La segunda vez que fui mujer para Damián
Antes de empezar quiero darles las gracias a todos los que leyeron mi primer relato. A Martín_85, a Lucero del Sur, a gatito_curioso y a Renato, gracias por tomarse un minuto para dejarme un comentario. No saben cuánto lo aprecio. Como les prometí, ahora les voy a contar lo que pasó después.
Cuando llegué a casa aquella madrugada dormí unas horas más. La verdad es que la cola me dolía bastante, pero, por raro que suene, lo disfrutaba. Cada punzada era un recordatorio del motivo, de todo lo que ese dolor significaba. Ya no podía seguir negándome a mí misma lo que era, lo que me gustaba. Ese ardor era la prueba de una verdad que iba a marcar mi vida para siempre.
Me desperté tres horas después con la cabeza llena de planes. Imaginaba mil formas de empezar a cambiar las cosas, de acomodar mi vida para vivirla por fin como yo quería. Estaba perdida en esas ideas cuando sonó el teléfono. Era Damián, claro.
—Te invito a comer —me dijo, así, sin rodeos.
—Es muy temprano para que salga de casa vestida —le contesté.
—Entonces vente a la mía y te cambias acá. Dejo la puerta abierta.
Muchos dirán que soy complicada, pero no quería que me viera como chico. La sola idea me revolvía el estómago. Él, que siempre tenía una solución para todo, me propuso que llevara mis cosas, que entrara cuando él aún no hubiera llegado y me arreglara con calma. Quedamos en que le avisaría al salir y él se iría un rato antes para dejarme la casa sola.
Esa facilidad suya para resolverlo todo me hizo darme cuenta de algo. Damián no solo había sido el primer hombre en mi vida en el sentido sexual. Era, además, el primer hombre del que me enamoraba. Mariposas en el estómago, así se dice, ¿no? Pues exactamente eso.
***
Preparé una maleta con todo lo necesario y me metí a la ducha. Me revisé centímetro a centímetro para que no quedara ni un vello fuera de lugar. Después me puse un sostén rosa con un cachetero a juego. Como siempre, me ayudé con una cinta al frente para que no se notara nada, reforzándola un poco más de lo normal: con la excitación que ya empezaba a sentir, no quería arriesgarme a que algo se liberara de su prisión. Lo más lento fue ajustar la faja. Encima, para salir a la calle, me eché una sudadera holgada y un pantalón deportivo. Tomé mis cosas y me encaminé a casa de mi amado Damián.
Tal como acordamos, le avisé, y al llegar la puerta estaba abierta. Entré y fui directo al cuarto. Me quité el pantalón y me puse una playerita blanca con una gatita rosa estampada al frente, una minifalda de mezclilla y unas zapatillas color café de catorce centímetros de tacón con plataforma de cinco. Me maquillé con calma, me peiné y me puse los mismos aretes de la noche anterior. Un toque de perfume y estaba lista para recibir a mi hombre.
Lo llamé para avisarle. Me dijo que no creía que estuviera tan pronto y que tardaría una hora en llegar. Me preguntó qué quería comer y le dije que lo que él eligiera estaba bien. Después de todo, yo quería comer otra cosa.
Me senté en la sala, pero mi cabeza no se quedó quieta. Empecé a fantasear con ser la esposa de Damián y, sin darme cuenta, me puse a recoger la casa. Acomodé lo que estaba fuera de lugar, lavé los trastes, jugué a ser ama de casa. Estaba extasiada en mi papel, dándole rienda suelta a mi fantasía de una vida entera siendo su mujer. Él llegó justo cuando yo tendía la ropa que acababa de sacar de la lavadora.
***
Damián me miraba desde la puerta del patiecito de servicio, divertido, mientras yo terminaba mis labores. Me saludó. Me asusté y me sorprendí a partes iguales, pero lo único que de verdad me incomodó fue que no llevaba los tacones puestos. Él se acercó, me tomó por la cintura y me besó. Un beso largo, profundo, su lengua explorando mi boca y bailando con la mía. Nos separamos despacio mientras me mordía el labio inferior.
—Eres una buena esposa —me dijo, y entendí que había captado perfectamente con qué estaba fantaseando.
Esas palabras me pusieron a mil. Esta vez fui yo la que le pidió que me llevara al cuarto. En el camino él perdió la camisa y yo la falda. Me tocaba las nalgas con autoridad, sin pedir permiso, dejando clara su forma de mandar sobre mí. Y yo me sentía completamente suya.
Nos tumbamos en la cama, él encima. Me besaba el cuello, me acariciaba las piernas, me apretaba el trasero mientras yo me aferraba a su espalda y le recorría el pecho con los dedos. Cada caricia me arrancaba un gemido bajito. Me quitó la playerita, corrió el sostén a un lado y empezó a chuparme los pezones, a mordisquearlos despacio. Yo gemía y, al mismo tiempo, le bajaba el pantalón para acariciarle el sexo. Lo masturbé hasta sentirlo duro entre mis dedos.
Entonces me hizo girar para quedar de frente a mi entrada. Me deslizó el cachetero hacia abajo con cuidado y me metió un dedo, jugando con la apertura. Notó enseguida que seguía irritada de la noche anterior, así que se untó vaselina y volvió, explorando mi interior, curvando el dedo como pequeños ganchos que rozaban mis paredes. Después un segundo dedo. Después un tercero. Me molestaba un poco, pero la excitación se apoderó de mí otra vez, aunque esta vez mi parte de chico ya no respondía. Todo era placer, puro placer.
Cuando consideró que estaba lista, me empujó suave hacia adelante y me dejó en cuatro patas, igual que la primera noche.
—Todavía me duele —le advertí.
Volvió a ponerme vaselina, pero esta vez no fue más delicado.
—Para eso eres mi mujer —murmuró, y me penetró de un solo golpe.
Grité. De dolor y de placer al mismo tiempo. La idea de ser suya me encendía de una forma que no sabía explicar. Sentí de nuevo su sexo abriéndome en dos, entrando con fuerza. En vez de retroceder, levanté más la cola y empecé a moverme por instinto, hacia adelante y hacia atrás, buscando ayudarlo. Él llevaba el ritmo, las manos firmes en mis caderas, subiendo poco a poco la fuerza y la velocidad.
—Eres mía. Mi mujer, mi esposa —me repetía al oído mientras me jalaba hacia él.
Yo gemía como loca. Me llegaba hasta el fondo y ya no aguantaba más; me dejé caer sobre la cama, gritando. Él siguió bombeando un buen rato sin bajar la intensidad, guiándome el trasero con las manos para que dibujara círculos que me hacían sentirlo entero en los puntos más profundos.
Me apretaba las nalgas mientras yo intentaba apretarlo a él contrayendo los músculos. Cada vez que lo lograba, una descarga eléctrica me subía por la espalda y me arqueaba, lo que me dejaba aún más clavada en él. Sentí que me humedecía de nuevo. Era excitación en estado puro, un morbo inmenso que me tenía presa.
—Qué buena esposa eres —me decía—. Una buena putita.
Y se hundía más y más en mí. No podía parar de gemir, como una gata en celo, hasta que empecé a temblar por un orgasmo enorme, perfecto. Solo podía pensar en volver a sentir su calor dentro de mí, y así fue poco después: noté cómo me llenaba por completo, caliente. Ese fue el último gemido que solté, feliz de haber satisfecho a mi hombre tanto como él me satisfizo a mí.
Se quedó dentro un momento, jadeando, recostado sobre mi espalda. Esperó a aflojarse del todo antes de salir, y sentir cómo pasaba de estar firme a su tamaño normal me dejó una sensación maravillosa, casi tierna. Después nos abrazamos y nos quedamos dormidos. Antes de cerrar los ojos le confesé que lo amaba. Él solo me respondió con una sonrisa y un beso, pero me bastó para quedarme tranquila.
***
Sobra decir que la cola me quedó muy lastimada, aunque satisfecha. Me costó unos días recuperarme, pero apenas pude, volví por más.
Después de ese segundo encuentro empecé a comportarme de forma más femenina incluso cuando andaba como chico. Algunos amigos se alejaron de mí, pero hice otros nuevos, gente con mis mismos gustos. Digamos que también salí del clóset en mi entorno social. Y mis visitas a casa de Damián se volvieron cada vez más frecuentes: fines de semana enteros, a veces hasta entre semana.
Con el tiempo nos convertimos en una pareja estable, y eso multiplicó nuestros encuentros. Fue él quien me sugirió que empezara a usar hormonas, pero esa ya es otra historia. Espero que les guste este relato. Gracias por leerme. Besos.