El secreto de la ejecutiva que me invitó a su piso
Todo empezó en un viaje de trabajo. Soy comercial de una empresa que vende equipos y software para clínicas, y aquella semana me tocaba cerrar un contrato importante en una ciudad que apenas conocía. Me pasé el día entero explicando el sistema en las oficinas de un grupo de centros odontológicos, y la responsable de compras resultó ser una mujer que me costó mirar a los ojos sin distraerme.
Se llamaba Yamila. Era alta, de piel oscura y brillante, con el pelo largo recogido en una coleta tirante que le marcaba los pómulos. Llevaba una falda de cuero por encima de la rodilla, medias y una blusa blanca lo bastante abierta como para que la mirada se fuera sola. Era seria, precisa, profesional hasta el detalle. Una auténtica diosa de ébano que no parecía dispuesta a perder el tiempo con tonterías.
Revisó cada cláusula del contrato como si buscara una trampa. Hizo preguntas que ningún otro cliente me había hecho. Cuando por fin firmó, lo hizo con una sonrisa breve, casi de premio.
—Seguro que quedan muy contentos con el sistema —le dije—. Han hecho una buena inversión.
—Estoy segura de eso —respondió con esa seguridad suya—. Y ahora que los negocios están cerrados, vamos a tomar un café.
Acepté sin pensarlo. Me llevó a una cafetería cercana y nos sentamos en la terraza, porque hacía una tarde tibia y agradable.
—¿Y ya te vuelves a casa? —me preguntó.
—Todavía me quedo hoy —respondí—. Pero ya en plan relax. Pensaba aprovechar para conocer un poco la ciudad.
—Ya verás cómo te gusta. Si quieres, a partir de las siete estoy libre. Puedo enseñarte algunos sitios.
—Eso estaría genial, pero no tienes por qué molestarte.
—No es molestia. De hecho, lo haré encantada. Me has caído bien.
No podía dejar de mirar el escote de su blusa, y por más que intentaba disimular, ella se daba cuenta. Lo noté en cómo se le curvaba media boca, divertida, sin reprocharme nada.
***
Quedamos a las siete en el mismo bar. Yamila se hizo esperar un poco, pero la espera valió cada minuto. Apareció con un vestido rosa, corto y ceñido, que marcaba un cuerpo imposible de ignorar. Nos dimos dos besos de saludo y yo me quedé casi hipnotizado, sin saber dónde posar los ojos.
—¿Has visto muchas cosas ya? —me preguntó.
—No sé… creo que… —balbuceé, incapaz de apartar la vista de ella.
—Me refiero a la ciudad —aclaró, riéndose.
—Ah, alguna cosilla. Pero te estaba esperando a ti para que me enseñaras lo mejor.
—Eso haré. Te voy a enseñar lo mejor de lo mejor.
Caminamos durante horas. Me llevó por el casco antiguo, por una plaza con soportales, por un mirador desde el que se veía el río. Había rincones preciosos, pero para mí el mejor monumento de la ciudad caminaba a mi lado. El tiempo se nos fue volando entre risas y conversación fácil, hasta que ella propuso cenar en un restaurante pequeño y nos sentamos en una mesa del fondo.
—Yamila, soy yo quien debería invitarte —le dije.
—Soy tu anfitriona, e invita la anfitriona. Eso no se discute.
—Pero llevas toda la tarde pendiente de mí. Al menos déjame compensarte de alguna forma.
—Me gusta que seas tan gentil.
—Es lo que mereces.
Se quedó callada un momento, jugando con el borde de la copa. Luego me miró fijo.
—Ya se me ha ocurrido algo. ¿Por qué no vienes a mi casa y pasas la noche conmigo? Así me demuestras lo agradecido que estás.
Me quedé sin palabras. Tenía pensado volver en uno de los trenes de madrugada, pero una noche con Yamila era un motivo más que suficiente para cambiar de planes. La venta había salido bien; mi jefe no pondría ninguna pega.
—¿No me contestas? —insistió—. ¿Te ha comido la lengua el gato?
—Perdona, es que me has pillado por sorpresa. Me encantaría pasar la noche contigo.
Ella tomó mi mano sobre la mesa, sonrió y me dio un beso suave en los labios.
—Espero que seas tan agradecido como dices.
***
Cogimos un taxi hasta su edificio. Desde la calle se notaba que eran pisos amplios, de los caros.
—¿Vives sola en algo tan grande? —pregunté.
—Comparto con una amiga. Hay sitio de sobra y repartimos gastos.
—Espero que no le moleste que aparezca contigo.
—No te preocupes. Somos muy comprensivas la una con la otra. Además, a estas horas estará durmiendo.
Subimos hasta un sexto. Yamila me llevó al salón, me abrazó y volvió a besarme, esta vez más despacio, dejando que mis manos recorrieran su espalda y bajaran por la curva de su cintura.
—Te iba a ofrecer algo de beber, pero igual no quieres nada —murmuró contra mi boca.
—Lo único que quiero es a ti.
Me cogió de la mano y me condujo a su habitación. La puerta quedó entreabierta a nuestra espalda, un detalle al que no presté la menor atención en ese momento, pero que más tarde tendría toda la importancia del mundo. Volvimos a besarnos. Su lengua buscó la mía mientras yo le acariciaba el trasero por encima de la tela. Y entonces, de pronto, me apartó con un empujón firme.
—Siéntate en la cama —ordenó, con un tono que no admitía réplica.
Iba a preguntar si pasaba algo, pero por alguna razón obedecí. Me senté. Ella se acercó, me besó el cuello y volvió a separarse.
—Aquí las reglas las pongo yo —dijo—. Me besarás y me tocarás cuando yo quiera y donde yo quiera.
La miraba desconcertado. Nunca me había pasado nada igual y no sabía muy bien qué contestar.
—Si quieres acostarte conmigo, esas son las reglas.
Y yo, en ese momento, no deseaba otra cosa en el mundo.
—De acuerdo —cedí—. Tú mandas.
Sonrió satisfecha y se quitó el vestido por la cabeza, quedándose en un conjunto de ropa interior negra que le sentaba como una segunda piel. Así estaba todavía más impresionante. Yo me moría por tocarla, pero tenía que esperar a que ella me lo permitiera.
Se acercó de nuevo. Su lengua recorrió despacio mis labios mientras me desabrochaba la camisa botón a botón y deslizaba una mano por mi pecho. Cuando intenté agarrarle las nalgas, me mordió el labio inferior y retiró mis manos con firmeza.
—Tienes que respetar mis reglas —me recordó, mirándome a los ojos—. Pórtate bien o no habrá recompensa.
—Tú ganas. Haré lo que digas.
Me quitó la camisa del todo y empezó a recorrerme con la boca: el cuello, el pecho, bajando poco a poco. Una de sus manos me desabrochó el pantalón, buscó mi sexo y lo acarició con una lentitud calculada. Luego, sin avisar, lo apretó con la mano justa para arrancarme un gemido que no pude contener.
—Si te portas bien, vas a disfrutar como nunca —susurró—. Ahora, de pie.
Obedecí al instante.
—Desnúdate.
Volví a obedecer, hasta quedar completamente desnudo frente a ella. Estaba durísimo, y no solo por su cuerpo: era toda la situación, esa forma de mandar, lo que me tenía al límite. Se quitó el sujetador, dejando al descubierto unos pechos generosos, y se acercó otra vez.
—Chúpalos —ordenó, guiándome la cabeza.
Lo hice. Mientras yo me entregaba a sus pezones, ella me tomó con la mano y empezó a masturbarme con un ritmo perfecto, subiendo y bajando hasta que creí que iba a perder la cabeza. Después se arrodilló, acercó la boca y empezó a pasar la lengua por la punta haciendo pequeños círculos. Solté un grito sin control. Ella repitió el gesto, divertida con mi reacción, antes de tomarme entero en la boca con una destreza que no había sentido nunca.
—Así, así —le pedía yo, acariciándole el pelo—. Me vuelves loco.
Y entonces, justo cuando más lo disfrutaba, se detuvo y se incorporó.
—Quiero enseñarte una cosita —dijo.
Se bajó las braguitas negras. Y bajo ellas no había lo que yo esperaba, sino un sexo igual de oscuro, igual de imponente que todo lo demás de ella. Me quedé boquiabierto.
—¿Te gusta? —preguntó.
—A ver, Yamila… yo… es que —tartamudeé hasta lograr hablar—. Yo buscaba estar con una mujer.
Me miraba con media sonrisa, sin ofenderse.
—A mí me gustan las mujeres —seguí, torpe—. No tengo nada contra chicas como tú, pero…
—Es que yo soy una mujer —me interrumpió—. Una mujer muy especial.
No supe qué responder. No quería decir nada que la hiriera.
—Me gustaría seguir donde estaba —dijo, acercándose otra vez—. Pero si tú no quieres, lo dejamos aquí.
La miré. Miré su cuerpo, su seguridad, la manera en que me había dominado toda la noche. Y descubrí que no quería que parara.
—Claro que quiero —respondí.
—Muy bien. Pero recuerda que aquí sigo mandando yo.
Volvió a arrodillarse y retomó lo que había interrumpido, sus labios recorriéndome de arriba abajo, la lengua jugando con la punta hasta dejarme otra vez al borde del grito.
***
Las sorpresas no habían terminado. Mientras Yamila seguía con la boca ocupada en mí, otra figura apareció en el umbral de la puerta que había quedado abierta. Era una chica de piel más clara, pelo corto y rizado de un castaño que parecía teñido, un poco más baja y más curvilínea que Yamila. Llevaba un camisón rosa muy corto.
—Hola, chicos —saludó.
—Hola, Noa —respondió Yamila—. Creía que dormías.
—Imposible dormir con el ruido que hacéis —dijo, apoyándose en el marco—. Por cierto, guapo, esta es Noa, mi compañera de piso.
—Hola, Noa —acerté a decir entre jadeos.
Noa se acercó por detrás y empezó a acariciarme el pecho mientras me besaba el cuello.
—¿Os importa que me una? —propuso—. No solo no me dejáis dormir, sino que me habéis puesto muy cachonda.
—Por mí no hay problema, cielo —respondió Yamila—. A ver qué dice él.
Yo no sabía ni cómo articular una frase. Aquello era una sorpresa tras otra, y la boca de Yamila me tenía completamente entregado.
—¿Tú qué dices? —me susurró Noa al oído—. ¿Puedo quedarme?
—Lo que quieras —respondí.
Sus manos bajaron por mi espalda hasta las nalgas mientras se quitaba el camisón. Como Yamila, Noa también escondía una sorpresa entre las piernas, todavía más grande que la de su amiga. Se colocó detrás de mí, me separó un poco las piernas y empezó a recorrerme con la lengua por lugares en los que jamás había imaginado disfrutar. Yamila seguía delante. Yo estaba a punto de estallar.
—Voy a correrme —avisé.
Yamila sacó la boca, me tomó con la mano y empezó a agitarme con fuerza, llevándome al límite, hasta que exploté con un grito que debió de oírse en todo el edificio.
Se acercó y me besó.
—Ha sido increíble —jadeé.
—Lo sé —respondió—. Pero recuerda que mando yo. Así que ahora vas a ser tú quien me lo haga a mí.
***
Una parte de mí dudaba, pero obedecí. Me arrodillé frente a ella, la tomé con la mano, la acaricié y, por primera vez en mi vida, hice lo que ella me pedía. Tenía razón: no me desagradó. Yamila me sujetaba la cabeza, marcando el ritmo, gimiendo y mirándome con una sonrisa de poder absoluto. Mientras tanto, Noa se había colocado detrás de mí, abriéndome con cuidado, preparándome con la lengua y luego con un dedo paciente.
—Vaya culito que tiene tu chico —le dijo Noa a Yamila.
—Déjalo bien preparado, cielo —contestó ella—. Que esto no ha hecho más que empezar.
La sensación me sorprendió por lo mucho que me gustaba. Yamila, durísima en mi boca, me pidió que me relajara mientras sacaba un preservativo del cajón de la mesilla. Cambiaron de posición: ella se colocó detrás de mí y Noa pasó delante, ofreciéndome sus pechos y besándome para distraerme.
—Relájate, ¿vale? —me pidió Yamila—. Al principio puede molestar, pero luego te va a gustar mucho.
La fue introduciendo poco a poco, sacándola, volviendo a entrar un poco más, con una paciencia que no esperaba de alguien tan dominante. Noa me besaba sin parar, su lengua enredada con la mía. El primer pinchazo de molestia fue cediendo hasta convertirse en otra cosa, y se me escapó un gemido distinto.
—¿Ves cómo te gusta? —dijo Noa antes de volver a besarme.
Yamila empezó a moverse con más soltura, cada vez con más facilidad, y yo dejé de pensar. Solo sentía.
—Qué estrecho estás —jadeaba ella, agarrándome las caderas—. Me encanta.
Noa, al verme tan entregado, se puso delante y me ofreció su sexo para que la atendiera con la boca. Lo hice sin dudar, como si las embestidas de Yamila me empujaran a desearlo todo a la vez. Aquella noche me había convertido en el juguete de las dos, y lo más extraño es que me encantaba serlo.
***
En algún momento se turnaron. Yamila se apartó y Noa se tumbó en la cama con otro preservativo puesto.
—Siéntate encima y cabalga, guapo —pidió.
Obedecí. Me senté sobre ella despacio y empecé a moverme de arriba abajo, sin poder contener los gemidos. Entonces fue Yamila quien se acercó a ofrecerme la boca: estaba a punto de terminar y quería hacerlo así. Yo cabalgaba a Noa mientras la atendía a ella, las dos manos de Noa firmes en mi cintura, marcándome el ritmo.
—Tenía razón Yamila —murmuró Noa—. Tienes un cuerpo que da gusto.
Yamila no aguantó más y se dejó ir con un temblor largo, agarrándome el pelo, susurrando mi nombre entre jadeos. Cuando se recuperó, me besó otra vez, despacio.
—Estás disfrutando muchísimo —dijo—. Y todavía vas a disfrutar más.
Me tomó con la mano y empezó a acariciarme mientras Noa seguía debajo. Era demasiado: el placer me llegaba por dos sitios a la vez, y noté que volvía a endurecerme casi sin descanso.
—Mira cómo se le pone otra vez —le dijo Yamila a su amiga, riendo—. Le gusta, vaya si le gusta.
—Este chico nunca había disfrutado así —respondió Noa, apretándome las caderas para que me moviera con más fuerza—. ¿A que no, guapo?
No contesté. Solo podía gemir. Pero tenía razón: nunca había sentido nada parecido. Y esta vez el final me alcanzó por partida doble, primero entre las manos de Yamila y casi enseguida por dentro, una oleada de placer que me dejó vacío y tembloroso, con un grito que se sumó a todos los anteriores.
—Madre mía, cómo gritas —se rió Yamila, dándome otro beso.
Me aparté de Noa, que se quitó el preservativo y terminó poco después, dejándose ir con una sacudida larga y un suspiro de alivio.
***
Cuando volví del baño, después de limpiarme un poco, las encontré a las dos abrazadas en la cama, enredadas la una en la otra como si yo ya hubiera dejado de existir.
—Ya te puedes vestir —me dijo Yamila sin abrir del todo los ojos—. Hemos terminado contigo.
—Sí, mi amor —añadió Noa con una sonrisa perezosa—. Ahora ya puedes decir que has estado con dos mujeres de verdad.
Me vestí en silencio mientras ellas seguían a lo suyo. Salí del piso con una sensación rara, partida en dos. Por un lado me sentía usado, un capricho de una noche que ni siquiera se molestaron en despedir. Por otro… por otro no podía dejar de pensar en que, durante unas horas, había descubierto un placer que no sabía que existía, y que volvería a buscarlo sin dudar. Esa noche me había convertido en otra persona, y bajé las escaleras sabiendo que ninguna mujer me había enseñado tanto en tan poco tiempo.