Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me confesó su fantasía esa noche

Renata y yo somos amigas desde el colegio. Llevamos casi once años de una amistad de esas que la gente envidia: intensa, sin filtros, sin secretos. Entrenábamos juntas, salíamos a bailar los viernes, viajábamos cada que podíamos. Nos veíamos casi todas las semanas, dormíamos en la misma cama cuando alguna se quedaba en casa de la otra y nos contábamos absolutamente todo, hasta lo que jamás le diríamos a nadie más. Éramos eso raro y precioso: las mejores amigas de verdad.

Ella es una morena de pelo largo, castaño con reflejos cobrizos que le cae hasta media espalda. Tiene veintiocho años, los mismos que yo. Siempre me dio una mezcla de admiración y algo más difícil de nombrar: la piel tostada y tibia, la cintura estrecha, las piernas firmes de tanto gimnasio, una sonrisa torcida que usa cuando está tramando algo. Lo que más llama la atención de Renata es la forma en que se mueve, como si supiera exactamente el efecto que provoca y le divirtiera.

Nos contábamos todo sobre el sexo. Quién, cómo, cuántas veces, qué nos gustaba y qué no. Una tarde, tiradas en su sillón después de una película, me miró fijo más tiempo del normal y me soltó algo que no era una broma, aunque lo dijo con tono de broma.

—Camila, eres la mujer más linda que conozco —dijo—. Si alguna vez te dan ganas de probar con una mujer, prométeme que va a ser conmigo.

Me reí y le cambié de tema. Nos habíamos visto desnudas mil veces, en el vestidor del gimnasio, probándonos ropa, compartiendo cama. No le di importancia. O eso me dije.

Pero la frase se me quedó adentro, como una astilla pequeña que no duele hasta que la rozas.

Las semanas siguientes empecé a notar cosas que antes pasaba por alto. La manera en que su mano se quedaba un segundo de más sobre mi pierna cuando hablábamos. El olor de su pelo. La curva de su espalda cuando se estiraba por la mañana. Me descubría mirándola y apartando la vista enseguida, como una adolescente.

Por esos días venía escuchando un pódcast donde una mujer hablaba de su primera vez con otra mujer. Decía que era distinto, más lento, más intenso, que una mujer sabe dónde tocar porque conoce el mapa de memoria. Esa idea se me metió en la cabeza y no se fue.

Una noche, medio en broma, le escribí por mensaje: «Algún día tendríamos que probar de qué tanto hablas, jaja». Ella respondió con tres caras riendo y ahí quedó. O eso creí, hasta que un sábado a la tarde me llegó un mensaje corto: «Estoy sola en el depa. Vente».

***

Llegué sin pensarlo demasiado. Hablamos de tonterías, pusimos música, abrimos una botella de vino. El departamento tenía la luz baja, esa luz tibia de las lámparas del living, y a la segunda copa ya no estábamos hablando de tonterías. Estábamos hablando de aquella frase suya, de la mía, de hasta dónde estaríamos dispuestas a llegar.

De repente Renata dejó su copa en la mesa, se acercó en el sillón y me tomó la cara con las dos manos. Me besó. Fue un beso suave, tanteando, raro y delicioso al mismo tiempo. Cuando nos separamos nos quedamos mirando a dos centímetros, y las dos largamos una risa nerviosa.

—¿Y? —preguntó.

—No sé —dije, y volví a besarla yo.

El segundo beso ya no fue de tanteo. El vino me había soltado el cuerpo y la boca de Renata era cálida, paciente, distinta a todo lo que había probado. Nos fuimos hundiendo despacio contra los cojines, las manos buscando por encima de la ropa, la respiración cada vez más corta. En algún momento me senté a horcajadas sobre ella sin darme cuenta del todo de cómo había llegado ahí.

—Vamos a la pieza —murmuró contra mi cuello—. Acá no.

Caminamos hasta su cuarto sin soltarnos. Frente al espejo grande de su clóset nos fuimos quitando la ropa entre besos, hasta quedar las dos en ropa interior. Renata se puso detrás de mí, apoyó el mentón en mi hombro y me rodeó la cintura con los brazos. Me miré reflejada, despeinada, con las mejillas encendidas, y la miré a ella mirándome. Verlo desde afuera, las dos así, fue más excitante que cualquier cosa que hubiera imaginado.

—¿Estás segura? —me preguntó al oído, y noté que la voz le temblaba un poco.

—Más que nunca —contesté.

Terminamos de desnudarnos. Renata me giró para tenerme de frente y me besó bajando: la boca por el cuello, por el medio del pecho, demorándose donde sabía que me hacía perder el hilo. Me llevó hasta la cama y me recostó. Cuando su mano bajó entre mis piernas y empezó a acariciarme, tuve que morderme el labio para no hacer demasiado ruido. Tenía razón el pódcast: sabía exactamente dónde y con cuánta fuerza, como si me leyera.

Después se arrodilló entre mis muslos y bajó con la boca. La primera vez que sentí su lengua tuve que agarrarme de las sábanas. No tenía apuro. Iba y volvía, leía cada respiración mía, subía cuando yo estaba por terminar y aflojaba para empezar otra vez. Yo le enredaba los dedos en el pelo y le pedía que no parara, y ella se reía bajito sin despegarse, lo que solo lo hacía peor, mejor, no sé.

—Me toca a mí —dije por fin, jadeando, y la di vuelta.

Le abrí las piernas y le devolví todo lo que me había hecho. Fue mi primera vez con otra mujer y descubrí que sabía perfecto qué hacer, porque era el mismo cuerpo que el mío, los mismos puntos, el mismo idioma. Renata arqueaba la espalda, me apretaba la cabeza, decía mi nombre entrecortado entre cosas mucho menos decentes. Verla deshacerse así, ella que siempre tenía el control de todo, me daba un poder que no conocía.

—Así, Cami… no pares… —pedía con la voz rota.

Nos acomodamos después en una postura en la que las dos podíamos darnos placer a la vez, cara contra el cuerpo de la otra, las manos sin parar quietas. Era torpe y perfecto, las dos riéndonos y gimiendo entre medio, sin saber bien a quién atender primero.

Después Renata se incorporó, con los labios brillantes y una sonrisa nueva, y me dijo con la voz ronca:

—Quiero sentirte contra mí. Ven.

Nos acostamos de lado, enredamos las piernas y juntamos los cuerpos. Empezamos lento, midiéndonos, y fuimos subiendo el ritmo a medida que el calor crecía. Los pechos chocando, las caderas buscándose, la fricción exacta. Era distinto a estar con un hombre: más parejo, más espejo, las dos llevando y siguiendo al mismo tiempo.

—Está buenísimo —alcancé a decir entre besos.

—Más fuerte —pidió ella, agarrándome de la cadera para pegarme más—. Mira cómo estamos las dos. No te detengas ahora.

Dejamos de medirnos las palabras. Nos movíamos cada vez más rápido, los gemidos sin vergüenza, las dos empujando hacia el final al mismo tiempo.

—Estoy cerca, no pares —avisé.

—Vente conmigo, Cami… juntas… —ordenó ella.

Llegamos casi a la vez, los cuerpos tensándose y temblando, los gemidos confundiéndose en uno solo. Nos quedamos abrazadas, agitadas, riéndonos de nervios y de placer, con las piernas todavía enredadas.

***

Renata se acostó a mi lado, respirando hondo, y me confesó algo que no esperaba.

—Hace muchísimo que quería esto contigo —dijo, mirando el techo—. Desde la época del colegio, casi. Me moría de ganas y nunca me animé. Pensé que te ibas a espantar.

Le acaricié la cara. Le dije que lo había disfrutado un montón, y era verdad. Aunque en algún rincón de mi cabeza ya sabía algo que no le iba a decir esa noche: que lo había gozado, sí, pero que a mí me siguen gustando más los hombres. Que esto había sido una puerta que necesitaba abrir, no una casa donde quedarme a vivir.

Después de un rato, Renata se levantó, fue hasta su cómoda y volvió con un juguete en la mano, uno grueso y realista.

—Sé que te encanta el sexo anal —dijo con una sonrisa pícara—. Me lo contaste mil veces. Déjame ser yo la que te lo haga esta vez.

Me puse de cuatro sobre la cama. Renata fue con cuidado, sin apuro, preparando todo, y cuando empezó a entrar tuve que respirar hondo y soltar el aire de a poco. Esa presión que conocía y que me vuelve loca, mezcla de ardor y placer, fue creciendo mientras ella se movía despacio y con su otra mano me acariciaba al mismo tiempo.

—¿Así te gusta? —preguntaba en voz baja—. Dime cómo.

—Más profundo… así, no pares —pedía yo, empujando hacia atrás.

Encontró el ritmo perfecto, las dos cosas a la vez, y el placer subió tan rápido que no pude contenerlo. Terminé con todo el cuerpo temblando, las piernas flojas, la cara hundida en la almohada para ahogar el grito. Quedé deshecha sobre la cama, sin fuerzas, mientras Renata salía despacio y se reía contra mi espalda, orgullosa de su trabajo.

—Te tocaba devolverte el favor —susurró.

Y entonces se acostó boca abajo a mi lado, levantó las caderas y me miró por encima del hombro, nerviosa pero decidida.

—Ahora quiero que me lo hagas vos a mí —dijo—. Lo intenté una vez con un chico y no me gustó, me dolió y nada más. Quiero que me enseñes vos, que me tienes confianza. Quiero saber por qué te encanta tanto.

Me puse detrás de ella. Apoyé una mano en su espalda baja para que se relajara y fui con toda la paciencia del mundo.

—Respira hondo, bonita —le dije—. Al principio molesta, pero si te relajas y respiras, después cambia todo. No te tenses, dejá que tu cuerpo se acostumbre.

Empecé de a poquito. Renata se tensó al principio y soltó un quejido.

—Está grueso, Cami… —murmuró, apretando las sábanas.

—Tranquila, respira conmigo —le dije, sin avanzar más, esperando a que su cuerpo cediera—. Tócate mientras tanto, eso ayuda un montón. Vas a ver.

Metió una mano debajo del cuerpo y se acarició a sí misma, y enseguida sentí cómo se aflojaba. Fui entrando de a milímetros, hablándole bajito, esperando cada vez que la notaba tensarse. Poco a poco sus quejidos cambiaron de tono.

—Ahora sí —dijo de pronto, sorprendida—. Ahora se siente distinto… seguí, despacio.

Me moví con suavidad, leyendo cada reacción, acelerando apenas cuando ella me lo pedía. Verla descubrir algo nuevo, a ella, que se las sabía todas, me tenía fascinada. Sus dedos iban cada vez más rápido y su respiración se volvió un jadeo continuo.

—No pares, Cami… ya entiendo por qué te gusta… —dijo, y de golpe todo su cuerpo se tensó y se sacudió en un orgasmo largo que la dejó muda primero y temblando después.

Cuando bajó, me retiré con todo el cuidado y me dejé caer a su lado. Las dos quedamos así, sudadas, exhaustas, hechas un nudo de brazos y piernas, riéndonos sin razón. Tomé el celular y nos saqué una foto abrazadas, despeinadas y felices, una de esas fotos que nunca le vas a mostrar a nadie pero que guardas para sonreír sola.

A la mañana siguiente me fui temprano. Ya en la calle, esperando el bus, me vibró el teléfono. Era Renata: «Me encantó todo lo de anoche 😈. ¿Te animarías algún día a estar con alguien adelante mío? Tengo una historia para contarte… pero esa te la dejo para la próxima».

Leí el mensaje dos veces, sonreí sola en plena vereda y guardé el celular sin contestar. Algunas respuestas es mejor dejarlas madurar. Y la verdad, después de esa noche, ya no estaba tan segura de cuál era mi límite.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

martina_lee

Que historia tan linda!!! me dejo con el corazon apretado y con ganas de saber como continuo todo

nocturno88

La tension entre las dos esta descripta de un modo que lo sentis en el cuerpo. Muy buen relato, de verdad.

BeatrizLec

increible!!! de esas historias que te quedas pensando un rato despues

PilarGBA

Me recuerda a una situacion que yo vivi y nunca me anime a contar. Se nota que es autentico, muy bien escrito.

Cuentero88

Necesito la segunda parte urgente jajaja, no puede quedar asi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.