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Relatos Ardientes

La pijamada en que crucé la línea con mi amiga

Me llamo Camila y hace tiempo que no me animaba a contar nada por acá. Hoy quiero hablar de lo que pasó una noche con Renata, mi mejor amiga desde la facultad. Pasaron meses y todavía la cabeza me da vueltas cada vez que me acuerdo.

Renata y yo nos conocemos desde hace cinco años, casi seis. Compartimos las últimas materias de la carrera, terminamos viviendo en la misma cuadra y, con el tiempo, nos vemos casi todos los días. Si tuviera que describirla diría que es alta, con curvas pronunciadas, piel blanca con pecas pequeñas en los hombros y, en aquel momento, el pelo teñido de un rojo encendido. Tiene esa belleza que no necesita maquillaje para llamar la atención.

Yo soy lo opuesto: bajita, delgada, con el pelo rubio hasta los hombros y las facciones afiladas. La cintura marcada, las caderas redondas y los pechos chicos, de esos que se sostienen solos. Cuando salimos juntas, la gente nos mira; nosotras nos divertimos sabiendo que llamamos la atención y nos burlamos de los chicos que se acercan con frases gastadas.

Lo que pocos sabían es que nuestra amistad tenía una zona ambigua que ninguna de las dos terminaba de nombrar. Nos besábamos en las fiestas, sí, pero esos besos duraban un segundo más de la cuenta. Nos sentábamos una sobre la otra, le pasaba la mano por los muslos cuando hablábamos y ella me acomodaba el pelo detrás de la oreja con una lentitud que no era inocente.

Hablábamos de todo, sobre todo de sexo. De cuánto tiempo llevábamos sin coger, de los tipos que nos gustaban, de los que nos habían decepcionado. Nos mandábamos fotos para preguntarnos si esa tanga nos sentaba bien, si el corpiño nuevo nos quedaba o si las tetas se veían como queríamos. Llegamos a leer relatos eróticos juntas, recostadas en su cama, riéndonos primero y guardando silencio después.

Ese sábado armamos una pijamada como tantas otras. Fuimos al centro a recorrer tiendas, almorzamos en un japonés barato y volvimos a mi casa cargadas de bolsas con frituras, helado y una botella de vodka. Mis papás se habían ido a la quinta de mi tía, así que tenía la casa para mí.

***

Cuando empezó a oscurecer, acomodamos almohadones en el living y bajamos las luces. Yo me puse un top rosa de tirantes finos y un short de algodón a rayas; ella, una remera blanca holgada y un short negro que le marcaba todo. Sin corpiño, las dos.

Serví el primer vodka con jugo de pomelo y propuse jugar a verdad o consecuencia. Las primeras rondas fueron tibias: chismes, mensajes a ex, una foto subida a las historias. Nos reíamos como dos pibas en secundaria, pero el alcohol iba haciendo lo suyo y las preguntas se volvían más íntimas. Renata me confesó que se había acostado con un compañero de trabajo. Yo le conté que estaba sexteando con un amigo de mi hermano.

Llevábamos tres vasos cuando Renata se acomodó frente a mí, cruzó las piernas y me miró con esa media sonrisa que le conozco demasiado bien.

—¿Alguna vez te masturbaste pensando en mí? —preguntó, como quien pregunta la hora.

Sentí el calor subiéndome al cuello. Me reí, intentando disimular.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una directa. Quiero saber si alguna vez te calenté con lo que te cuento o con las fotos que te mando.

Mientras hablaba, me puso la mano en la rodilla. La dejó ahí, sin moverla, mirándome a los ojos. Yo tragué saliva.

—Algunas veces —admití en voz baja—. Cuando me mandaste la del corpiño negro. Y cuando leímos ese relato del taxi.

—Yo me toco pensando en vos seguido —dijo, como si nada—. Hace mucho. Siempre me calentaste, Cami.

No supe qué contestar.

No sé bien quién se movió primero. Sé que la besé. O ella me besó. La boca le sabía a pomelo y a vodka, y el beso no fue tímido ni de probar: fue largo, hambriento, con la lengua entrando despacio y las manos sosteniéndome la nuca. Como ningún tipo me había besado nunca.

Nos separamos un segundo, respirando fuerte, frente contra frente.

—¿Querés ver algo? —murmuró—. Algo para mirar juntas.

Asentí sin pensarlo.

Apagué la televisión y agarré mi teléfono. Ella se acomodó a mi lado, los hombros pegados, las piernas tocándose. Puso primero un video gay, no sé bien por qué, capaz para sondear el terreno. Vimos un par de minutos en silencio. Le saqué el teléfono y, sin pensarlo demasiado, escribí «lesbianas» en el buscador. Elegí el primero, le di play y dejé el celular apoyado contra un libro frente a las dos.

Ninguna habló. Las dos mirábamos la pantalla, pero no era el video lo que importaba; era saber que la otra también lo estaba mirando. Sentí que se me empapaba la bombacha de un modo que nunca me había pasado tan rápido. La miré de reojo y vi que ella había bajado la mano y se frotaba despacio por encima del short. Hice lo mismo. Tardé en darme cuenta de que estaba apretando el muslo contra el suyo.

***

Su mano subió primero. Me agarró un pecho por encima del top, sin pedir permiso, y ahí se cortó cualquier resto de duda. Me di vuelta y la besé de nuevo, esta vez sin frenar. La empujé un poco hasta apoyarla contra el respaldo y me senté arriba de ella, una pierna a cada lado de su cintura.

Me sacó el top de un tirón. Se quedó mirándome un instante, como si quisiera grabarse cada detalle.

—Son más lindas en vivo —dijo, y bajó la cabeza.

Me chupó un pezón mientras la otra mano me apretaba el segundo. Mordía suave, después fuerte, alternaba entre los dos. Yo me agarraba a su pelo rojo y le movía la cabeza despacio, dictándole el ritmo. Me sorprendió descubrir cuánto sabía: dónde apretar, cuándo soltar, cuándo lamer despacio para hacerme gemir más fuerte.

Después le tocó a ella. Le saqué la remera y me quedé mirando esos pezones rosados que tantas veces había visto en sus fotos. Eran mejores en persona. Los toqué primero con los dedos, los pellizqué un poco para ver cómo reaccionaba. Echó la cabeza hacia atrás y suspiró largo. Me animé y bajé la boca. Probar a otra mujer por primera vez fue raro y perfecto a la vez: la piel más fina, el olor distinto, el calor distinto.

Mientras yo le chupaba los pechos, ella me había metido la mano por debajo del short. Movía los dedos despacio sobre la bombacha, sin entrar todavía, sintiendo cuánto la estaba esperando.

—Estás empapada —me dijo al oído.

—Es culpa tuya —contesté, y me bajé del sillón.

Me quité el short de un movimiento y di un paso hacia atrás. Quería que me mirara, que me deseara más de lo que ya me estaba deseando. Renata se mordió el labio y me hizo un gesto con el dedo para que volviera.

***

Me sentó en el sillón, me abrió las piernas con las manos y se arrodilló entre ellas. Apartó la bombacha rosa hacia un costado, sin sacármela, y pasó el dedo índice de arriba abajo, recorriendo todo. Lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—¿Acá te gusta? —preguntó, presionando apenas el clítoris.

Solo pude asentir.

El dedo entró despacio. Sentí la uña acrílica abriéndose paso y un escalofrío me subió por la columna. Lo movía adentro mientras me miraba a los ojos, sin parpadear, con esa media sonrisa de siempre pero ahora cargada de otra cosa.

—Por favor —le pedí—, comeme ya.

Obedeció. Bajó la cabeza y pasó la lengua por todo el sexo, de abajo hacia arriba, con la lengua plana. Después en círculos, sobre el clítoris, sin tocar nada más. Volvía a meterme un dedo, después dos, los curvaba para encontrar el punto justo. De vez en cuando se separaba un segundo, levantaba la vista y me decía lo rica que estaba, lo bien que sabía, y yo casi me venía sólo con escucharla.

Le agarraba el pelo rojo con las dos manos y le movía la cabeza sin pensar. Gemía, jadeaba, susurraba su nombre y después casi lo gritaba. Por suerte la casa estaba vacía, porque yo no me reconocía. Había imaginado mil veces qué pasaría si alguna vez nos animábamos, pero nunca pensé que iba a ser así, en el living de mi casa, con un video puesto que ya nadie miraba y un short tirado al lado del sillón.

Sus dedos encontraron el punto preciso y su lengua no paró de dibujar círculos. Sentí que me subía la marea desde los pies. Le apreté la cabeza más fuerte, arqueé la espalda y me vine como nunca me había venido. A chorros, sobre el sillón, sobre su cara, sobre las dos. Me quedé un largo rato así, sin poder cerrar las piernas, mientras ella se reía bajito y se limpiaba con el dorso de la mano.

—Me hiciste un desastre —dijo, sin queja.

Fue a buscar servilletas a la cocina y volvió. Limpiamos el sillón entre las dos sin hablar mucho, riéndonos cada tanto, todavía respirando fuerte. Me devolvió el top con una sonrisa que no le había visto antes. Una mezcla de orgullo y de algo más blando, como si supiera que esa noche cambiaba algo entre nosotras para siempre.

Nos pusimos la ropa y pasamos al sillón grande. Pusimos una película que ninguna miró y nos quedamos abrazadas, ella detrás de mí, su mano apoyada en mi panza, su nariz hundida en mi nuca. Me dijo, antes de que me durmiera, que le había encantado, que sabía deliciosa, que tenía que repetirse. Le dije que sí, que sí, sin abrir los ojos.

Al día siguiente, cuando bajamos a desayunar, fingimos que no había pasado nada. Hablamos de la película, de los planes de la tarde, de un mensaje que le había llegado al teléfono. Pero los dedos se nos rozaron al pasarnos el café y supe, sin necesidad de decirlo, que la próxima pijamada no iba a tardar.

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Comentarios (5)

Carla_Noc

Increible, me dejo sin palabras!! Espero la segunda parte ya

VeroAR22

Por favor que haya continuacion, quede enganchada desde el primer parrafo. Muy bien escrito

LecturaAmiga22

Me recordo a una amistad que tuve en la facu, con esa misma tension que no sabes bien lo que es hasta que explota. A veces la vida imita la ficcion. Gracias por animarte a escribirlo

SofiaKV

corto pero potente!! sigue asi!

FitLectora

Me pregunto si la amistad sobrevivio despues de esa noche... eso es lo que mas curiosidad me genera

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