Una mujer madura, dos mecánicos y una noche de julio
El calor de julio, una cerveza helada y sus manos ásperas. A los cuarenta y dos, descubrí que el deseo no tiene edad ni vergüenza.
El calor de julio, una cerveza helada y sus manos ásperas. A los cuarenta y dos, descubrí que el deseo no tiene edad ni vergüenza.
Cerró con llave, se sentó en el escritorio y me miró con unos ojos verdes que no juzgaban nada. Yo todavía tenía la respiración agitada.
Cuando salí de su habitación convertida en Valentina, el sonido de mis tacones en el pasillo me dijo que ya no habría marcha atrás.
Llevaba semanas con esa sensación insoportable de necesitar ser poseída. Una noche decidí actuar: me maquillé, me vestí de provocación y fui al encuentro de un desconocido bien dotado.
Apenas salimos del estacionamiento, ella ya tenía la mano bajo la ropa. «Busca un camino donde podamos parar», me dijo con los ojos cerrados.
Llegó a casa dos horas antes de lo previsto y la encontró en el cuarto con los ojos cerrados y la mano entre las piernas. Ese fue el momento en que todo cambió.
Cuando apagué el motor en aquel camino sin salida, ella ya se había bajado el cinturón y abierto el botón del pantalón. Y no habíamos cruzado una sola palabra.
Cuando me asomé a la ventana para descansar un momento, los vi en la piscina. Desnudos, besándose, completamente ajenos al mundo. Entendí que ese año iba a ser muy distinto.
Apoyé la frente contra la puerta para no hacer ruido. Los niños dormían al otro lado y yo me deshacía bajo las manos de mi marido, mordiéndome el labio.
Sofía sacó del fondo del armario la ropa que su marido nunca le había visto. Su hija hizo lo mismo. Esa noche salieron juntas a buscar lo que faltaba en casa.