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Relatos Ardientes

La primera vez que deseé a otro hombre

El domingo amaneció tranquilo. Marcela salió a media mañana a casa de una amiga y avisó que volvía por la tarde. La puerta se cerró con un golpe suave y el apartamento entero quedó en silencio.

Esteban estaba en el sillón con el teléfono. Daniel lavaba los platos sin afán, de espaldas, con esa manera suya de ocuparse en algo cuando no sabe qué hacer con lo que lleva adentro. Estuvieron así un rato largo sin que ninguno dijera una palabra, el ruido del agua llenando el espacio entre los dos.

Fue Esteban quien habló primero.

—¿Cómo estás?

Daniel cerró el grifo. Se secó las manos despacio, alargando el gesto más de lo necesario.

—No sé —dijo. No intentó arreglarlo con un «bien» de cortesía.

Esteban dejó el teléfono sobre el cojín y lo miró.

—Anoche —dijo.

—Anoche —repitió Daniel.

Se apoyó en el mesón con los brazos cruzados, la vista clavada en el suelo de la cocina.

—Nunca había hecho eso. Con un hombre. Y lo más raro es que no me pareció raro. Eso es lo que no termino de entender.

—¿Por qué tendría que parecerte raro?

—Porque llevo treinta años creyendo que sabía exactamente qué era.

Esteban se levantó, fue hasta la nevera, sirvió dos vasos de agua sin preguntar y le pasó uno. Se quedaron los dos apoyados en mesones opuestos, el espacio estrecho de la cocina entre ellos como una frontera que ninguno sabía todavía si quería cruzar.

—¿Tú qué piensas? —preguntó Daniel.

—Que uno va encontrando cosas de sí mismo que no estaban en el mapa. Yo tardé tiempo en dejar de llamarle curiosidad y empezar a llamarle por su nombre.

—¿Y cuál es su nombre?

—Que me gustan las mujeres y también me gustan los hombres. No siempre en la misma medida. Pero sí.

Daniel procesó eso en silencio. Giró el vaso entre los dedos, mirando cómo el agua subía y bajaba por las paredes del cristal.

—Yo no sé si eso es lo que me pasa —dijo al fin—. O si fue el contexto. La noche. El ron. No sé si hubiera pasado en otras circunstancias.

—Puede ser todo eso junto —dijo Esteban—. No tienes que resolverlo hoy.

—No. Pero tampoco puedo hacer como si no hubiera ocurrido.

—Nadie te está pidiendo que lo ignores.

Daniel dejó el vaso sobre el mesón. Miró a Esteban un momento, un momento que se estiró un segundo de más, y luego cruzó la cocina hacia él.

El beso fue breve al principio. Daniel se apartó apenas, como verificando algo dentro de sí mismo, comprobando que el suelo seguía firme bajo sus pies. Después volvió con más decisión, la mano cerrándose sobre la nuca de Esteban, la lengua empujando la suya, mordiéndole el labio inferior. Esteban le puso una palma en el cuello sin dirigir nada, solo sosteniéndolo, dejando que fuera él quien marcara el paso. Daniel bajó la mano por el pecho de Esteban, por el vientre, y la apoyó sin rodeos sobre el bulto que ya empujaba contra la tela del pantalón. Lo apretó a través de la ropa, palpó la forma, el largo, el grosor, y sintió cómo la polla del otro respondía endureciéndose todavía más bajo su palma.

Cuando Daniel bajó lo hizo despacio. Le desabrochó el pantalón, lo sacó, lo tuvo en la mano un instante, sintiendo el peso, el calor de la piel contra su palma. La verga de Esteban ya estaba dura, gruesa, con las venas marcadas y la punta brillante de una gota espesa que asomaba por la ranura. La noche anterior lo había visto a centímetros de su cara, dentro de Marcela, entrando y saliendo empapado del coño de ella, y había pasado la lengua por la base dos veces en un momento que en su momento pudo atribuirle al ambiente, al alcohol, a cualquier cosa menos a sí mismo. Ahora no había ambiente al cual culpar. No había nadie más en el apartamento. Solo esto: la polla de otro hombre en su mano, palpitando contra sus dedos, y las ganas físicas, concretas, de metérsela en la boca.

Se arrodilló en el piso frío de la cocina y lo tomó en la boca.

El frío de las baldosas le subió por las rodillas, pero apenas lo registró. Todo su cuerpo estaba concentrado en lo que tenía delante, en la novedad de un acto que llevaba toda la vida imaginando como ajeno y que de pronto era suyo, ocurría en sus manos, en su boca, sin nadie a quien echarle la culpa. Cerró los labios alrededor del glande y lo lamió con la punta de la lengua, recogiendo esa primera gota salada, comprobando el sabor. Le sorprendió no sentir rechazo, ni siquiera sorpresa; sintió hambre.

Fue torpe al principio, sin el ritmo ni la soltura que tenía Marcela, sin saber bien qué hacer con las manos. Se atragantó cuando quiso meterla demasiado adentro y tuvo que sacarla un momento, con un hilo de saliva colgando de la comisura. Esteban no dijo nada, no corrigió nada; solo le apoyó una mano en el hombro con suavidad, como anclándolo. Daniel encontró poco a poco su propio compás, lento y exploratorio, aprendiendo la textura de las venas contra la lengua, el calor concentrado, el sabor sin ninguna referencia previa con la que compararlo. Chupaba solo la cabeza durante largos segundos, la lengua trabajando el frenillo, y después bajaba entera hasta donde podía, hasta sentir el vello del pubis contra la nariz. Una mano en la base, moviéndose al tiempo que la boca; la otra bajó hasta las bolas, sopesándolas, acariciándolas con la yema del pulgar. La respiración de Esteban cambió, se volvió más honda, más lenta, y después empezó a soltar unos gemidos cortos, controlados, que a Daniel le subieron por la columna como un premio.

—Así, Dani —murmuró Esteban—. Chúpamela así, despacio, no tengas prisa.

Daniel obedeció sin apartar la boca. La saliva le bajaba por el mentón, le mojaba la mano, y la polla de Esteban entraba y salía entre sus labios con un ruido húmedo que le llenaba la cabeza. Sintió cómo la suya propia se le ponía dura dentro del pantalón, apretada, mojando la tela por dentro. La sola idea de estar chupando a otro tío y empalmarse por ello lo aturdió y lo excitó a partes iguales.

Después de un rato Esteban le pidió que esperara. Le indicó con calma, casi en un murmullo, que se tumbara boca abajo en el sofá y que se bajara el pantalón hasta las rodillas. Daniel se incorporó del suelo y obedeció sin preguntar, todavía con la respiración alterada, la polla dura rebotándole contra el vientre cuando se sacó los calzoncillos. Sintió las manos de Esteban recorrerle la espalda, bajando despacio por los costados, por la curva de los glúteos, separándolos con suavidad, y entendió hacia dónde iba todo antes de que llegara.

Se tensó.

No era exactamente miedo. Era algo más parecido a la ansiedad de lo completamente desconocido, ese instante en que el cuerpo recibe información nueva y todavía no sabe cómo procesarla, cómo colocarla en ningún sitio. Apretó el cojín con las dos manos y esperó, con el culo levantado y el agujero expuesto por primera vez en su vida frente a la boca de otro hombre.

—Tranquilo —dijo Esteban, en voz muy baja, casi contra su piel—. Relaja el culo. Déjame a mí.

La lengua llegó despacio, con un contacto inicial tan leve que Daniel lo recibió con todo el cuerpo en tensión. Esteban no tenía ninguna prisa. Empezó en el borde exterior, un círculo lento y paciente, sin presionar, sin exigir nada a cambio. Daniel tenía la cara hundida en el cojín, los puños cerrados, la mandíbula apretada, esperando algo que no sabía cómo anticipar porque no tenía con qué.

Poco a poco la tensión empezó a ceder, por capas, como si alguien la fuera retirando de a una. La lengua de Esteban era cálida, constante, sin ningún apuro, mojándole el ojete con saliva abundante, entrando y saliendo del pliegue con una insistencia que ya no era pregunta sino promesa. Círculos más precisos ahora, la punta trazando el contorno con una paciencia que Daniel sintió subirle por toda la columna.

Respiró por la boca, hondo, y notó cómo cada exhalación le aflojaba un músculo más. Las caderas dejaron de resistirse y empezaron, casi por su cuenta, a buscar el contacto en lugar de huir de él, empujándose contra la cara de Esteban, ofreciéndose. Era un cambio pequeño y enorme a la vez, y Daniel lo sintió como una rendición que nunca había sabido que necesitaba.

Dios.

Lo dijo en voz alta sin darse cuenta, la palabra enterrada en el cojín. No era una queja. Era otra cosa, algo que no tenía nombre todavía.

Esteban presionó un poco más, la lengua entrando apenas, forzando el anillo, ensalivándolo por dentro, y Daniel soltó un sonido que no reconoció como propio, un gemido ronco arrancado desde el fondo del pecho. Lo que sentía no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Era íntimo de una manera distinta a todo lo conocido, y la ansiedad del principio se había transformado en otra cosa por completo sin que pudiera señalar el momento exacto en que ocurrió el cambio. Esteban le subió una mano por la cadera, se la llevó por debajo, le agarró la polla dura y empezó a masturbarlo despacio mientras seguía comiéndole el culo. Daniel sintió que las dos sensaciones se unían en una sola línea eléctrica que le atravesaba de la nuca al pubis.

—Joder —murmuró Daniel contra el cojín—. Joder, sigue, no pares.

Pensó en Marcela la semana anterior. En su cara contra la almohada. En lo que él había visto desde afuera, como espectador, mientras Esteban se la follaba lento por detrás y ella gemía sin poder contenerse; ahora entendía desde adentro con una claridad que no había anticipado nunca por qué su mujer había gritado así.

Esteban alternaba sin prisa: la lengua plana presionando, luego círculos en el borde, luego entrando un poco más, empujando con la punta rígida hasta abrirle un centímetro, mientras la mano seguía trabajándole la polla con un puño apretado y regular. Le leía cada reacción con esa atención suya que no dejaba nada sin notar. Daniel había soltado el cojín. Tenía las palmas abiertas contra la tela del sofá, la respiración completamente rota, la polla goteando pre-semen sobre los dedos de Esteban, y lo único que sabía con certeza era que no quería que parara.

Cuando Esteban se incorporó, Daniel tardó un momento en volver al cuarto, en recordar dónde estaba.

Se dio la vuelta sobre el sofá. Tenía la cara roja, el pelo pegado a la frente, la verga tiesa apuntándole al ombligo, mojada de saliva y de sí mismo. Esteban se arrodilló frente a él, le separó las rodillas y lo tomó en la boca con una facilidad para la que Daniel no estaba preparado. La garganta se le abrió sin resistencia; se la tragó entera de una sola bajada, hasta enterrar la nariz en los cojones, y desde ahí empezó a mamársela con una técnica que Daniel no supo imitar mentalmente. Duró poco. La intensidad le llegó desde un lugar más profundo de lo que esperaba, y cuando sintió el orgasmo montársele encima ya no pudo avisar; se descargó con un temblor que le recorrió las piernas hasta los pies, chorreando dentro de la boca de Esteban en varias sacudidas largas. Esteban no se apartó. Se lo tragó todo sin soltarlo, chupando hasta la última gota, ordeñándole con la lengua contra el frenillo hasta que Daniel tuvo que empujarle la cabeza porque no aguantaba más.

Cuando terminó buscó a Esteban de nuevo, sin que mediara una pausa, sin darse tiempo a pensarlo. Se cambiaron de sitio: Esteban se sentó en el sofá con las piernas abiertas y Daniel volvió al suelo, entre sus rodillas, y lo tomó en la boca otra vez, ahora con más calma, con la certeza de saber lo que hacía. Aprendió qué presión lo hacía contener el aliento, dónde concentrar la lengua, cómo leer las señales del cuerpo del otro: la mano que se cerraba en un puño sobre el reposabrazos, la respiración que se cortaba en seco, el músculo del muslo que se le tensaba bajo su mano libre. Chupaba la punta, la lamía entera de abajo arriba con la lengua plana, se metía las bolas en la boca de una en una, y volvía a tragársela hasta donde le llegaba. Cuando Esteban gruñó que se iba a correr, Daniel no se retiró; apretó los labios alrededor de la cabeza y se quedó. La leche le llenó la boca en tres chorros calientes, espesa, salada, y Daniel tragó sin pensarlo, sosteniéndolo hasta que el último estremecimiento pasó y la polla se le fue ablandando entre los labios.

Se apartó con un hilo de semen colgándole del mentón. Se lo limpió con el dorso de la mano.

***

Se sentaron los dos en el suelo de la cocina, la espalda contra el gabinete, las piernas estiradas sobre las baldosas. El ruido del agua hacía rato que había callado. Solo quedaba la respiración de ambos, todavía irregular.

Daniel miraba al frente. No con culpa, sino con esa expresión de quien acaba de entender algo que no esperaba entender hoy, ni quizá nunca.

—Esto —dijo al fin, señalando con un gesto vago el espacio entre los dos. Dejó la frase sin terminar, porque no tenía con qué terminarla todavía.

—No tiene que ser nada todavía —dijo Esteban.

—No. Pero es algo.

—Sí.

—¿Y Marcela?

—¿Qué pasa con Marcela?

—No sabe nada de esto.

—No.

—¿Y cómo funciona eso?

Esteban se tomó su tiempo antes de responder. Echó la cabeza hacia atrás contra la puerta del gabinete y miró el techo.

—Todo lo que ha pasado entre los tres ha ido despacio. Sin que nadie lo planeara del todo. Esto también puede ir despacio.

—¿Hasta dónde?

—No lo sé. ¿Tú hasta dónde quieres que vaya?

Daniel consideró la pregunta en serio, sin esquivarla. Afuera la tarde de la ciudad seguía con su ruido constante, indiferente. Adentro estaban solo los dos, lo que acababa de pasar, y lo que todavía no tenía nombre y a lo mejor tardaría en tenerlo.

—No lo sé todavía —dijo Daniel.

—Está bien —dijo Esteban—. Cuando lo sepas, me avisas.

Daniel asintió despacio. No era una respuesta completa, pero era honesta, y con eso, por ahora, le bastaba a los dos.

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Comentarios(8)

AlejoR_76

Increible relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo!!

Seba_noct

Que bueno que alguien se anime a contar algo asi. Se nota la honestidad en cada palabra, eso lo hace unico.

CrisLectora

nos quedamos con las ganas, seguí contando!!

Valentín_BA

Me dejó pensando todo el dia. Hay algo en el silencio de esa mañana que se siente muy real, como si lo estuvieras viviendo junto a él.

NocheDeDeseos

tremendo final, no me lo esperaba jaja

Mariela_99

Queremos saber que paso despues... hay segunda parte? Por favor que si!!!

Kastiliovich

Son raros los relatos en esta categoria que te llegan de verdad. Este tiene algo diferente, la forma en que lo narra es muy natural. Felicitaciones, espero leer mas tuyo.

FlorA_22

Que manera de escribir, se te nota la emocion en cada linea. Muy bueno!!

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