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Relatos Ardientes

Lo que escondía la desconocida del cine nocturno

Venía de una semana imposible en la agencia, de esas que te dejan el cuerpo cansado y la cabeza zumbando. No quería salir de copas ni encerrarme otra vez en casa a mirar la televisión hasta quedarme dormido en el sofá. Necesitaba un sitio oscuro y silencioso donde nadie me pidiera nada.

Así que conduje hasta el viejo cine del centro, ese que aún proyecta sesiones de medianoche para cuatro gatos. Compré unas palomitas que ni siquiera tenía hambre de comer y un refresco enorme, más por costumbre que por sed. La sala estaba casi vacía: conté seis personas repartidas como islas en la penumbra.

Elegí una fila central y me hundí en la butaca. Por fin, pensé. Una hora y media sin tener que hablar con nadie.

Eso creía yo.

Cuando empezaban los anuncios, la vi entrar por el pasillo lateral. Caminaba despacio, sin prisa, como si la sala entera fuera suya. Llevaba una camiseta fina ajustada y unos vaqueros que marcaban cada curva, y se movía con una seguridad que costaba ignorar. No era solo guapa: era de esas mujeres que hacen que se te olvide hasta lo que estabas pensando.

Para mi sorpresa, vino directa hacia mi fila. Pasó por delante de mí, rozándome las rodillas con sus piernas, y al cruzar la mirada me sonrió de una forma que no tenía nada de inocente. Se sentó dos butacas a mi derecha.

Intenté disimular, fijar la vista en la pantalla, pero la miraba de reojo cada pocos segundos. Ella lo sabía. Y le gustaba que lo supiera.

***

La película arrancó y la sala se quedó casi a oscuras, apenas iluminada por el reflejo cambiante de la pantalla. En mitad de una escena tranquila, ella se inclinó hacia mí y me habló en voz muy baja.

—¿No prefieres que me siente a tu lado? Así dejas de torcer el cuello para mirarme.

Me quedé sin respiración. No esperaba tanta franqueza. Sonreí como un tonto y asentí, incapaz de articular nada coherente. Se levantó, se deslizó hasta la butaca de al lado y dejó el reposabrazos del medio levantado.

Su perfume me envolvió enseguida, algo cálido y dulce que se metía por la nariz y bajaba directo al estómago. Su rodilla rozó la mía y no la apartó. Yo tampoco.

—Renata —susurró, tendiéndome la mano con una formalidad que contrastaba con todo lo demás.

—Mateo —contesté, intentando que la voz no me temblara.

—Encantada, Mateo.

Durante unos minutos solo intercambiamos comentarios en voz baja sobre la película, bromas tontas que ninguno de los dos escuchaba de verdad. Y entonces llegó el primer gesto que no dejaba lugar a dudas: su mano se posó sobre mi muslo, tranquila, como si llevara toda la vida ahí.

Me giré a mirarla. Sus ojos brillaban en la oscuridad, divertidos, retándome. Tenía esa expresión de quien sabe exactamente lo que está haciendo y disfruta cada segundo.

Muy despacio, su mano empezó a subir por mi pierna. Centímetro a centímetro, sin prisa, hasta llegar a la tela tensa de mis pantalones. Me palpó la polla por encima de la tela, sopesándola con los dedos, y soltó una risa apenas audible al notar lo empalmado que estaba.

—Vaya. Parece que la película te gusta más de lo que aparentas. Se te marca todo, Mateo. Estás durísimo.

Tragué saliva. No me salían las palabras. En la pantalla seguían pasando luces y sonidos, pero para mí ya no existía nada más allá de su mano y de su respiración cerca de mi oreja.

***

Bajó la cremallera con un cuidado que me puso todavía más nervioso, diente a diente, apenas audible sobre la banda sonora. Metió la mano por la abertura, apartó la tela del bóxer y sacó mi polla al aire. La sentí latir contra sus dedos fríos, expuesta en mitad de la sala. Me rodeó con los dedos cálidos y empezó a moverlos despacio, subiendo y bajando por toda la longitud, apretando en la base y aflojando al llegar al glande, mientras fingía mirar al frente con total naturalidad. Un hilo de líquido preseminal le humedeció el pulgar y ella lo esparció por la punta con movimientos circulares que me hicieron arquear la espalda contra la butaca. Yo me mordía el labio para no hacer ruido.

—Quieto —susurró—. Que no se enteren.

Entonces, sin aviso, se inclinó sobre mi regazo. Sentí su melena caer sobre mis muslos, su boca abriéndose, su lengua rodeando el glande antes de tragarme entero. El calor húmedo se cerró sobre mí ahí mismo, en una sala con seis desconocidos a unos metros. La idea de que cualquiera pudiera girarse me aceleró el pulso de una forma que no había sentido nunca.

Me agarré con fuerza a los reposabrazos, clavando los dedos en la tela gastada. Ella se movía con calma, sin prisa, alternando los labios y la lengua, chupando la punta con succión firme y luego bajando hasta el fondo, hasta que noté cómo mi glande le rozaba la garganta. Sacaba la polla de su boca con un ruido húmedo, obsceno, apenas cubierto por el diálogo de la pantalla, y volvía a metérsela hasta la base. Me lamía toda la longitud, me chupaba los huevos con la boca abierta, y volvía a tragarme otra vez, jugando conmigo como si tuviéramos toda la noche. Sentí una gota de saliva resbalar por la base hasta mojarme los cojones.

—Dios, Renata —dejé escapar entre dientes, casi sin voz—. Me la chupas de puta madre.

Ella gimió con la boca llena y la vibración me subió por toda la polla. Aceleró el ritmo, sujetándome la base con la mano y masturbándome mientras me la mamaba a la vez, coordinada, feroz. Sentí el cosquilleo trepándome desde los huevos y supe que si seguía diez segundos más iba a correrme dentro de su boca.

Se detuvo justo a tiempo. Se incorporó, se limpió un hilo de saliva con el dorso de la mano, me limpió a mí la comisura de la boca con un dedo y me habló al oído con una sonrisa que se notaba en el tono.

—Tranquilo. Esto solo es el principio. Tengo una sorpresa para ti.

La palabra «sorpresa» me retumbó en el pecho y me dejó más duro todavía, sin entender muy bien por qué.

Pasaron unos minutos más de caricias robadas, de manos que no se estaban quietas, de dedos que se colaban por debajo de mi camiseta y me pellizcaban los pezones, hasta que se levantó y me tiró de la muñeca.

—Ven. Al baño. Ahora.

No lo dudé ni un segundo.

***

Salimos de la sala caminando rápido, pegados a las sombras del pasillo, y nos metimos en el baño del fondo, ese que casi nadie usa en las sesiones de madrugada. En cuanto cerró la puerta con pestillo, me empujó contra la pared de azulejos fríos y me besó con un hambre que me dejó sin defensas. Su lengua buscaba la mía, entraba hasta el fondo de mi boca, y yo la sentía sabor a mí mismo, a mi propia polla. Su cuerpo entero se apretaba contra el mío, la cadera moviéndose contra mi bragueta abierta, la polla mía saliendo todavía del pantalón, atrapada entre los dos.

Le levanté la camiseta y le desabroché el sujetador de un tirón. Tenía las tetas pequeñas y firmes, con los pezones oscuros y durísimos. Me agaché y me metí uno en la boca, chupando fuerte, mordiéndole con cuidado, mientras ella me clavaba las uñas en la nuca y me pedía más entre dientes.

—Sí, así, cómemelas, chúpamelas fuerte.

Le desabroché los vaqueros con dedos torpes y empecé a bajárselos, ansioso por sentir más piel. Cuando los tuve a media pierna, me detuve un instante.

Bajo el tejido fino de la ropa interior había algo que no esperaba. Un bulto inconfundible, tenso, marcando el algodón.

Me quedé quieto, con las manos suspendidas en el aire, procesando lo que tenía delante. Renata me observaba con una sonrisa tranquila, sin un gramo de vergüenza, esperando mi reacción.

—Sorpresa —murmuró.

Bajó la ropa interior sin dejar de mirarme. Su polla saltó fuera, gruesa, muy dura, con el glande brillante y una vena marcada recorriéndola por debajo. Por mi cabeza pasaron mil cosas a la vez: dudas, ideas que creía tener claras sobre mí mismo, todo dándose la vuelta de golpe. Pero mi cuerpo, que seguía igual de empalmado que un minuto antes, ya había contestado por mí.

—¿Algún problema, Mateo? —preguntó, rozándome la cadera con la suya, dejando que su polla golpeara la mía.

—Ninguno —respondí jadeando—. Al contrario.

***

Sonrió, y esa sonrisa lo decidió todo. Se frotó contra mí, piel con piel, las dos pollas juntas, arrancándome un gemido bajo que no pude contener. Nos las agarró a las dos con una sola mano y empezó a masturbarnos juntos, la palma cerrada sobre los dos glandes, el líquido preseminal mezclándose entre nosotros. Estaba cálida, firme, viva, y el contacto me prendió de una forma nueva.

—¿Ves cómo encajan? —susurró—. ¿Ves cómo te gusta?

Bajé la mano y la cerré también sobre las dos, imitándola, sorprendido de cuánto me gustaba tener otra polla en la mano por primera vez en mi vida. Era más gruesa que la mía, palpitante, y cada vez que apretaba la base ella soltaba un jadeo ronco contra mi cuello.

Nos besamos otra vez mientras nos acariciábamos el uno al otro, sin prisa y con prisa al mismo tiempo. Ella me agarraba del culo con firmeza, colándome un dedo entre las nalgas por encima de la tela del pantalón bajado, reclamando mi cuerpo como si ya fuera suyo.

—Te la voy a meter —me susurró al oído, sin rodeos—. Te la voy a meter entera y me la vas a pedir tú.

De pronto me hizo girar con suavidad y me apoyó contra el lavabo, doblado hacia delante, con las manos apoyadas en la porcelana. Vi nuestros reflejos borrosos en el espejo manchado de vaho: yo con la camiseta subida hasta el pecho, ella detrás, la polla dura apoyada contra mi culo. Me habló al oído, con la voz ronca.

—Quiero follarte aquí. Ahora. Contigo doblado sobre este lavabo mientras la película sigue ahí fuera.

El corazón me latía contra las costillas. El morbo de saber dónde estábamos, de oír de fondo el murmullo lejano de la sala, me tenía al límite. Asentí sin pensarlo dos veces.

—Sí. Métemela.

Me bajó los pantalones hasta los tobillos. Se escupió en los dedos y me llevó la mano atrás, entre las nalgas. Empezó rodeándome el agujero con el pulgar, mojado, resbaladizo, presionando en círculos hasta que noté cómo la punta cedía. Metió un dedo entero, despacio, curvándolo dentro de mí, y me arrancó un gemido que rebotó en los azulejos. Añadió un segundo dedo. Luego un tercero. Me abría con paciencia, empujando y sacando, hasta que sentí la presión firme de su glande buscando su sitio.

—Relájate —me dijo, posando una mano en mi espalda baja—. Despacio. Empuja hacia atrás cuando yo entre.

Y entró. Despacio, constante, sin pausa. Sentí cómo me abría poco a poco, cómo su polla se abría paso centímetro a centímetro, una mezcla de presión y de algo que no sabía nombrar. Un escalofrío me subió por toda la columna. Apreté los dientes para no gritar y dejé escapar un gemido contenido. Sentí sus huevos rozarme el culo cuando llegó al fondo.

***

Cuando estuvo del todo dentro, se detuvo. Me dejó respirar. Me acarició el pecho por debajo de la camiseta, me pellizcó los pezones, me mordió el cuello con suavidad, y solo entonces empezó a moverse. Primero suave, casi con dulzura, sacando la polla hasta la punta y volviéndola a meter entera, atento a cada reacción mía. Luego, al notarme entregado, con más fuerza. Cada embestida me empujaba contra el borde del lavabo, y yo empujaba hacia atrás buscándola.

—Así, joder —gruñó—. Así me gusta, que la pidas.

El sonido de nuestras caderas chocando, el chapoteo húmedo cada vez que se hundía hasta el fondo, se mezclaba con mi respiración entrecortada y con el eco metálico del baño vacío. La posibilidad de que alguien entrara en cualquier momento no me asustaba: me encendía todavía más. Me imaginaba a un espectador cualquiera abriendo la puerta y encontrándonos así, yo doblado, con su polla dentro, la mía colgando dura entre mis piernas.

Renata me sujetaba por las caderas con las dos manos, marcando el ritmo, clavándome los dedos en la piel, segura de cada movimiento. A veces me la sacaba del todo y volvía a metérmela de golpe, arrancándome un gemido que me tapaba con la mano libre. Yo estaba rendido, temblando, completamente dejado en sus manos, sorprendido de lo bien que me sentía estando así, con una polla dentro por primera vez.

—Dime que te gusta —jadeó contra mi oreja, embistiendo fuerte—. Dímelo.

—Me gusta —gemí—. Me encanta. No pares, joder, no pares.

En un momento dado pasó una mano por delante y me agarró la polla, todavía dura y goteando contra la porcelana del lavabo. Empezó a masturbarme rápido, con el mismo ritmo con el que me follaba, la mano subiendo y bajando por toda la longitud mientras seguía moviéndose dentro de mí. Esa doble sensación —lleno por detrás, sacudido por delante— me hizo perder el último resto de control que me quedaba. Sentí que estaba a punto, que se me contraía todo, que no iba a aguantar mucho más.

—Déjate ir —me susurró al oído, sin dejar de moverse ni de pajearme—. Córrete para mí. Córrete con mi polla dentro.

Y eso hice. Me corrí con una intensidad que no recordaba, chorros gruesos de semen salpicando el espejo, la porcelana blanca, la mano de Renata, mientras ella seguía embistiéndome sin piedad. Apoyado en el lavabo, temblando de pies a cabeza, con la respiración rota. Un segundo después la sentí tensarse detrás de mí, clavarme las uñas en la cadera, contener un gemido ronco y correrse también dentro de mí, en pulsos calientes que noté uno a uno, abrazada a mi espalda mientras vaciaba todo. Se quedó dentro un rato más, apretada contra mí, respirando en mi nuca.

Cuando por fin salió, despacio, sentí un hilo de su corrida resbalarme por la parte interior del muslo. Nos quedamos así unos instantes, agitados, sudados, pegados el uno al otro mientras el pulso volvía poco a poco a la normalidad.

***

Me giré para mirarla. Esperaba quizá incomodidad, prisa por irse. En lugar de eso me besó con una ternura que no encajaba con la brutalidad de hacía un momento, y me apartó un mechón sudado de la frente.

—¿Demasiado para ti? —preguntó, con media sonrisa.

—Ha sido lo más intenso que he vivido —respondí, y era verdad.

Se rió bajito y me besó otra vez. Nos limpiamos como pudimos con papel del dispensador, nos arreglamos la ropa lo mejor que pudimos, entre risas nerviosas, y volvimos a la sala como si nada, todavía con el corazón a mil y con las piernas flojas.

La película seguía exactamente donde la habíamos dejado, como si el mundo hubiera continuado sin enterarse de nada. Pero yo ya no era el mismo que había entrado buscando un sitio oscuro donde no pensar. Me costaba creer lo que acababa de pasar, y al mismo tiempo tenía una certeza clarísima: quería volver a verla, quería repetir, quería entender mejor esa parte de mí que Renata acababa de despertar de golpe.

Antes de sentarse otra vez a mi lado, se inclinó y me habló al oído por última vez.

—La próxima vez —murmuró— eliges tú el sitio. Y que sea aún más arriesgado.

Sonreí en la penumbra, con el corazón todavía acelerado y la promesa repitiéndose en mi cabeza mientras los créditos quedaban aún lejos. Quién me iba a decir que una sesión nocturna vacía, a la que había ido huyendo de todo el mundo, terminaría enseñándome más sobre mí mismo que cualquier semana de trabajo.

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Comentarios(8)

CarlosNK47

que bueno!!! me atrape desde el primer parrafo, no pude parar

curiosito77

y despues que paso?? por favor una continuacion, me quede con ganas de saber mas jaja

TatiRosa

me recordo a una situacion parecida, esa tension con alguien desconocido en un lugar casi vacio... muy bien descripto

RosarioPink

esa sonrisa que prometia problemas jajaja, uno ya sabe de que tipo son esos problemas. muy bueno

Fer_Mdq

para leer de noche y solo, perfecto!! sigue asi

NocheCinefilo

increible, me sorprendio bastante. un 10 sin dudas

Aldana_7

la ambientacion del cine la trabaja muy bien, ese momento de tension antes de que todo cambie es lo mejor del relato. uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Sebas_Nqn

"la sesion mas vacia para estar solo"... hasta que llega alguien jaja, clasico. muy buen arranque

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