La tarde que doña Marisol me abrió la puerta
Tenía dieciocho años recién cumplidos cuando aquello pasó. Vivía con mi madre en un edificio viejo del centro, uno de esos donde todos los vecinos se conocen por el nombre y donde el ascensor se rompe cada quince días. Doña Marisol vivía en el segundo, dos pisos arriba del nuestro, y desde que tenía memoria yo la veía bajar las escaleras con sus tacones y su perfume cargado.
Era domingo por la tarde. Mi madre había salido a almorzar con sus hermanas y me había dejado solo en el departamento. Yo estaba en la cocina intentando hacerme un omelet cuando me di cuenta de que se habían acabado los huevos. Antes de llamar a mi madre y aguantarme el sermón, pensé en pedirle prestados a alguien del edificio.
Doña Marisol fue la primera que se me vino a la cabeza. No porque la conociera mucho, sino porque era la única que siempre me saludaba con un guiño cuando nos cruzábamos en el pasillo. Mi madre decía que era una mujer sola desde que se le había muerto el marido y que a veces se aburría en ese departamento tan grande.
Subí los dos pisos a pie. Toqué el timbre con el corazón un poco acelerado, sin saber muy bien por qué. Tardó en abrir. Cuando lo hizo, me quedé clavado en la puerta.
Estaba en bata. Una bata corta, de seda color crema, atada con un cinturón que apenas le aguantaba el escote. Tenía el pelo mojado y suelto sobre los hombros, y olía a esa mezcla de jabón y crema que después aprendí a buscar en otras mujeres y nunca volví a encontrar igual.
—Mateo —dijo, sorprendida—. ¿Pasó algo?
—No, doña Marisol, perdón por molestar. Es que… se nos acabaron los huevos y mi mamá no está. ¿No tendrá un par que me preste?
Se rió. Una risa baja, sin burla, casi amable.
—Pasá, m'ijo. No te voy a hacer pelear en la puerta con la corriente.
Entré. El departamento olía igual que ella. Tenía una luz cálida que entraba por las ventanas grandes del living, y un silencio que me hacía sentir que estaba pisando un sitio prohibido. Doña Marisol caminó hacia la cocina y yo la seguí, intentando no mirarle las piernas. Las tenía largas, bronceadas, y la bata se le abría apenas con cada paso.
No la mires, me repetía. No la mires.
—Sentate ahí —dijo señalando uno de los taburetes de la barra—. Te busco los huevos. ¿Querés un vaso de agua o algo? Hace un calor bárbaro.
—Sí, por favor.
Me sirvió agua de una jarra de vidrio. Mientras llenaba el vaso, se inclinó hacia adelante y la bata se le aflojó un poco más. Vi el nacimiento del pecho, la piel todavía húmeda, y el asomo de un pezón oscuro que se marcaba contra la seda. Aparté la vista demasiado rápido y ella se dio cuenta. Lo sé porque sonrió. No me dijo nada, pero sonrió.
—¿Cuántos años tenés, Mateo?
—Dieciocho —contesté, demasiado serio.
—Dieciocho —repitió, como si estuviera midiendo la palabra—. Y ya estás hecho un hombre. Cuando llegaste al edificio eras así de chiquito.
Hizo el gesto con la mano, a la altura de su cintura. Su cintura quedaba justo donde se ataba el cinturón de la bata. No supe qué decir.
—¿Tenés novia?
—No.
—¿Nunca tuviste?
Negué con la cabeza. Sentí que me ardía la cara. No era mentira. Yo había besado a una compañera del colegio en una fiesta de fin de año, pero ahí se había terminado todo. Lo demás solo lo conocía por lo que veía en la pantalla del teléfono, encerrado en mi cuarto, con la mano metida en el pantalón y el volumen al mínimo para que mi madre no me escuchara.
Doña Marisol se acercó a la barra. Apoyó los codos enfrente de mí y se quedó mirándome a los ojos. De cerca tenía pequeñas líneas alrededor de los ojos, unas líneas que la hacían parecer más viva, no más vieja.
—¿Sabés una cosa, Mateo? A los dieciocho años yo ya sabía mucho más de lo que sabés vos ahora. Y eso no es justo.
—No sé qué decir.
—No tenés que decir nada.
***
Estiró la mano y me la puso sobre la mía. Tenía los dedos largos y las uñas pintadas de un color tierra. No los movió, solo los dejó ahí, encima de los míos, como esperando a ver qué hacía yo.
No hice nada. No podía. Me había quedado sin saliva. Solo la miré, y debió ver en mi cara todo lo que yo no era capaz de poner en palabras.
—Vení —dijo bajito, y se enderezó.
Bajó del otro lado de la barra, se acercó y me sacó del taburete sin esfuerzo. Yo dejé que me llevara como si fuera mucho más chico que ella, y en cierta forma lo era. Me llevó hasta el sillón del living, ese sillón largo de cuero marrón que yo había visto por la puerta entreabierta tantas veces.
—Sentate.
Me senté. Se quedó de pie delante de mí, mirándome desde arriba. Después, sin dejar de mirarme, se aflojó el cinturón de la bata. Lo hizo despacio, casi con calma, como si quisiera darme tiempo a salir corriendo.
No me moví.
La bata cayó hasta el suelo. Doña Marisol no llevaba nada debajo, salvo unas bombachas blancas de algodón que se veían pequeñas contra ese cuerpo de mujer grande. Tenía las caderas anchas, los pechos llenos y pesados, con los pezones oscuros y ya duros apuntando hacia mí, una cicatriz horizontal y casi invisible debajo del ombligo. Era todo lo que yo nunca había visto en persona.
—No tengas vergüenza —dijo—. No te voy a hacer nada que no quieras.
Se arrodilló entre mis piernas. Yo estaba duro desde hacía rato, tanto que la verga me palpitaba contra el jean y me dolía. Ella me puso una mano en el muslo y se quedó esperando otra vez. Esa era su forma. No avanzaba si yo no le decía que sí.
—Sí —dije, con la voz quebrada—. Sí, doña Marisol.
—Decime Marisol nada más, m'ijo.
—Marisol.
Sonrió, y me desabrochó el pantalón con dos movimientos. Me bajó el jean y el calzoncillo de un tirón hasta las rodillas y mi polla saltó afuera, tiesa, con la punta ya mojada. Se le escapó un sonido bajo, casi un ronroneo, y me la agarró con la mano derecha, apretando en la base.
—Mirá lo que tenés acá, m'ijo —murmuró—. Mirá qué hermosura. Y desperdiciándola solo, encerrado en tu cuarto.
Empezó a mover la mano de arriba abajo, despacio, con la piel bajando y subiendo sobre el glande. Cuando me tocó por primera vez con la lengua, juré que se me iba a terminar todo en ese mismo segundo. Me lamió desde la base hasta la punta, con la lengua ancha y plana, y después me chupó el glande entero, cerrando los labios como si le estuviera dando un beso profundo a mi verga. Aflojó la presión, me sopló sobre la piel mojada y me dejó respirar un segundo. Después abrió la boca y se la metió toda, hasta que sentí la punta chocarle contra el fondo de la garganta.
—Marisol… —gemí, agarrándome del sillón.
Ella subía y bajaba la cabeza con un ritmo lento, sacándomela hasta el glande y volviéndosela a tragar entera. Un hilo de saliva le colgaba del mentón, y usaba esa saliva para masturbarme la base con la mano mientras me chupaba la punta. Le veía los pechos moverse a cada vaivén, los pezones rozándome los muslos. Me atreví a bajar la mano y agarrarle el pelo, no para forzarla, sino para tener algo a lo que aferrarme.
—Tranquilo, tranquilo —decía cada vez que yo le agarraba el pelo demasiado fuerte, sacándose la polla de la boca con un chasquido húmedo—. Tenemos toda la tarde. Si te venís ahora, no aprovechás nada.
Volvió a metérsela, esta vez más rápido. Me chupaba mirándome a los ojos, y esa mirada me quemaba más que la boca. Bajó una mano y empezó a acariciarme los huevos, pesándomelos en la palma, y yo sentí que las piernas me temblaban solas. Me sacó la verga de la boca, la sostuvo pegada a su cara y me lamió los testículos uno por uno, metiéndoselos en la boca, chupándolos con cuidado. Después volvió arriba y me la mamó otra vez, hundiéndome hasta la garganta, tragando saliva alrededor de mi polla.
***
No sé cuánto duró esa primera parte. Sé que en algún momento la tuve que detener porque los huevos se me habían apretado y una corriente me subía desde la base de la espalda. Le apreté el pelo y le dije, casi suplicando, que parara. Se sacó la verga de la boca con la punta chorreando de saliva y me sonrió con los labios hinchados.
—Es la idea —dijo, apretándome la base con dos dedos para bajarme las ganas—. La idea es que esto te dure. Que te acuerdes, m'ijo.
Me sacó la remera. Me sacó los pantalones y el calzoncillo del todo. Me hizo acostarme en el sillón largo, de espaldas, con la polla apuntando al techo, dura y mojada de su saliva. Después se sacó las bombachas blancas, se las bajó por las caderas y las dejó caer al piso, y yo vi por primera vez en mi vida un coño de mujer de cerca, con el vello recortado, los labios abiertos y brillantes, la piel rosada asomando entre el pelo oscuro.
—Vení, tocame —me dijo, agarrándome la mano y llevándomela ahí.
Le metí dos dedos casi sin pensar, torpe, y ella gimió y se movió sobre mi mano para acomodarme mejor. Estaba mojada, tan mojada que los dedos me entraban sin resistencia, y hacían un ruido húmedo que me ponía todavía más duro. Me guio el pulgar hasta un puntito hinchado en la parte de arriba y me hizo girarlo en círculos.
—Ahí, m'ijo, ahí. Eso es el clítoris. Aprendete dónde está y no te lo olvides nunca. Todas te lo van a agradecer.
Me mordí el labio y le hice caso, mirando cómo ella cerraba los ojos y arqueaba el cuello. Después de un rato ya no aguantó y me sacó los dedos, y se subió encima de mí, despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo. Se agarró mi polla con la mano, la frotó contra los labios de su coño, empapándomela, y después se la fue metiendo de a poco, bajando las caderas centímetro a centímetro. Sentí un calor apretado, húmedo, que me envolvía la verga entera, y un miedo que tampoco había sentido nunca. Pensé que me iba a desmayar.
—Respirá —me dijo cuando la tuvo entera dentro, con los muslos apoyados contra los míos—. Respirá conmigo. No te vengas todavía. Aguantame.
Y respiré. Ella empezó a moverse, despacio, marcándome el ritmo con las caderas, subiendo hasta que casi se me salía y bajando otra vez de golpe hasta el fondo. Tenía las dos manos apoyadas sobre mi pecho, y cada tanto se inclinaba para besarme con la boca abierta, metiéndome la lengua. Sus besos eran lentos, más lentos que los movimientos de su cuerpo. Aprendí esa tarde que una mujer puede besar a un hombre como si le estuviera enseñando algo en silencio.
—Mirame —decía—. No cierres los ojos. Quiero que te acuerdes de esto siempre. Quiero que veas cómo se mueve una mujer cuando le gusta.
Y la miré. La miré cabalgarme, moviendo las caderas en círculos, dejando caer todo su peso sobre mí. La miré arquear la espalda hasta que las tetas le quedaron a la altura de mi cara, y le agarré una con cada mano, apretándoselas, pellizcándole los pezones como pude. Ella gimió y aceleró el ritmo, montándome más fuerte, más rápido, hasta que el sillón crujía debajo nuestro y sus nalgas chocaban contra mis muslos con un golpe seco.
—Chupámelas —me pidió, empujándome un pecho contra la boca—. Chupámelas fuerte, m'ijo, no seas tímido.
Le atrapé un pezón con los labios y se lo chupé como pude, mordiéndoselo despacio, pasándole la lengua alrededor. Ella se estremeció entera y me apretó la cabeza contra su pecho. La escuchaba jadear en mi oído, decirme cosas sucias que yo nunca había escuchado dichas por una mujer.
—Así, así, dame la lengua… la tenés adentro, ¿la sentís? ¿Sentís cómo te aprieto la verga?
Y la sentía. Sentía cómo el coño se le cerraba en oleadas alrededor de mi polla, cómo se movía sola por dentro, ordeñándome. Vi cómo su cuerpo entero se le contraía y se le aflojaba, vi cómo le brillaba la piel de la frente y el pecho de sudor. Se enderezó, apoyó las manos en mis rodillas hacia atrás y empezó a rebotar sobre mí, con la boca abierta, mostrándome sin pudor cómo mi verga entraba y salía de ella.
—Mirá, m'ijo, mirá cómo me la clavás. Mirá cómo entra.
Bajé la mirada y vi lo que me estaba mostrando: mi polla, brillante y mojada, desapareciendo dentro de ella una y otra vez. Fue demasiado. Se me apretó todo por dentro y le grité que me iba a venir. Ella me apretó los huevos con la mano y me los soltó, cortándome de golpe.
—Todavía no. Aguantame un poquito más. Yo primero.
Aceleró el ritmo, se inclinó hacia adelante y se frotó el clítoris contra mi hueso púbico a cada envión. Me clavó las uñas en los hombros. La boca se le abría sin sonido y después largaba un gemido largo, ronco, que le salía del fondo. Cuando ella terminó, lo sentí como si me apretara el alma: el coño se le cerró en espasmos alrededor de mi verga, apretándome tan fuerte que casi grito, y ella se quedó tiesa unos segundos con la espalda arqueada antes de derrumbarse encima mío, temblando, con la cabeza apoyada en mi cuello y la respiración entrecortada contra mi oreja.
Yo todavía no había terminado y ella se dio cuenta enseguida por cómo le seguía empujando desde abajo, buscando fricción.
—Te toca a vos —me dijo al oído, con la voz ronca—. Ahora hacelo vos. Todo lo que quieras.
Me hizo darme vuelta. Se acostó debajo de mí, abrió las piernas y me guio con paciencia, agarrándome la verga y volviéndomela a meter en el coño. Me apretó las nalgas con las dos manos, empujándome contra ella.
—Cogeme, m'ijo. Fuerte. Como se te dé la gana.
La embestí. Al principio con miedo, mirándole la cara para ver si le hacía daño, pero ella se mordió el labio y me susurró más despacio, más rápido, así, ahí, más adentro, dame más. Yo obedecía cada palabra como si me fuera la vida en eso. Le levanté una pierna, se la pasé sobre el hombro y me hundí más, y ella gritó y me arañó la espalda. Le sentía el coño resbaladizo y caliente apretándome a cada embestida, y el ruido húmedo de mi polla entrando y saliendo llenaba el living entero, mezclado con sus gemidos y los golpes de mis caderas contra sus muslos.
—Así, así, no pares, cogeme más fuerte, m'ijo, más fuerte.
Sentí que se me venía. Le dije que iba a acabar y ella me apretó las nalgas contra ella, encajándome hasta el fondo.
—Adentro. Vení adentro. Dame toda la leche, m'ijo, no tengas miedo.
Y me vine. Me vine con una descarga que me sacudió las piernas y me hizo temblar la voz, chorros largos que le vaciaba dentro mientras la seguía embistiendo despacio, apretando los dientes, gimiendo contra su cuello. Sentí cómo mi semen se mezclaba adentro de ella, cómo empezaba a chorrear por los bordes de su coño alrededor de mi polla todavía dura. Me quedé encima de ella unos segundos largos, sin moverme, con la verga hundida hasta el fondo, sintiendo cómo el coño le seguía latiendo alrededor.
Marisol me pasó los dedos por la espalda, despacio, como se acaricia a un chico. Me la sacó de a poco, y yo sentí un tirón cálido cuando salió del todo, con un hilo blanco escurriéndose entre nosotros.
—Ya está, m'ijo —dijo—. Ya sos un hombre.
***
No sé cuánto tiempo pasamos después abrazados en el sillón. Ella se levantó en un momento, recogió la bata del suelo y se la puso encima del cuerpo todavía sudado y todavía mojado entre las piernas. Me acercó un vaso de agua y me dijo que me vistiera tranquilo, que mi madre todavía no había vuelto.
—¿Y los huevos? —pregunté, sin pensarlo, y ella se rió tanto que tuvo que sentarse otra vez.
—Los huevos los tenés acá —dijo, dándome dos toques suaves en el bolsillo de la camisa—. Y media docena en la heladera para tu mamá.
Me los puso en la mano. Estaban fríos. Yo todavía estaba caliente.
En la puerta, antes de irme, me agarró la cara con las dos manos y me dio un beso largo y limpio, sin urgencia.
—Vos no vas a contar esto, ¿verdad?
—No.
—Buen chico.
Bajé los dos pisos sin saber muy bien si los estaba bajando yo o si flotaba. Mi madre llegó una hora después, distraída, y me pidió que la ayudara a poner la mesa. Le entregué los huevos y le dije que doña Marisol me los había regalado, y mi madre dijo «qué amable». Yo me mordí la sonrisa con la cara dada vuelta.
Volví a subir a su departamento varias veces más, durante meses, siempre con alguna excusa, siempre los domingos a la tarde. Nunca conté nada, a nadie. Y aunque después tuve novias, parejas, alguna mujer que me marcó en serio, esa tarde de mayo con doña Marisol fue la que me enseñó todo lo que valía la pena saber. Hasta el día de hoy, cada vez que paso por la puerta de un edificio viejo y huelo crema y jabón, vuelvo a tener dieciocho años.