Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La chica trans de la fiesta despertó algo que ocultaba

Nos conocimos en una fiesta que daba un amigo en común, en su piso del centro. Renata era de esas personas que llenan una habitación sin levantar la voz: divertida, guapa, con una sonrisa torcida y una forma de mirar de reojo que te dejaba sin argumentos. Al principio yo no sabía que era trans, y la verdad es que cuando me lo dijo tampoco cambió gran cosa, aunque confieso que me pilló completamente desprevenido.

Habíamos empezado a tontear poco a poco. Primero fueron las miradas largas por encima de los vasos, después algún roce de hombros buscado, alguna provocación verbal que iba subiendo de temperatura conforme se vaciaba la cocina y se llenaba el salón.

—Antes de que sigamos con este jueguito… —me dijo apoyada contra la encimera, ya bastante pegados—. Quiero que lo sepas: soy trans.

Me quedé callado un segundo. No por rechazo, sino por puro desconcierto. Lo soltó con firmeza, con la barbilla alta, como quien ya está acostumbrada a leer en la cara del otro lo que viene después.

—No dices nada. —Me miró con una seriedad nueva—. Si no quieres seguir, no pasa nada, de verdad. No todos los tíos están preparados para una noticia así de golpe.

—Tranquila —contesté—. Gracias por decírmelo. No es que no quiera… es que me has descolocado. Me gustas mucho, Renata. Solo necesito un minuto para asimilarlo.

—Lo entiendo. Tómate el tiempo que necesites. Si al final decides que no, lo acepto sin dramas. No serías el primero que se echa atrás. Pero tú también me gustas, y prefería que lo supieras ahora y no más tarde, cuando ya estuviéramos a medio desvestir y te llevaras el susto.

No me fui.

Y ella tampoco se apartó. Seguimos hablando, bebiendo, rozándonos sin disimulo. Cuando la fiesta empezó a deshacerse y la gente buscaba sus abrigos, antes de despedirnos, me besó. Así, sin preámbulo. Un beso lento, con lengua, de esos que te borran de la cabeza lo que ibas a decir a continuación.

***

Acabamos en mi casa. Era tarde, hacía un calor pegajoso de verano, y a esas alturas mi cuerpo decidía mucho más que mi cabeza. Entramos entre risas, con prisa, quitándonos la ropa como si nos quemara en la piel. En el sofá, tumbada sobre mí, Renata volvió a besarme, mordiéndome el labio inferior, claramente excitada.

Y entonces lo noté.

Se le empezaba a poner dura, presionando contra mi muslo a través de la tela. Un silencio incómodo se coló entre nosotros. Me tensé sin querer y no lo pude esconder.

Ella lo percibió enseguida.

—¿Todo bien? —preguntó, bajando la voz.

—Sí… es solo que nunca he estado con alguien como tú.

—¿Te incomoda?

—No lo sé —admití con honestidad.

No se movió. No insistió ni un milímetro. Solo me sostuvo la mirada.

—Podemos parar cuando quieras. No tienes que hacer nada que no te apetezca.

La manera en que lo dijo me desarmó del todo. No había presión, solo deseo y algo parecido a la paciencia. La besé de nuevo, despacio, y noté cómo su cuerpo se relajaba otra vez sobre el mío.

Dejé que llevara ella el ritmo. Me quitó la camiseta, bajó por mi cuello hasta el pecho, me lamió los pezones mientras me desabrochaba el pantalón. Su mano se coló dentro y me agarró con firmeza, midiéndome.

Solté un gemido sin pretenderlo.

—Mira cómo te pones… —susurró contra mi piel.

Yo solo asentí. Me bajó los pantalones de un tirón y se arrodilló entre mis piernas. Su lengua jugó con la punta antes de tragarme entero de golpe. Cerré los ojos. Su boca era una maravilla: húmeda, caliente, sin titubeos. Me dejé hacer, gimiendo, hundiendo los dedos en su pelo oscuro.

Me corrí rápido, demasiado rápido, sin poder frenarlo. Ella tragó sin dejar de mirarme a los ojos, con una media sonrisa de orgullo.

—Joder… —jadeé—. Eres increíble.

Renata se incorporó y esta vez fue ella la que se quitó el top. Tenía los pechos pequeños, firmes, con los pezones tensos de excitación. Me incliné para chuparlos, succionando con ganas mientras ella se frotaba contra mi vientre.

Lo que tenía entre las piernas rozaba mi abdomen, dura como una barra.

Tuve un instante de duda. Pero mis manos ya recorrían su espalda y bajaban hacia sus nalgas por su cuenta. Me sorprendió cuánto me gustaba su cuerpo, más allá de cualquier etiqueta que yo le hubiera puesto antes de tocarla.

Renata me cogió la mano y, despacio, la guió hacia abajo.

—Tócame —pidió—. No pasa nada.

Lo hice. Con cuidado al principio, luego con más decisión. Su respiración se aceleró de inmediato. Se mordió el labio con los ojos cerrados. Le gustaba, y verla así de entregada me ponía todavía más a mí.

***

La tumbé en el sofá y me coloqué entre sus piernas. Fui bajando, lamiéndole el cuello, los pechos, el vientre, hasta llegar abajo. Me detuve un segundo. Era mi primera vez con alguien así, y ella lo sabía perfectamente. Pero me lancé. Un beso en la punta, después la lamí, hasta metérmela poco a poco en la boca.

Renata jadeó y hundió los dedos en mi pelo.

—Así… joder… no pares…

La chupé como ella me había chupado a mí. Torpe al principio, más confiado después. Quería que disfrutara. Quería verla deshacerse por mí, perder ese control que tan bien manejaba.

—Me voy a correr… —avisó con un hilo de voz—. ¿Puedo?

Asentí sin sacármela. Segundos más tarde sentí el calor llenándome la boca. Me sorprendió mi propia reacción, pero no me aparté. Tragué sin pensarlo. Ella me miró con los ojos muy abiertos.

—¿De verdad acabas de hacer eso?

—No lo pensé. Me ha salido solo, de la calentura.

Se rió bajito y tiró de mí hacia arriba para besarme, un beso largo y profundo, sin importarle de dónde venía mi boca.

—Parece que te está empezando a gustar más de lo que admites —dijo entre risas.

—Puede ser… —contesté, notando cómo me ardían las orejas.

***

Nos fuimos a la cama. Esta vez todo era más lento. La abracé desde atrás y sentí su cuerpo encajado contra el mío, su sexo semierecto rozándose con el mío sin que me molestara. Al contrario. Había algo profundamente excitante en esa mezcla de suavidad femenina y deseo crudo, en lo poco que cabía dentro de las casillas que yo creía tener claras.

Renata me susurró al oído, con la voz ronca:

—Me he quedado con ganas de más. Quiero que me folles.

La miré por encima del hombro, con el corazón latiéndome en las sienes. Y me oí decir algo que ni yo esperaba.

—Mejor empieza tú conmigo. Hazlo tú primero.

—¿Estás seguro?

—Llevo dándole vueltas desde que te toqué por primera vez en el sofá. Quiero sentirte dentro. Has destapado algo que tenía bien guardado y me muero por probarlo.

Me pidió que le pusiera el condón. Lo hice despacio, acariciándola mientras tanto, reconociendo que cada vez me gustaba más tenerla así de cerca. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole la espalda, tan excitado que me costaba quedarme quieto. Ella se arrodilló detrás, se echó lubricante en los dedos y empezó a prepararme con una paciencia que no me esperaba. Yo gemía bajito, moviendo las caderas, pidiéndole más sin palabras.

—Hazlo ya… —supliqué, perdido del todo.

Alineó la punta con mi entrada y empujó despacio. Noté cómo me abría, cómo cedía mi cuerpo centímetro a centímetro hasta recibirla entera. Renata soltó un gemido largo. Yo solté otro, casi un grito ahogado contra la almohada.

—Joder… sí… así…

Empezó a moverse. Primero suave, después más rápido. Las piernas me temblaban con cada embestida. Me agarró de las caderas, se inclinó para lamerme la nuca y siguió dándome con un ritmo firme. Mi propia erección rebotaba debajo de mí. Empecé a tocármela al compás.

—Te encanta esto, ¿eh? —me susurró pegada a mi oreja.

—Sí… nunca había estado tan caliente… no pares…

Aceleró. Estaba al borde, y yo también. Me corrí con la espalda arqueada, gimiendo su nombre contra las sábanas. Ella llegó segundos después, clavándome los dedos en la cadera, temblando entera sobre mi espalda.

Nos dejamos caer de lado, sudados, sin decir nada durante un rato largo, recuperando el aliento entre las sábanas revueltas.

—¿Sigues con dudas? —preguntó al cabo de un minuto, dibujando círculos perezosos en mi pecho.

—Ninguna —respondí, y era verdad—. Solo pienso en cuándo repetimos.

Renata sonrió, me besó la frente y se acurrucó contra mí.

—Me alegro de que se te hayan ido las dudas —murmuró medio dormida—, porque esto de hoy solo ha sido el aperitivo.

Me quedé mirando el techo en la penumbra, con su respiración acompasándose contra mi piel, pensando en lo equivocado que había estado al creer que sabía exactamente lo que me gustaba. Esa noche, una desconocida de sonrisa torcida me había enseñado que el deseo casi nunca respeta los planos que uno traza de antemano. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía la menor intención de volver a trazarlos.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(1)

Mati_lee

increible!! me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.