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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me llamó llorando esa noche

Eran las once y media de la noche cuando vi su nombre en la pantalla. Camila no llamaba a esa hora si no estaba mal de verdad. Atendí enseguida.

—Ya no aguanto más. Estoy deshecha.

—¿Qué pasó? Sabes que puedes contar conmigo. ¿Quieres que vaya a tu casa?

—Sí. Por favor.

Hubo un silencio del otro lado que no era silencio: era llanto contenido. Le dije que estaba ahí en veinte minutos y colgué.

Camila vivía a quince cuadras de mi casa, en el sexto piso de un edificio sin ascensor de noche. Hice esos quince minutos sin pensar en nada y pensando en todo a la vez. Hacía dos años y medio que la conocía y un año y dos meses que estaba enamorado de ella sin remedio. Se lo había dicho una vez, después de un cumpleaños, y ella me había contestado con la única frase que podía romperme más que un «no»: «Te quiero demasiado para perderte».

Cuando abrió la puerta, supe que esa noche iba a ser distinta. No por mí, sino por cómo estaba ella. Camila mide un metro sesenta, tiene una cara que más de una vez me hizo perder el hilo de la conversación y unos labios que yo me había imaginado más veces de las que estoy dispuesto a admitir. Pero esa noche tenía los ojos hinchados, el pelo desarmado y una camiseta vieja que le quedaba grande.

—Pasa —murmuró.

Entré, cerré la puerta despacio y la seguí hasta el salón. Las luces estaban bajas. En la mesa había un teléfono boca abajo y un vaso vacío.

—Sebastián otra vez —dijo, sin esperar a que preguntara.

Sebastián era el ex. Un tipo que se había pasado nueve meses tratándola como si ella fuera una opción entre varias. Yo lo había aguantado de lejos sin decir nada porque ella nunca me había pedido opinión.

Se sentó en el sillón, subió las piernas y se abrazó las rodillas. Me senté al lado, le pasé un brazo por los hombros y la dejé hablar. Habló veinte minutos. De los mensajes que él le mandaba a otra, de las mentiras, de la última pelea, de las cosas que le había dicho para hacerla sentir poca cosa. Yo le acariciaba el pelo en silencio.

Cuando terminó, levantó la cabeza, me miró y, antes de que yo entendiera qué estaba pasando, se acercó para besarme.

Me eché hacia atrás.

—Camila, así no.

Se quedó quieta, con la cara muy cerca de la mía. Después se volvió a recostar en mi hombro.

—¿Ya no te gusto? —preguntó muy bajito.

—Me gustas más que nunca. Pero no quiero que mañana pienses que esto fue porque estabas mal.

—No estoy tan mal como crees.

—¿Y tus padres?

—Están en la quinta hasta el domingo.

Se incorporó otra vez y volvió a buscar mi boca. Esta vez la frené con menos convicción y, cuando ella insistió, no pude hacer nada. La besé como había querido besarla desde el primer día. Lento, sin apuro, como si lleváramos meses esperando ese momento.

Cuando nos separamos, le pasé el pulgar por el labio inferior.

—No sabes cuánto soñé con esto.

—Perdóname por haberte dicho que no aquella vez.

—Eso ya no importa. Déjame ayudarte a olvidarlo. Esta noche solo importas tú.

La volví a besar. Le bajé la boca por el cuello, despacio, marcando cada centímetro. Tenía la piel tibia y olía a algo que no era perfume, algo más limpio, como si acabara de salir de la ducha. Le toqué los pechos por encima de la camiseta y la sentí respirar más hondo.

—¿Qué haces? —preguntó, pero sonriendo.

—Te voy a hacer olvidar a ese imbécil. Te voy a dar el mayor placer de tu vida.

Se quedó callada. Yo le besé otra vez la boca y, mientras la besaba, ella me tomó la mano y se la llevó al pecho izquierdo. Esa era la señal que yo necesitaba. Le saqué la camiseta por la cabeza, le desabroché el sostén y lo dejé caer al piso. Sus senos eran pequeños pero perfectos, con los pezones erguidos antes incluso de que los tocara.

Le pasé la lengua por uno mientras le sostenía el otro con la mano. Soltó un gemido muy bajito, casi un suspiro, y se le arqueó la espalda. Bajé la lengua por el medio del pecho, le pasé por el ombligo y, cuando estaba llegando al borde de la falda, me agarró del pelo.

—Espera —dijo—. Todavía no.

Subí otra vez y le besé la boca para tranquilizarla. Llevaba una falda corta de algodón, y le pasé la mano por dentro de los muslos. La piel ahí era más suave. Le rocé la ropa interior y ella separó las piernas apenas, sin querer hacerlo del todo.

—Si quieres que pare, paro —le dije al oído.

—No pares.

La toqué por encima de la tela y la sentí ya mojada. La acaricié unos minutos así, mirándole la cara, cómo entrecerraba los ojos y se mordía el labio. Cuando metí la mano por debajo, dio un respingo y me clavó las uñas en el hombro.

—Tranquila.

Le pasé el dedo del medio por toda la entrada, suave, sin meterlo todavía. Después busqué el clítoris y empecé a girar la yema del dedo en círculos lentos. Camila soltó un suspiro largo, de los que vienen de muy adentro, y yo supe que ya no íbamos a parar.

—Vamos al cuarto.

***

La levanté en brazos. Es liviana, mucho más liviana de lo que parece. Me fue dando las indicaciones en susurros: pasillo, segunda puerta, izquierda. La acosté en la cama y me quedé un momento mirándola, con la falda subida hasta la cintura y la ropa interior todavía puesta. Era la primera vez que la veía así y me parecía mentira que estuviera pasando.

Me saqué la camiseta. Me desabroché el cinturón y me bajé el pantalón. Cuando me vio entero, se le abrieron los ojos.

—No sé si voy a poder.

—Vas a poder. Si en algún momento te duele, me dices y paro.

Me arrodillé al borde de la cama. Le saqué la ropa interior despacio, tirando desde los costados, y le abrí las piernas. Le besé la cara interna de los muslos, primero uno, después el otro. Subí. Le pasé la lengua por encima del clítoris una sola vez y la sentí estremecerse entera.

—Por favor —dijo, y no supe si era para que parara o para que siguiera.

Seguí. Empecé a lamer en círculos y a meter apenas la punta de la lengua. Ella se agarraba de las sábanas con las dos manos. Cada vez que aceleraba un poco, ella levantaba la pelvis. La tenía a un par de centímetros del primer orgasmo, podía sentirlo en cómo se le contraía todo, pero no quería que se viniera así. Quería que se viniera conmigo dentro.

Me subí encima. Le aparté el pelo de la cara.

—¿Estás segura?

—Sí. Pero despacio.

La besé. Llevé mi miembro a la entrada y lo apoyé apenas, sin empujar. Le pasé la punta por encima del clítoris para que se acostumbrara. Después la fui presentando contra la entrada, muy despacio. Empujé un milímetro y paré. Ella respiró.

—¿Vas bien?

—Sigo bien. Sigue.

Empujé otro poco. Sentí la resistencia y volví a parar. Camila tenía los ojos cerrados y la respiración rápida. Le di unos segundos, le besé el cuello y volví a empujar. Esta vez la punta entera entró. Hizo un pequeño gemido que no supe leer.

—¿Te duele?

—Un poco. Pero sigue.

Poco a poco, sin apuro, fui ganando terreno. Le metía un poco más, paraba, le besaba la boca, los pechos, le hablaba al oído. Después un poco más. A los pocos minutos ya tenía la mitad dentro y ella se relajaba. Cuando entré entero, se le escapó un suspiro largo y me abrazó la espalda con las dos manos.

—Estás dentro —dijo, como si se diera cuenta recién en ese momento.

—Estoy dentro.

Me quedé un rato sin moverme, dejando que se acostumbrara. Le besé los pechos, los costados, la base del cuello. Cuando empecé a moverme, lo hice tan lento que casi no era movimiento. Salía un poco y volvía a entrar. Camila respiraba conmigo, gemía con cada empuje. Le caía una lágrima por la sien.

—¿Te estoy lastimando?

Me sonrió. Negó con la cabeza.

—Es que no me imaginé que iba a ser así.

Aceleré apenas. Su cuerpo iba aprendiendo el ritmo. Pasamos del despacio al menos despacio, y de ahí a un vaivén constante que la hacía gemir cada vez más fuerte. Tenía las uñas clavadas en mi espalda. En un momento dejó de respirar por un segundo, después abrió la boca y soltó un grito que no era un grito, era un sonido nuevo, algo que no le había escuchado a nadie nunca.

Se vino. Las piernas se le tensaron, los muslos me apretaron las caderas y todo el cuerpo le tembló. Yo me quedé dentro, sin moverme, sintiendo cómo se le contraía. Cuando empezó a calmarse, me retiré despacio.

—¿Te gustó?

Tardó en contestar. Cuando pudo hablar, lo dijo casi llorando.

—¿Si me gustó? No sabía que se podía sentir eso.

—Recién empezamos. Te quedan unos cuantos más.

—Si gozo más que esto, me desmayo.

Me reí. Le besé la frente. Me bajé al borde de la cama y la atraje por las caderas hasta el filo del colchón. Le abrí las piernas y volví a lamerla, pero ahora con más confianza. Ella se sostenía la cabeza con las dos manos. Movía la cabeza de un lado al otro y gemía sin contención. Yo le acariciaba los pechos mientras la chupaba y, cuando le metí dos dedos al mismo tiempo, perdió la noción de todo.

El segundo orgasmo fue más largo. Y más fuerte. Camila gritó dos veces, una con la primera ola y otra con la segunda. Cuando terminé y le saqué los dedos, las piernas le seguían temblando solas. Le besé la pelvis, las caderas, el ombligo. Subí.

Me acosté al lado y la abracé. Quise tocarle el clítoris otra vez, suave, pero apenas la rocé pegó un saltito y me agarró la mano.

—No más. No aguanto más.

La dejé en paz. Quedamos así un rato largo, ella respirando despacio contra mi pecho y yo mirando el techo, sin terminar de entender que la noche que había empezado con una llamada de auxilio estaba terminando así.

Me besó arriba del esternón. Me miró desde abajo, todavía con los ojos brillantes.

—Gracias por esto. Y perdóname por haberte dicho que no aquella vez. Te juro que no me vuelvo a equivocar.

Le acaricié el pelo. No le contesté nada, porque cualquier cosa que dijera iba a ser menos que lo que sentía. Le di un beso en la frente, apagué la luz del velador y nos quedamos dormidos así, con su mejilla en mi pecho y su respiración entrando y saliendo despacio.

Cuando me desperté con la primera luz, ella seguía contra mí, dormida, con una sonrisa que no le había visto antes.

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Comentarios (6)

SofiaR_Baires

Increible!! Me enganche desde el título, tremendo relato

CristianLR

Por favor que haya segunda parte... esto no puede terminar así

Romina_1988

Me recordó mucho a algo que me pasó, esa tension cuando la amistad cruza otro limite. Muy bien contado.

Marcos_BA

Dos años callado para que al final... chapeau jajaja

lectora_silenciosa

Llevaba tiempo sin leer algo que me atrapara tanto. Esa mezcla de culpa y ganas, el momento en que se dan cuenta los dos... esta perfecto. Ojala haya mas historias así de honestas.

DanielMar

¿Y después como siguio la amistad? eso es lo que me mata del relato, el final abierto

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