuando llevaba un buen rato así, Diego me dijo que parara. Rodeó la cama, se puso detrás de mí, me escupió y empezó a jugar con la punta en mi entrada.

—Vete despacio, por favor. Es la primera vez.

—Tranquilo. Ya te dije. Relájate.

Tenía el pulso disparado. Intenté soltar el aire, abrir el pecho, dejarme. Sentí cómo empujaba muy poco a poco. Me dolió, no voy a mentir. Aguanté un quejido.

—Ahhh, despacio, despacio…

Camila se metió debajo de mí. Me besaba la cara, me acariciaba la mejilla, me tomaba la polla con la boca con una suavidad que contrastaba con lo que Diego estaba haciendo atrás. Diego avanzó hasta la mitad y se mantuvo un buen rato así, entrando y saliendo lo justo. El dolor inicial se fue diluyendo y, en algún punto que no sabría situar, dejé de pensar.

—Joder —murmuré—. Joder…

—¿Sigo?

—Sigue.

Cuando me metió la polla del todo, fue un golpe seco. Solté un grito que sonó más fuerte de lo que esperaba. Me apretó las caderas y empezó a moverse de verdad, lento al principio y luego con más decisión. Camila no había parado abajo. Yo notaba su boca subiendo y bajando y la polla de Diego entrando y saliendo, y por un momento todo se mezcló en una sola sensación que no se parecía a nada de lo que conocía.

—Diooos… me voy a correr.

—Córrete en mi boca —murmuró Camila, sin sacarla.

Me corrí entre sus labios con un orgasmo largo, profundo, distinto. Mientras yo me iba, ella seguía moviendo la lengua, y Diego seguía empujando, y todo eso a la vez fue casi demasiado. Él aguantó unos segundos más, sacó la polla con cuidado y se corrió encima de mi espalda con un par de sacudidas finales.

Me quedé inmóvil, con la mejilla contra el colchón y las piernas todavía abiertas. Tenía el cuerpo aturdido. Camila salió de debajo y se tumbó pegada a mí, acariciándome la cara y dándome picos en la frente. Diego apareció con un paño húmedo y me limpió la espalda sin decir nada, como si fuera lo más normal del mundo.

—¿Estás bien? —preguntó al rato.

Tardé en contestar.

—Estoy bien.

Camila se rio bajito contra mi cuello. Diego apagó la luz pequeña del cabezal y se acostó a mi otro lado. Mi primera vez había terminado, y ya en ese momento supe, sin necesidad de decirlo en voz alta, que no iba a ser la última.

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Comentarios (4)

Facu_Tuc

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

ManuelGdl

Por favor que haya segunda parte, quedé con demasiadas ganas de saber como siguio todo despues de esa tarde

CarlitosK55

Me recordó a una situacion parecida que tuve hace años... lo mio no termino tan bien jaja. Muy buen relato

SantiRiv

Y despues de eso como quedaron los tres? Siguieron siendo amigos o todo cambio? Quiero saber mas

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