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Relatos Ardientes

Lo que mi amigo me enseñó cuando nos quedamos solos

La casa de Bruno siempre estaba vacía los jueves por la tarde. Sus padres trabajaban hasta entrada la noche y su hermana mayor se había mudado a otra ciudad para estudiar, así que el piso quedaba para nosotros dos. Yo tenía veinte años y él veintidós, y desde que coincidimos en la facultad nos habíamos vuelto inseparables. Esa tarde, como tantas otras, llegué con la mochila al hombro y la excusa de siempre: terminar una partida pendiente que llevábamos arrastrando toda la semana.

Subimos a su cuarto. Él encendió el ordenador, yo me dejé caer en la silla de al lado, y durante un par de horas no existió nada más que la pantalla. Nos picábamos por cada ronda, nos reíamos de cualquier estupidez, nos insultábamos con cariño cada vez que uno le ganaba al otro. Era nuestra rutina, ese terreno seguro donde todo estaba claro y nada pesaba.

Pero esa tarde algo era distinto, y creo que los dos lo notábamos sin atrevernos a decirlo. Quizá era el silencio de la casa, esa quietud que te recuerda a cada momento que no hay nadie más entre esas paredes. Cada vez que su brazo rozaba el mío al mover el ratón, yo sentía una corriente que no sabía nombrar. Me decía que eran imaginaciones mías. Me lo repetí varias veces.

Cuando terminó la última partida, el cuarto se quedó en una calma rara. Bruno se echó hacia atrás en la silla, estiró los brazos por encima de la cabeza y soltó un suspiro largo. Yo esperaba que propusiera bajar a por algo de comer, o poner una serie, cualquier cosa de las que solíamos hacer. En lugar de eso, sin darle importancia, como quien cambia de canción, abrió otra pestaña y puso un vídeo porno.

Lo buscó sin más, como si fuera lo más normal del mundo. Ni una explicación, ni una sonrisa cómplice. Simplemente le dio al play y se acomodó como si nada.

El sonido cambió la energía de la habitación de golpe. Los gemidos llenaron el aire, una tía en pantalla mamando una polla enorme, chupándola hasta el fondo con la boca llena de saliva, y en aquel silencio de casa vacía todo se volvió eléctrico. Yo me quedé rígido en la silla, con la vista clavada en la pantalla pero sin ver realmente nada, demasiado pendiente de él, de su respiración, del calor que de repente parecía haber subido tres grados.

¿Qué se supone que hago ahora?

No me atrevía ni a girar la cabeza. Sentía el morbo recorriéndome el cuerpo, esa mezcla de vergüenza y curiosidad que te deja sin saliva. Por el rabillo del ojo lo vi moverse. Bruno se había echado hacia atrás y, sin ninguna prisa, empezó a tocarse por encima del pantalón. Despacio, con la palma de la mano, apretándose el bulto que ya se le marcaba grueso bajo la tela, casi distraído.

Yo tragué saliva. El corazón me iba a mil. Quería decir algo, romper aquella tensión con un comentario tonto, pero tenía la garganta cerrada. Lo único que podía hacer era mirar de reojo cómo su mano subía y bajaba con un ritmo lento, deliberado, apretándose la polla por encima del vaquero, mientras la luz azulada del monitor le pintaba la cara de sombras.

Estuvo así un buen rato, tomándose su tiempo, sin disimular y sin mirarme. Como si me estuviera dando margen para que yo decidiera algo. Y yo, paralizado, era incapaz de decidir nada.

Entonces, con la misma naturalidad con la que había puesto el vídeo, se desabrochó el pantalón y se bajó la ropa interior. Su polla saltó hacia afuera, dura, más grande de lo que yo habría imaginado, gruesa en la base, con el glande brillante y una vena hinchada que la recorría por debajo, latiendo bajo aquella luz fría del monitor. Una gota transparente le asomaba por la punta. No pude apartar la mirada. Sentía la boca seca y el pulso golpeándome en las sienes.

—¿Quieres probar? —dijo de pronto, girándose para mirarme a los ojos.

Me quedé en blanco. Completamente. Sabía exactamente lo que me estaba preguntando y, por dentro, me moría de ganas de decir que sí, pero el cuerpo no me respondía. La vergüenza me tenía clavado a la silla. Abrí la boca y no salió ni una palabra.

Bruno no esperó a que reaccionara. Vio mi cara, vio que no iba a moverme por mi cuenta, y tomó la iniciativa. Alargó la mano, cogió la mía con suavidad y la guió hacia él. Cuando mis dedos se cerraron sobre su piel, sentí el calor y la firmeza, la carne dura pero suave por fuera, latiéndome en la palma, y algo dentro de mí dio un vuelco.

—Tranquilo —murmuró—. Se hace así.

Su mano se posó sobre la mía y empezó a marcarme el movimiento. Arriba, abajo, sin prisa, cerrándome los dedos justo por debajo del glande, enseñándome cómo tirar la piel para atrás hasta que la cabeza le quedaba descubierta y roja, brillante de humedad. Yo me dejé llevar, hipnotizado, sintiendo cómo respondía bajo mis dedos, cómo se le ponía todavía más dura con cada pasada. El vídeo seguía sonando de fondo, la tía gimiendo mientras se la metían hasta la garganta, pero ya casi no lo oía. Toda mi atención estaba en aquel contacto, en su respiración que se volvía más pesada, en la manera en que cerraba un poco los ojos.

—Así, perfecto —susurró—. Aprieta un poco más ahí abajo... eso, joder, así.

Cuando vio que ya le había cogido el truco, retiró su mano y me dejó seguir solo. Fue un instante extraño, casi de prueba, como si me estuviera dando el control para ver si lo quería de verdad. Y lo quería. Seguí con el movimiento que él me había enseñado, ahora por mi cuenta, fascinado por la textura, por la firmeza, por la sensación de poder que me daba verlo reaccionar a lo que hacían mis manos. Le pasé el pulgar por el glande, repartiéndole la gota de líquido que le había vuelto a asomar, y él soltó un gruñido bajo que me atravesó entero.

—Con la punta —jadeó—, juega con la punta, así...

Le hice caso. Le rodeaba la cabeza con el puño cerrado y le daba media vuelta, apretando, y luego bajaba la mano hasta la base, tirándole de los huevos con cuidado con los dedos. Bruno abrió las piernas un poco más en la silla, ofreciéndose, dejándome hacer. Vi cómo se le tensaban los muslos por debajo del vaquero medio bajado. La polla se le sacudía sola entre mis dedos, dura como una piedra.

Él se recostó del todo en la silla, con la cabeza echada hacia atrás y los labios entreabiertos. De vez en cuando dejaba escapar un sonido grave, contenido, un «joder» susurrado, un «sigue» ronco, y cada uno de esos sonidos me encendía un poco más. Yo notaba mi propia polla apretándome contra el pantalón, empapando la tela por dentro, pero no me atrevía a tocarme. Estaba demasiado concentrado en él, en no parar, en hacerlo bien.

No quiero que esto se acabe.

Sin pensarlo demasiado, me llevé la palma de la otra mano a la boca, la ensalivé bien y volví a la carga. La saliva le corrió por el glande y bajó por el tronco, y de golpe todo se volvió más resbaladizo, más obsceno, más húmedo. El sonido pegajoso de mi puño subiendo y bajando por su polla se sumó al de los gemidos del vídeo. Bruno soltó una maldición entre dientes y arqueó las caderas contra mi mano.

—Hostia... así, más rápido, joder, dale más rápido.

Obedecí. Empecé a machacársela con muñeca floja, deprisa, sin dejar de mirarle la cara. Él tenía la boca abierta, la frente perlada de sudor, y de vez en cuando bajaba la vista para verse él mismo mi mano cerrada sobre su polla, y ese gesto —el de mirarse cómo se lo hacían— me puso más caliente todavía. Notaba los huevos tensándose, subiendo, la carne endureciéndose todavía más entre mis dedos.

El tiempo se volvió elástico. No sé cuánto estuvimos así, yo dándole con la mano y él dejándose, los dos respirando cada vez más fuerte en aquel cuarto silencioso. La pantalla había dejado de importar. Lo único real era el calor de su cuerpo y el latido que sentía bajo mis dedos, esa polla que se sacudía a punto de reventar en mi puño.

—Espera —dijo de repente, con la voz ronca—. Cuando esté a punto, coge un pañuelo. Voy a correrme ya.

Yo asentí sin dejar de moverme, apretando un poco más, buscándole el ritmo bueno. Con la mano libre tanteé sobre la mesa hasta dar con la caja de pañuelos que tenía al lado del teclado y saqué uno, apretándolo en el puño, listo. El corazón me retumbaba en el pecho. Le vi cerrar los ojos con fuerza, los dedos agarrados a los brazos de la silla, blancos por la presión.

—Ya... —jadeó él, tensando todo el cuerpo—. Ya, ya, no pares, joder, no pares.

Apenas me dio tiempo. Acerqué el pañuelo justo cuando él se corría, y noté cómo se sacudía bajo mi mano con una serie de espasmos fuertes que le recorrían la polla entera desde la base hasta la punta. Unos chorros tibios salieron con fuerza, gruesos, blancos, y aunque intenté contenerlos con el papel, el primero me pilló desprevenido y me alcanzó los dedos, la muñeca, un poco el filo del pantalón. Los siguientes cayeron dentro del pañuelo, calientes, mientras la polla le seguía palpitando en mi mano, expulsando semen en oleadas cada vez más flojas. Sentí ese calor inesperado en la piel y se me cortó la respiración. No solté. Le seguí moviendo la mano despacito, arrastrándole la última gota por el glande, exprimiéndoselo hasta que soltó un gemido casi de dolor y me apartó con suavidad.

Bruno se quedó quieto, recuperando el aliento, con el pecho subiendo y bajando deprisa, la polla enrojecida todavía a medio bajar entre las piernas abiertas. Una sonrisa lenta le cruzó la cara.

—Joder —dijo en voz baja, casi riéndose—. Qué bien lo has hecho. Como si llevaras haciéndolo toda la vida.

Me limpié la mano con otro pañuelo, todavía aturdido, sin terminar de creer lo que acababa de pasar, con el olor de su corrida pegado a los dedos por mucho que frotara. Él se incorporó, comprobó que todo estuviera en su sitio, se recolocó la ropa con tranquilidad y tiró los papeles a la papelera como si no hubiera ocurrido nada del otro mundo. Esa naturalidad suya me desconcertaba tanto como me atraía. Yo seguía con la polla dura apretada contra el vaquero, pero él no dijo nada y yo tampoco me atreví a pedirle que me devolviera el favor. Todavía no.

—¿Estás bien? —me preguntó, y por primera vez en toda la tarde noté un poco de inseguridad en su voz.

—Sí —contesté, con la garganta seca—. Sí, estoy bien.

Y era verdad. Estaba más que bien. Tenía la cabeza dándome vueltas y el cuerpo todavía vibrando, la polla latiéndome dentro del pantalón, pero no había una sola parte de mí que se arrepintiera.

***

Lo que vino después fue lo más raro de todo: la normalidad. Bajamos a la cocina, él sacó dos refrescos de la nevera y nos sentamos a la mesa a hablar de la próxima partida, de un examen que teníamos la semana siguiente, de cualquier tontería. Como si no acabáramos de cruzar una línea que yo ni siquiera sabía que existía entre nosotros.

Pero por dentro yo seguía en otra parte. No dejaba de mirarle las manos mientras hablaba, de recordar el peso y el calor de hacía un rato, cómo se le hinchaba la vena bajo mis dedos, cómo se le sacudía la polla al correrse. Había algo nuevo instalado en mi pecho, y más abajo también, una mezcla de morbo y de algo más hondo que todavía no me atrevía a nombrar.

En un momento, cuando él se levantó a por algo, me miré la mano. Casi sin pensarlo, me la acerqué a la nariz. Quedaba un rastro débil de su olor, de sudor y de semen, de esa mezcla íntima que se le queda a uno pegada a la piel, y en lugar de darme reparo me provocó una punzada de deseo en el bajo vientre que me hizo apretar los muslos. La polla se me volvió a poner dura del todo debajo de la mesa. No lo entendía. No sabía por qué me gustaba tanto olerle en mi mano, saber que un rato antes él se había corrido por mi culpa. Solo sabía que me gustaba.

Cuando se hizo la hora de cenar, cogí la mochila y me despedí en la puerta. Él me dio una palmada en el hombro, esa que se daba siempre entre amigos, pero el roce me duró encima todo el camino de vuelta a casa.

Anduve por las calles oscuras con la cabeza en una nube, repasando cada detalle de la tarde una y otra vez. La forma en que me había cogido la mano. El «se hace así» susurrado al oído. La manera en que se había dejado hacer, confiando en mí, abriéndose de piernas en la silla, enseñándome algo que yo nunca había imaginado. En cuanto entré en casa me encerré en el baño y me la meneé mirándome los dedos, imaginándome que su polla volvía a latir bajo mi puño, y me corrí en menos de un minuto, con la boca apretada para que no se me escapara ni un ruido, echándome semen por toda la mano igual que él se había echado sobre la mía.

Si quiere repetir, no lo voy a dudar.

Esa fue la idea que se me quedó clavada mientras subía a mi habitación esa noche. Ahora los dos sabíamos que la casa estaba vacía los jueves. Sabíamos que existía esa posibilidad, ese terreno nuevo al que habíamos asomado la cabeza sin querer y del que ninguno de los dos quería apartarse del todo. Y yo ya estaba pensando en la próxima vez, en si me atrevería a agacharme entre sus piernas, a metérmela en la boca, a probar a qué sabía.

Me tumbé en la cama mirando el techo, con el móvil en la mano, esperando sin esperar. A los pocos minutos vibró. Era él.

«El jueves que viene mis padres vuelven a llegar tarde», decía el mensaje. Y debajo, después de unos segundos que se me hicieron eternos: «Por si te apetece otra partida».

Me quedé mirando la pantalla con una sonrisa estúpida en la cara y el corazón otra vez disparado. Tardé un rato en contestar, no porque dudara, sino porque quería saborear el momento. Al final escribí lo único que tenía sentido escribir.

«Ahí estaré.»

Y supe, con una certeza que me caldeaba por dentro, que aquella tarde había sido solo el principio.

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Comentarios(8)

NachoBsAs

tremendo!!! mas por favor

RobertoZeta

La tension del principio esta muy bien lograda, se sienten los nervios del protagonista desde el arranque. Buen trabajo.

Kike_Rosario

me quede con ganas de mas... hay segunda parte?

Gus_85

me recordo a cosas de cuando era pibe jaja. muy bien contado de verdad

ElHectorBaires

excelente relato, de los mejores que lei en esta categoria en mucho tiempo. Segui escribiendo!

Valentina_07

que lindo que lo describiste, se siente autentico. Espero que sea inspirado en algo real :)

Renzo_MDP

El titulo me engancho y el relato no decepciona para nada. La espera del principio esta muy bien construida. Se hace cortisimo!!

CeciliaRos

Hermoso!! me llego al corazon la verdad

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