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Relatos Ardientes

Perdí la virginidad con el vecino casado de al lado

Aquel 21 de abril me parece imposible que hayan pasado tantos años. Tenía dieciocho recién cumplidos y vivía con mis padres y mi hermana mayor en una urbanización tranquila a las afueras de Sevilla, una de esas comunidades cerradas con piscina, pistas de pádel y vecinos que se conocían demasiado bien.

El chalé de al lado, en el escalón inferior de la calle en cuesta, llevaba dos años habitado por Hugo. Médico, treinta y dos años, casado con Patricia. Sin ser un guapo de catálogo, tenía ese cuerpo trabajado que en aquella época nadie cuidaba, una mandíbula firme y unas manos grandes que me hipnotizaban cada vez que lo veía servir una copa en la terraza comunitaria.

Mi amiga Clara y yo descubrimos por casualidad lo que cambiaría aquel año. Desde la ventana de mi habitación, gracias al desnivel entre las parcelas, se veía perfectamente el baño de Hugo. Una tarde, mientras escuchábamos música y hablábamos como hablan las chicas de dieciocho años —es decir, de sexo y de poco más—, lo vimos abrir la ventana del baño envuelto en vapor.

Apareció desnudo de cintura para arriba. Cuando se giró hacia el espejo, nos quedamos sin aliento. Una espalda ancha, hombros marcados, una cintura estrecha y aquel culo de atleta que parecía esculpido en mármol. Dos pequeños hoyuelos en la zona lumbar coronaban el conjunto. Clara dejó escapar una palabrota.

Desde aquel día lo espiábamos a todas horas. Aprendimos sus rutinas mejor que las nuestras. Patricia preparaba unas oposiciones a notaría y se iba al amanecer al piso de sus padres en el centro; volvía pasadas las diez de la noche. Hugo trabajaba en turnos rotativos en el hospital y después se metía en el gimnasio o jugaba al tenis. La ventana del baño se encendía cada tarde puntual, como una invitación.

No tardó en darse cuenta de que lo mirábamos. Yo no sé en qué momento exacto lo supo, pero empezó a moverse de otra forma frente al espejo, a tardar más en cubrirse, a girarse despacio sabiendo que dos pares de ojos lo seguían desde arriba. Nunca nos enseñó más de lo que ya habíamos visto, pero la insinuación bastaba.

Si me sigue dejando ver, es porque le gusto. Esa idea me ocupaba el pensamiento día y noche.

***

Una tarde le dije a Clara que pensaba perder la virginidad con él.

—Estás loca —me soltó—. Es un hombre casado, tiene treinta y dos años y nosotras somos unas crías para él.

—Quizá no tanto —respondí.

Clara me conocía lo suficiente para saber que cuando se me metía algo en la cabeza no había forma de sacármelo. Me ayudó incluso sin querer: durante semanas analizamos los horarios de Hugo y de Patricia hasta encontrar la fecha perfecta.

El 21 de abril fue un sábado redondo. Mis padres se habían marchado a un congreso a La Coruña. Mi hermana se había escapado con su novio de toda la vida a la sierra. Y Patricia, lo más importante, tenía el examen final de las oposiciones el domingo y pasaría toda la noche estudiando en el piso del centro. Hugo se quedaba solo. Yo también.

A Clara le dije que tenía fiebre y que no salía. Ella no me creyó.

—Mañana me lo cuentas, loca —se despidió, riéndose.

Me puse una minifalda azul que me marcaba el culo y una camiseta blanca ceñida que dejaba entender lo que había debajo sin enseñarlo del todo. Me solté la melena, me pinté los labios con un brillo discreto y esperé sentada en la ventana de mi habitación a que la luz del baño se encendiera.

Cuando lo vi salir de la ducha, eché a correr escaleras abajo. Me aseguré de llevar las llaves, cerré la puerta de casa y crucé el jardín hasta su cancela con el corazón saliéndoseme por la boca. Las farolas iluminaban el camino de losas negras hasta su porche. Toqué el timbre dos veces seguidas antes de que el miedo me hiciera dar media vuelta.

Cuando abrió la puerta llevaba un albornoz blanco anudado a la cintura, el pelo todavía húmedo y olía a colonia recién aplicada. Me miró fijamente con media sonrisa y una ceja levantada, como pidiendo una explicación que los dos sabíamos innecesaria.

—Eh… como estás solo, había pensado que… —ni siquiera terminé la frase.

—Pasa, anda —dijo, apartándose.

***

El salón estaba dominado por una televisión enorme y un sofá negro de cuero frente a una chimenea apagada. Me senté con las rodillas muy juntas mientras él subía a cambiarse. Volvió en bermudas y camiseta negra, mucho más cómodo, mucho más peligroso.

—¿Pedimos pizza? —preguntó sin esperar respuesta, descolgando el teléfono.

Cenamos en una mesa baja, frente a frente, con la música de Queen sonando bajita. Él pidió dos botellines de cerveza y yo intenté hacerme la mojigata.

—No tomo alcohol —dije.

—Venga, Lucía, ¿a quién quieres engañar?

Acepté la cerveza. Y la segunda. Y la tercera. El alcohol y los nervios me soltaron la lengua antes de que pudiera frenarla.

—Oye, ¿no estarás intentando emborracharme para algo?

—¿Yo? ¿Para qué iba a hacer tal cosa? —contestó, sosteniendo el botellín con los dedos largos.

—No sé. Para aprovecharte.

—Vamos, guapa, ¿no te querrás aprovechar tú de mí?

Su voz se había puesto grave, y los ojos también. Sentí el calor subiéndome por el cuello.

—Es que estás buenísimo —solté de golpe.

Se rio, encantado.

—Ya sé que tu amiga y tú me espiáis desde tu ventana —dijo, encendiendo un cigarrillo y pasándomelo después de la primera calada—. Os falta práctica para acechar a vuestra presa sin que se dé cuenta.

—¿Y te molesta?

—Me gusta. Sobre todo me gustas tú. Más que tu amiga.

Me ruboricé hasta el nacimiento del pelo. Sentí los pezones endurecerse contra la tela del sujetador y un latido nuevo entre las piernas, tan fuerte que pensé que se oiría desde el otro extremo del sofá.

—Tú también me gustas —susurré.

***

Se lanzó a besarme. Y aquel beso no se parecía a nada que yo hubiera probado antes. No era el ataque torpe de los chicos de mi edad, ese empujar la lengua sin saber adónde. Era una boca que sabía exactamente lo que hacía, que iba y venía, que se retiraba justo cuando me hacía falta más.

Sus manos subían por mis piernas, debajo de la falda, encontrando piel a cada centímetro. La minifalda no daba para resistencias. Cuando me tumbó en el sofá y se acomodó encima, dejé de pensar.

Me quitó la camiseta despacio. Yo me quedé en sujetador blanco, con una rosa bordada entre los pechos, sintiéndome ridícula y diosa al mismo tiempo. Hugo recorrió mi cuello con la boca, bajó por el escote, mordió la tela del sujetador a la altura del pezón. Pasó la mano por detrás de mi espalda y me lo desabrochó con un solo gesto.

—Qué cosa más bonita —murmuró sin levantar los ojos de mis pechos.

Me los besó, me los mordió, me los lamió hasta que pensé que iba a correrme solo con eso. Después se incorporó, me bajó la falda y me dejó únicamente con unas bragas blancas de algodón que tenían una mancha de humedad delatándome.

—Mírate —dijo, sonriendo despacio.

Me llevé el pulgar a la boca sin saber muy bien por qué, y supe por su mirada que aquel gesto le hizo perder el último resto de paciencia.

***

Cuando me bajó las bragas y se inclinó sobre mí, tuve que taparme la boca con las dos manos. Su lengua hacía cosas para las que yo no estaba preparada. Intenté cerrar las piernas, apresarle la cabeza, frenar aquello que me iba a quemar entera. Llegué al orgasmo en menos de un minuto, mordiéndome la palma para no gritar.

Era el primero que me daba alguien. Hasta esa noche, todos los orgasmos habían sido míos, en mi habitación, a oscuras.

Hugo se irguió, se quitó las bermudas y se quedó completamente desnudo delante de mí. La tenía enorme. Muy gruesa, dura, con venas marcadas a lo largo del tronco y un glande tirante que apenas dejaba ver más piel. Por un instante sentí miedo.

Estiré la mano para tocarla. Ardía. Empecé a subir y bajar la piel y un líquido transparente apareció en la punta. En mi ignorancia pensé que se estaba corriendo.

—Tranquila, despacio —me dijo, riéndose con ternura—. Espera, que me pongo un preservativo.

Cuando volvió a colocarse entre mis piernas, le sostuve la mirada.

—Hugo, ten cuidado. Soy virgen, y la tienes muy grande.

—Lo sé. Confía en mí.

Apoyó la punta en la entrada y empujó despacio. Yo sentí que no iba a caber, que la piel no daría más de sí. Empecé a respirar entrecortada.

—Para, me duele —me quejé, frustrada por no ser capaz.

—Tranquila.

Se detuvo. Volvió a besarme, despacio, hasta que noté que mis hombros se relajaban. Solo entonces siguió empujando, ganando terreno milímetro a milímetro. Cuando llegó hasta el final, se detuvo otro instante. Después dio un empellón firme y supe que ya estaba dentro del todo.

Mi vecino casado, médico, mucho mayor que yo, acababa de desvirgarme en su sofá negro mientras su mujer estudiaba en el otro extremo de la ciudad. Me agarré a su espalda con las dos manos y dejé que se moviera.

Las primeras embestidas todavía me dolieron. Pero el dolor fue dando paso a otra cosa, una sensación líquida que partía del centro del cuerpo y se extendía por todas partes. Hugo bufaba sobre mí, sudaba, me hundía contra el cuero del sofá. Le toqué el culo —aquel culo que llevaba meses obsesionándome desde mi ventana— y lo sentí duro como una piedra cada vez que empujaba.

Se corrió con un gemido largo, clavándomela hasta el fondo. Yo me corrí con él, o un segundo antes, ya no lo sé.

***

Salí de su casa pasadas las doce de la noche con una sonrisa que no podía disimular y un dolor entre las piernas que me acompañó toda la mañana siguiente. Encontré las bragas manchadas y no dije nada a nadie. A Clara la cité a desayunar el lunes y le conté la historia entera, paso por paso, mientras ella me miraba con la boca abierta sin terminar de creerme.

Patricia aprobó las oposiciones y dos meses después se trasladaron a otra ciudad. Hugo y yo no volvimos a hablar de aquella noche. Nunca lo necesitamos.

Cinco años más tarde, en otro verano, supe que volvían unos días al chalé. Me compré para la ocasión una minifalda azul y una camiseta blanca idénticas a las de aquella noche. Me las puse sin que nadie sospechara nada y esperé.

Cuando se ofreció a acompañarme a casa porque «tenía cosas que recoger», nos miramos los dos sabiendo perfectamente lo que íbamos a hacer. En el recibidor de su chalé, contra el espejo del techo al suelo, esta vez sin condón y sin paciencia, Hugo descubrió cuánto había aprendido la cría de dieciocho años que él desfloró una noche de abril.

—Cómo has cambiado, Lucía —me dijo después, todavía dentro de mí.

—Si yo te contara…

Salí otra vez por aquella puerta sin bragas, sonriendo igual que la primera vez. Y con el mismo dolor delicioso vibrando por dentro.

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Comentarios (1)

Romi_BA

me encanto!! uno de los mejores relatos de primera vez que lei aca, de verdad

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