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Relatos Ardientes

La tarde en que Marco y yo perdimos la inocencia

Esto pasó hace poco más de dos meses, aunque a veces me parece que fue ayer. Me llamo Sofía, tenía dieciocho años recién cumplidos y cursaba el último curso del instituto. Físicamente soy morena, de cara bonita y estatura media, con un cuerpo delgado que cuidé siempre sin proponérmelo demasiado. El pecho no es mi fuerte, pero es firme y bien proporcionado. El trasero, en cambio, ha sido motivo de más de un comentario en los pasillos.

Siempre fui una chica tranquila, de esas que prefieren quedarse en casa con una serie antes que salir a buscar fiesta. Nunca fumé, nunca bebí más de lo necesario, y nunca había tenido novio. Mis amigas sí. Daniela llevaba tres años con el mismo chico. Carmen había tenido ya dos relaciones. Y yo seguía sin que nadie me interesara de verdad, aunque ellas se empeñaban en que «siendo tan guapa» era un crimen quedarme en casa los sábados.

Un día, mientras hacíamos los deberes en mi cuarto, Daniela levantó la vista del libro y me dijo con esa seguridad suya que no admite réplica:

—Te gusta alguien. Lo sé porque llevas semanas con esa cara.

Negué dos veces, pero acabé cediendo. Les conté que había un chico en clase, Marco, con el que había hablado algunas veces en el pasillo y en la salida, y que me parecía diferente al resto. No era el más popular ni el más guapo del curso, pero tenía algo. Una forma de mirar, de escuchar, de no interrumpir cuando yo hablaba. Esas cosas que nadie nota hasta que alguien te las señala.

—Marco —repitió Carmen, con una sonrisa lenta—. Interesante.

—No es nada —respondí—. Solo me parece buen chico.

Daniela intercambió una mirada con Carmen que yo fingí no ver. Conocía esas miradas. Significaban que algo estaba en marcha y que yo me enteraría cuando ellas decidieran contármelo.

***

Al día siguiente me dijeron que le habían invitado a venir a mi casa esa tarde, «a pasar el rato», sin que yo supiera exactamente cómo habían gestionado aquello. Llegó a las seis en punto. Llevaba una camiseta oscura y el pelo ligeramente despeinado, esa clase de despeine que parece casual pero que alguien ha pensado. Cuando me saludó en la puerta, me dio dos besos sin dudar, como si ya nos conociéramos bien.

Nos sentamos en el salón los cuatro y Daniela propuso un juego. El formato era simple: das tres nombres y tienes que decidir con cuál te casas, a cuál eliminas y con cuál solo pasas una noche. Carmen explicó las reglas con entusiasmo, y Marco las escuchó con una sonrisa que no dejaba claro si le hacía gracia el juego o la situación entera.

Las primeras rondas fueron inocentes. Actores, cantantes, profesores del instituto que todos conocíamos. Nos reímos bastante. Pero entonces Daniela le dio la vuelta y le dio a Marco tres nombres para elegir: Rebeca, Valeria y yo.

Rebeca era una compañera bastante antipática con la que ninguno teníamos demasiada relación. Valeria era la chica más llamativa del curso, de esas que entran a una habitación y todo el mundo gira la cabeza. Y yo era yo. Me quedé quieta, esperando con el estómago encogido.

Marco no dudó demasiado tiempo. Dijo que a Rebeca la eliminaba, que con Valeria pasaría solo una noche, y que conmigo se casaría.

—Pero espera —interrumpió Daniela con una sonrisa demasiado amplia—. ¿Casarte incluye lo que incluye estar casados, no? ¿Todas las veces que quieras?

Marco la miró sin pestañear.

—Claro que sí. Incluye todo.

Daniela aplaudió como si acabara de ganar una apuesta. Yo intenté que no se me notara en la cara lo que me estaba pasando por dentro, aunque probablemente lo noté todo el mundo.

Seguimos jugando un rato más. Cuando me tocó a mí elegir, entre los tres nombres que me dieron estaba Marco. No lo puse en la opción de casarse por presión de nadie. Era simplemente lo que quería.

***

A las ocho, Carmen y Daniela anunciaron que se iban. Se levantaron con demasiada coordinación para que fuera espontáneo. Antes de salir, Daniela me rodeó con el brazo y me habló al oído mientras me ayudaba a recoger los vasos de la mesa:

—Ya era hora, Sofía. Mira en el bolsillo derecho del pantalón.

Metí la mano y encontré un condón en su envoltura. Cerré el puño alrededor de él y no dije nada. Cuando las vi cerrar la puerta, me volví hacia Marco.

Él se estaba levantando también para marcharse, diciendo que no quería quedarse si mis amigas se iban. Le dije que se quedara si le apetecía, que no tenía ninguna prisa. Se sentó de nuevo sin hacerse de rogar, lo cual me pareció una buena señal.

Propuso jugar a las cartas, pero con una variante: el que perdía debía quitarse una prenda. Yo dudé un momento, no porque no quisiera, sino porque sentía que el juego me revelaba demasiado pronto lo que ya sabía que quería. Pero acepté.

Acordamos que los calcetines y las zapatillas contaban como una sola prenda y empezamos a jugar. Gané las dos primeras manos. Marco se quitó las zapatillas con los calcetines incluidos y los puso encima de la mesa como si fueran un trofeo, con un gesto tan teatral que me hice reír. Después él ganó dos seguidas y yo hice lo mismo.

Cuando le gané la tercera mano, se quitó los pantalones. Se quedó en vaqueros cortos y camiseta, apoyado en el respaldo del sofá con una calma que yo envidiaba, porque yo temblaba por dentro aunque intentara disimularlo.

Perdí la siguiente y me quité la camiseta. Llevaba un sujetador negro debajo, y aunque me dio algo de vergüenza, me di cuenta de que no tanta. Me gustó cómo me miró. No de forma grosera, sino como alguien que ve algo que le gusta y no intenta ocultarlo.

Perdí otra vez y me quité los pantalones. Me quedé en ropa interior, sentada frente a él en el sofá, intentando que mi expresión no delatara que mi corazón iba al doble de velocidad de lo normal. Tenía miedo de haber apostado demasiado pronto, de quedarme sin prendas antes que él y no saber qué hacer después.

Pero entonces gané dos manos seguidas.

Marco se quitó la camiseta primero. Tenía el torso en buena forma, no de manera exagerada, sino de alguien que hace deporte sin obsesión. Los hombros anchos, el abdomen plano. Luego agarró los vaqueros cortos y dudó un segundo.

—Aquí va —dijo, y se los quitó.

Hubo un silencio breve. Estaba coloradísimo, lo cual me pareció más honesto que cualquier otra cosa que pudiera haber hecho. Y yo, sin pensarlo demasiado, di por terminado el juego de cartas.

—Creo que gané —dije.

—¿Qué quieres de premio? —preguntó.

—Un beso.

Se levantó del sofá y vino hacia mí. Se inclinó despacio, dándome tiempo de echarme atrás si quería. No me eché atrás.

El beso empezó suave y fue cambiando de ritmo sin que ninguno de los dos lo decidiera. Sus manos encontraron mi cintura, luego mi espalda. Las mías, sus hombros. Nos separamos un momento para respirar y ninguno habló. Creo que ninguno de los dos sabía qué decir que no fuera peor que el silencio.

***

No recuerdo exactamente cómo pasamos del salón a mi habitación. Solo sé que cuando me di cuenta estábamos sentados en el borde de mi cama y él me desabrochaba el sujetador con una torpeza que me resultó más tranquilizadora que cualquier destreza. Era tan novato como yo, y eso lo cambiaba todo.

—Tengo que decirte algo —dije.

—Dime.

—Nunca he hecho esto.

Él se quedó quieto un momento, con las manos aún en mi espalda.

—Yo tampoco —respondió.

No sé si esperaba que eso cambiara algo. No cambió nada, excepto que los dos respiramos un poco más despacio y nos relajamos.

Me tumbé de espaldas y él se puso a mi lado. Empezó a besarme el cuello, el hombro, la clavícula. Sus manos recorrían mi cuerpo con atención, como si estuviera aprendiendo algo que quería recordar. Yo cerré los ojos y me dejé llevar, que era lo único que sabía hacer en ese momento y resultó ser lo correcto.

Cuando su boca fue bajando por mi abdomen y llegó al interior de mis muslos, contuve el aliento. Lo que hizo no fue torpe. Fue lento, atento, respondiendo a lo que yo hacía sin que yo tuviera que decirle nada. Estuve así varios minutos, con las manos enredadas en su pelo, concentrada en no pensar en nada más que en lo que estaba sintiendo.

Cuando por fin le pedí que subiera, me miró desde abajo.

—¿Segura?

—Sí.

Saqué el condón del bolsillo del pantalón, que estaba en el suelo junto a la cama. Él lo abrió con cuidado, sin prisa. Esto está pasando de verdad, pensé. Está pasando y no tengo ningún miedo.

La primera penetración fue lenta. Hubo algo de dolor, pero no de la forma brutal que algunas amigas me habían descrito. Fue más una presión intensa que fue cediendo poco a poco mientras él se detenía cada vez que yo cambiaba el ritmo de la respiración o tensaba los hombros. Me preguntó dos veces si estaba bien. Las dos veces le dije que sí, y era verdad.

Cuando empezó a moverse, el dolor se convirtió en otra cosa. Una sensación nueva que quería explorar con calma. Me concentré en el peso de su cuerpo encima del mío, en el calor de su pecho contra el mío, en su respiración cada vez más irregular junto a mi oído.

***

A mitad del encuentro cambié yo de posición. Me puse encima y lo miré desde arriba un segundo antes de empezar a moverme. Era diferente. Tenía más control, podía regular el ritmo yo sola. Él me sostenía por las caderas, no para dirigirme sino para acompañarme.

Así que esto era, pensé. Esto era lo que todas mis amigas intentaban explicar y yo no terminaba de entender del todo.

Cuando notó que yo estaba cerca, cambió algo en su forma de moverse. Más despacio, más profundo, atendiendo a cada reacción mía. Llegué al orgasmo sin haberlo buscado activamente, con una intensidad que me sorprendió y que tardé unos segundos en reconocer por lo que era.

Poco después terminó él también. Nos quedamos tumbados en silencio, mirando el techo. No un silencio incómodo. Uno de esos silencios en los que no hace falta decir nada porque todo lo importante ya se ha dicho de otra forma.

—¿Cómo estás? —preguntó al cabo de un rato.

—Bien —respondí—. Muy bien, en realidad.

Él se rió un poco. Yo también. Nos reímos los dos sin saber exactamente de qué, que es la mejor clase de risa que existe.

***

Antes de marcharse, Marco se sentó en el borde de la cama y me preguntó si me apetecía quedar el fin de semana siguiente. No dijo «para repetir» ni nada parecido. Solo «quedar», como si fuera lo más natural del mundo.

—Sí —dije—. Me apetece mucho.

Nos dimos un beso largo en la puerta. Cuando cerré y me apoyé contra la madera, me di cuenta de que estaba sonriendo sin haberlo decidido.

Llamé a Daniela. Respondió al primer tono, lo que significaba que había estado esperando.

—¿Cómo fue? —preguntó antes de que yo dijera nada.

—Bien —dije—. Gracias por el condón.

Se rió tanto que tuve que apartar el teléfono de la oreja. Cuando volvió a hablar, me preguntó si Marco y yo íbamos a quedar otra vez. Le dije que sí, que el fin de semana.

—Ya era hora, Sofía —repitió, con el mismo tono de antes.

No la rebatí. Tenía razón.

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Comentarios (6)

Laucha76

Increible relato, me dejo sin palabras!!

PatricioMdz

Por favor seguí contando, quede con muchas ganas de saber como termino todo para los dos

ElChicoK

Los relatos de primera vez siempre me parecen los mas autenticos. Este no fue la excepcion, muy bien narrado

Daniela_Sur

Dios, que nervios debieron sentir en ese momento jaja. Lo imagine perfectamente

MikeRosario22

Me trajo recuerdos jaja. Uno nunca olvida la primera vez, eso es verdad

NocheSuave

Se nota que lo escribiste con detalle y cuidado. Se siente real, no forzado. Eso vale mucho en este tipo de historias

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