La laguna que me transformó en quien siempre fui
Levanté la mirada y observé a través del ventanal de mi oficina. Otro día gris, igual que toda mi vida, igual que ese anhelo de algo más que nunca terminaba de llegar. Estaba atrapado en un cuerpo que no me dejaba amar como yo quería, reprimido, frustrado, sin demasiadas ganas de seguir.
Escuché un par de golpes en la puerta y vi entrar a mi otra frustración. Bruno, mi socio, amigo desde el colegio. Habíamos fundado juntos una empresa de tecnología y manejábamos buena parte de las redes del país. Yo era próspero en lo económico y un desastre en lo emocional. A él, en cambio, le iba de maravilla: dinero, mujeres, esa facilidad para reírse de todo. Lo segundo me carcomía de celos, porque yo deseaba ser una de esas mujeres. Linda, coqueta, entre sus brazos.
¿Soy un enfermo, un pervertido? No lo sabía. Tampoco iba a tener ocasión de averiguarlo. Estaba harto de todo, sentía que llegaba a un punto de no retorno. Lo amaba, siempre lo había amado, pero eso daba igual. La única prueba de mi amor sería dejarle todo lo mío: mis acciones, la empresa. Ya había hecho el testamento. La decisión estaba tomada.
Me invitó a unas copas y acepté. Brindamos, reímos, charlamos, y el momento fluyó como siempre. Adoraba su sonrisa, sus ocurrencias, la manera en que se inclinaba sobre la mesa al contar algo. Y como siempre, tuve que reprimir el deseo de querer más: besar sus labios, acariciarlo, ser todo suyo.
Cuando llegó una chica de esas que a él le gustaban, dije que ya era tarde y me fui. No por dejarle el campo libre, sino porque los celos me quemaban por dentro.
***
Abrí la puerta del auto y arranqué hacia donde me llevara la carretera. Esa noche era la noche. La oscuridad me acompañaba y hacía más palpable mi soledad. Aceleré rumbo a un barranco que conocía, esperando morir en el acto. Siendo sincero, me aterraba el dolor, pero no quería cambiar de idea. Sentí el golpe, el auto rodando, los vidrios, la sangre. Después, nada.
Desperté con el cuerpo deshecho. No había muerto. Ni para eso servía. Logré salir del auto a duras penas y caminé entre los árboles, sucio de barro y sangre, hasta dar con una laguna pequeña escondida en el bosque. El agua estaba helada pero reconfortante. La luna se reflejaba entera en la superficie. Cómo me gustaría ser como ella: hermosa, brillante, alguien a quien todos adoran. No, en realidad me bastaba con que Bruno me adorara.
Salí del agua y fui a recoger mi ropa. Entonces lo noté. No estaba. No estaba mi miembro. Sentí dos pechos donde antes no había nada. Saqué el teléfono, que de milagro seguía funcionando, y activé la cámara. Lo vi: una mujer desnuda, hermosa. Esa mujer era yo.
Parecía demasiado real para ser un delirio. Pensé que tal vez era mi propio anhelo distorsionando la realidad, una alucinación del golpe. Tomé una foto para mirarla después, para no creer que había sido un sueño. Me senté en la orilla, esperé, me toqué, me exploré, y a cada minuto era más feliz sin entender qué había pasado.
Lo único distinto había sido el accidente y la laguna. Decidí salir de dudas. Acomodé el teléfono apuntando al lugar por donde entraría, lo dejé grabando y me hundí unos segundos. Al revisar el video lo confirmé: al salir, otra vez mi cuerpo de hombre. Esa era la clave. La laguna. Había encontrado un tesoro, mi salvación, el regalo de la luna.
***
Iba a tomar ese regalo. Le grabé un audio a Bruno para que reconociera mi voz. Alexia, mi prima inventada, ocuparía el lugar de Adrián.
—Hola, Bruno… —empecé con nervios—. Te mando esto para despedirme. Necesito desconectarme del mundo, irme al pueblo donde nacieron mis padres a cuidar a una tía que enfermó. Es un lugar sin cobertura. Te pido un favor: cuida de mi prima Alexia. Va a ocupar mi puesto en la empresa. Es de campo, pero es lista, le enseñé todo lo que sé y se adaptará rápido. Le dejo mi teléfono para poder hablar cuando consiga señal. Cuídala como si fuera yo mismo. Gracias.
Terminé la nota, entré de nuevo al agua, me hundí y volví a salir. Hermosa, como el regalo de la luna. Me vestí con mi ropa, que ahora me quedaba holgada, salí a la carretera y paré a una pareja. Les conté que había tenido un accidente; insistieron en llevarme al hospital, pero pedí que me dejaran en la ciudad. Por su insistencia terminaron dejándome en la puerta de mi propia casa.
Entré corriendo, me di una ducha y me puse una bata mía que me bailaba en el cuerpo. Tendría que armarme un guardarropa entero para mi nuevo yo. Abrí una aplicación de compras y pedí ropa, joyas, maquillaje. No sabía usar nada de eso, pero aprendería. Cuando llegó todo, me probé un pijama rosa con ositos y sonreí frente al espejo. Jamás pensé que algo así me quedaría tan bien, tan delicada.
Seguí sacando cosas, me quité el pijama y me quedé en ropa interior cuando escuché una voz a mi espalda.
—¿Adrián?
Era Bruno. Se me quedó mirando fijo y yo a él, sin saber qué hacer. Las compras, la ropa de mujer, mis pechos desnudos, una sola prenda encima. Grité, como gritaría una chica, y corrí a encerrarme en la habitación.
—Lo siento, de verdad —dijo desde el otro lado de la puerta—. Pensé que Adrián me estaba haciendo una broma y vine a sorprenderlo. El sorprendido fui yo. Supongo que eres Alexia. Igual me gustaría hablar con él. No entiendo por qué se fue así, sin despedirse como la gente.
—Adrián ya se fue —respondí—. No sé mucho del asunto. Solo sé que quería volver al pueblo y me dejó ocupando su lugar. Tómalo como un reemplazo.
—Adrián es… es irremplazable. —Su tono me derritió el corazón, aunque yo sabía que era cariño de amigos—. Me gustaría conocerte, aunque sea un momento.
—No creo que pueda. Tengo la ropa afuera, en la sala. Bruno, por favor, usa la cabeza.
Hubo un silencio, y después su voz otra vez.
—Saldré de la casa. Estaré esperando fuera hasta que estés lista para mí.
¿Lista para mí? Esa frase me hizo estremecer. Escuché sus pasos alejarse y la puerta cerrarse. Recogí la ropa, me puse uno de los pijamas nuevos, un rosa pálido, y lo dejé pasar.
Me miraba con una intensidad que me ponía nerviosa. Se acercó peligrosamente.
—Vaya que eres prima de Adrián —soltó con media sonrisa—. Él me dice exactamente lo mismo cuando pierde la paciencia. Si no fueras mujer, juraría que son la misma persona.
Su mirada parecía desnudarme entera. No, él no podía conocer mi secreto. Cualquiera menos él.
—Somos familia. Es lógico que nos parezcamos —dije, fingiendo calma.
—Bueno. Mil disculpas otra vez. Nos vemos en la empresa, socia —respondió con un tono raro que me dejó los nervios de punta.
***
Al día siguiente estuve puntual. Entré a mi oficina, me preparé un café como siempre, con un look formal y zapatillas deportivas. Todavía no sabía caminar en tacones, me había caído al intentarlo, y el maquillaje me dejaba cara de payaso. Cosas por practicar.
Sentí una respiración detrás de mi oreja.
—Adrián…ia. Hola —dijo Bruno, arrastrando las palabras con una sonrisa burlona.
¿Me está coqueteando? Era extraño. Me gustaba y me molestaba a la vez. Tener cuerpo de mujer para llamar su atención resultaba deprimente.
—Estás demasiado cerca —le dije.
—Estás demasiado guapa —contestó, y me sentí indefensa.
Lo ignoré y seguí con el papeleo. Él rondaba mi escritorio.
—Adrián te enseñó todo. Lo haces tan perfecto que parece que trabajara él mismo.
—Soy eficiente. Y somos familia. No veo la novedad. Mejor ve a trabajar en el proyecto nuevo y déjame trabajar a mí.
—Vaya. Conoces el proyecto nuevo. Curioso, porque Adrián y yo no pensábamos contárselo a nadie hasta tenerlo listo.
—Lo estoy reemplazando. Por eso me contó todo —respondí con un hilo de voz.
—Tiene lógica —dijo, y salió con esa sonrisa que empezaba a fastidiarme.
La noche llegó volando entre pendientes. No tenía auto. Bruno se ofreció a llevarme y, después de insistir, acepté. Al llegar a casa bajó, me acompañó hasta la puerta y, cuando le agradecí, simplemente la empujó y entró.
—Bruno, quiero descansar. Te agradezco, pero ya vete. Estoy perdiendo la paciencia —dije, molesto de verdad.
Él sonrió.
—Adrián, Adrián, Adrián… —repitió, mirándome fijo—. Sé que eres tú. Dime, ¿qué truco usaste para conseguir este cuerpo?
Me sonrojé. Abrí la boca, pero las palabras no salieron.
—¿Cómo…?
—La cicatriz de tu espalda baja —dijo—. Esa que te hiciste cuando casi te caes de espaldas en mi finca, sobre el sello de marcar ganado. Un círculo con mi inicial y una punta de luna por un defecto de fábrica. Mi marca. La vi en Alexia. Pensé que era casualidad. Después me trataste con tus mismas palabras de siempre y lo supe. Eres tú, pero en ella.
No tenía sentido seguir negándolo. Me quedé en silencio.
—¿Y por qué haces esto, entonces? —pregunté.
—Porque se me escapó como hombre durante años —dijo, acercándose—. Como mujer no lo vas a lograr.
***
Me agarró de la cintura y me cargó al hombro. Grité que me soltara, pero me llevó a la habitación y me dejó caer sobre la cama. Empezó a quitarse la camisa con una sonrisa cada vez más amplia, mientras yo lo miraba desconcertado, a su merced.
—¿Qué piensas hacer? —dije.
—¿Tú qué crees?
Se abalanzó sobre mí y besó mi cuello. Yo decía, débilmente, que esto no estaba bien, que parara, pero mi cuerpo decía lo contrario y mis ojos todavía más. Me besó en los labios con una intensidad que yo había esperado años. Como Adrián, jamás lo hubiera conseguido: nuestra fuerza era pareja. Como Alexia, no había forma de resistirse a él, y en el fondo no quería hacerlo.
—Dime —susurró, deslizando las manos por mis piernas—. ¿Seré el primero en estrenar este cuerpo?
—Eres un completo imbécil —dije, entre molesto y agitado.
—Sí. Pero este imbécil te va a hacer suyo de verdad. Como Adrián o como Alexia, a partir de ahora eres mío.
Me arrancó la ropa hasta dejarme desnudo. Mi primera vez en este cuerpo, y también la primera de mi vida entera, iba a ser suya. Podía sentirme húmedo, una sensación nueva, desconocida. Cada caricia me debilitaba más, me dejaba más a su merced, más caliente, con ganas de más.
Pasó la lengua por mis pezones mientras sus dedos jugaban con mi entrada, alternando los besos entre mi boca, mi cuello, mi pecho. Yo lo dejé hacer. Sucumbí a su voluntad, porque en lo profundo también era la mía. Lo vi bajarse el pantalón. Acomodó su miembro y empezó a frotarlo despacio contra mi entrada, sin entrar, torturándome. Yo me retorcía sobre la cama, queriendo más, y el muy imbécil no avanzaba.
—Pídemelo —soltó—. Pídeme que te haga mío. Puedes tener tetas o no tenerlas, no me importa. Solo quiero que lo pidas, como tú mismo, como Adrián, sin esconderte detrás de una máscara.
Esas palabras me llenaron de algo distinto. Saber que no me deseaba por el cuerpo de mujer, sino por ser yo, hizo que algo dentro dejara de limitarse.
—Hazme tuyo… quiero ser tuyo, Bruno —dije.
Sonrió y lo sentí entrar despacio. La sensación era deliciosa. No quería nada más que tenerlo dentro. Se movió lento al principio, después duro, sin pausa, y yo gemía sin poder evitarlo.
—Así me gusta —me susurró al oído, hundiendo la mano en mi pelo—. Terminemos juntos, Adrián. Solo mío.
Ese fue el detonante. Lo sentí acabar dentro mientras yo terminaba con él, el cuerpo vibrándome como recorrido por una corriente. Cayó sobre mí, la respiración entrecortada, y yo igual.
***
Después me pidió que me girara.
—Ponte en cuatro. Te tomé como mujer, ahora te tomaré como hombre.
Sentí un susto, pero obedecí, porque me excitaba entregarme entero. Me lamió, me lubricó y, en esa posición, fue acercándose con cuidado.
—Respira. Va a doler al principio, pero se calma de a poco —dijo.
Asentí. Empezó a entrar y dolió muchísimo, tanto que estuve a punto de pedirle que parara. Me sujetó la cadera con una mano, me tapó la boca con la otra y se hundió de golpe. El dolor era insoportable, las lágrimas me caían y mis gritos quedaron ahogados. Se quedó quieto unos minutos, dejando que mi cuerpo se acostumbrara, hasta que, muy lentamente, fue cediendo.
—Quiero disfrutar esto con calma —murmuró, acariciándome las nalgas, alternando alguna palmada—. Llevo años queriéndolo.
Empezó a moverse más fuerte.
—Esta marca en tu piel, con mi inicial, es mía —dijo—. Desde que éramos jóvenes me perteneces. Solo que ninguno de los dos lo había dicho.
Esa revelación me hizo vibrar. ¿Acaso él sentía lo mismo que yo? Pero sus embestidas me sacaron del pensamiento. Me sentía invadido por completo y, a la vez, pleno. Llegué de nuevo en el momento exacto en que lo sentí terminar. Caímos rendidos sobre la cama y él, sin salir, me abrazó con un brazo mientras con la otra mano recorría mi pecho y bajaba entre mis piernas, llevándome al límite una vez más.
***
Mientras descansábamos le conté toda la verdad: lo que sentía por él, el testamento, el barranco, la laguna. Lo entendió todo. Dijo que quería ir hasta el lago, que quería hacerme suyo también como Adrián. Nos arreglamos y fuimos. Reconocí el camino, vimos mi auto destrozado contra los árboles, y entré al agua. Él observó mi transformación de mujer a hombre. Después entró él, pero en su caso no cambió nada. Nos desnudamos y empezó a tomarme de nuevo, y dolía como la primera vez.
—Dilo, Adrián. Pídemelo.
—Bruno… hazme tuyo. Eres el primero, como hombre o como mujer —dije, demasiado excitado.
Me tomó duro, sin dudas, mientras su otra mano me masturbaba. En pleno orgasmo sentí algo extraño: me volví más bajo, con menos fuerza.
—Interesante —dijo Bruno—. Mírate. Volviste a ser mujer. Parece que te transformas en cualquiera mientras estoy dentro de ti.
Me giró, me cargó y me penetró en mi otra versión, y así lo hicimos varias veces, en ambos cuerpos, hasta perder la cuenta. Su placer era mi placer, y lo dejé ser.
Volvimos a casa, pero él era insaciable. Y tenía razón: podía ser Adrián o Alexia a voluntad. Ese fue nuestro secreto, solo nuestro. En el trabajo era Adrián; en casa, lo que yo quisiera. A Bruno le daba igual mientras fuera suyo. Ya pasaron varios años de aquella noche. Vivimos juntos, jamás se fue, y por primera vez puedo decir que me siento pleno. Próspero y, sobre todo, feliz.