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Relatos Ardientes

Lo que descubrí frente al espejo con su lencería

Por aquella época todavía vivía en casa, terminando el último año de la carrera en el turno de la tarde. Compartía el techo con mis dos hermanas, mi madre y mi abuela, así que la casa siempre estaba llena de voces, de ropa tendida y de ese olor a perfume que dejaban las mujeres al pasar por el pasillo. Yo era el único hombre, y eso me daba algo que ningún otro tenía: las mañanas enteras para mí solo.

Mientras ellas salían temprano a trabajar y a estudiar, yo me quedaba con la casa vacía. Pasaba las horas en internet, en foros y en páginas que ya casi nadie recuerda, y cuando me aburría hacía lo que hace cualquiera a esa edad: cerraba la puerta, ponía algo de porno y me masturbaba con calma, sin apuro, sin nadie que tocara el picaporte. Era una rutina cómoda, casi un ritual.

Mi habitación era simple. Una computadora vieja, una cama angosta y un armario enorme que en realidad no era mío del todo. Adentro colgaban vestidos, blusas y faldas de mis hermanas y de mi madre, ordenados con una prolijidad casi obsesiva. Yo tenía derecho a un solo cajón; el resto eran cajones ajenos, un joyero que nunca abría y filas de ropa que durante años miré sin pensar demasiado.

Hasta que una tarde empecé a pensar.

***

Fue después de una de esas sesiones largas frente a la pantalla. Me había vaciado por completo, me di una ducha tibia y salí envuelto en la toalla, todavía con la piel caliente del agua. En vez de vestirme me quedé parado frente al armario abierto. Sin tocar nada, solo mirando. Sabía que si movía una prenda no iba a poder devolverla a ese orden perfecto, y la sola idea de dejar una pista me daba miedo.

Entonces me acordé del cesto.

El cesto de la ropa sucia no tenía orden que respetar. Ahí podía revolver, mirar, tocar, y después todo seguía igual de revuelto. Con una curiosidad que no terminaba de entender, fui hasta el lavadero y levanté la tapa. Adentro había de todo: blusas con olor a día largo, pijamas, pantalones, y ropa interior. Mucha ropa interior, de distintos colores, enredada entre lo demás.

Me quedé un rato largo mirando. Pensé en las mujeres que veía en las pantallas, en sus cuerpos, en sus nalgas. Y de golpe me crucé una idea que me erizó la piel: ¿y si las mías se vieran así?

El corazón me empezó a golpear distinto. No era el porno, no era una imagen ajena. Era algo mío, secreto, que nacía en mi propio cuarto. Tomé una de las prendas, la más simple, y antes de arrepentirme me la puse.

***

La tela se ajustó a mi cuerpo de una manera que no esperaba. Suave, fresca, distinta a todo lo que conocía. Me quedé inmóvil unos segundos, sintiendo cómo el algodón se acomodaba contra mi piel, y después se me ocurrió lo inevitable: tenía que verme.

Caminé hasta el espejo grande del pasillo con el pulso acelerado. Cuando me paré de frente, sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. No me reconocí del todo. Las piernas largas, el vientre plano, la curva apenas marcada de la cadera. Por un instante me vi como una de esas chicas de los catálogos de ropa que llegaban por correo, y la imagen me prendió de una forma que no había sentido nunca.

Me giré despacio, mirándome de un lado y del otro. Me llevé una mano a la cadera. Todo en mí decía que estaba mal, que era ridículo, pero el cuerpo decía otra cosa completamente distinta. Me estaba excitando, y no por una pantalla: por mí mismo, por ese reflejo nuevo que me devolvía el espejo.

Una más. Quiero verme un minuto más.

Pero la casa tiene relojes, y los relojes no entienden de secretos.

***

Fui a mi cuarto pensando que tenía al menos una hora y media antes de salir a la facultad. Cuando miré la pantalla se me cayó el alma a los pies: quedaban treinta minutos. El tiempo justo para vestirme y correr a tomar el colectivo.

Saqué el uniforme de cursada, una camisa blanca y un pantalón de vestir azul marino, y empecé a vestirme a las apuradas. La tela del pantalón se sentía áspera, rígida, incómoda después de la suavidad que acababa de descubrir. Y entonces, mientras peleaba con los botones, me cruzó un recuerdo de la infancia.

Tenía tres o cuatro años. No había ropa limpia salvo un pantalón y una remera, y faltaba la ropa interior, así que mi madre me puso sin más vueltas unas braguitas de mi hermana porque íbamos tarde a un cumpleaños. Hice un berrinche enorme, pataleé, lloré, y al final me las pusieron casi a la fuerza porque no había tiempo para discutir.

Siguiendo esa misma lógica retorcida, me dije a mí mismo: si me las dejo puestas, no estoy haciendo nada raro. Es solo que no tengo otra opción y voy tarde.

Era mentira y lo sabía. Pero esa mentira me dio permiso. No me quité la prenda, me terminé de poner el uniforme encima, y salí de casa con el secreto pegado al cuerpo.

***

Caminar hasta la parada fue una experiencia nueva. Cada paso movía la tela contra mi piel, un roce mínimo, constante, que me recordaba a cada segundo lo que llevaba debajo del pantalón de vestir. La gente pasaba a mi lado sin saber nada. El kiosquero me saludó como todos los días. Una señora esperaba el colectivo con su bolsa de compras. Y yo iba ahí, en medio de todos, guardando algo que me hacía sentir las mejillas calientes.

Me subí al colectivo y me senté junto a la ventanilla. Cada bache, cada frenada, me hacía consciente de mi propio cuerpo de una manera que jamás había experimentado vestido de manera normal. Era una travesura silenciosa, un secreto que latía entre mi piel y la ropa, y nadie en ese colectivo lleno de gente tenía la menor idea.

Llegué a la facultad con el cuerpo encendido y la cabeza en otro lado.

***

El problema vino en el primer recreo, cuando sentí ganas de ir al baño. Me quedé congelado en el asiento. No podía. Vestido así, no podía.

Los baños del edificio viejo no cerraban del todo; las puertas tenían una rendija por la que se alcanzaba a ver, y la sola idea de que alguien notara lo que llevaba puesto me paralizaba. Aguanté. Esperé a que sonara el timbre y todos volvieran a las aulas, y recién entonces me metí, cuando el pasillo de los baños quedó en silencio.

Dudé un segundo absurdo: pararme frente al mingitorio como siempre, o entrar a un cubículo y sentarme como lo haría una chica. Pero los cubículos estaban en un estado lamentable, así que no me quedó opción. Me acerqué al mingitorio, bajé el cierre con cuidado, desabroché el pantalón y saqué mi miembro vigilando la puerta, rogando que nadie entrara y que, si lo hacía, no llegara a ver la tela de color que asomaba.

Tuve suerte. No entró nadie. Pero el corazón me golpeaba como si acabara de cometer un delito, y esa mezcla de miedo y excitación me dejó temblando frente al lavabo.

***

El resto del día transcurrió con una normalidad insoportable. Tomé apuntes, hablé con compañeros, fingí prestar atención a clases que ni escuché. Por debajo de todo, en cada minuto, estaba esa conciencia ardiente de mi secreto. Volví a casa con la noche ya encima y, por primera vez en mi vida, no me cambié de ropa al llegar.

Cené con mi familia con el uniforme puesto, las braguitas debajo, sonriendo por dentro mientras mi abuela me preguntaba cómo me había ido en la facultad. Esperé. Esperé a que mi madre apagara la televisión, a que mis hermanas se encerraran en su cuarto, a que la casa entera se hundiera en ese silencio espeso de la madrugada. Yo dormía solo, era la única ventaja real de ser el único hombre de la casa, y esa noche esa soledad fue un regalo.

Cuando estuve seguro de que todas dormían, encendí la lámpara y me paré otra vez frente al espejo de mi cuarto.

***

Esta vez no había apuro. Esta vez podía hacerlo lento.

Me desabroché la camisa botón por botón, mirándome, dejando que la tela cayera de a poco hasta revelar lo que había escondido todo el día. Bajé el pantalón despacio, disfrutando cada centímetro, viendo cómo el reflejo me devolvía esa imagen secreta que llevaba horas guardando bajo el uniforme.

El cuerpo me respondió de inmediato. No necesité pantalla, no necesité ninguna imagen ajena. Me bastaba con verme, con sentir la tela suave ajustándose mientras me tocaba. Era una sensación distinta a todo lo conocido, algo que nacía de mí, de ese juego prohibido conmigo mismo, y me dejé llevar sin culpa por primera vez en todo el día.

Me acaricié frente al espejo, lento al principio y después con ganas, mirando cómo se movía mi reflejo, dejándome sentir cosas que no sabía nombrar. Cosas de mujer, pensé, y la idea, lejos de asustarme, me llevó al borde. Terminé con la respiración agitada y el cuerpo entero vibrando, conteniendo el aire para no hacer ruido.

Después me quedé un rato largo tirado en la cama, mirando el techo, todavía con la prenda puesta y una sonrisa boba que no me podía sacar.

***

Antes de dormir hice lo más importante: devolví la prenda al cesto con muchísimo cuidado, acomodándola exactamente como estaba, enterrada entre las demás, para que nadie sospechara nada. Borré la única huella de mi travesura y me acosté con el corazón todavía acelerado.

Fue tan intenso que pasó bastante tiempo hasta que me animé a portarme mal de nuevo. Tenía miedo, claro, pero sobre todo tenía algo nuevo: un secreto propio, encendido, que me pertenecía solo a mí. Y descubrir cómo me hacía sentir todo aquello fue apenas el principio de algo mucho más grande.

Pero esa parte se las cuento otro día. Por ahora, si llegaron hasta acá, déjenme algo de ánimo para seguir escribiendo. Todavía me queda mucho por confesar.

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Comentarios (6)

PedroRJ_ok

caraca, que relato. Me pegou de um jeito que nao esperava, fiquei relendo o final duas vezes

Curiosa_1987

Por favor faz uma segunda parte!! Quero saber o que aconteceu depois disso tudo

LuisaBelem_leit

Sinceramente um dos melhores que li aqui. Muito bem escrito, parece real sem ser forçado. Continua assim!

RossioNight

Nossa, o excerpt ja deu vontade de ler tudo de uma vez. Nao decepcionou

PatriciaVH

ficou curto demais, queria mais detalhes de como ele se sentiu no final :(

MarcosBH07

me lembrou de algo parecido que vivi uma vez, bate uma nostalgia estranha kkk muito bom

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