Su primera vez fue en nuestra tercera cita de motel
Habíamos quedado en el mismo cruce de avenidas de siempre. Apareció puntual, vestida con un jean oscuro que se le ajustaba a las caderas y una blusa blanca que dejaba adivinar el contorno del sostén. Apenas se subió al coche, me dio un beso rápido en la mejilla y otro, más lento, sobre la boca.
—Hola, papi —murmuró, acomodándose en el asiento.
—¿Tienes ganas? —pregunté, arrancando.
—No te imaginas cuántas.
Le pasé la mano por el muslo mientras manejaba hacia el motel del barrio. El tráfico era escaso a esa hora y en diez minutos ya estábamos cruzando la portería de entrada. Pedí la habitación del primer piso, la del jacuzzi pequeño, y subimos por las escaleras con sus dedos enredados en los míos.
Era nuestra tercera cita. La primera había sido a finales del otoño, una tarde fría en la que apenas hablamos antes de desnudarnos. La segunda fue dos semanas después, más conversada, más curiosa. Esta tercera la había estado esperando con una mezcla de impaciencia y respeto: ella tenía dieciocho años recién cumplidos y una forma de mirar que parecía adelantarse a todo.
Apenas cerré la puerta, se me lanzó encima. Me besó como si llevara meses guardándolo. Lengua contra lengua, los labios mordiéndose, su mano colándose entre los dos para apretarme por encima del pantalón.
—Estoy desesperada —dijo, sin separarse del todo—. He aguantado mucho.
—¿Aguantar qué, exactamente?
—Tener a alguien que sepa lo que hace.
Se arrodilló sin preámbulo. Me desabrochó el cinturón con una rapidez que me sorprendió, me bajó el pantalón y la ropa interior en el mismo movimiento, y antes de que pudiera respirar, ya me tenía en la boca. Iba despacio al principio, marcando el recorrido con la lengua, deteniéndose en la punta para mirar hacia arriba.
—Esto es solo mío esta tarde —dijo, sacándolo un segundo para respirar—. ¿Verdad que sí?
—Solo tuyo.
Volvió a tomarlo. Pasaba la punta de la lengua por el frenillo, bajaba más abajo, los rodeaba con una calma que me obligaba a sostenerme contra la pared. Cada tanto subía la mirada, comprobando el efecto. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Cuando sentí que iba a perder la cabeza, la tomé del pelo con suavidad y la puse de pie. La empujé contra la pared, le saqué la blusa por encima de la cabeza, le desabroché el jean y se lo bajé yo mismo. Ella levantó los pies para que se lo quitara del todo. Quedó en ropa interior negra, con la respiración acelerada y el pecho subiendo y bajando.
—Date la vuelta —dije.
Lo hizo despacio, apoyando las palmas contra la pared. Le retiré el sostén tirando del broche, le bajé las bragas hasta los tobillos y le abrí las piernas con la rodilla. Empecé desde los hombros: la lengua recorriendo la nuca, los dientes mordisqueando el lóbulo de la oreja, las manos amasando los pechos por delante mientras ella echaba la cabeza hacia atrás.
—Así me gusta, así —susurraba.
Bajé por la espalda, marcando con la boca cada vértebra. Le di una palmada suave en la nalga y se erizó entera. Otra un poco más firme, y soltó un gemido que rebotó contra el azulejo. Me arrodillé detrás de ella, le abrí las piernas un poco más y pasé la lengua entre sus muslos, lento, sin tocar todavía donde más quería.
—Por favor —dijo.
—Pídelo bien.
—Por favor, papi.
Cumplí. Le di la vuelta otra vez, la senté en el borde de la cama y me arrodillé frente a ella. Empecé a chuparle el clítoris con la punta de la lengua, marcando círculos cada vez más cerrados. Le mordí los labios, alterné lengua y dedos hasta que tuvo que agarrarse a las sábanas para no caerse de espaldas. Le metí un dedo, después dos, encontrando el ritmo que le hacía contener el aire.
—Ponte en cuatro —le pedí.
Obedeció enseguida, apoyando los codos sobre el colchón. Yo me coloqué detrás, le seguí trabajando el clítoris con una mano mientras con la otra mojaba el pulgar y empezaba a presionar con suavidad sobre la entrada de atrás.
—¿Qué haces? —giró la cabeza, alarmada.
—Nada que tú no quieras.
—Por ahí no, eso está virgen. Es para mi novio cuando lo tenga.
Retiré el pulgar, sin presionarla más, pero seguí con el resto: la mano en el clítoris, los dedos entrando y saliendo de su sexo con un ritmo que la fue desarmando. A los pocos minutos había dejado de mirar atrás. Tenía la cara apoyada contra el colchón y la espalda arqueada.
Probé otra vez. Esta vez no protestó. Solo soltó un gemido grave cuando sintió la punta del pulgar abriéndose paso un par de centímetros.
—Sácamelo —pidió, pero sin convicción.
Lo dejé quieto, sin avanzar. Seguí trabajándola por delante, dedos y palma, hasta que la sentí temblar. Cuando el cuerpo se le tensó entero y soltó un grito largo, ronco, distinto a todos los anteriores, supe que había llegado a un sitio nuevo. Cayó de bruces sobre las sábanas, convulsionando, las piernas vibrando solas.
***
Tardó varios minutos en hablar. Yo me había recostado a su lado, esperando. Le pasaba la mano por la espalda en círculos lentos.
—¿Qué me hiciste? —dijo finalmente, con la voz rasposa.
—Lo que querías que te hiciera.
—Nunca había sentido algo así. Las dos cosas al mismo tiempo… —se quedó callada un momento, mirando el techo—. Te mereces un premio.
Se incorporó, se acomodó el pelo detrás de las orejas y volvió a bajar la cabeza hacia mí. Pero esta vez no se quedó mucho rato. Me miró desde abajo y dijo algo que no esperaba.
—Quiero que seas tú.
—¿Yo qué?
—La primera vez. Atrás.
—Me dijiste que era para tu novio.
—Cambié de opinión. Te lo mereces tú, que sabes lo que haces. Pero me tratas bien, despacio.
—Como tú quieras.
Se puso otra vez en cuatro, esta vez con las nalgas más arriba, apoyando solo los hombros sobre el colchón. Fui al baño a mojar las manos, busqué el lubricante que el motel dejaba en el cajón de la mesilla y volví. Le puse una buena cantidad encima y la fui distribuyendo con el dedo: primero por fuera, después medio nudillo, después entero. Ella respiraba despacio, contando los segundos.
—Más —dijo en algún momento.
Metí el segundo dedo. La oí inhalar hondo y soltarlo en un gemido largo. Esperé a que se acostumbrara. Cuando la sentí relajada del todo, me puse el condón, me eché lubricante encima y apoyé la punta donde habían estado los dedos.
—Avísame si quieres que pare.
—Solo entra. Despacio.
Empujé un centímetro y me detuve. Soltó un quejido, no de dolor exactamente, sino de algo parecido al asombro. Esperé. Otro centímetro. Otra pausa. Le pasé la mano por la espalda, por las caderas, por el cuello. Cuando estuvo entera contra mí, ninguno de los dos se movió durante un minuto largo.
—No te muevas todavía —pidió.
—No me muevo.
Fue ella quien empezó. Un balanceo mínimo, casi imperceptible, las caderas yendo y viniendo unos pocos centímetros. Yo me dejé llevar por su ritmo. Le pasé la mano por delante, encontré el clítoris con dos dedos y empecé a acariciarla en círculos lentos, al mismo compás que sus movimientos.
—Más fuerte —dijo, después de un rato—. Atrás, no adelante. Más fuerte ahí.
Empecé a empujar de verdad. Despacio al principio, sosteniéndola por las caderas, controlando cada embate. Ella respondía con su propia cadera, devolviéndome el movimiento. Le di una palmada en la nalga, otra, y respondió con un gemido que me obligó a apretar los dientes para no terminar enseguida.
—Dame duro, papi —dijo, con la cara apoyada contra el colchón—. Ya no me duele. Dame.
Le hice caso. La sujeté del pelo, no tirando, solo recogiéndoselo en un puño, y aceleré el ritmo. La habitación se llenó del sonido de nuestros cuerpos chocando y de su respiración entrecortada. Cuando sentí que estaba a punto, le dije lo que iba a pasar.
—Voy a acabar.
—Acaba. Yo también voy.
Empujé tres veces más y exploté. Al mismo tiempo, ella soltó un grito ronco, distinto a los anteriores, y se desplomó hacia delante mientras todo el cuerpo se le sacudía. Caí sobre ella, intentando no aplastarla del todo. Permanecimos así varios minutos, jadeando, sin separarnos.
***
Después de descansar un rato y de tomar agua de la jarra que había sobre la mesita, me dijo que faltaba la última. Yo todavía no me había recuperado, pero su boca volvió a hacer su trabajo y a los pocos minutos estaba listo otra vez.
—Ahora mando yo —dijo, sentándose encima de mí.
Me puso el segundo condón con la boca, una habilidad que no le conocía, y se acomodó. Empezó moviéndose despacio, apoyando las manos en mi pecho, marcando un ritmo que me dejaba mirarla entera: el pelo cayéndole sobre los hombros, los pechos meciéndose con cada subida, los ojos entrecerrados pero atentos.
Cambió de posición varias veces. Se dio la vuelta y siguió cabalgando de espaldas, dejándome ver el arco de su columna y las manos apoyándose en mis rodillas. Después volvió a darme la cara, se inclinó hacia delante y me besó largo, sin dejar de moverse.
—Me voy de nuevo —dijo, contra mi boca.
—Vamos juntos.
Aceleró el ritmo, las caderas yendo arriba y abajo cada vez más rápido. Yo le apreté la cintura con las dos manos y empujé hacia arriba al encuentro de cada bajada. Cuando estalló, lo hizo con un grito largo que me arrastró con ella. Cayó de bruces sobre mi pecho y se quedó así, respirando contra mi cuello, varios minutos.
Nos duchamos juntos sin hablar mucho. Nos enjabonamos con esa calma que da el cansancio bien ganado. Después nos vestimos, salimos del motel y la llevé hasta la esquina donde siempre se bajaba. Antes de cerrar la puerta del coche me dio un beso en la mejilla y dijo gracias, en serio, gracias. No supe entonces que era la última vez que la vería.
Un mes más tarde me escribió. Me contó que había empezado a salir con alguien, un chico de su edad que la trataba bien, y que sentía que no estaba bien seguir viéndonos. Nuestro acuerdo siempre había sido respetar los espacios de cada quien, y yo lo respeté. Le deseé suerte, le dije que cualquier cosa me escribiera.
Volvimos a hablar seis meses después. Iba bien con el chico, viajaban juntos, hablaba de él con la voz alegre de quien se está enamorando en serio. Poco después cambió de número y no volví a saber de ella.
De vez en cuando, manejando solo por las avenidas donde solía recogerla, vuelvo a esa tercera tarde y a la mezcla extraña de juventud, fogosidad y confianza que se nos dio entonces. No siempre se cruzan así las personas. A veces, cuando ocurre, es una bomba breve que estalla y se apaga limpia, dejando solo el recuerdo y la certeza de que ninguno de los dos volverá a sentir exactamente lo mismo con nadie más.