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Relatos Ardientes

La tarde escolar en que él me miró sin sostén

Aquella historia ocurrió en mi último año de la secundaria, justo cuando se acercaba el día del estudiante. La escuela había decidido organizar una tardeada en el foro principal, una de esas celebraciones torpes y predecibles, con profesores deambulando entre puestos de comida y juegos de feria. Habría sido divertido si yo perteneciera a un grupo grande de amigos, pero para mi desgracia —o, según se mire, mi fortuna— ese no era mi caso.

En esa época solamente tenía dos amigos cercanos. Digamos que se llamaban Tobías y Renata. Habíamos quedado los tres en ir juntos. Yo estaba emocionada por asistir a mi primera «fiesta», aunque de fiesta no tenía absolutamente nada.

Esa tarde me preparé con cuidado y decidí ponerme guapa. Había comprado un vestido de segunda mano por internet: negro, pegado al cuerpo, con pequeñas flores violetas y un escote recto que tiraba a corazón. El borde estaba decorado con un encaje delicado, y los tirantes eran tan finos que parecían a punto de romperse. Cuando me lo probé, recién duchada, descubrí algo interesante. La tela del busto era tan ajustada que no se notaba si llevaba sostén o no. Ni siquiera se intuirían los pezones endurecidos.

No usaré nada debajo, solo por hoy.

Eso pensé, y eso hice. Eso sí, las bragas me las puse: todavía no era tan atrevida. Hoy, mirándolo en perspectiva, me arrepiento un poco. Pero supongo que ya habrá otras tardes y otras ocasiones.

Cuando llegué a la escuela revisé el móvil. Renata me había escrito para avisar que no iría: una excusa cualquiera. Me desanimé de inmediato, porque con ella me reía como una loca. Aun así, quedaba Tobías, y eso ya era algo. Él me vio acercarme, levantó la mano y se quedó callado un segundo más de la cuenta antes de saludarme.

—Estás… muy linda —dijo, sin terminar de mirarme a los ojos.

Y ahí me di cuenta. Sus ojos no estaban en mi cara. Estudiaban cómo la tela se ajustaba a cada curva, cómo el escote se abría apenas un poco cada vez que me movía. Al principio me incomodó. Los dos éramos reservados, callados, de esos chicos que se sientan al fondo del salón. Que él, justamente él, me mirara así me revolvió el estómago de una manera que no supe identificar de inmediato.

***

Nos fuimos hacia las gradas del foro, esquivando profesores y alumnos ruidosos, y nos sentamos en una fila alta, casi al final. Compramos unas botanas en uno de los puestos y nos pusimos a charlar de cosas sin importancia: exámenes, profesores insoportables, qué haríamos al terminar el curso. Una conversación de las nuestras, predecible y suave.

Hasta que me incliné a atarme las agujetas de las botas negras.

Fue un gesto rápido. Pero cuando me enderecé descubrí algo que me dejó la respiración suspendida: su mirada seguía clavada en mi pecho. No en mi cara, no en mis ojos. En la línea de tela que se había despegado un segundo de mi piel y le había mostrado, sin que yo lo planeara, una vista directa de lo que llevaba —o, mejor dicho, no llevaba— debajo.

El corazón se me paró un instante. Luego empezó a latir con una fuerza nueva, distinta. Imaginé lo que él habría visto: la curva entera de mis senos, los pezones, la palidez de la piel donde nunca llegaba el sol.

Tendría que estar muerta de vergüenza. ¿Por qué no lo estoy?

Decidí fingir que no había pasado nada. Hablé de algo, no recuerdo de qué. Él contestó, también pretendiendo que la situación seguía siendo normal. Pero su voz había bajado medio tono y sus manos se aferraban demasiado al envoltorio de las botanas.

***

Entonces se me ocurrió la idea.

Miré a mi alrededor. Los demás alumnos estaban a lo suyo, los profesores entretenidos con los puestos, nadie tenía la menor razón para mirarnos. Ser invisible tiene sus ventajas. Nadie observa al fondo, donde los chicos callados nos sentamos por costumbre.

—¿Me viste? —le pregunté, sin más contexto.

Él se puso rojo en menos de un segundo. No respondió, pero esa reacción fue toda la confirmación que necesitaba. Sí, me había visto. Y le había gustado lo suficiente como para que ahora no pudiera mirarme a la cara.

Sentí algo encenderse en el vientre. Una mezcla nueva de miedo y poder. Era la primera vez que descubría lo que significaba hacer que alguien me deseara, y descubrí también que la sensación de ser mirada me gustaba más de lo que jamás habría imaginado.

Me giré hacia él, todavía sentada, y crucé los brazos por debajo del pecho. El gesto, calculado, abrió el escote unos centímetros más. Le di tiempo. Le di permiso. Sus ojos cayeron donde yo quería que cayeran y se quedaron ahí, fijos.

—¿Te gusta lo que ves? —susurré.

No habló. No hizo falta. Su cara me lo dijo todo.

Apoyé el hombro contra el barandal de la grada, en un movimiento que parecía casual, y dejé que uno de los tirantes se deslizara por mi brazo. La tela cedió. Mi mano libre tiró del otro extremo del escote hacia abajo, despacio, hasta que ambos pechos quedaron al aire.

Sí. En las gradas. En medio de una tardeada escolar, con profesores a treinta metros y alumnos por todas partes. Estaba de espaldas a la mayoría, el cabello suelto me cubría como una cortina, y nadie, absolutamente nadie, podía verme excepto él.

Tobías se quedó sin palabras. Tenía la mandíbula floja, los ojos muy abiertos, y un bulto evidente en los pantalones que ya no había forma de disimular. Esa imagen —la de él rendido, paralizado por mí— se me quedó marcada para siempre.

***

Me acomodé el vestido despacio, disfrutando cada segundo, y le susurré una propuesta.

—Vamos al baño.

Él tragó saliva, asintió, y los dos nos levantamos intentando parecer normales. Caminamos por el pasillo lateral hacia los baños, los míos, los de chicas, porque eran los más cercanos. Pero al doblar la esquina vimos a un profesor de pie justo enfrente, vigilando que ningún alumno hiciera nada indebido. Tobías soltó una maldición entre dientes. Yo me reí.

—Espera —le dije.

Nos quedamos en la otra esquina, fingiendo mirar el móvil, hasta que el profesor recibió una llamada y se alejó unos metros con el teléfono pegado a la oreja. No tendríamos mucho tiempo. Cinco minutos, quizás. Le agarré de la mano y tiré de él hacia el interior. Nos metimos en el último cubículo, el del fondo, y cerré el pestillo.

—Tócame.

Él se quedó quieto. Las manos le temblaban. Era tan tímido que no se atrevía a bajarme el vestido por sí mismo. Me hizo sonreír. Sin dejar de mirarlo, tiré yo de la tela hacia abajo, lo justo para que mis pechos quedaran libres otra vez, y le tomé las manos para guiarlas hasta ellos.

—Así —le susurré.

Cerró los dedos despacio, como si tuviera miedo de romperme. Luego, poco a poco, perdió el pudor. Apretó. Recorrió con los pulgares la punta endurecida de los pezones. Yo me mordí el labio para no hacer ruido. Era torpe, pero la torpeza me excitaba todavía más. Era la prueba de que era la primera vez que un chico me tocaba así, y eso me daba un poder que tardaría años en entender del todo.

Fue un momento corto, pero lleno de adrenalina. Cuando oímos pasos en el pasillo, él se asustó. Retiró las manos, abrió el pestillo con torpeza y salió casi corriendo, murmurando algo sobre esperarme afuera.

***

Pero yo no me había quedado satisfecha. Para nada.

Eché el pestillo otra vez. Me senté en la tapa cerrada del retrete, levanté el vestido y bajé las bragas hasta los tobillos. Cerré los ojos. Recordé su mirada en las gradas. La forma en que se le había abierto la boca. El temblor de sus manos en el cubículo. Y empecé a tocarme.

Llevé los dedos al sexo y deslicé la yema del corazón sobre el clítoris, en círculos lentos al principio, más rápidos después. Estaba mojada de una forma nueva. No era la humedad tibia de las masturbaciones en mi cuarto, a oscuras y en silencio. Era otra cosa. Era el deseo concentrado de saberme deseada en público, de haber convertido un acto invisible en mi propio secreto compartido.

No alcancé el orgasmo. Justo cuando creí que estaba cerca, dos chicas entraron al baño riéndose a carcajadas, hablando de algún profesor ridículo. Se quedaron lavándose las manos un rato larguísimo. Me cortaron la inspiración por completo. Maldije en silencio, me acomodé el vestido como pude y subí las bragas.

Pero no me lavé las manos. Eso lo decidí ahí mismo.

Tenía una idea.

***

Cuando salí del baño, Tobías estaba apoyado en la pared del pasillo, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo. Levantó la cabeza en cuanto me oyó acercarme. Todavía estaba pálido, todavía un poco descompuesto.

Me acerqué a él sin decir nada. Le pasé los dedos —los mismos dedos que un minuto antes habían estado dentro de mí— por los labios, despacio, dibujándole la boca. Él no se apartó. Abrió los labios apenas, instintivamente, y notó el sabor.

Su cara cambió en una décima de segundo. El sonrojo le bajó por el cuello hasta el escote de la camiseta. Tragó saliva. No supo qué decir.

—Para que te acuerdes —murmuré.

Y me alejé hacia el foro, sin esperar respuesta, sintiendo cómo su mirada me seguía paso a paso. Volví a la tardeada como si nada hubiera pasado. Estuve el resto de la tarde de pie junto a un puesto de algodón de azúcar, riéndome de los chistes flojos de un grupo de chicas que ni siquiera me caía bien, mientras él me observaba desde lejos, sin atreverse a acercarse.

Hubo otras tardes después de aquella. Otras fiestas. Otros vestidos. Y otros chicos. Pero ninguno volvió a mirarme nunca como Tobías me miró aquella tarde de día del estudiante, cuando descubrí por primera vez que ser mirada también podía ser un placer.

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Comentarios (5)

MiradorNocturno

increible... esto me llegó directo. La sensacion de ser observada y disfrutarlo es algo que no todos entienden, pero acá está muy bien captado.

Pablin_88

Por favor que haya segunda parte! quede con ganas de saber como continua todo esto

FedericoNight

se hizo cortisimo, queremos mas!!

SofiaRoca

Muy bien contado. Sin rodeos y directo al punto, me gustó mucho.

ElCurioso77

Sabias desde el principio lo que buscabas o lo fuiste descubriendo en el momento? jaja pregunta honesta

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