Lucía dijo que era casi virgen antes del motel
¿Cómo conocí a Lucía? Aclaro de entrada que el nombre no es real, igual que casi todo lo que voy a decir de ella, excepto lo que de verdad importa.
Mientras estudiaba la carrera, me llegó una solicitud por una red social. La acepté sin pensar demasiado, pero cuando entré a su perfil me quedé un rato mirando. Era una chica muy bonita, con un cuerpo que se notaba incluso en las pocas fotos que tenía públicas. Pensé al principio que sería compañera de alguna materia, porque su cara me resultaba vagamente conocida.
No le escribí. No quería caer en el cliché del tipo desesperado por meterse en cualquier cama, así que dejé pasar los días. Al tercero, ella mandó el primer mensaje.
—Hola —escribió.
—Hola, ¿cómo estás? —pregunté.
—Aquí, saludando. ¿Y tú?
—Algo estresado, semana de exámenes.
—Te va a ir bien.
Me animé a preguntar lo que ya venía pensando.
—¿De qué clase nos conocemos? Perdón, no te ubico.
—No, no soy de tu universidad. Yo todavía estoy en la prepa.
—¿Cuántos años tienes? —tecleé, cruzando los dedos por dentro.
—Dieciocho. Aunque me dicen que parezco de veintiuno.
En ese momento supe que la suerte iba a colaborar. Era ella la que me había agregado, era ella la que había empezado a hablar, era ella la que se había ofrecido a contestar sobre su edad sin que yo insistiera. Dos semanas más tarde ya pasábamos hasta tres horas seguidas chateando.
Jugábamos a ser novios sin serlo. Si yo le contaba que había salido un sábado con amigos, ella fingía celos. Si ella mencionaba a un compañero, yo le decía que se quedara quieta. A mi exnovia esos juegos la hacían sufrir: cualquier broma del tipo «vas a verlo a él, ¿no?» y ya se ofendía. Lucía, en cambio, contestaba con cosas como «no, mi amor, yo soy solo tuya», y la frase, aunque cursi, prendía algo en mí que llevaba meses apagado.
Una noche me preguntó qué hacía. Le dije que nada, que estaba a punto de acostarme. Ella me dijo lo mismo, que ya se iba a dormir, que estaba en pijama.
—¿Me la enseñas? —escribí, medio en broma.
Tardó treinta segundos en mandarme la foto. Parada frente a un espejo grande, su cuarto a media luz detrás. La camiseta le llegaba apenas a media cadera. Una pierna apoyada y la otra cruzada flojamente, las dos finas, recién depiladas a juzgar por el brillo de la piel. Pies pequeños, uñas pintadas de blanco. Sostenía el celular con las dos manos, los pulgares apuntando hacia adelante.
Le insistí. Le pregunté qué llevaba debajo. Me dijo que nada, que dormía así. Le contesté que no le creía. La trampa funcionó. Cinco minutos después llegó otra foto: ella de espaldas, hincada sobre los talones, los pies pequeños asomando por debajo del cuerpo, sin camiseta. Solo conservaba la ropa interior blanca de algodón. La piel de la espalda parecía recién salida de una crema y tenía una cintura que pedía manos.
Ahí dejé el coqueteo y propuse vernos. Un sábado, dije. Inventé un plan inocente para sus padres y mencioné, sin disfrazarlo demasiado, lo que de verdad quería. Aceptó. Aceptó con un «yo también, pero no te rías de mí si no sé hacer nada».
***
El sábado pasé por su casa a las seis de la tarde. Tuve que entrar, saludar a sus padres, darle la mano a su hermano menor y aguantar la mirada del padre, que aunque no decía nada me estudiaba con la calma de alguien que ya había visto pasar otros novios. Lucía les dijo que íbamos a caminar por la plaza del centro y que volveríamos antes de las once.
En el auto le acaricié el muslo apenas arrancamos. Ella sonrió sin decir nada y miró por la ventanilla. Conduje directo a un motel del lado norte de la ciudad, uno discreto con cuartos por hora. Pagué la entrada, dejé el coche dentro del estacionamiento privado, bajé y le abrí la puerta. La tomé de la mano y la metí adentro casi de un tirón. En la recepción interna pedí un bote chico de lubricante. Los condones los llevaba yo.
—Parece un hotel de verdad —dijo Lucía mirando la cama, las luces indirectas, la pequeña tina del fondo.
—¿No habías entrado a uno?
—En videos sí. En persona nunca.
—Lucía —le pregunté de frente—, ¿eres virgen?
—No sé. —Se rio—. Creo que sí.
—¿Cómo que no sabes?
—Lo intenté hace unos meses, en una fiesta de una amiga. Me dolió mucho y le pedí que no siguiera. No sé si eso cuenta.
—No cuenta —le dije.
La besé contra la puerta del baño. Mientras la besaba le saqué la blusa, el sostén, los jeans, hasta dejarla desnuda en menos de lo que ella tardó en darse cuenta. Mide alrededor de uno con sesenta y cinco, pesaría unos cincuenta kilos, delgada, pechos chicos y firmes, abdomen plano, caderas estrechas. Una vez le dije que se parecía a una actriz de una serie de espías y se puso roja. Era cierto.
La acosté boca arriba y le miré las piernas un rato largo. Empecé a besárselas desde los tobillos hacia arriba, despacio. Cuando llegué a la cara interna del muslo cambié de estrategia: la giré con cuidado y la dejé boca abajo. Le besé la nuca, los omóplatos, la curva de la espalda hasta donde nacen las nalgas. Ahí me detuve un momento más largo del necesario. Sentí cómo se le erizaba la piel.
No quería apurarme y arruinarlo, pensé.
La levanté de la cama, la tomé de la mano y la llevé al baño. Abrí la ducha y dejé que el agua se calentara antes de meternos. Ella se puso uno de esos gorros de plástico para no mojarse el cabello y se cubrió media risa con la mano al hacerlo. Bajo el agua le besé los pechos, le mordí los pezones con cuidado y, cuando los notó duros, se apoyó contra los azulejos. Le pasé las manos por la espalda, por las nalgas, por la cara interna de los muslos. Le metí dos dedos despacio, sin avisar, y la oí soltar un quejido nuevo.
La giré contra la pared y bajé. Le pasé la lengua por la espalda baja, por el inicio de las nalgas, mientras seguía moviendo los dedos. Ella no me detuvo en ningún momento. La volví hacia mí, le levanté una pierna y la apoyé sobre el borde de la tina. Le pasé la boca por todo lo que tenía entre las piernas, mezclando el agua con su propio sabor. Soltó un gemido bajito, después otro menos disimulado.
Me puse de pie. Le dije que se hincara. Ella obedeció sin discutir, y por unos segundos solo me miró desde abajo con los ojos muy abiertos. Le indiqué qué hacer y empezó. Para ser su primera vez de verdad, lo hacía mejor de lo que yo esperaba. Pero el ángulo me molestaba y el agua le caía a la cara. Le dije que mejor saliéramos.
***
Nos secamos rápido, sin demasiado pudor. La acosté otra vez sobre la cama, esta vez con la lámpara de la mesa de luz encendida, porque quería verla bien. Ella me dijo, en un susurro, que le hiciera el amor. Yo solo pensaba en cogérmela. Le contesté que sí, que se lo iba a hacer rico, y empecé a besarla de los tobillos hacia arriba otra vez.
Le metí un pie en la boca sin avisar. Esperaba que se retirara, que dijera que era raro, pero no hizo nada. Le chupé los dedos uno por uno, despacio, mientras con la otra mano me masturbaba. Estaba goteando. Verla acostada, los brazos relajados sobre la almohada, la melena desparramada, los ojos cerrados, me tenía al borde.
—¿Puedo seguir allá abajo? —me preguntó en voz baja, casi como pidiendo permiso.
Me reí.
—Sí. Pero ahora dime cómo te gusta.
Le expliqué con un par de palabras lo que prefería. Y entonces esta chica que decía no saber nada me hizo, con calma y atención, una de las mamadas más limpias y exactas que recuerdo. Otras me lo habían hecho técnicamente mejor, pero Lucía tenía algo distinto: lo hacía concentrada, mirándome de a ratos, sin distraerse. Tuve que detenerla porque sentí que me iba a venir antes de tiempo.
No puedo terminar así. No con ella, no hoy.
La acosté otra vez boca arriba. Me hinqué entre sus piernas y le levanté los muslos sosteniéndolos con los brazos. Quería tomarme tiempo con ella. Le pasé la lengua despacio, de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, varias veces, escuchando cómo cambiaba su respiración. Le metí dos dedos. Después tres con cuidado. Le apoyé el pulgar en otra parte, sin entrar, solo presionando, y como no me apartó la mano me animé a más: cambié los dedos por la lengua un rato y volví a alternar.
Cuando vi que ya no se contenía, me senté entre sus piernas, le pasé el bote del lubricante y le pedí que se pusiera mientras yo me ponía el condón. En aquel entonces me daba un pánico tonto meterla sin protección, así que nunca me arriesgaba. Ella tomó el bote, se echó más lubricante del necesario y, con el exceso en las manos, me lo pasó por encima del látex sin que se lo pidiera.
Elegí misionero. Era su primera vez de verdad y no quería complicarle nada al principio. Me apoyé sobre el brazo izquierdo y, con la mano derecha, guié la verga hasta tocarla. Le rocé la entrada un par de veces, le pasé la punta por toda la zona, y solo cuando la sentí empapada empujé despacio.
No entraba. Estaba demasiado tensa, demasiado estrecha. Yo estaba a punto de impacientarme cuando me obligué a frenar. La besé en la boca, le tomé un pecho con suavidad, le susurré que se relajara. Empujé un poco más. Otro centímetro. Otro. Ella aguantó.
Cuando finalmente entré entero, se le escapó un sonido entre quejido y suspiro. Le miré la cara: tenía los ojos cerrados con fuerza.
—¿Te duele mucho?
—Me duele. Pero también me gusta.
—¿Quieres que pare?
Esperaba que dijera que no. Si me decía que sí, lo iba a hacer, pero esperaba que no.
—No. Cada vez me duele menos.
Empecé a moverme despacio, con vaivenes cortos. Ella mantenía la postura un poco rígida, las piernas separadas pero los pies tiesos, como si todavía no supiera qué hacer con el cuerpo. Después de algunos minutos noté el cambio: las piernas se le aflojaron, la respiración se le hizo más larga, los quejidos cambiaron de tono. Lo que era dolor empezó a ser otra cosa.
Aceleré el ritmo. Tres movimientos por segundo, constantes, hondos pero no brutales. Le pasé el pulgar por los labios y ella, sin abrir los ojos, lo tomó con las dos manos y lo metió en su boca. Lo chupó como había chupado lo otro, con ganas. Seguimos así unos diez o quince minutos, parando cada tanto porque yo estaba al borde.
—Date la vuelta.
Le saqué la verga con cuidado, la giré y la dejé boca abajo. La miré un momento largo. Me incliné y le besé la espalda desde el cuello hasta la base, sin apuro. Le pedí que levantara apenas la cadera, que dejara la cara y los pechos pegados al colchón. Me apoyé encima, le pasé la verga entre las nalgas para mojarla otra vez con la mezcla de antes y volví a entrar.
Esta vez no se quejó. Esta vez se le escapó algo distinto, un sonido más profundo, casi sorprendido.
Me moví igual de constante, cambiando el ángulo cada tanto. En una de esas pasé los pies a los costados de su cadera y me senté casi sobre ella, sin sacar, golpeándola desde arriba. Ella estiró las manos hacia atrás y se aferró a mis muslos.
***
El tiempo se nos venía encima. Habíamos pagado tres horas y faltaba poco. Le pregunté dónde la quería terminar. Me dijo que adentro, mirándola. Me dijo «termina mirándome». Y me dijo, en voz más baja, «te quiero».
Yo no la quería. Yo quería volver a verla, eso sí. Quería tenerla en esa cama otras veces. Pero no quería lo que ella estaba queriendo. Aun así fingí una sonrisa y me acomodé otra vez en misionero.
—¿Te gusta así?
—Me encanta —dijo, y se le escapó una risa nerviosa entre los suspiros.
—Me vengo.
—Vente.
Después nos quedamos un rato en la cama mirando el techo. Nos vestimos sin hablar mucho. Mientras yo me ataba los zapatos, ella se peinó frente al espejo de la entrada y se acomodó el pelo de una forma que parecía calculada, como si no quisiera que sus padres notaran nada raro.
En el auto, camino a su casa, me tomó la mano derecha y se la apoyó sobre la suya. Le sostuve la mirada cuando frené en un semáforo. Le dije que el sábado siguiente la volvía a buscar. Ella sonrió como nunca le había visto sonreír por chat.
No le dije lo que estaba pensando. Que iban a ser unos cuantos sábados más. Que ya inventaría alguna razón para irme alejando cuando se pusiera demasiado pesada. Esa noche dormí pensando en sus pies en mi boca y en la cara que puso cuando dejó de dolerle.
Por obvias razones, fingí más tiempo del que correspondía.