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Relatos Ardientes

El día en la playa que desnudó nuestro secreto

No, ese bikini no me quedaba bien. Fruncí el ceño en ese gesto tan mío, casi un mohín infantil que me salía cada vez que algo me frustraba. Cuando me daba cuenta intentaba corregirlo, pero me costaba y, en cuanto me despistaba —algo en lo que mi cabeza era una experta—, volvía a aparecer.

Llamaron a la puerta y me sobresalté, regresando de mi rico mundo interior a lo que me rodeaba.

—¿Quién es?

—¡Soy yo, Diana! ¿Te falta mucho? ¡Los demás ya estamos abajo!

—Enseguida bajo. Un momento.

Suspiré para recomponerme y volví al espejo. Me devolvía la imagen a la que ya me había acostumbrado: una chica muy bajita subida a unos tacones excesivos —mis tobillos estaban bloqueados para no poder usar nada más plano—; una melena morena, rizada y brillante, obra de peluquería, porque mi pelo natural era liso y de un marrón corriente; ojos castaños y cejas mínimas, depiladas en un arco perfecto a costa de perder toda expresividad.

El maquillaje estaba impoluto, recién aplicado y a prueba de agua. Más de media hora de trabajo para que no se notase que lo llevaba, solo para cubrir mis imperfecciones. Las mismas que mi marido insistía en que no existían. Lógico: no le dejaba verme sin él. Me despertaba antes y me acostaba después. Si quería sexo —como casi siempre—, lo teníamos, y luego me iba al baño. Mi rostro desnudo era únicamente mío.

Lo peor eran las curvas que me habían dado.

Mis pechitos parecían media pelota de tenis pegada al torso, con una areola que ocupaba casi toda su superficie y un pezón minúsculo en el centro. Ni con frío ni excitada reaccionaban demasiado. Mi cintura era tan estrecha que algunos la creían irreal y me pedían permiso para rodearla con las manos, comprobando sus cincuenta y ocho centímetros.

Y luego estaba el culo.

Ciento treinta centímetros de puro exceso.

Yo era —soy— todo culo. Una chica delgada cuyo centro de gravedad gira alrededor de un trasero gigantesco. Cuando se trataba de ropa de playa, no había manera de que lo de arriba encajara con lo de abajo. Antes adaptaba yo misma la ropa —talla infantil arriba, talla grande abajo—, pero desde que algunas tiendas empezaron a vender las piezas por separado, aunque me costara más dinero, soy un poco más feliz y un poco más segura.

En esas estaba aquella mañana. El tanga no era problema. Como mi culo quedaba al aire, la pieza me encajaba bien. Apenas me apretaba en la cadera, nada que no pudiera aguantar durante horas. Pero arriba, el top con relleno no me ceñía. Los sujetadores me gustaban así, porque aparentar más pecho reforzaba mi autoestima. Luego una blusa o una camiseta lo tapaba todo. Aquí no había nada de eso y, al mirarme, veía los pezoncitos sin llegar a tocar la tela.

Diana volvió a llamar:

—¡Carla! ¡Que nos van a quitar el sitio!

—Ya voy, ya voy.

Me resigné y le abrí.

Entró como un torbellino. Era lo contrario a mí: alta, rubia natural, con un pecho grande y caído cuyos pezones apuntaban al ombligo cuando lo llevaba suelto, que no era el caso. Un bikini balconette precioso lo sostenía en una posición baja pero decente. Por abajo llevaba un short en lugar de braguita: la única manera de disimular su jaula de castidad permanente.

—¿Por qué tardas tanto?

—Es que esto no me queda bien. ¡Se me ve todo!

Me miró con las manos en las caderas. En sus ojos había broma y una pizca de fastidio fingido. Solo las que la conocíamos sabíamos interpretarla, porque su rostro apenas se movía. No necesitaba maquillaje: tenía la belleza etérea de una muñeca de porcelana. Incluso en momentos de sufrimiento o de alegría, su abanico de expresiones era mínimo.

—¡Pero mira que eres tonta! Para que alguien se diera cuenta de eso tendría que estar justo encima de ti, a la altura de tus propios ojos. Desde delante o desde detrás no se te ve nada —me lanzó el pareo que había dejado junto a la cama—. ¡Ponte eso, coge tu bolsa de playa y mueve ese culazo que la vida te ha dado!

—La vida no. El Instituto.

Las dos nos pusimos serias un instante. Hacía tiempo que ese nombre ya no nos provocaba escalofríos.

Me até el pareo al estilo toga y salimos. Era la primera vez que dejábamos la ciudad desde que nos habían convertido en lo que éramos, y todo nos parecía nuevo, bonito y luminoso.

Como era habitual —hasta el punto de que lo raro habría sido lo contrario—, atraíamos miradas. De hombres, sobre todo, pero también de mujeres. Una rubia delgada y exageradamente pechugona —esa mañana, además, con pamela de paja y gafas de sol enormes para proteger su piel blanca— y una morena de pelo rizado, que no podía recogerme por diseño, con un culo que parecía triplicado, bamboleándose al ritmo de mis sandalias de tacón cuadrado.

Y eso que no había venido Vera, cuyos enormes globos eran un imán no ya por deseo, sino por puro exceso físico.

Cuando llegamos a la playa, nuestros maridos ya estaban allí. Habían alquilado varias sombrillas para todo el día, una ventaja de su poder adquisitivo. Para ellos, aquella escapada era tan modesta que, cuando Diana y yo se la propusimos, al principio no nos creyeron. Respetaron el destino y la forma de viajar, pero nos impusieron un hotel mejor y un poco más de lujo. En el fondo, les hacía ilusión mezclarse con gente común y dejar los negocios a un lado.

Mi hombre, Andrés, era rico desde la cuna. Se dedicaba a comerciar con arte y, sobre todo, a patrocinarlo. Así lo había conocido, hacía ya dos años, en un concierto de música clásica que por aquel entonces estaba empezando a descubrir que me gustaba. Era algo mayor que yo, acabando ya la treintena a la que a mí aún me faltaba un poco para llegar.

Tuve que enseñarle cómo se me amaba. Era demasiado entregado, esperaba algo de mí que no le podía dar. Cuando le entró en su dura cabezota que tenía que usarme sin miramientos, todo fue mejor. Desde entonces había mejorado mucho. Igual hasta se había venido demasiado arriba, pensé con media sonrisa.

El de Diana, Esteban, era un directivo de la empresa en la que ambas trabajábamos. Ella, de recepcionista, con su rostro perfecto y su sonrisa de Gioconda recibiendo a los visitantes; yo, repartiendo correo y paquetería con mi carrito, subida a mis tacones torturadores. Rondaría los cincuenta y, aunque se conservaba bien, las canas ya invadían su perilla y sus sienes. Una incipiente barriga le restaba atractivo a mis ojos, pero no a los de mi amiga, que le encontraba utilidad para sentarse encima y cabalgarlo. Tenía que admitir que sus ojos verdes eran hipnóticos.

Lo peor de él era la posibilidad de que hubiese sido quien pagó para convertirla. No estaba claro y, aunque a Diana no le importaba —incluso le parecía ominosamente romántico—, a mí me inquietaba. Además, su transformación había sido más barata que la mía. La paralización de movimientos y la conservación de sus antiguos genitales, aunque atrapados, no costaban lo mismo que hacerlos casi desaparecer, como en mi caso, sumado a todo lo demás. Quienquiera que hubiese contratado mi conversión —antes o después lo descubriría— parecía decidido a que mi vida fuese lo más complicada posible, llena de limitaciones físicas y sociales.

Por ejemplo, solo podía llevar faldas a no más de medio muslo, y mejor cuanto más cortas. Cualquier prenda más larga me provocaba un sarpullido casi inmediato y un malestar que no estaba dispuesta a explorar hasta el final.

Ambos hombres mantenían una animada conversación cuando llegamos. Para venir de mundos tan distintos, encajaban bien.

—¿De qué habláis, chicos? —pregunté al acercarnos.

—De… negocios —respondió Esteban, improvisando.

—¡Seguro que no! —intervino Diana mientras extendía la toalla sobre la hamaca y empezaba a sacar cremas de la bolsa—. Están hablando de nosotras. Se les ve en la cara.

—Pues es cierto —dijo Andrés con su voz grave, esa que siempre me hacía preguntarme por qué me había elegido a mí, cuando podría haber tenido a cualquier modelo pechugona—. Pero no creo que quisierais saberlo…

—¿Cómo que no? —me planté delante de ellos, manos en las caderas—. No nos vais a asustar. ¿Verdad, Diana? Os recuerdo que sabemos que nuestra labor principal en la vida es daros placer.

—¡Cómo odio cuando te reduces a eso! —me dijo él—. ¡Eres mucho más! No es solo tu trabajo, es toda la vida que te has construido y…

—Sí, ya —lo interrumpí—. Todo está alrededor. Pero tú sabes —le cogí las manos y lo miré fijamente— que si no puedo darte eso, me pasa lo que me pasa: noches sin dormir, ansiedad, malestar. Es quien soy. Y no me arrepiento.

Le besé profundamente y noté cómo empezaba a excitarse. Hacía mucho que le tenía cogido el truco.

Diana, mientras tanto, se estaba aplicando crema protectora total en rostro, brazos y piernas. Su piel no toleraba bien el sol directo. Aun así, acabaría cogiendo un leve tono dorado que desaparecería en pocos días. Me daba envidia su belleza y, al mismo tiempo, me inquietaba lo que representaba.

Yo, con mi factor 8, estaba bien, salvo en las tetitas y el pubis, que permanecían siempre blancos. Las primeras, porque el contraste las hacía parecer ligeramente mayores. El segundo, porque mostrarlo requería demasiadas explicaciones en público. Mi micropene insensible era solo eso: algo para orinar. Nada más. No lo cubría por pudor. No había nada ahí que me definiera.

Mi sexo estaba en otro sitio.

Arriba, en la boca.

Y abajo, en el culo.

Y ya.

Por eso, cuando alguien me veía desnuda, las manos se me iban a los pezoncitos y a las nalgas. Las mismas que ahora lucía sin vergüenza, con la mínima tira del tanga atrapada entre las cachas dándome una absurda sensación de seguridad.

—Venga —dijo Diana, sentándose frente a su marido para que le diera crema en la espalda—, ¿nos contáis de una vez de qué hablabais o tenemos que imaginarlo?

—Seguro que estaban apostando a ver quién se ponía en topless antes —añadí yo.

—¡Pues lo llevan claro! —respondió ella—. Las mías no son para enseñarlas. No me apetece que vean cómo caen hasta el ombligo. Si acaso, en privado… ¡Ojalá las tuviera como tú!

—Entonces no me gustarían —intervino Esteban—. Me vuelven loco así, tan grandes y tan bajas. Para mí son perfectas. Cuando estamos… bueno… cuando estamos…

—Follando, cariño. No te cortes —dijo ella con naturalidad.

—Eso. Cuando estamos follando, según la postura, chocan entre sí con ese sonido tan… —se quedó a medias, sonriendo—. Además, sé que te dan placer.

—Algo —admitió ella—. Al menos tener un poco de eso, ya que no puedo correrme.

—Yo tampoco voy a enseñarlas —intervine, sacándola de ahí—. Son demasiado pequeñas y demasiado sensibles. Me dan vergüenza siempre, pero más en público. Y sí —señalé a Andrés—, ya sé que a ti te vuelven loco, pero no significa que no las cambiase por las de esta…

—No sabes lo que dices —me cortó Diana.

—Así podría seducir de frente —continué como si nada—, y no siempre por detrás. Que tú te enteras de quién te mira, pero conmigo lo hacen cuando ya he pasado y no tengo ojos en la nuca.

—Vale —dijo Andrés—. Pues con todo lo que habéis dicho… ¿estaríais dispuestas a mostraros desnudas para nosotros? No ahora —añadió rápido—. Esta tarde, en la habitación.

Nos miramos y rompimos a reír.

Podía ser divertido.

***

Así llegamos a la tarde, tras un día divertido en que, además de nadar un poquito —ni ella ni yo estábamos cómodas entre las olas, aunque fueran pequeñas—, leímos, jugamos con las palas atrayendo demasiadas miradas —la tetona y la culona recogiendo la pelotita de la arena más veces de las que puedo recordar— y comimos en el chiringuito.

Ellos disfrutaron unos espetos y un buen postre, mientras que yo, salivando, me conformé con una ensalada y con mentir diciendo que no tenía hambre. Otra de mis maldiciones era que, si me pasaba comiendo, todo me iba al culo y, lo peor, no se iba. Ciento treinta centímetros ya eran demasiados como para jugar con fuego.

Los cuatro subimos a la suite que compartíamos Andrés y yo. No había tenido tiempo de ducharme, así que mis rizos estaban más encrespados que de costumbre. Me había retocado el maquillaje para estar impoluta, algo que no podía evitar. Mientras, por Diana parecía que no pasaban ni la sal ni la arena. Un leve toquecito rojo de sol debajo de los ojos era todo lo que se había traído de la playa.

Ellos se sentaron en la cama y nos miraban. Nosotras, en cambio, estábamos tranquilas. Nos habíamos visto mil veces la una a la otra en los tiempos del Instituto, cuando nos conocimos recién transformadas, cuando no sabíamos ni qué hacer con esos cuerpos que aquella tecnología tan avanzada que casi parecía magia —me la habían explicado y seguía sin comprenderla— nos había dado. El mío se parecía a una versión más menuda y de hombros estrechos de lo que había sido, pero ella ni siquiera se reconocía. Habían sido más liberales con su reconstrucción «barata», si eso era posible.

Sin esperar a que nos lo pidieran, mirándonos de nuevo con una sonrisa cómplice, nos quitamos los bikinis y su short, que cayeron al suelo con ruido de ropa mojada.

A los dos se les abrieron tanto los ojos que nos dio por reír, esta vez abiertamente. Sus tetas se movían con cada carcajada. También las mías, más rápidas, más nerviosas. También lo hacía mi carajito inerme, para siempre blando, mientras que el de ella, aprisionado, estaba inmóvil.

Las miradas de ellos iban de la una a la otra. Me fijé y me pegué más, para que pudieran contemplarnos con menos giro de cabeza. Diana estaba descalza. Mis tacones nos dejaban casi a la misma altura. Sus ubres nacían después de que las mías, que tenían una ubicación bastante estándar —aunque tan separadas que nunca tendría un canalillo—, hubieran acabado, y caían en toda su gloria.

Casi al unísono, levantamos los brazos y giramos sobre nuestro eje. Un momento más tarde eran los dos traseros los que atraían su atención. El suyo, duro y contenido. El mío… Diana, como otras veces, le dio un manotazo hueco que resonó en la habitación y lo hizo agitarse como gelatina.

—¡Eh! —protesté.

—¡Para que miren más a gusto!

Ambos nos habían comparado. Desnudas, nos sentamos en las dos sillas que había: la del tocador y la del escritorio.

—¿Veredicto? —pregunté.

—¡Culpables! —dijo Esteban, algo enrojecido por la situación y la excitación que le producía.

—Contadnos algo sobre vuestra sexualidad —pidió Andrés—. Cada uno conoce la de su chica, pero así aprendemos la de la otra.

—¿De verdad? —le dije.

Dejó de ser una situación pícara y divertida. Ya era humillante tener el cuerpo que me habían dado —aunque lo aceptase en confianza— como para encima hablar ante un desconocido de lo que más me había costado entender y asumir de todo el cambio.

—Venga, ya empiezo yo —se decidió mi amiga, dándome un toque en el brazo para tranquilizarme. Se lo agradecí, aunque ella no lo había pasado mejor.

Inspiró, se sentó recta, con sus tetazas apoyadas en los muslos, y empezó a hablar:

—Desde que me desperté como mujer hace cuatro años, no he tenido un orgasmo jamás. Sin embargo, los añoro cada día. Mi forma de dar placer es con la boca y con el culo. Ninguna de las dos cosas me resulta especialmente placentera, pero cuando es mi hombre el que lo hace, sobre todo por detrás, a veces creo que estoy a punto… pero nunca llego. Hace tiempo que aprendí que es inútil intentar tocarme en lo que un día fue mi pene. A veces, si me excito mucho, quiere ponerse duro, pero esto que me pusieron tiene pinchos por dentro y… bueno, os podéis imaginar la sensación. Así que he aprendido a vivir mi excitación de otra manera.

Suspiró al acabar. ¿Por qué nos hacían esto? ¿Se excitaban o tenían algo más planeado?

—Yo vivo excitada —le tomé el relevo—. Una caricia, incluso una mirada, si es de la persona adecuada, me pone a cien. Tengo un montón de puntos erógenos: la cara interior de las muñecas, el cuello, las orejas, el cuero cabelludo, gran parte de la espalda… y mis tetitas. Me gusta tanto que me las manipulen que parece que me voy a correr. Por supuesto, eso nunca llega. Por diseño, no me puede llegar.

Noté el calor en la cara, pero seguí:

—Al principio me costó, pero ahora lo entiendo: si tuviera orgasmos no me concentraría tanto en entregarme a mi amante. Conmigo puedes estar seguro de que te daré tanto placer como sea capaz de sacarte. He aprendido que solo así obtengo yo satisfacción. No es física, claro, que esa la tengo vetada, sino mental —estaba roja de la vergüenza de explicar cómo funcionaba en un nivel tan íntimo ante Esteban—. Cuando se han corrido en mí, durante un rato, a veces minutos, a veces horas, tengo paz interior. Luego todo el ciclo vuelve a empezar —miré a mi chico—. ¿Recuerdas lo que te dije cuando empezamos a salir formalmente?

—Que tenía que follarte cada día de mi vida.

—En efecto. Culo o boca, pero tenías que usarme para que te diera placer. En fin, ¿a dónde queréis llegar con todo esto?

—Esta mañana nos estábamos planteando —continuó Andrés— cómo es tener sexo con la otra. Por eso queríamos primero entenderos mejor.

—¿Qué? —gritamos las dos a la vez. Luego nos miramos, con más curiosidad que horror.

—¿Habláis en serio? —se quiso convencer Diana.

—Solo si queréis —respondió Esteban.

Nos apartamos las dos e intercambiamos unas rápidas opiniones. Ambas estábamos de acuerdo en lo esencial:

—Lo podemos pensar —dije, como portavoz—, pero no será hoy, ¿vale?

Pareció bastarles. Diana se vistió y salieron. Nos veríamos para la cena. Yo, todavía desnuda, crucé los brazos debajo de mis pechitos y miré muy seria a mi marido.

—Se nos ha ocurrido —dijo, a la defensiva—. Lo mejor era preguntaros.

—Lo primero, hay otras formas de preguntar. Lo segundo, me has puesto cachondísima haciéndome contar lo que me gusta. Esto no puede quedar así.

Nada en mi cuerpo lo indicaba: no había erección, no había pezones puntiagudos, solo un leve enrojecimiento de las mejillas y una respiración un tanto más superficial.

—Pero vamos a llegar tarde a cenar —se lamentó.

—Pues tendrás que correrte rápido, porque de aquí no salimos hasta que me llenes de leche.

Suspiró, pero ambos sabíamos que no era una queja. Estaba más que dispuesto.

Desde fuera, quizá se oían mis gemidos.

Dentro, durante un rato, había paz.

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Comentarios (5)

SoldeVerano_q

que relato, me dejo sin palabras. excelente!!!

CintiaRV

Por favor seguí con esto, hay algo en la historia que te engancha desde el principio y quede con ganas de saber como termina todo.

LolaVega_88

Ese primer parrafo frente al espejo ya me atrapó. Pocas veces un relato me hace sentir tan dentro de la piel del personaje.

Marcelo_BA

Increible!!! Muy bueno

GabiLect

Me gusto que no sea un relato explícito sino mas bien sensible. Se agradece cuando la historia tiene profundidad, no solo accion.

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