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Relatos Ardientes

El barman supo que yo era una mujer trans

El primer atardecer en la isla nos encontró todavía con la sal pegada a la piel. Selena y yo habíamos pasado la tarde entre la arena y las olas tibias del Caribe, y el cielo se deshacía en franjas naranjas y violetas sobre un mar que parecía de cristal. Volvimos a la villa de la posada con los bikinis húmedos y los cuerpos bronceados, riéndonos de las miradas que nos habíamos llevado durante el día.

—Yo voy a buscar al de seguridad —dijo Selena mientras se soltaba el pelo frente al espejo—. Llevo todo el día pensando en cómo me miró esta mañana.

Yo me reí, pero ya sabía a quién quería buscar. Desde que llegamos, el barman del chiringuito de la playa me había estado sirviendo cosas que yo no pedía, siempre con esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que provoca.

—Yo tengo otros planes —contesté.

Me metí a la ducha, me afeité con calma y me puse un vestido negro ceñido que marcaba las curvas que las hormonas me habían regalado en los últimos años. Me perfumé con una esencia tropical, de coco y algo cítrico, y me miré una última vez. Esta noche no voy a esperar a que alguien adivine nada.

***

El bar estaba a unos pasos de la orilla, iluminado con guirnaldas de luz cálida y bañado por una música reggae lenta que se mezclaba con el sonido constante de las olas. Él estaba detrás de la barra, secando un vaso, y levantó la vista en cuanto crucé la arena.

Se llamaba Darío. Era moreno, alto, de unos treinta y tantos, con los hombros anchos y una camisa de lino abierta que dejaba ver un torso firme. Tenía los ojos oscuros y una manera de mirar que no disimulaba nada.

—Volviste —dijo, y ya me estaba sirviendo un ron con coco sin preguntar—. Sabía que ibas a volver.

—¿Tan seguro estabas? —Me apoyé en la barra, dejando que el vestido hiciera su trabajo.

—Llevo dos días sirviéndote tragos que no pediste. Algo me decía que esta noche ibas a venir por algo más que un ron.

Sostuve el vaso frío entre las manos y le sostuve también la mirada. No quería juegos a medias.

—Quiero conocerte mejor —dije—. Y quiero que sepas algo antes, para que decidas tú.

Lo dije sin bajar la voz, sin pedir perdón. Le conté, en pocas palabras, que soy una mujer trans. Esperé el segundo de duda, el cambio en la expresión que tantas veces había aprendido a anticipar. No llegó.

—Ya me lo imaginaba —respondió, encogiéndose de hombros con una sonrisa—. Y sigues siendo lo más bonito que ha pisado esta playa en toda la temporada.

Algo en mi pecho se aflojó. No era la respuesta que me daban siempre, y por eso me gustó todavía más.

***

La conversación fluyó fácil, entre coqueteos y silencios cargados. Cuando el último cliente se marchó, Darío bajó la persiana de caña del chiringuito y apagó la mitad de las luces. Me tendió la mano por encima de la barra.

—Ven. Hay una cabaña atrás. Más privada.

Lo seguí por un pasillo de madera hasta una pequeña estancia con una hamaca, un sofá bajo y una ventana abierta al mar. El aire entraba salado y tibio. En cuanto la puerta se cerró, la tensión que habíamos acumulado durante dos días se volvió imposible de ignorar.

Me besó despacio al principio, sosteniéndome la cara con las dos manos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Luego me apoyó contra la pared de madera y el beso se volvió otra cosa: más hondo, más hambriento, su lengua buscando la mía con una urgencia que me arrancó un suspiro.

—Hueles a coco —murmuró contra mi cuello, bajando los labios por mi clavícula.

—Me puse el perfume pensando en ti —confesé.

Sus manos encontraron la cremallera del vestido y la bajaron sin prisa, dejando que la tela cayera al suelo. Se quedó mirándome un instante, y en esa mirada no había nada parecido al reparo. Solo deseo.

—Eres preciosa —dijo, y la palabra me caló más que cualquier caricia.

Le abrí la camisa botón a botón y pasé las palmas por su pecho, sintiendo cómo respiraba más rápido. Cuando le solté el cinturón y bajé la mano, lo encontré ya duro, grueso y caliente bajo mi palma. Él dejó escapar un gruñido ronco.

—Despacio —pidió, medio en broma—. Que llevo dos días así por tu culpa.

***

Me levantó como si no pesara nada y enroscó mis piernas alrededor de su cintura. La pared fría me sostenía la espalda mientras él me besaba el pecho, los hombros, la garganta. Sentí la punta de su verga buscándome, y separé más las piernas, ofreciéndome.

—¿Así? —preguntó, mordiéndome el labio.

—Así —respondí—. Pero suave al principio.

Y fue suave. Entró con cuidado, con una embestida lenta que me arrancó un gemido largo. Mi cuerpo se abrió a él poco a poco, el ardor inicial convirtiéndose en una corriente de placer que me subía por la espalda. Me aferré a sus hombros y enterré la cara en su cuello mientras él encontraba un ritmo, hondo y firme, que hacía temblar la madera de la cabaña.

—Dime si voy bien —jadeó.

—Más —fue todo lo que pude decir—. No pares.

El sonido de nuestros cuerpos se mezclaba con el de las olas al otro lado de la ventana. Él me sujetaba por las caderas, marcando cada embestida, y yo le clavaba las uñas en la espalda sin poder contenerme. La brisa entraba por la ventana y me erizaba la piel, y aun así sentía el calor de su cuerpo en todas partes.

—Date la vuelta —me pidió al oído, con la voz ronca.

Lo hice. Apoyé las palmas en la pared y arqueé la espalda, y él me sostuvo por la cintura mientras volvía a entrar, esta vez más hondo, más lento, saboreando cada centímetro. Me besaba la nuca, los hombros, susurrándome cosas que se perdían entre el reggae lejano y mi propia respiración entrecortada.

—Así, justo así —jadeé, empujando hacia atrás para sentirlo entero.

Cuando sentí que estaba al borde, me apretó contra él y se vino con un gemido ahogado, su frente pegada a mi nuca, las dos respiraciones rotas.

Nos quedamos así un momento, todavía unidos, riéndonos en voz baja de lo desesperados que habíamos estado.

***

Me llevó al sofá bajo y me tumbó con una delicadeza que contrastaba con lo de antes. Se arrodilló frente a mí y me besó los muslos, subiendo despacio, dibujando círculos con la lengua sobre mi piel. Cada beso era una promesa, y yo me retorcía bajo él, suplicando con la cadera lo que no me atrevía a pedir en voz alta.

—Eres impaciente —se rio, soplando suavemente sobre mi piel húmeda.

—Y tú un cruel —contesté entre risas y suspiros.

Cuando me tomó por completo en su boca, eché la cabeza hacia atrás y se me escapó un gemido que debió oírse hasta la orilla. Su lengua, sus labios, el calor de su garganta: todo conspiraba para dejarme sin aire. Le hundí los dedos en el pelo, marcando un ritmo, y él me siguió sin protestar, mirándome desde abajo con esos ojos oscuros que no se apartaban de los míos.

—Voy a... —alcancé a avisar.

—Hazlo —murmuró él, sin detenerse.

El clímax me sacudió de pies a cabeza, una ola larga que me dejó temblando sobre los cojines. Darío subió hasta mi boca y me besó con una ternura que no esperaba, compartiendo el sabor de aquel momento como si fuera lo más natural del mundo.

***

Después nos quedamos enredados en el sofá, su brazo bajo mi nuca, los dos cubiertos de sudor y de sal. La lámpara baja teñía la cabaña de un tono ámbar, y por la ventana entraba el rumor incansable del mar.

—No sueles ser tan directa, ¿verdad? —preguntó él, acariciándome el costado.

—No —admití—. Pero me cansé de esperar a que la gente decidiera por mí. Esta vez quise decidir yo.

—Me alegro de que hayas decidido entrar a este bar.

Nos besamos otra vez, despacio, sin la urgencia de antes. Había algo casi tierno en la manera en que me sostenía, como si quisiera que aquello durara más de una noche de isla.

Hacia las nueve, agotada y feliz, recogí el vestido del suelo y me vestí mientras él me miraba desde el sofá con una sonrisa perezosa.

—¿Mañana? —preguntó.

—Mañana —prometí, robándole un último beso.

Crucé la arena tibia de vuelta a la villa, con el cuerpo todavía vibrando y el pelo revuelto por la brisa. Sabía que Selena tendría su propia historia que contarme, y que pasaríamos lo que quedaba de la noche entre risas, comparando detalles y planeando los días que aún teníamos por delante en el Caribe. Pero, por primera vez en mucho tiempo, lo que más me importaba no era lo que había pasado, sino cómo me había sentido: deseada exactamente por lo que soy.

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Comentarios(5)

Cande_Mza

tremendo relato!! me dejo con ganas de saber como termino la noche

Viajera_Sola

Quedé enganchada desde el primer parrafo. Por favor una continuacion, ese final me mato jaja

NachoBsAs

Que manera de escribir, se siente todo muy real y sin ser burdo. Segui subiendo cosas!!

nocheoscura21

me paso algo parecido en un bar hace tiempo, aunque no salio tan bien jeje. muy bueno el relato

MilaRdz

El detalle del perfume de coco me encanto, esas cosas hacen que uno se meta de lleno en la historia. Excelente!

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