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Relatos Ardientes

Lo que nadie me contó sobre mi primera vez

Crecí en una casa donde la palabra «sexo» se pronunciaba en voz baja, si es que se pronunciaba. Mi madre cosía cortinas para una parroquia de barrio y mi padre era catequista los domingos. Las únicas charlas de educación sexual que tuve vinieron de un profesor incómodo en cuarto de secundaria, que dibujó un par de aparatos reproductores en el pizarrón como quien traza el mapa de un país lejano. El resto lo aprendí de los chismes morbosos del recreo y de las revistas que mis compañeras escondían en el fondo del casillero.

Llegué virgen a los diecinueve. No había sido una decisión heroica, simplemente había pasado. Los pocos novios del colegio se conformaban con besos torpes y manos por encima del uniforme. Ninguno me daba la confianza suficiente para algo más. Y yo, en el fondo, esperaba lo que me habían prometido: que cuando llegara, sería algo importante, algo que recordaría siempre.

Lo recordaría siempre, sí. Aunque no como yo lo había imaginado.

Conocí a Damián en el primer cuatrimestre de la universidad. Estudiaba ingeniería civil y tenía la sonrisa cansada de los chicos que trabajan medio turno para pagarse la carrera. Era amable, atento, me cargaba la mochila cuando salíamos de clase y me invitaba cafés que claramente no podía pagar. Yo confundí la ternura con confianza. Cuando llevábamos cuatro meses de noviazgo, ya estaba decidida.

Mis amigas, sobre todo Florencia y Antonella, me preguntaban cada lunes si por fin había pasado algo. Yo les decía que todavía no me sentía lista, y ellas se reían como si fuera una broma personal.

—No sabés lo que te estás perdiendo —decía Florencia, mientras se pintaba los labios en el baño de la facultad—. Es lo más rico del mundo. Después no vas a querer parar.

—Es como descubrir un sabor nuevo —agregaba Antonella—. Una vez que lo probás, no hay vuelta atrás.

Yo asentía sin convicción. La idea me daba miedo y curiosidad en partes iguales. Por las noches, encerrada en mi cuarto, empecé a investigar. Abrí páginas para adultos, miré videos que me parecieron extraños y mecánicos, leí relatos que mezclaban poesía con anatomía. Busqué incluso artículos médicos sobre la primera vez, sobre el himen, sobre la lubricación. Todo apuntaba a lo mismo: si una estaba bien estimulada, no había razón para que doliera.

Decidí que lo haría con Damián.

Una tarde de mayo, después de un examen de cálculo, le dije que quería que pasáramos la noche juntos. Él me miró como si le hubiera anunciado la lotería. Me preguntó tres veces si estaba segura. Yo le dije que sí, con una sonrisa que escondía un temblor en el estómago.

Reservamos una habitación en un hotelito de la avenida Rivadavia. El cartel de neón parpadeaba con una letra muerta. Damián no podía pagar más y yo no quería gastar mis ahorros en la primera vez. La pieza olía a desinfectante de pino. Había una cama matrimonial con un cubrecama floreado y un televisor viejo atornillado al techo.

Nos sentamos en el borde del colchón. Damián encendió el televisor sin sonido para tener un fondo. De su mochila sacó una petaca de licor de café y dos vasos de plástico.

—Esto va a ayudar —dijo, sirviendo más de la cuenta—. Aflojate.

El primer trago me ardió en la garganta. El segundo me calentó la cara. Al tercero empecé a sentir las manos torpes y la cabeza liviana. Me reía sin motivo. Tal vez por eso bajé la guardia.

Damián se acercó y me besó. Sus besos eran apresurados, como si tuviera miedo de que cambiara de opinión. Sus manos se metieron debajo de mi remera y apretaron mis pechos con más fuerza de la necesaria. Me corrió un escalofrío, pero no del tipo que esperaba. Era el escalofrío de algo que no termina de estar bien.

Quizás es así, pensé. Quizás recién empieza.

Le seguí el juego. Lo besé de vuelta y traté de moverme como había visto en los videos. Él se desabrochó el pantalón con una mano sin dejar de besarme y se sacó la verga. Me tomó la muñeca y me guio hasta que mi mano se cerró sobre él. Yo no sabía qué hacer. Movía la mano arriba y abajo con la torpeza de quien dobla la ropa. Él gemía cerca de mi oreja, agitado, y yo pensaba en los azulejos del baño que se veían por la puerta entreabierta.

Me desvistió rápido. Demasiado rápido. Sus dedos enredaban el broche del corpiño y maldecía entre dientes. Cuando por fin me quedé en bombacha, él ya estaba completamente desnudo. Vi su erección por primera vez en mi vida. Estaba dura, con la cabeza brillante por una gota transparente. No me pareció hermosa ni terrible, me pareció ajena. Como un órgano que pertenecía a otra especie.

Me empujó suavemente para que me acostara. Empezó a besarme el cuello, el escote, el ombligo. Su lengua iba dejando un rastro mojado que se enfriaba con el aire. Cuando llegó a mis pechos, los chupó con una insistencia que me sorprendió. Cambiaba de pezón, mordía, succionaba. Me empezó a doler, pero supuse que era normal. Él me preguntó si me gustaba y yo dije que sí, porque no encontré otra palabra a mano.

—Quiero que me la chupes —dijo de pronto, arrodillándose sobre el colchón.

—No sé cómo.

—Solo abrí la boca. Yo me ocupo.

Abrí la boca. Él empujó. Sentí la verga golpearme el paladar y bajar hasta el fondo de la garganta. Tuve una arcada inmediata. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Damián suspiró encantado, como si la arcada hubiera sido un cumplido. Empezó a moverse, sosteniéndome la nuca con una mano. Yo intentaba respirar por la nariz. La saliva me chorreaba por el mentón. En algún momento se retiró, jadeando, y me dijo que era una diosa. Yo solo quería enjuagarme la boca.

***

Me empujó otra vez contra la almohada y bajó entre mis piernas. Su lengua trabajó sobre el clítoris con la sutileza de un martillo. No supo modular, no probó, solo aplastaba. Me dolía. Pero al rato sentí humedad y él lo interpretó como un triunfo. Metió un dedo. Después dos. Los movía como buscando algo. Yo exhalé fuerte, no de placer sino para liberar el nudo del pecho, y él se rio bajito.

—Sabía que te iba a gustar.

—Ya —le dije.

Él entendió que estaba lista. En realidad yo quería que parara.

Se acomodó entre mis piernas y se pasó saliva por la punta. Su erección palpitaba a centímetros de mí, y yo, por primera vez en la noche, sentí miedo de verdad. No el miedo del primer beso ni el de la primera caricia. Un miedo concreto, físico, anatómico. Algo del tamaño de mi antebrazo iba a entrar en un lugar que nunca había recibido nada más grande que un tampón.

—¿No te vas a poner preservativo? —pregunté.

—Quiero sentirte al natural. Es nuestra primera vez. Tiene que ser así.

No discutí. Tendría que haber discutido.

Giré la cara hacia la pared empapelada y conté los rombos del estampado mientras él se acomodaba. Lo sentí presionar. Mi vagina se cerró por instinto. Damián me abrió los labios con dos dedos, se puso más saliva, volvió a empujar. Yo abrí los ojos enormes cuando entró. Era como si me clavaran un hierro caliente. Quise gritar. La garganta no me respondió.

—Ya entró un poco —murmuró, orgulloso.

Empujó otra vez. Y otra. Hasta que sentí su pelvis contra la mía y sus testículos golpear mis nalgas. Se quedó quieto un segundo, mirándome con la boca abierta y los ojos brillantes. Tenía la cara de un chico al que le acababan de regalar la bicicleta soñada. Yo tenía la cara de alguien a quien le acababan de arrancar algo.

Empezó a moverse. Salía hasta dejarme un vacío extraño y volvía a entrar de un golpe. Repetía que era apretada, que era rica, que no sabía cuánto iba a durar. Yo le sostuve la nuca con las manos para que pareciera que lo abrazaba. En realidad solo necesitaba algo a lo que agarrarme. Me chupaba un pecho con una insistencia que me obligaba a morderme el labio para no quejarme.

Después de unos minutos eternos, se enterró hasta el fondo y se quedó inmóvil.

—Me vengo —dijo.

—Salí —le pedí—. Por favor.

—No, no, tenés que sentirlo todo.

Lo sentí palpitar dentro. Lo sentí hincharse, contraerse, latir. Y después, ese calor extraño llenándome por dentro. Damián puso los ojos en blanco y dejó escapar un sonido animal, ronco, casi triste. Se movió un poco más para vaciar todo. Cuando salió, me dejó un hilo viscoso entre los muslos y una sensación que jamás voy a olvidar: no era placer, no era amor, era el peso físico de algo que no había pedido.

Se acostó a mi lado, sudado, y me besó la frente.

—Te amo —dijo—. Nunca te voy a dejar.

Lo miré. Quise creerle. Le sonreí.

***

Damián me dejó tres meses después, cuando empecé a poner excusas para no acostarme con él. Le decía que estaba cansada, que tenía parciales, que me dolía la cabeza. Lo cierto era que cada vez que él se acercaba, yo volvía a aquella habitación del hotelito de Rivadavia, al cubrecama floreado, al televisor mudo, al licor de café. Y mi cuerpo se cerraba como una puerta de hierro.

Pasaron los años. Terminé la carrera, conseguí trabajo, conocí al que hoy es mi marido. Es un buen hombre, paciente, que me besa la espalda antes de dormir. En la cama hago lo que hay que hacer. Gimo cuando toca gemir, me muevo cuando toca moverme, le digo al oído que es el mejor para que él se quede tranquilo. Él me cree. Tal vez por eso me quiere tanto.

Lo que él no sabe, lo que nadie sabe, es que en cada beso de buenas noches todavía me asomo a aquel cuarto barato, a la voz de mis amigas asegurándome que era lo más rico del mundo, a la boca seca de Damián repitiendo que tenía que sentirlo todo.

Aún no lo supero. Escribo esto para soltarlo. Para dejarlo, por fin, en alguna parte que no sea mi cuerpo.

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Comentarios (4)

MateoR_91

me quedo pensando en ese final... muy bueno, la verdad que si

Romina_BC

Ay que nostalgico me puso esto jaja. A todos nos paso algo parecido en alguna primera vez no?

PabloBSAS

excelente!!! espero la continuacion

ClaudioP

Muy bien escrito, se nota que lo viviste o por lo menos lo sentiste. Me recordó bastante a mi primera experiencia, aunque la mia termino diferente jajaja

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