No era yo cuando toqué a mi vecino por primera vez
¿Que cómo pasó? Pues mira, no lo sé. Te juro que no lo planeé, ni siquiera se me había cruzado por la cabeza antes de esa tarde. Supongo que estar tan pegado a él tuvo algo que ver. Su escritorio es estrecho y la habitación tiene el espacio justo para la cama, la mesa y un armario arrinconado. Es imposible no rozarse ahí dentro.
Y el olor, sí, sobre todo el olor. No tienes ni idea de cómo huele Bruno cuando aprieta el calor. Llena el cuarto entero con un aroma denso, como de especias, de fruta madura, de algo casi animal. Puedes seguir su rastro por la habitación, y lo peor es que tienes que seguirlo, no hay manera de escapar. Se te mete bien adentro, te invade, te nubla. Marea un poco y, aun así, engancha.
Entonces, de repente, dejas de ser tú. A ver, te lo explico mejor. Yo era yo cuando crucé el rellano para ayudarle con el dichoso trabajo de la facultad. Pero después ya no. No era yo el que empezó a buscar el roce con su pierna o con su brazo, a veces de manera descarada. Tampoco fui yo el que apoyó la mano por primera vez sobre su muslo, justo donde el pantalón corto dejaba la piel al aire, solo por probar.
Y, al ver que no se apartaba, la dejé ahí. Luego la fui deslizando despacio hacia dentro. Después de un rato la retiraba, pero a los pocos minutos la volvía a poner, un poco más cerca de la entrepierna cada vez. Y todo iba bien. Le gustaba, o al menos no parecía molestarle. Me miraba, sonreía y volvía a sus apuntes como si nada.
Tenía que gustarle, claro, porque fue él quien se subió la camiseta por la espalda y me pidió que le rascara. Y luego añadió que «mejor un poco más suave, que así me relaja». Se quitó la camiseta del todo y el olor se volvió más fuerte, y mis dedos notaban su piel caliente, ligeramente húmeda. Vi una gota resbalarle desde la axila, la recogí con la yema de un dedo y la olí con disimulo. Ahí ya no había quien me frenara.
Cada vez que salía un momento de la habitación y conseguía recuperar algo de cordura, todo aquello me volvía a parecer rarísimo. Raro porque Bruno es mi vecino de toda la vida, porque hasta ese día nunca me había despertado el menor interés. Lo seguía viendo como ese chaval algo rellenito, torpón y con cara de bruto con el que jugaba de crío en el portal.
Pero ya no era ese. Había pegado el estirón, se había ensanchado, estaba fuerte, incluso más alto que yo, y eso que le saco tres años. No habían sido solo las hormonas. Llevaba tres temporadas jugando al rugby y el entrenamiento se le notaba en cada músculo. Ese chico torpón ya no existía.
¿En qué momento se había convertido en esto?
Y, sí, también era raro por lo demás. No es la diferencia de edad lo que me comía la cabeza, que solo le llevo tres años y los dos somos mayores de sobra: yo tengo veinticuatro, él veintiuno. Era más bien que nos conocíamos de siempre, que nuestras madres tomaban café juntas, que nunca, jamás, habíamos sido nada más que los vecinos del rellano. Por eso solo te lo cuento a ti, diario. Y confío en que él tampoco diga nada.
No va a hacerlo. Porque si lo hace tendría que explicar por qué abría las piernas cuando yo le ponía la mano en el muslo, como si me despejara el camino. O por qué cerraba los ojos y entreabría la boca cuando mis dedos llegaban a rozarle apenas el bulto. O por qué se le marcaba tanto a través de la tela que parecía que la fuera a reventar.
Es que vi ese bulto y todo cambió. Necesitaba verlo, de verdad. Porque ya no era solo cosa mía, ya no era solo que yo hubiera dejado de ser yo por culpa del olor. ¿Me entiendes? Ahora estaba claro que él también andaba metido en lo mismo. Que él también había dejado de ser él. Suena un poco lioso, lo sé, pero ya me captas.
No hizo falta ni que lo destapara yo. Lo hizo él. Se bajó el pantalón de un tirón y la polla salió rebotando, dura como una piedra, con la punta ya babeando. Y yo me quedé sin aire.
No podía dejar de pensar en que su madre estaba en casa, yendo y viniendo por el pasillo, pero tampoco podía apartar la mirada de él. Su madre, la misma que me había pedido que le echara una mano con el trabajo, podía abrir la puerta en cualquier momento. Y aun así. ¡Menuda polla! Definitivamente ya no era el crío del portal.
No la tenía especialmente larga, pero sí ancha, creo que la más ancha que he visto nunca, con el glande rosado y reluciente, goteando sin parar. Alargué la mano y la cogí. Estaba caliente, dura, latiendo contra mi palma. Era la primera vez en mi vida que tocaba la polla de otro tío.
Él hacía rato que me había metido la mano por dentro del pantalón y me sobaba sin prisa. Le miré la cara: tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás mientras me masturbaba. ¿Cómo podía estar tan entregado dándole placer a otro hombre? No me cabía en la cabeza, y a la vez me ponía como una moto.
Entonces acerqué la boca a su polla. Puro instinto. Ya no existía el vecino de toda la vida, ni la madre rondando por el pasillo, ni el reparo por lo que estábamos haciendo. Solo estábamos mi boca y su polla.
***
Era mi primera vez, y creo que también la suya, pero los dos nos manejábamos como si lo hubiéramos hecho mil veces. Con sus dos manos enormes me guio hasta la punta. Saqué la lengua y la saboreé despacio. El sabor salado del presemen me duró poco, porque enseguida me empujó con fuerza y me hundió la polla entera en la boca, de una sola vez.
El muy bruto me la había clavado hasta el fondo y yo tenía la nariz enterrada en su vello. ¿Cómo te describo aquel olor? Era el mismo del resto del cuerpo, esa cosa salvaje, pero más concentrado, mezclado con un resto de suavizante de la ropa. Me habría quedado pegado ahí abajo durante horas, respirándolo.
Pero no me dejó. Le interesaba más sacarla y volver a metérmela hasta el fondo, una y otra vez. Sabía perfectamente lo que quería, joder si lo sabía. Y lo hacía sin moverse de la silla, dejando que fuera yo quien aguantara las embestidas como un campeón mientras me la pelaba por dentro del pantalón como podía.
Nunca había babeado tanto en mi vida. No te voy a mentir, me gustaba, claro que me gustaba. Aunque, mira, podría haber sido un poco más suave, o más lento. Supongo que teníamos que ir rápidos por si su madre asomaba la cabeza, eso no te lo discuto. Pero sí, podría haber tenido un poco más de cuidado conmigo.
El caso es que no hubo tiempo para recrearse. ¿Cuánto llevaríamos? No llegamos ni a cinco minutos cuando empezó a resoplar. Yo ya sabía lo que se venía, evidente, y quise apartarme. Pero me sujetaba con esas manazas y no me soltó. Me inundó la boca de golpe.
Te juro que lo pensé y sentí asco. Tenía que darme asco, ¿no? Pues resultó que no. Con ese sabor y el olor que le subía de los huevos, me la tragué entera. Ni lo medité, salió solo.
Luego me incorporé, todavía con la polla dura como un poste. Me la saqué y alargué el brazo hasta su nuca, empujándolo hacia mí, como diciéndole «ahora me debes una». Pero solo conseguí que me la pelara. No tuvo que esforzarse mucho, la verdad: estaba tan al límite que con tres o cuatro sacudidas me corrí.
El primer chorro le salpicó el muslo. Se lo tenía merecido por egoísta. El resto se le quedó en la mano. Se la miró con cara de asco y buscaba como un loco dónde limpiarse. Yo pensé «total, ya puestos» y me incliné a limpiársela con la lengua. Es que no era yo, de verdad que no. Pero él tampoco era él, porque se me adelantó y se llevó la mano entera a la boca.
***
No te puedo contar mucho más de la tarde. Apenas hablamos, solo para comentar algún detalle del maldito trabajo, como si no hubiera pasado nada. Su madre entró un rato después con la merienda en una bandeja y, la verdad, yo ya estaba más que empachado.
Me despedí diciendo que el trabajo estaba muy avanzado y que se me hacía tarde para el gimnasio. No sé si coló o no, pero de repente me daba un apuro tremendo seguir ahí con su madre delante, así que me fui casi sin mirar atrás.
Y ahora te lo cuento todo a ti, al único al que se lo puedo contar. Contigo no me da vergüenza nada. Los diarios no juzgan ni traicionan a nadie. Por cierto, que en lo que llevo escribiendo esto me han entrado tres mensajes suyos.
Que el trabajo está bien, dice, pero que todavía se puede pulir un poco más. Que mañana por la tarde podemos seguir, los dos solos y más tranquilos. Y después un guiño.
El muy cabrón. Está claro que él tampoco piensa contar nada. Y yo, fíjate, no sé si estoy más aliviado o más excitado. Mañana te cuento. Buenas noches, amigo diario.