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Relatos Ardientes

El cuarto cerrado despertó a la mujer en mí

Este relato no es como empecé, sino como volví a nacer. Espero que les guste, porque todavía me cuesta creer que de verdad me pasó a mí.

Llevaba ya un par de años sin poder vestirme. Recuerdo la última vez con una claridad que duele: la suavidad de la tela contra la piel, esa sensación que no se parece a nada. Me llamo Daniela Sofía, aunque me encanta que me digan Dani o Sofi. Tengo treinta y un años y vivo de clóset. Me casé hace poco más de dos años y, desde esa fecha, no había vuelto a vestirme ni una sola vez.

Vivo en Guadalajara y, en el trabajo nuevo al que entré, últimamente me ha tocado salir a foráneo. Esto me cayó del cielo, aunque al principio no lo entendí así. Resulta que por mi buen desempeño me empezaron a encargar proyectos más grandes, y un día me avisaron que debía coordinar uno en otro estado. Lo complicado era que tenía que quedarme varios meses fuera. Acepté sin pensarlo demasiado y empecé el traslado.

Conseguí una casa bonita, no muy lejos de donde trabajaría. Me la rentó la señora Renata, una mujer mayor y amabilísima que me la mostró ella misma. Mientras recorríamos los cuartos, me pidió disculpas un par de veces.

—Perdone el desorden —dijo—. No tuve tiempo de acondicionar la casa del todo.

La casa tenía dos habitaciones, cocina, sala comedor, dos baños y medio, un patio chico, zona de lavado y una pequeña terraza. La única condición, por así llamarla, era extraña.

—Como no alcancé a acomodar la habitación principal —me explicó—, le voy a pedir que ese cuarto no lo use. Va a permanecer cerrado durante su estancia, si no le molesta.

—Para nada, señora. No hay problema —contesté, sin imaginar lo que esa puerta guardaba.

***

Por fin llegué a vivir allá. El ambiente del lugar era tranquilo, y mis vecinos, por lo poco que los veía, parecían gente reservada que iba a lo suyo. Las primeras dos semanas fueron pura rutina: trabajo, comida, dormir, repetir.

Cada noche, antes de cerrar los ojos, pensaba en la puerta de esa habitación principal. No por morbo, al menos no todavía, sino por esa curiosidad inocente de saber qué guardaba alguien con tanto cuidado. Pasaba por delante de ella al subir las escaleras y, sin darme cuenta, bajaba la voz, como si adentro durmiera alguien. La señora Renata había sido tan amable que jamás se me ocurrió desobedecerla. Hasta que la soledad y el aburrimiento se juntaron en la tarde equivocada.

Un martes salí del trabajo alrededor de las dos de la tarde. Como todavía no conocía mucho la zona, decidí irme a casa a descansar y quizá más tarde salir a correr, cosa que disfruto muchísimo. Pero llegué y me encontré con un aburrimiento espeso, de esos que no se quitan con la tele.

Empecé a explorar la casa para matar el tiempo. Anduve husmeando por todos lados, abriendo cajones, mirando rincones. En la cocina, dentro de uno de ellos, encontré un manojo de llaves de distintos tamaños. La curiosidad fue más fuerte que yo. Quise saber si alguna abría la puerta de la recámara principal, esa que la señora Renata me había pedido no tocar.

La tercera llave entró y giró con un clic. Lo que vi al empujar la puerta me dejó atónita.

***

La habitación era blanca con rosa, muy bien iluminada por una ventana grande. Pero lo fascinante no era el color. Frente a mí había un arsenal entero de ropa de mujer. De todo: vestidos de mil estilos, faldas, blusas, shorts colgados con orden. Y cajones repletos de lencería de todos los tamaños y colores. Tangas, cacheteros, conjuntos lisos, otros de encaje con flores bordadas.

Al ver aquello sentí un despertar, otra vez, después de tanto silencio. ¿Se imaginan? En cuestión de segundos, Sofi volvía a estar viva dentro de mí. Durante dos años la había empujado al fondo, la había convencido de que ya no existía, de que el matrimonio había cerrado esa puerta para siempre. Y bastó un cuarto lleno de telas para que reapareciera entera, intacta, exigiendo su lugar.

Me acerqué despacio a los cajones y pasé los dedos por la lencería sin atreverme aún a sacarla. La seda se deslizaba bajo mis yemas con una suavidad que casi me hizo cerrar los ojos. Olía a guardado y a perfume viejo, una mezcla extraña que se me quedó grabada. Cada prenda que tocaba era una promesa.

Me quité mi ropa de hombre casi sin pensarlo. Tomé un conjunto negro de encaje, un calzón y un sostén divino, y encima me probé un vestido. Esa sensación me recorrió como una corriente. Tuve una erección que no podía contener, pero respiré hondo y decidí calmarme. Tenía todo el tiempo del mundo. No había nadie que pudiera verme. Por fin estaba sola, viviendo el sueño que llevaba años guardando.

Ya vestida así, abrí otra puerta dentro de la habitación. Supuse que era el baño, y lo era, pero también escondía un vestidor. Allí había más vestidos, y muchas otras cosas: varias pelucas montadas en soportes, una caja llena de juguetes, y tacones que, para mi fortuna, eran casi de mi talla.

Más tarde até cabos. La señora Renata había mencionado de pasada que la última inquilina era una chica que, por un problema con ella, se había mudado a las prisas y no alcanzó a llevarse casi nada. Lo que para esa chica fue una desgracia, para mí resultó un regalo del cielo.

***

El corazón me latía acelerado. No podía dejar de temblar de la emoción. En el baño de aquella recámara había de todo para hacerme brillar: champús, rastrillos, cremas, perfumes. No lo creía. Estaba tan excitada que ni siquiera lograba pensar en qué haría primero, así que me obligué a calmarme y decidí hacer las cosas bien, sin prisas.

Tomé un baño largo. Me depilé entera, con paciencia, sintiendo cómo cada pasada del rastrillo me devolvía a un cuerpo que sentía más mío. Las piernas, el pecho, cada centímetro fue quedando liso bajo el agua tibia, y con cada zona que terminaba me sentía más cerca de ella. No había prisa ni miedo. Por primera vez en mucho tiempo, nadie iba a tocar la puerta ni a preguntarme nada.

Cuando terminé, salí del agua como una nueva yo. Me envolví en una toalla y me quedé un momento de pie, escuchando mi propia respiración. Daniela Sofía había vuelto, y con más fuerza que nunca.

Me apliqué un desodorante con olor suave y me quedé un momento sintiendo la piel limpia, tersa. Después elegí un conjunto: un cachetero con un sostén blanco de florecitas rosas, y me lo fui poniendo poco a poco, alargando cada gesto a propósito.

Luego vino la mejor parte: decidir qué ponerme. Me incliné por un vestido de verano que caía un poco abajo de la rodilla. Lo tomé y fui deslizándolo despacio. El roce de la tela contra mi cuerpo hizo que el vestido y yo nos fundiéramos en una sola cosa. Después elegí una peluca castaña, ligeramente rizada, y me la acomodé con cuidado. Todo esto lo hacía sin mirarme al espejo. Quería dejar el reflejo para el final, como quien guarda el mejor regalo.

Escogí el calzado: unas sandalias de plataforma negras que me quedaron divinas. Por último, el maquillaje. Empecé con una base ligera, seguí con los ojos, un poco de rubor aquí y allá, y los labios al final.

Cuando por fin me vi al espejo, no podía creerlo. Era una mujer hermosa. Aún sin haber hecho una rutina completa, la imagen que me devolvía el cristal era la de Sofi viviendo el sueño que tuvo desde la adolescencia. Esa historia, la de cómo empezó todo, quizá se las cuente después.

***

No aguantaba la emoción. Caminé por toda la habitación sintiéndome entera, mujer de la cabeza a los pies. Para entonces eran cerca de las cuatro y media de la tarde, y ahí mismo tomé una decisión: pasaría todo el fin de semana vestida así, para empezar.

Bajé las escaleras moviéndome distinto, más suelta. Me senté con la laptop a adelantar pendientes del trabajo, solo para descubrir qué se sentía trabajar siendo yo de verdad. Barrí la casa, me preparé algo de comer, hice cosas normales que de pronto se sentían extraordinarias.

Y, por supuesto, fui al baño. Eso último lo disfruté muchísimo. Estar sentada haciendo mis necesidades, como cualquier chica, fue una de las mejores sensaciones de toda la tarde. Cuando terminé, algo dentro de mí pidió un detalle más para sentirme completa, así que decidí que al día siguiente saldría a comprar unas toallas femeninas, solo para vivir el papel hasta el final.

Alrededor de las nueve de la noche me desmaquillé, pero únicamente para hablar con mi esposa por videollamada. Fue raro volver por un rato a la otra piel, sonreír a la pantalla y fingir un cansancio que no tenía. Apenas colgué, supe que era hora de ponerme lo adecuado para dormir.

Encontré una pijama preciosa de color rosa, una especie de blusón de satín que se sentía líquido sobre la piel. Y busqué, claro, un conjunto de lencería bonito debajo. Cualquier chica se quita el sostén para dormir, pero ustedes, las que me entienden, saben que para nosotras dejárnoslo puesto tiene algo de excitante. Así que me puse el conjunto, encima la pijama, y volví a acomodarme la peluca.

Aun así seguía inquieta, con el cuerpo despierto. Rebusqué un poco más en aquellos cajones hasta que decidí ponerme un plug para pasar la noche y el fin de semana entero. Las sensaciones que vinieron después fueron increíbles, de esas que no se olvidan.

Esa noche me dormí sintiéndome más yo que en los últimos dos años juntos. Próximamente les contaré la continuación de este relato, y cómo fue convertirme por completo en mujer durante toda mi estancia en aquel proyecto.

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Comentarios(4)

CamilaSur92

Increible, me llego al alma este relato!!!

ValentinCba

No es solo erotico, hay algo mas profundo aca. Me hizo pensar en lo que todos guardamos escondido. Muy bueno de verdad.

LectorNocturno3

Por favor segui escribiendo, quede con ganas de saber que paso despues!

OscarMdp

buenisimo!!

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