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Relatos Ardientes

Mi vecina universitaria me enseñó a besar a escondidas

Todo empezó como un juego inocente, pero cada semana el morbo subía un peldaño hasta que una tarde, contra la pared del jardín, Lucía me llevó al borde de algo que yo apenas había imaginado. Esa universitaria de risa fácil, la que todos en la cuadra llamaban «la gata», fue la primera en enseñarme lo que era el deseo de verdad.

Ella se había mudado a la casa de sus tíos para arrancar la carrera. La facultad le quedaba a veinte minutos caminando y, si andaba apurada, tomaba el bus de la esquina. Hace pocos meses volvimos a hablar por mensajes después de años sin saber nada el uno del otro, y entre conversación y conversación fui rearmando detalles que el tiempo había borrado. Hoy Lucía está casada, tiene tres hijos y hasta dos nietos, pero el morbo seguía ahí, agazapado, y tarde o temprano íbamos a regresar al mismo lugar.

Según ella, ese año cursaba tercero y ya tenía novio: Andrés. Un tipo popular entre las chicas, algo engreído, conocido mío de vista pero nunca un amigo. Me sacaba unos cuantos años. Andrés tenía permiso para visitarla y, cuando llegaba, terminaban siempre contra la pared medianera, justo debajo de mi ventana. Yo dormía en el segundo piso y desde ahí veía todo. Nunca me propuse espiarlos; era que mi habitación quedaba ahí y ellos se ponían ahí.

Creo que Lucía sabía perfectamente que yo miraba.

Una tarde los vi besarse con esa desesperación que tienen los noviazgos jóvenes. Andrés tenía las dos manos por debajo de la falda y ella levantó la cara, justo en el ángulo exacto para encontrar mis ojos detrás de la cortina. No se separó. No se acomodó la ropa. Sostuvo mi mirada un segundo largo y siguió besándolo. Esa noche no dormí.

Diego, su primo, era uno de mis amigos más cercanos. Vivíamos pared con pared y entre nosotros no había secretos sobre nada, salvo, claro, sobre su prima. Él también la espiaba a veces, cuando ella se vestía con la puerta entreabierta. Me lo contaba para envidiarme y para excitarme, y vaya si lo lograba. Lucía tenía una cara dulce y un cuerpo que no parecía de este planeta. Pechos firmes, redondos, generosos, y un trasero que en bikini hacía callar a cualquiera. No era especialmente alta, pero tenía las piernas largas y bien dibujadas, y yo, que recién la había superado en estatura, le llegaba apenas a la mitad de la mandíbula cuando estábamos parados frente a frente.

De a poco fuimos teniendo más confianza. Algunas veces me pedía que la llevara en la moto. Yo arrancaba lento al principio y aceleraba en la avenida solo para sentir cómo me apretaba con los muslos contra las caderas y cómo me clavaba los pechos en la espalda. En cada frenada larga notaba el calor de su entrepierna ajustada contra mí. Empezó a llamarme «muñequito» y a presentarme delante de sus amigas como su «noviecito», aunque todas sabían que el novio de verdad era Andrés.

El juego se elevó una tarde en que estábamos sentados en el portón.

—¿Cuál de todas mis amigas te gusta más? —preguntó con esa sonrisa torcida que se le ponía cuando preparaba algo.

Le mencioné un nombre cualquiera, más por incomodidad que por convicción.

—¿Ya besaste a alguna?

—No —admití.

Lucía se rio bajito, como midiendo si yo le servía para lo que tenía en la cabeza.

—Mañana no vayas al entrenamiento de fútbol —me dijo—. Quédate en casa. Te voy a enseñar a besar.

—Bueno —contesté, y me ardieron las orejas.

Los martes y jueves eran tardes de entrenamiento. El papá de Diego, mi entrenador, se llevaba a los primos y a media cuadra de chicos al parque a las cuatro. Esa tarde inventé una contractura en el gemelo y me quedé en casa. A las cuatro y cinco vi salir a todos. A las cuatro y diez Lucía se asomó al portón, miró arriba y me hizo una seña con la mano. Moví la cortina apenas.

—¡Iván, ven! —me gritó bajito.

Bajé las escaleras con un nudo en la garganta. De adulto puedo ser desinhibido, pero por dentro siempre fui tímido, sobre todo al principio. Llevaba puesta una camisa del colegio mal abotonada. Lucía vestía un jean ajustado y una blusa sin mangas. Cuando abrí el portón, ella ya estaba apoyada en la pared, en el mismo lugar exacto donde tantas veces había visto a Andrés manosearla.

—Acércate —dijo—. Solo unos besos. Si tú quieres.

Querer, quería. Era la chica más popular de la cuadra. La que iba a misa los domingos con su tía, la que aparecía en las fotos de los actos de la facultad, la que tenía esa reputación intachable que solo yo, desde mi ventana, sabía que no era del todo cierta. Me acerqué.

El primer beso fue de pico, tímido, casi infantil. El segundo lo guio ella. Me mordió el labio inferior con una suavidad calculada y la sensación me recorrió desde la boca hasta el último nervio del cuerpo. Sentí una corriente eléctrica que se me iba directo a los huevos.

Después me invadió la boca con la lengua y ahí entendí lo que era no querer parar nunca. Se separó apenas para mirarme con esa cara pícara y sensual.

—¿Te gusta?

—Sí —dije con la voz quebrada.

—¿Más?

—Sí.

Me dio tres o cuatro besos más, largos, y yo no pude evitar la erección, que se me marcaba contra la tela del pantalón como un bulto avergonzado. Lucía lo sintió contra su cadera y se rio bajito, sin separarse.

—Estás excitado.

—Creo que sí.

—No eres el único. Tienes unos labios muy ricos, muñequito. Vete ya. Otro día probamos con otros besos.

Volví a mi cuarto con el pantalón apretado y una sensación nueva entre las piernas, un dolor sordo en el bajo vientre que no era dolor sino impaciencia. Esa noche no pude dormir. Cerraba los ojos y veía su boca, su lengua, la sonrisa torcida del final.

***

La semana siguiente, un día antes, me hizo la señal desde su ventana. Yo entendí. El martes a las cuatro otra vez la contractura, otra vez los demás camino al parque. Esta vez Lucía vino vestida con una falda de jean por arriba de la rodilla y una blusa blanca con un escote que dejaba ver una porción peligrosa de los pechos. Esta vez no había nada infantil en cómo me miró.

Apenas llegué a la pared me besó. Largo. Profundo. Después bajó por el cuello, me mordió el lóbulo de la oreja y me erizó la piel hasta la base de la nuca. Le temblaban los dedos cuando me desabotonó la camisa, y cuando me besó los pectorales y me jaló las tetillas con los labios, sentí que las rodillas me fallaban.

—¿Te gusta? —volvió a preguntar, esta vez al oído.

—Sí.

—¿Estás excitado?

—Creo que sí.

Se detuvo un instante y me miró fijo.

—Escúchame bien. Nunca, nunca le digas a mi primo nada de esto. Si me lo prometes, hacemos cosas más ricas todavía.

—Te lo prometo —dije, y lo dije en serio.

Yo, a esa edad, sabía lo básico de una relación sexual y nada más. El preámbulo, los juegos previos, los tiempos del cuerpo, todo eso era un idioma que no me habían enseñado. La pornografía era un tabú casi imposible de conseguir, en mi casa la televisión se apagaba a las once y comprar un condón era una expedición humillante a la farmacia del barrio. Lucía sabía que yo estaba petrificado. Lo usaba a su favor.

—Se te paró tu cosa —me susurró—. ¿La puedo tocar?

—Sí.

—Y tú también puedes tocar lo que quieras de mí.

—¿Todo lo que yo quiera?

—Todo. Pero ya sabes. Nadie se entera.

Me sobó el pene por encima del jean, despacio, midiendo la reacción. Yo bajé la mano por debajo de la falda y recorrí el muslo hasta encontrar la tela del calzón. Estaba tibia y húmeda. Por los bordes le tanteé un vello suave. Era la primera vez que tocaba a una mujer ahí, y mis movimientos debieron ser torpes, casi bobos, pero ella no se quejó. Al contrario, me hablaba al oído mientras yo intentaba descifrar lo que tenía entre los dedos.

—¿Qué quieres hacerme? —me preguntó.

—Quiero estar dentro de ti —dije sin pensar.

—Yo también, muñequito. Pero ese día va a ser otro, con más calma. ¿Quieres besarme los pechos?

No me había atrevido, aunque los tenía a la altura de los ojos. Hice lo que ella había hecho antes conmigo, pero por encima de la blusa y del brasier. Le mordí, le succioné, le pasé la lengua sobre la tela hasta que ella se rio de mi torpeza.

—Desabróchame el brasier. ¿Quieres?

—Sí.

Los pezones aparecieron erectos, oscuros, dos botones tensos que no necesitaron instrucciones. Me lancé como un crío hambriento. Mientras yo le mamaba los pechos, ella me tomó la mano y la guio. Hizo el calzón a un lado y me pidió que le tocara la rajadura entera, despacio, de arriba abajo. Después me dijo dónde estaba el clítoris, sin usar la palabra, solo guiándome con dos de mis dedos hasta el punto exacto. Le hice círculos suaves al principio, después con más presión, y entonces sentí cómo le temblaban las piernas, cómo se mordía el labio para no hacer ruido, cómo jadeaba contra mi cuello con la respiración pesada y caliente.

—Métemelos —me pidió en un hilo de voz—. Dos.

Le metí los dedos en la vulva y se aferró a mí. Estaba mojada de una manera que yo no sabía que existía. La cara le sudaba, las mejillas le ardían y, en algún momento, un suspiro largo le salió desde el fondo del pecho. Yo no entendí del todo qué había pasado hasta mucho tiempo después.

—Qué rico —me susurró—. La próxima semana lo hacemos como tú quieres. Pero tienes que venir preparado.

Volví a mi casa con el pantalón empapado, el calzoncillo arruinado y un olor en los dedos que decidí no lavarme hasta la noche. Era la primera vez que llevaba esa humedad en las manos y, sin pensarlo, me pasé los dedos por los labios mientras subía las escaleras. Era la primera vez que sentía algo así, y supe en ese momento que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por volver a sentirlo.

Esa semana, ni Diego ni nadie sospechó nada. Yo cumplí mi palabra: nunca le conté nada a mi amigo. Y esperé el martes siguiente con un nudo en el estómago que era mitad miedo, mitad otra cosa.

Continuará.

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Comentarios (6)

mauro_bsas

tremendo relato, me dejo pensando un rato largo

Curioso_PBA

Por favor continualo, quede con ganas de saber como siguio todo entre ellos despues de esa noche

ElMisterioso77

la parte emocional esta muy bien lograda. No es solo lo fisico, hay algo mas profundo ahi que te engancha

NochesLejos

muy bueno!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

RolandoKR

me hice un lio de sentimientos leyendolo jaja, muy bien logrado

TaniaMar

Que giro emocional tan inesperado. Eso es lo que lo hace diferente a otros relatos del mismo tema, te deja con ganas de mas

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